ENTREVISTAS

María Galiana: inquieta pasión por la vida

Mañana de un junio recién estrenado. Tan estrenado como esa década -y van ocho- que le entró por la puerta el último día de mayo.

Cielo azul tras la Giralda que se asoma al balcón de su casa, cotilla de nuestra conversación, a la que se unen, sin permiso -en los cuartos y en las medias- las campanas de su añadido barroco.

Encantada de echar un ratito contigo pero, como te decía, poco más voy a poder decirte de lo que ya he contado en innumerables entrevistas. Si es que lo mío es muy simple. Que llegué a esto de la interpretación por casualidad, cuando ya peinaba alguna cana. Que sí, que tenía el gusanillo del teatro y del cine en el cuerpo de siempre, pero le hice caso a mi madre, y a mis tías, que me insistían con aquello de “niña, estudia, así serás independiente”. Fui a la universidad, la de Sevilla, claro. Hice Filosofía y Letras y me dediqué a la enseñanza toda mi vida, hasta que me jubilé.

A partir de ahí, ya me centré totalmente en el cine, el teatro y la tele. Si, si, 16 temporadas de Cuéntame, si. Y, déjame que te diga: un poquito harta estoy de ser la “abuela de España”. Fíjate que no me gusta nada lo de ejercer de abuela ¡ni con mis propios nie-tos! Pues, ya ves, la vida.

Y que si, que me fascina interpretar, meterme en la piel de otros, investigar las personalidades de los personajes que he de representar, salir al escenario, sentir a la gente allí, eso me dispara la adrenalina, me da la vida.

Pero mi vida no solo gira alrededor de la interpretación, ni muchísimo menos, tengo más intereses y le dedico el tiempo a muchas otras cosas: a leer, a pasear, a salir con mis amigos de siempre, ¡no sabes lo que me gusta una buena conversación! Y, últimamente, sigo muy atenta todo lo que tiene que ver con las nuevas tecnologías. Si, lo que oyes, porque mantengo con ellas una relación curiosa. Por una parte me parece fascinante todo lo que pueden llegar a facilitar la vida de la gente, pero, por otro, no me gusta la dependencia que crea. Tengo móvil, claro, y correo electrónica y hasta el whatsap, pero jamás entraré en una red social.

De pequeña tenía mi diario cerrado con un candado para que nadie supiera lo que me pasaba, para que nadie leyera lo que yo escribía y ahora la gente cuenta todo, pero absolutamente todo. Se ve que necesitan un escaparate donde exponer sus cosas. Y otra cosa que te digo, esto de los móviles, crea adicción. Ayer fui a la ópera, y veía a mucha gente todo el tiempo con los móviles: ya los encendían, ya los apagaban, ya escribían, ya los revisaban, incluso durante la representación. Lo que te digo, una adicción.

Me quieren demostrar la utilidad de las nuevas tecnologías, cosa que comprendo perfectamente, pero, ¿sabes qué te digo? Que no me fío. No me fío, por ejemplo, de que lo que se busca en internet sea verdadero, porque no está contrastado. Y yo digo, búscalo mejor en el Espasa, en el Larousse, en buenas enciclopedias, esas sí que son de fiar. La tecnología, además, al facilitarnos tanto las cosas, nos hace olvidarnos de cómo se hacían en realidad. Hoy vamos en coche a cualquier parte, y podemos llegar a cualquier sitio gracias a que lleva GPS. Está muy bien, si, pero jamás nos aprenderemos el callejero. Lo dicho: hemos dejado de saber dividir por tener una calculadora.

Me parece que el uso abusivo de la tecnología enmemece (sic). Lo cual no tiene nada que ver, y es algo que defiendo a muerte, con que en los centros de enseñanza, en el ámbito educativo, las nuevas tecnologías no solo estén, sino que sean protagonistas.

El actual sistema educativo está obsoleto, su reforma debería pasar por preparar a los alumnos para la investigación, ayudarles a que vayan descubriendo cosas que le pueda interesar, que aprendan de verdad.

Me horroriza ver la cantidad de deberes que hoy les ponen a los niños para hacer fuera del aula. No es de recibo que no tengan tiempo ni para jugar, lo veo en mis nietos, es una barbaridad. Por otra parte, llega un momento en que las criaturitas intentan aprender, pero -y esto es algo que me tiene muy preocupada- solo se aprenden aquello que creen que le van a preguntar. Han dejado de redactar, no debaten, no se saben expresar oralmente, repiten como papagayos, como autómatas.

