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PENSIONES: PASADO Y FUTURO

A primera vista, el problema de las pensiones es fácil de entender. Después de un rápido recuento del estado del asunto y de algunas alternativas en discusión, planteamos la idea de un cambio mayor en ciernes.

Nuestra Seguridad Social consiste en un sistema solidario a través de las generaciones. Las pensiones de jubilación, viudedad, invalidez y otras que proporciona el sistema, son financiadas por las cotizaciones de los trabajadores en activo y de los parados que reciben subsidio (el Estado cotiza por ellos). Tales cotizaciones también se utilizan para financiar las funciones sanitarias y otras de protección social que la Seguridad Social asume. Si los ingresos son mayores que los gastos en total, la Seguridad Social ahorra (la hucha se llena), y si son menores, tiene déficit (se gasta de la hucha para hacer frente al déficit).

La hucha quedará vacía en 2017, porque se han venido complicando dos conjuntos de factores que tienden a aumentar los gastos y/o disminuir los ingresos:

  • Unos relacionados con el mercado laboral a corto plazo: más parados y empleo más precario con salarios más bajos, que por tanto cotiza menos.
  • Otros relacionados con la estructura demográfica del país a largo plazo: más personas mayores que perciben pensiones (ver Figura 1), en proporción al número de cotizantes.

Políticas de fondo

Sobre ambos factores cabría actuar con políticas de estado de largo plazo:

  • Hacia un modelo productivo más basado en el trabajo cualificado, por tanto mejor remunerado y que cotiza más; lo que requiere a su vez un cambio de modelo educativo.
  • Hacia unas políticas sociales que favorezcan la maternidad, repartiendo su coste económico entre toda la sociedad, puesto que toda la sociedad se beneficia del trabajo de los padres en la crianza de niños.

Ambas líneas de política supondrían giros de fondo en la orientación de nuestra sociedad, que requerirían acuerdos básicos sobre los cuales hoy no es posible ni discutir en nuestra política. Cualquier cosa dicha en esas discusiones, distinta a conservar el modelo social existente, es inmediatamente usada en la demogogia de las acusaciones públicas. Que nuestro modelo social se encamine al crack, es algo que no basta para permitir discutirlo, parece.

Ideas sobre la mesa
Por ello, las discusiones sobre cómo arreglar el sistema de pensiones no van muy lejos. Se trata de mantenerlo en funcionamiento el máximo tiempo posible cambiando lo menos posible. Básicamente:

  • Disminuir las pensiones reales, limitando su subida a valores por debajo de la inflación, y retrasando la edad de jubilación (lo que además dificulta obviamente tanto el cambio de modelo productivo como la disponibilidad para los jóvenes de empleo estable sobre el que fundar una familia).
  • Financiar las pensiones de la Seguridad Social con impuestos, de manera que el peso de pagarlas vaya pasando de los cotizantes (cada vez menos proporcionalmente a los pensionistas) a los contribuyentes (que somos todos).

Una tercera propuesta, que tampoco toca el modelo productivo ni las posibilidades demográficas, consiste en cambiar el sistema de solidaridad intergeneracional a uno de capitalización individual, en que la pensión de cada cual dependa de un ahorro legalmente forzado a lo largo de su vida laboral.
Esta idea, sin embargo, apenas se discute. En primer lugar, porque no conserva lo que hay sino que es muy liberalizadora; cambiaría el fondo de nuestro modelo social en uno de sus aspectos cruciales. Y en segundo lugar, porque la transición, en que deben reconocerse los derechos adquiridos, requiere un tiempo de bonanza económica. El cambio no puede financiarse en medio de una crisis económica.

A grandes brochazos, ese es el panorama de nuestro sistema de pensiones. Denota una sociedad profundamente conservadora en su socialdemocracia. Ello es congruente con la gran proporción de pensionistas y de trabajadores por encima de los 45 años (quienes ven su futuro en su pensión) que forman la pirámide poblacional española, y con ella el censo de votantes. Las personas mayores tienden a ser conservadoras respecto a la protección del Estado, porque rara vez pueden permitirse ser otra cosa.

Mientras tanto, los adultos jóvenes saben que solo podrán contar con un sistema de pensiones públicas disminuido: tanto las tendencias laborales como las demográficas van en esa dirección, y ningún cambio parece estar dándose hacia un horizonte más prometedor. Los parches sugeridos al sistema de pensiones existente tienden a asegurar su sostenibilidad al corto plazo de unos años, no su capacidad de motivar una vida laboral fecunda y segura a plazo de décadas. Los jóvenes se ven pagando altas cotizaciones para las pensiones que sus mayores disfrutan, sin que ellos vayan a tener la misma suerte cuando les llegue el momento.

