CINE

EL FESTIVAL DE SAN SEBASTIÁN Y LA HEGEMONÍA CULTURAL

En Europa sólo hay cinco festivales internacionales de categoría A (de cinco estrellas, diríamos para entendernos): Berlín, Cannes, Venecia, Locarno y San Sebastián. En el resto del mundo únicamente hay tres (Montreal, Shanghai y Moscú). Esto implica que la relevancia cultural que tienen es significativa, y no hay más que ver el eco mediático de que gozan.

Estos festivales tienen siempre dos caras: la pública y la de la trastienda. La primera tiene que ver con la proyección de películas, el glamour de la alfombra roja y los eventos sociales; la segunda es el negocio, la compraventa de películas y derechos, la búsqueda de inversores y la negociación de proyectos. Por este motivo, las televisiones, los grandes grupos mediáticos y las compañías de la industria del entretenimiento están cada vez más implicados en estos festivales. Sirva esta breve introducción para dejar claro que un festival no es un mero evento romántico de pura cinefilia, sino que tiene detrás un complejo entramado de intereses económicos y políticos. Dicho de otra forma: los festivales tienen una estrecha relación con el poder y no cabe una mirada ingenua sobre los mismos.

En este sentido, la selección de películas, así como la de los miembros del jurado, nunca son fruto de un orden de llegada las primeras, o de una lluvia de ideas la segunda. Siempre son el resultado de una reflexión de política cultural. Se trata de programar y de premiar películas que transmitan una determinada interpretación del mundo, y sobre todo, se trata de impedir que se exhiban –y fundamentalmente que se premien- películas con otra visión de la vida y del hombre.

En este sentido, San Sebastián no es una excepción. Desde hace casi dos décadas se ha ido confirmando una inconfundible línea cultural hegemónica que merece examinarse aunque sea muy sucintamente. Naturalmente, hablamos de tendencias generales, ya que entre los centenares de películas que pasan por el certamen no se da una homogeneidad total, ni unos años son igual a otros en cuanto a propuestas. Pero dejando claro que siempre hay excepciones y sorpresas, sí se puede extraer una cierta silueta del conjunto de los últimos quince años.

Por un lado, en la programación competitiva de los últimos años ha dominado un cine de trasfondo nihilista, desencantado, a menudo con tramas de suicidios, de violencia rabiosa o de desesperación. Algunos títulos de este año con ese telón de fondo son As you are de Miles Joris-Peyrafitte, Orphan de Arnaud Des Pallieres, Playground de Bartosz M. Kowalski, Nocturama de Bertrand Bonello o Jesús de Fernando Guzzoni, algunas de ellas especialmente brutales. Ciertamente son películas que hablan de la desestructuración social y familiar, así como de la pérdida de sentido, pero suelen faltar en ellas hipótesis constructivas u horizontes de superación real.

En ese contexto hay un sentimiento que atraviesa a innumerables personajes de las películas, y es la soledad. Gran cantidad de películas han ilustrado esa lacra occidental de nuestros tiempos. Desde que hace trece años se estrenaran allí películas como Vías cruzadas de Thomas McCarthy, Mi hermano de Patrice Chereau, Los cuerpos impacientes de Xavier Giannoli o En la ciudad de Cesc Gay, esta temática ha sido un rayo que no cesa, declinado de diferentes maneras. Una variante de esta temática ha sido el cine sobre inmigración, casi siempre con un trasfondo de denuncia, y que en los últimos años nos ha dejado ejemplos brillantes. Recordemos Ghosts, la película británica que inauguró el certamen hace justo diez años.

Otro capítulo consolidado se consagra a la corrección política en relación con los temas ético-sociales de las agendas político-culturales de los últimos años, especialmente los que tienen que ver con la galaxia ideológica del género. Por ejemplo, la homosexualidad y los conflictos de identidad sexual llevan años ocupando un espacio propio, hasta el punto que existe un Premio paralelo específico para la temática LGTB. Este año, estos argumentos han estado presente en películas de la sección oficial como las citadas Orphan, As you are, Jesus, o Rage, de Lee Sang-il.

La cuestión de la pregunta por el sentido o el problema de la trascendencia es claramente evitado, y a veces penalizado, como ocurrió hace unos años en el caso de la película Copying Beethoven, premiada por Círculo de Escritores Cinematográficos y la favorita de la encuesta del Diario Vasco, y que sin embargo el jurado presidido por Saramago, decidió no darle ni un premio de consolación. Estéticamente era impecable, pero la relación del compositor con Dios ocupaba demasiado espacio en la trama.

Hay que decir que en los márgenes del festival siempre se pueden encontrar películas de otro brillo cultural, e incluso joyitas llegadas de remotas filmografías. También se deja ver en ocasiones un cine de género, sobre todo thrillers, ajeno a modas ideológicas, como este año Que Dios nos perdone. Pero en general, el festival se mueve dentro de unas categorías de interpretación de la realidad, muy definidas por la mentalidad hegemónica.

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