Allá por los 80, estuve en grupos de trabajo luchando por la reforma educativa, con la que tratábamos de mejorar el viejo sistema educativo, donde todo se basaba en la pura memorización y repetición mecánica de los conocimientos. Pues bien, hoy creo que nos hemos pasado al otro extremo. Se desprecia la memoria y se cultiva poco el entendimiento. Es verdad que se han dado pasos muy positivos. Los alumnos –gracias a Dios- han ido consiguiendo poco a poco una serie de derechos que antes no tenían: derecho a decir lo que se piensa o a intervenir en los consejos escolares. Derechos sí, pero ¿dónde han dejado las obligaciones? Por otro lado, noto, por mis nietos, como se ha producido un distanciamiento afectivo con el profesor. Sí, lo digo claramente: hoy, un alumno no mantiene con su profesor o profesora la relación de proximidad que teníamos antes. ¿Qué a qué se debe esto? La principal razón es que hay una parte importante del profesorado que, claramente, no tienen vocación, no les gusta enseñar, y eso se nota una barbaridad. Por otro lado está el papel de los padres, más interesados en que sus hijos aprueben que en que aprendan. Los padres de hoy solo quieren que los profesores aprueben a sus hijos y punto. No forman un tándem, un equipo, con el profesor para favorecer el desarrollo del alumno.

¿Qué como acabará esto? La enseñanza ha de entrar, sí o sí, en la era digital. Con el uso de las nuevas tecnologías se abre un horizonte inmenso en la enseñanza, los alumnos se divertirán más y el rol del profesor cambiará sustancialmente. Será más guía, más facilitador, que maestro-busto parlante.

Cuando un maestro sepa hacer programas informáticos que le ayude en sus clases, los niños estarán encantados y el aprendizaje será no solo más fácil sino, también, más divertido y les ayudará muchísimo más.

Antiguamente, los alumnos eran como soldados, estaban curtidos ante la riña del profesor, ahora son excesivamente blandos. Es un hecho. Te voy a contar una anécdota, que hoy puede sonar muy políticamente incorrecta. Hace de esto ya unos cuantos años. En mi época del Instituto, una alumna me dijo: “María, me estás presionando muchísimo”. Y me acuerdo que le contesté, en tono de pitorreo: “¿Qué te estoy qué? Te voy a dar dos guantás y verás cómo se te va a pasar la presión en un momento”. Lo entendió perfectamente. Hoy, sería impensable decir esto a un alumno.

Me vienen a entrevistar muchos periodistas jóvenes, muchos de ellos recién empezando, otros muchos apenas becarios. Yo les llamo los Lewinsky. ¿Y sabes qué? Pues que de conocimiento andamos escasos. Van y me preguntan: ¿de qué va la función o la película? Y tú se lo cuentas. ¿De qué va su personaje? Y tú se lo cuentas y eso es todo. Y yo digo, pero vamos a ver, si le hago yo el trabajo. Disparan preguntas genéricas, no se documentan, no investigan… es verdad que, de vez en cuando, te encuentras con alguien valioso, pero son los menos.

Aunque, déjame que te diga, que no son una excepción. Hay una especie de desgana, de desidia, de zafiedad general. Se debe a esa falta de base. No es solo una cuestión educativa, es social. Mira la tele, la mayoría de los periodistas son vacuos, en especial los tertulianos, hablan de todo con una osadía extraordinaria y una falta notoria de vocabulario y de ideas.

Ves a alguien que se expresa bien, y es un bicho raro. Como Gabilondo por ejemplo, sí, el candidato del PSOE a la Comunidad de Madrid. El hombre se expresa tan bien que nos resulta extraordinario.

Y es que, como en casi todo, la ausencia de referentes se hace más notoria que nunca. No se le da la importancia a los valores transmitidos. No se les da importancia a los abuelos. En esto de la llamada tercera edad soy muy, pero que muy, escéptica. La gente mayor en la sociedad actual somos un cero a la izquierda, salvo que podamos ayudar económicamente. Entonces sí, se acuerdan de nosotros. La crisis económica la están ayudando a pasar los abuelos. Pero apreciar sus valores, aprender de ellos… cero. Mira, antes, la gente mayor era el punto del cual se partía para el conocimiento. Hoy, se ha perdido la curiosidad por lo que los mayores aportan. Hoy, la experiencia ya no es respetada. Hoy, los chicos antes que hablar con sus abuelos prefieren jugar a las maquinitas.