¿Y si todo cambia?
La suposición de todos, unos y otros, es que el futuro será semejante al pasado: probablemente algo peor, pero con la misma estructura de fondo. Bien podría ocurrir, sin embargo, que no fuera así.

Nuestro modelo social no ha existido en esta forma desde siempre, sino que corresponde a la resolución de un problema que empezó a plantearse a finales del siglo XVIII (con la Revolución Industrial) y empezó a resolverse en la manera que conocemos en los años de 1930, para madurar su solución tras la II Guerra Mundial. Quizás está llegando a su término delante de nuestros ojos.

Llega a su término no solo la solución, sino también el problema. Este consistía en cómo producir sociedades suficientemente cohesionadas, por tanto no conflictivas, en un entorno donde la mayor parte de las personas derivaban sus medios de vida del trabajo asalariado, sin poseer medios de capital. Quienes pensaban que era posible un capitalismo industrial eficiente sobre sociedades democráticas razonablemente cohesionadas, fueron creando el Estado del Bienestar, que incluía al sistema de pensiones como uno de sus pilares.

En un número de países, entre ellos el nuestro, esa solución funcionó. La aparición de una clase media mayoritaria, sustancialmente contenta con la protección que recibía del Estado del Bienestar, rebajó el conflicto social y desactivó su potencial revolucionario.

La globalización económica está amenazando esa solución en los países desarrollados, al mismo tiempo que está creando nuevas clases medias en los países emergentes. Ello explica el giro nacionalista (proteccionista) de quienes se sentían protegidos y ahora ven problemático su éxito económico en la competencia global. Otra cosa es que ese intento de volver a la estructura del pasado sea equivocado: ningún tradicionalismo ha llevado nunca muy lejos. Pero todo ello es una discusión sobre la solución al problema y las posibilidades de mantenerla bajo una nueva estructura económica globalizada. El asunto es que además el problema está cambiando.

De las cosas nuevas
Ese cambio consiste en que las funciones de producción se vienen transformando rápidamente por efecto del progreso tecnológico (informatización, automatización, inteligencia artificial). El componente de capital es cada vez más importante para la producción, y el de trabajo menos. En muchos sectores se incrementa la producción disminuyendo el empleo: lo vemos cada vez que compramos por Internet, que vamos a una sucursal bancaria llevada por dos personas, que nos montamos en un autobús donde ya no hay cobrador. Y no lo vemos tanto pero ahí está: los ordenadores se reprograman a sí mismos, aprendiendo a partir de su propia experiencia; deciden órdenes de compra y venta en los mercados financieros; reúnen y procesan cantidades de información sobre cada uno de nosotros, nuestros intereses y preferencias, que ni nuestro mejor amigo conoce.

Hay quienes piensan que esto resultará en el mero desplazamiento del empleo hacia otros sectores, como ya ha ocurrido en el pasado. Pero el rápido progreso de la inteligencia artificial sugiere que estamos ante algo distinto: la aparición de un mundo en que las máquinas serán capaces de sustituir con ventaja a los trabajadores humanos en cada vez más sectores.

Cambiará entonces el problema de la integración social, al que el Estado de Bienestar era una solución. Todo nuestro modelo social supone que los adultos se integran en la sociedad mayoritariamente como trabajadores. Hay otros casos, pero sobre todo por el trabajo (propio, del cónyuge, de los padres) se accede regularmente a los mecanismos públicos de seguridad social, pensiones incluidas. Si el trabajo deja de ser la clave de la integración, si menos gente consigue un empleo porque economías cada vez más productivas necesitan cada vez menos trabajadores, habrá que ofrecer un camino alterno a las personas.

La propuesta de una renta básica universal, financiada con impuestos sobre una economía muy productiva pero poco empleadora, constituye una propuesta de solución a ese problema. No entraremos a discutirla aquí; es un tema en sí mismo. Pero sí notaremos que supone pensar la integración social ya no por el trabajo (que da acceso a la seguridad social) sino por la ciudadanía (que da acceso a la renta básica).

Cómo construir la cohesión social sobre una base distinta al trabajo asalariado, constituye un nuevo problema que se forma ante nuestros ojos, como una ola que vemos en la lejanía pero estará pronto aquí. Para ese problema, las soluciones meramente basadas sobre las contribuciones originadas en los salarios ya no tienen mucho sentido.

Puede entonces que el futuro de los jóvenes adultos no sea tan malo, precisamente por distinto al pasado de sus padres y abuelos. Debemos evitar que el espíritu conservador de una respuesta que nos ha funcionado bien, impida ver que la pregunta está cambiando, que nos internamos en terreno incógnito, y que una nueva discusión es necesaria. Al fin, el pensamiento social católico está para ocuparse de las cosas nuevas: rerum novarum.

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