LITERATURA

LITERATURA DE MASAS: ¿SUBGÉNERO O NUEVA LITERATURA?

Llamamos literatura de masas a las publicaciones de libros cuyas ediciones superan los 200.000 ejemplares de entrada. Abarcan todos los géneros: autoayuda, literatura juvenil, divulgación científica y, por supuesto, la novela en todas sus manifestaciones: novela histórica, romántica, fantasía épica, ciencia ficción, policíaca… 

Los relatos novelescos que se amontonan (literalmente) en las mesas de nuestras librerías no suelen gozar de la bendición de los críticos. Estas publicaciones  se ha convertido en muchos países en un auténtico fenómeno social. También llamada subliteratura, este tipo de obras se encuadran a menudo en el ámbito del consumo popular, y muchos críticos consideran que se publican textos que sólo tienen un barniz literario, bajo el cual no se encuentran ni destreza, ni profundidad.

Varios autores se plantean qué mecanismos hacen posible que un libro se convierta en un best seller y, aunque es verdad que en su éxito pueden influir factores socioeconómicos, publicitarios e incluso idiomáticos (por ejemplo si el libro pertenece a cualquier influyente grupo de comunicación estadouni-dense), hay que pensar también que el texto escrito, en sí mismo considerado, tiene fundamental importancia a la hora de convertirse en masivo objeto de deseo para cientos de miles de individuos. Al lado de Agatha Christie, a cuyas novelas nunca se les ha concedido valor literario propiamente dicho, nos encontramos El nombre de la rosa (Umberto Eco, 1980) o Memorias de Adriano (M. Yourcenar, 1951), libros de indudable valor artístico que han tenido enormes tiradas.

A pesar de que muchos de los best seller contemporáneos han llegado a serlo gracias a una buena campaña publicitaria y de promoción (un ejemplo sería el reciente Cincuenta sombras de Grey); otros fueron menospreciados en la época de su publicación y ahora se consideran clásicos imprescindibles. Un modelo paradigmático es el de Charles Dickens, que fue el mejor valedor de sus libros, organizando campañas propagandísticas muy mo-dernas y viajes de promoción que incluían lecturas y audiciones en teatros o salones de las ciudades que visitaba. Fue muy famosa su gira por los EE.UU., donde tenía su propio editor local. Sin embargo, las movilizaciones masivas que lograban sus viajes promocionales, sobre todo de señoras de clase media, eran vistas por los críticos literarios del momento como signos de la excesiva carga sentimental que lastraba sus historias. No obstante, si se comparan estas dos formas de escritura, la de la literatura canónica y la de masas, descubrimos varios rasgos que las diferencian.

Para la primera, el estilo  tiene un valor supremo. Se utiliza un lenguaje preciso, lógico y metafórico que pretende ser bello en sí mismo. Por otra parte, los personajes son centrales en el discurso y, por lo tanto, la psicología e introspección, adquieren mucha importancia. Tal es el caso de la novela realista del XIX.

La historia se piensa como única: una obra maestra. No hay lugar para el plagio pues la originalidad es lo importante. Se centra en el canon y la tradición canónica. La obra, a menudo, cobra vida al margen del autor. Volvemos a los títulos del XIX: La Regenta o Fortunata y Jacinta. Por no citar Guerra y Paz o Madame Bovary. La lectura en el contexto literario de estos libros es una actividad privada, intelectual que requiere diálogo y lentitud.

Pero si ahora nos fijamos en las obras literarias actuales, observamos que su estilo es secundario y utilizan un lenguaje simple, repetitivo y estandarizado según el tema. El discurso se organiza linealmente, es decir, la historia no suele empezar in media res, ni alternar épocas diferentes en un mismo relato. Las historias van de principio a fin. En ellas, lo fundamental es la acción a la que se subordinan los personajes que son esquemáticos y estereotipados. De hecho, se piensa para adaptarla a las circunstancias de la audiencia o a los éxitos. Se orienta para crear continuaciones, series y otros productos. El nombre del autor se sobrepone al de sus libros, vende hasta convertirse en una marca.

La lectura de estos relatos, por su parte, reclama rapidez para llegar al final, es sobre todo es una actividad afectiva y visceral. Pero, ¿pode-mos concluir después de esta comparación, superficial por otra parte, que ya no hay más valores en los libros que se publican actualmente? Claramente, no. La actual novela negra (o policiaca) es fuente de reflexión sobre la condición humana en casi todos sus autores de renombre. Por su parte, el relato histórico nos ayuda a aprender y entender una visión de la Historia mucho más cercana y realista. Así mismo, es habitual encontrar relecturas de clásicos  en las que se nos ofrece aspectos de la vida de estos autores, frecuentemente desconocidos. Y esos son solo ejemplos.

Desde mi punto de vista, merece la pena seguir este debate, aunque sólo fuera para terminar afirmando que si seguimos leyendo, es porque seguimos buscando lo que sólo un relato nos puede ofrecer, sea cual sea su modelo literario.

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