Fui hija única y mi padre me llevaba con él a todas partes, entre otros sitios al fútbol. El me enseñó todo lo que sé de fútbol, por eso no me aburro viendo los partidos, porque entiendo el juego. Bética, sí, del Real Betis Balompié, y con mucho orgullo de serlo, eso también me viene por mi padre, un tipo inteligentísimo y encantador, pero alcohólico. Un hecho que, sin embargo, nunca me traumatizó.

Mi madre era muy guapa y, también, muy sumisa y callada. El aguante de mi madre era increíble. Parece que la estoy viendo, en el salón de mi casa, zurciendo calcetines por las noches, después de haberse tirado todo el día fuera trabajando. Porque mi madre trabajaba. Te hablo de finales de los años 20, era mecanógrafa y trabajaba en una oficina. Ahora que te cuento esto de mi madre, con Cuéntame, me ha ocurrido algo muy curioso. He comprobado cómo la gente joven piensa que en los 60 y 70 éramos mucho más antediluvianos de lo que realmente éramos. Y cuando les cuento lo que hacíamos no se lo creen. Es muy curiosa la percepción tan negativa de una época, no tan lejana. Yo me empeño en desmentirlo y les digo una y otra vez: oye que no, que no estábamos tan atrasados como os creéis. Y es que en Herminia, mi personaje de la tele, no me reconozco para nada. En ella hay más de mi abuela, que de mí.

Pero volviendo a mis referentes, los míos fueron mis tías, María y Carmen, en especial mi tía María, que se llamaba como yo, María Galiana. Era inspectora de enseñanza y Teresiana de las que en aquella época vivían en sus casas y no en una residencia. Mi tía María, era la jefa de la familia, un referente para todos, una mujer digna de admiración.

De ella aprendí una serie de valores que jamás he olvidado y que han sido la columna vertebral de mi comportamiento en la vida. Valores como el amor al trabajo, el sentido del honor, el compromiso, la fidelidad. Estos valores son, para mí, inamovibles. Me sostienen profundamente. Fíjate, llevo a gala que en los 14 años (16 temporadas) que llevo en el Cuéntame no he faltado un solo día a trabajar y que en 38 años en la enseñanza, solo tuve una baja, y fue por una operación. Fíjate que no sabía ni cómo se pedía una baja y tenía ya 55 años.

Ahora, me cabrea ver esa picaresca que existe, para hacer lo mínimo. Veo como la gente funciona de una manera muy egoísta, siempre con el ego por delante. Noto que existe una corriente hedonista impresionante, todo es un: “me apetece”, “me gusta”, “me va bien”. Mí, mí, mí, por Dios, y ¿para cuándo el otro, el tú, el vosotros, el ellos? Creo que ahora -mucho más que antes- la gente no piensa en los demás, y esto es algo que me descorazona mucho.

Me estoy acordando ahora de una frase preciosa que me dijo una vez Asunción Balaguer. Coincidimos, no me acuerdo dónde, y le pregunté: ¿Asunción, cómo estas? Y ella me contestó: “Muy bien, muy bien. Me cuido mucho,… para no molestar”. Me pareció una respuesta muy profunda, que –además-   comparto. Claro, si te cuidas, duermes bien, no fumas, no bebes, comes bien, haces todo para estar bien y también… para no cargar a los demás con tus achaques.

Le contaba el otro día a Paulita, la chica que me ayuda en casa, que andaba con un poquito de lumbago, y va y me dice: “Es que usted, a su edad, debería llevar ya un bastoncito”. Ay, por poco la mato ¡pero qué bastoncito, ni nada! Ando estupendamente, no me canso, no me hace falta ni usar gafas. Pero es que, ¿sabes?, a partir de una cierta edad es como que la gente empieza a verte de otra manera y claro, también nos sugestionamos un poquito. No es lo mismo decir tengo 75 o 78 años, que 80. Suenan como una losa, ¿verdad?

