LITERATURA

HAMLET, UN JOVEN INTELECTUAL OBLIGADO A ENTRAR EN EL TÚNEL DE LA MUERTE

Es excesiva la responsabilidad que te impones a la hora de hablar de Shakespeare,  tal vez el más importante dramaturgo de la historia del teatro. Y son muchas las preguntas y temores que te acechan por si no llegas a ser capaz de decir algo coherente en un espacio tan breve como es el de este artículo, y por esta razón creo que es conveniente acotar. Voy a tratar de acercarme a Hamlet con lo cual los temores no desaparecen, aumentan.

Prototipo de personaje contradictorio del Barroco, período en el que los artistas se han liberado de la ardua tarea de tener que modelar personajes perfectos  y construido acudiendo a la  narración de Belleforest y  al texto Ur-Hamlet, la obra se nos presenta como completamente nueva, llena de enigmas inherentes a la condición de lo humano.

Ante los temores ya descritos, solo me alivia pensar que también los tienen mis alumnos de interpretación o de escritura cuando llegan al aula y nos toca trabajar con este personaje, tan exuberante, tan  completo en lo incompleto, como lo definiría Victor Hugo. Cuando, al inicio de la clase, les pregunto qué les trasmite el personaje, qué les emociona de él, cómo empatizan con él, qué les conmueve, etc…, no son capaces de articular palabra alguna, -es literal, no es una exageración-, apenas hacen un gesto, balbucean un sonido, y algunos, lo más atrevidos, sueltan un taco liberador  con el que comunican su admiración hacia la obra y su auténtica desesperación por no poder construir una frase. Sé que intuyen la grandeza, el enigma, la contradicción, la desolación, la filosofía que se esconde en cada frase del texto, como si cada una fuera solo la punta del iceberg que se esconde tras ella y que contiene siempre la esencia de lo profundamente humano. Poco a poco, trataremos de descifrar el enigma, sabiendo que es tarea imposible, pero sabiendo también que lo hemos de hacer con nuestras palabras, sencillas y emocionales.

La fuerza de este personaje aparece desde el inicio de la obra. Shakespeare, como gran hombre de teatro, sabe que a estas alturas de la historia de la literatura dramática, -la obra se estrenó en 1601- los textos teatrales comienzan ya con la acción, se han eliminado fronteras entre el espectáculo y el público. El espectador siente el  gran dolor de Hamlet nada más comenzar la obra y este es el motor que pone en marcha la vigorosa acción. El pueblo de Dinamarca celebra  con regocijo y divertimento la boda entre Claudio, el nuevo rey, y Gertrudis, reina y madre del Príncipe, pero Hamlet sufre la pérdida de su padre y no entiende esta reacción, ni la premura con que se ha celebrado el casamiento. Percibe, intuye  “ese olor a podrido en Dinamarca”.

Pero la obra no ha hecho más que empezar, y este estado de zozobra del Príncipe es solo el preludio del camino oscuro y contradictorio que se va a ceñir sobre él cuando el fantasma de su padre se le aparece y le descubre que Claudio fue su asesino y además le encarga que vengue su muerte. Este encargo es demasiado para este joven, hasta ahora estudiante, intelectual, con una vida plena, con amigos, con ansias de conocer el mundo y ese acontecimiento le va a cambiar la vida, le hace caer en una crisis profunda: todo se le derrumba, pierde la fe en el hombre, el apego a la vida, porque sabe que ha de introducirse en el túnel de la muerte. El mundo se le llena de interrogantes a los que no encuentra respuesta.Necesita tiempo para asimilar este encargo, para comprobar si es cierto lo que le ha dicho el fantasma o tan sólo es una alucinación provocada por su enorme dolor.  Se hará el loco para ganar ese tiempo, para tratar de ordenar las múltiples posibilidades que se abren ante él,  tiene que decidir qué hacer y no sabe. Se escucha a sí mismo y se sabe completamente libre y por ello tendrá que configurarse según su conciencia. Este  saberse libre que le viene por el absoluto conocimiento de la verdad no solo aumenta su melancolía, sino que  le paraliza, le impide actuar,  porque como dice Harold Bloom, “el conocimiento mata la acción, pues la acción requiere los velos de la ilusión”, ilusión que ya no existe en la nueva personalidad que se está forjando en Hamlet. Ante todo lo que se le viene encima, solo quiere la muerte, para dejar de sentir el enorme peso de la vida.

Frente a  esta nueva realidad está completamente solo y además le duele cómo su madre no quiere ver, no quiere mirarse en el espejo de la verdad, pero él la necesita a su lado y no parará hasta conseguirlo, hecho que sucede tras la representación de los cómicos en la que Hamlet comprueba que Claudio es realmente el asesino de su padre y por tanto ha de asimilar que ya se le ha acabado el tiempo, tiene que decidirse por la acción, por la venganza, por ser otro. ¿Tal vez un asesino?

La obra entra aquí en una vorágine de acontecimientos entre los que cabe señalar la conversación con los enterradores, pues a partir de ese momento no anhelará la muerte como liberación de su dolor, sino como inevitable destino de todos los hombres. Hamlet, una vez que se decide a la acción, quiere creer que con ella puede ayudar a restablecer el orden en Dinamarca, llevando la verdad y la justicia al reino, pero a lo largo de la obra va observando cómo sus acciones solo conllevan desgracias y muerte, tanto para él como para los demás.

Shakespeare nos dibuja un panorama sombrío al que es necesario asomarse para no hacerse falsas ilusiones ni expectativas engañosas de lo que es la vida. El personaje no acepta el estado defectuoso del mundo injusto y sin sentido que nos rodea, ni sus propias limitaciones y se rinde, como dice J. Luis Alonso de Santos  “ante la única verdad que a él le parece evidente: no hay salida”. Y por ello, en el momento de su muerte y tras haberle encargado a Horacio que relate lo acontecido, solo pronunciará estas amargas palabras: “El resto es silencio”.

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