ARTE

ELOGIO DE LA JARDINERÍA COMO ARTE

“Las formas y caracteres individuales de los seres vivientes y que crecen, de los animales y las flores, y de toda la naturaleza, constituyen su santidad a los ojos de Dios”. Thomas Merton. Cuando los árboles no nos dicen nada.

Al hilo de estas palabras me gustaría hacer una breve defensa de este arte. Nos encaminamos hacia un mundo donde la población ya es y será progresivamente cada vez más urbana y donde, por tanto, la naturaleza y sus leyes se están volviendo poco a poco en un recuerdo lejano para un gran número de personas.

La jardinería como actividad ordenadora y creadora de espacios exteriores debería tener un lugar de importancia creciente en este nuevo mundo que se nos viene encima, tanto a nivel público como privado. Para apreciar y respetar estos lugares es importante valorarlos como algo más que unas simples plantaciones con un mero carácter residual, lúdico, higiénico, pedagógico o decorativo. Es todo eso y más a la vez. Si las plantas y animales ya no nos dicen nada, mal vamos…., porque en detalle cada planta es como un milagro hecho por la naturaleza. Y cada puñado de tierra, y cada piedra, y… lo que nos rodea. Un jardín es una gran oportunidad para apreciar la maravilla de todos estos elementos. Si además se han de presentar juntos en una armonía, la combinación de elementos requiere un conocimiento preciso de las características y necesidades propias de las mismas, creando o intentando crear verdaderos mundos en miniatura, que solo aspiran a ser representaciones de la naturaleza.

Es un espacio que nos rodea, nos envuelve y nos presenta un horizonte, el cielo y el firmamento por techo y la tierra , por suelo. En definitiva, es una habitación al aire libre. Una envoltura del hombre que expresa y nos habla de su visión y su conexión con la vida en una doble vertiente: en su relación con el entorno físico inmediato y, en un sentido más amplio, con el entorno más intemporal de la cultura humana y su relación cambiante con la naturaleza.

El jardín es arte y naturaleza a un tiempo. Una pintura, una escultura, una poesía o una partitura, pueden ser una representación del espacio, mientras que la arquitectura, la danza y el jardín desarro-llan su composición en el espacio real o haciendo uso de él. En este espacio verdadero y compartido con nuestro propio cuerpo, se produce en el caso del jardín un diálogo entre el hombre (natura naturans) como sujeto y la naturaleza (natura naturata) como objeto. Este diálogo crea un espacio simbólico con lo que se produce un cambio cualitativo en la naturaleza del lugar. En cierto modo se ha convertido en un escenario o una arena donde actuar.

Si el arte en general es la manifestación de la búsqueda de ese no sé qué que albergamos en nosotros, el jardín es una semilla dejada en la tierra y en cierto modo abandona-da a su propia suerte, pues es más grande que nosotros y sobrepasa a una generación humana. A diferencia de la arquitectura que fue definida por Goethe como música congelada, el jardín es música viva pues sobre él actúa el ritmo de las estaciones junto con la propia vida de los ele-mentos naturales que incorpora, más su relación y mantenimiento por el hombre.

Podríamos hacer también una analogía con una escultura expandida, que crece e invade el espacio para darle formas positivas y negativas. Si tradicionalmente en la escultura el espacio domina a la masa, modelándola y fijándola en los límites e inamovibles de un objeto, el jardín como escultura sería un lugar donde las masas y los espacios están en una relación de igualdad y mutua correspondencia. El hombre puede entrar y recorrer esta composición mediante un itinerario, creando con su movimiento diferentes relaciones visuales con la línea de horizonte, que actúan a modo de pinturas o vistas. Es una experiencia a la vez física y espiritual, a diferencia del espacio representado en un cuadro que es siempre algo exterior a nosotros e inamo-vible. Un jardín es un banco donde ver pasar el tiempo.

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