Y eso que no me puedo quejar de la vida que he tenido, al menos hasta ahora. Me casé con un hombre excepcional, con el que tuve seis hijos, uno se me murió recién nacido de muerte súbita. Tuve la suerte de tener niñeras, no teníamos otras cosas (coche, apartamento…) pero sí contaba con esa ayuda, gracias a la cual podíamos conciliar la casa, los niños y el trabajo. Porque yo he trabajado, como mi madre, como mis tías, toda la vida.

Las mujeres jóvenes de ahora carecen de energía, de entereza para hacerle frente a la vida, les falta temple. ¿Qué cómo definiría yo el temple? Pues la manera de hacer frente a las cosas de la vida, con fortaleza, con serenidad y sin tener que tirar de píldoras, zen, yoga, gimnasio ni nada parecido.

Las mujeres de mi época lidiábamos con todo. Recuerdo estar viendo la tele por la noche, con el sonido de fondo de la olla exprés preparando ya el cocido del día siguiente. En casa éramos diez y para diez he guisado durante años. Me liaba 60-70 albóndigas de una tacada, freía uno o dos kilos de pescado, así íbamos…

Hoy, alucino con lo que veo. Como no da el sueldo para todo, veo cómo prefieren privarse de pagar a alguien que les ayude en casa antes que no ir de vacaciones, por ejemplo, y ¿ sabes qué te digo? que, no lo entiendo. Andan como las locas, sin poder llegar a todo, al trabajo, a los niños, a la casa,… y, encima, frustradas por eso.

Y eso que el papel de la mujer ha evolucionado, y mucho, gracias sobre todo a las mujeres trabajadoras . En mi época había también una gran cantidad de mujeres de clase burguesa que no hacían ¡ni el huevo! y, oye, tan felices siendo unas mantenidas. Gracias a Dios, ese plan ha ido cambiando. Gracias a las mujeres que sí trabajaban se ha ido conquistando terreno. Ese tipo de señoras acomodadas era la negación del feminismo, aun del más moderado. Re-cuerdo oírlas decir cosas como: “Yo no entiendo de bancos, eso es cosa de mi marido” y se me abrían las carnes. Sinceramente, creo que hay mujeres que disfrutan de ser sumisas. No es posible que les guste que las dominen.

Con todo, la espina de la lucha feminista es la igualdad de salarios y mientras no se consiga, vamos mal. Ha habido logros en la lucha feminista, pero aún queda mucho por hacer.

Recuerdo que hasta hace poco era común que me preguntaran en las entrevistas: “¿Y tu marido qué dice de que seas actriz?”. Y yo les contestaba: “¿Si fuera un hombre me preguntaríais también que dice mi mujer de que me dedique a la farándula? Era tremendo. Qué coraje me daba eso. Y que conste que a él le parecía estupendo. Qué magnífico compañero. Fui muy feliz con él. Teníamos nuestra independencia y nuestra sana dependencia y eso nos permitió llegar a viejos siendo muy amigos; teniendo mucho de qué hablar, que es para mí lo más importante. Echo mucho de menos conversar con él y más en estos tiempos, con la de cosas que están pasando en el país.

¿Qué como lo veo? ¿Al país? Pues, desconcertado. Veo a la clase política haciendo discursos, como Cantinflas. ¿Te acuerdas de Cantinflas? Aquellos monólogos en donde hablaba sin parar en un extraño galimatías que no se entendía, pues así veo a los políticos: hablan mucho, pero no concretan nada. Los viejos partidos están anquilosados, no se enteran. Oigo los discursos, sobre todo los de izquierda que son los que me interesan, porque yo soy de izquierda, y me quedo…, es que no dicen cómo van a hacer las cosas. Lo están diciendo Carmena y la Colau. Esas sí concretan (mujeres tenían que ser) y me gustan por eso. Pero veremos a ver en qué queda todo.

Vivimos un momento distinto, hay otras voces. La gente ha dicho: “Hasta aquí llegó el agua” y yo digo vale, pero quiero ver cómo se encauza.

Al fondo suenan las campanas de la Giralda. Dan las 12. Mediodía.

Uy, ¿esas qué son? ¿las doce? Pues, mira, con tu permiso, te voy a echar. Porque he quedado y van a venir a recogerme en un ratito. Ven, que te acompaño a la puerta, pero antes, asómate a mi balcón y dale un último vistazo a la Giralda.

Y allí la dejo, en su balcón privilegiado, mirando a esa Giralda única que ha estado todo el tiempo escuchando, sin decir ni mu.

Por LOLA ÁLZAREZ

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