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Todos hemos experimentado alguna vez el dolor de ser agredidos o dañados por otras personas, conocidas o no. En el ámbito cercano, podemos haber tenido experiencias con amigos que nos decepcionan, que traicionan nuestra confianza, familiares que nos maltratan, compañeros de trabajo que sacrifican nuestro bienestar para conseguir el suyo, una infidelidad de nuestra pareja, etc. En otro orden, podemos haber sido víctimas de un atentado, o haber sufrido las consecuencias de la conducta irresponsable de otros (ej. accidentes de tráfico), o podemos pertenecer a un grupo que es víctima de la agresión de otro grupo (ej. en conflictos armados…).

Además de ser una experiencia negativa en el nivel emocional, el recibir una agresión de manera intensa e injusta tiene también implicaciones en nuestra identidad: pasamos a sentirnos vulnerables, impotentes, débiles o fáciles de faltar al respeto, y puede modificar incluso nuestra filosofía de vida, volviéndola desesperanzada y pesimista.  A esta situación se le ha llamado malestar post-ofensa y se vive con un intenso sufrimiento psicológico, que nos motiva para intentar disminuirlo.

El lado positivo del perdón

El perdón es una de las formas de reducir ese malestar. El perdón disminuye esas emociones negativas (el rencor, la rabia, la vergüenza, la humillación, el odio, el dolor, la amargura, la impotencia), los pensamientos negativos (dejamos de invertir tanta energía en pensar en la ofensa y en el ofensor, en recordar lo que pasó, en imaginar lo que haríamos si le viéramos, o lo que tendríamos que haber dicho o hecho, en hacernos preguntas sin respuesta), y nuestras motivaciones de venganza o de evitación del ofensor.

Una de las definiciones de perdón más aceptadas en psicología del perdón es la propuesta por Enright y sus colaboradores, quienes lo definieron como el deseo de abandonar el derecho al resentimiento, al juicio negativo y a la conducta indiferente hacia quien nos ha herido injustamente, a la vez que se fomentan las cualidades inmerecidas de la compasión, la generosidad e incluso el amor hacia él o ella (Enright y el Human Development Study Group, 1991). No todos los autores están de acuerdo en que deban estar presentes la compasión, la generosidad o, en general, actitudes positivas hacia el ofensor, para considerar que se ha perdonado por completo. La desaparición de la experiencia negativa de malestar sí es identificada unánimemente con el perdón.

El perdón tiene una serie de efectos beneficiosos en la víctima que no poseen otras alternativas de acción. Además de reducir los efectos negativos del no-perdón, se ha encontrado de forma consistente una relación positiva entre mayores niveles de perdón y distintos indicadores de salud física y mental y una relación negativa entre el perdón e indicadores de estrés o disfunción.

El lado oscuro del perdón

A pesar de los efectos beneficiosos documentados del perdón, en algunos estudios se ha comprobado que puede tener efectos perjudiciales, llegándose a hablar de un lado oscuro del perdón (McNulty, 2011). Este autor encontró que el perdón tras una transgresión se relacionaba, en algunos casos, con mayor presencia de transgresiones posteriores. Los resultados mostraban que en parejas con elevada presencia de interacciones negativas, los cónyuges que informan de mayor tendencia a perdonar sufrían más conductas agresivas tanto físicas como psicológicas. Por otro lado, aquellos cuya pareja presentaba menos tendencia a perdonar mostraban una disminución de conductas agresivas con el paso del tiempo.

Otros estudios encuentran que, para determinar los efectos negativos o positivos del perdón, hay que ampliar la mirada y considerar el contexto de la relación (Luchies, Finkel, McNulty y Kumashiro, 2010). Si estamos hablando de una relación positiva, en la que el agresor actúa habitualmente de forma que proporciona seguridad y reconocimiento a su pareja, perdonar una agresión puntual tiene un efecto positivo en el que perdona, sin ver amenazado su autoconcepto o el respeto por uno mismo. Sin embargo, cuando las ofensas y las faltas de respeto son repetidas, perdonar una nueva agresión puede afectar de forma negativa a quien perdona: el perdón le pone en riesgo y le resta sensación de respeto y control.

¿Protegerse o perdonar?

Estos datos han llevado a los autores a cuestionarse la propia naturaleza del perdón: ¿Debe haber condiciones para conceder el perdón? ¿Conviene perdonar en cualquier circunstancia, cualquier ofensa y a cualquier agresor? ¿Se puede perdonar aunque no se pida perdón? ¿Aunque el ofensor no reconozca su acción o no se arrepienta? ¿Se puede perdonar si no hay castigo, si no hay reparación?

Algunas personas consideran que sí, que es posible perdonar en estas circunstancias, que el perdón es un proceso que puede llevar a cabo el ofendido enteramente, sin necesidad del ofensor. De hecho, señalan que si fuera necesaria la participación del ofensor, la víctima no podría superar su malestar hasta que el ofensor decidiera pedir disculpas o mostrar arrepentimiento, es decir, la víctima dependería del ofensor para comenzar su camino de recuperación, y eso sería darle demasiado poder. A este perdón que tiene lugar en el ofendido independientemente de la actuación del ofensor se le ha llamado perdón incondicional o perdón unilateral (Andrews, 2000).

El objetivo de este tipo de perdón no sería el cambio en la conducta del ofensor, que puede darse o no después de recibir el perdón, ni tampoco sería el retomar la relación previa o reconciliarse. El objetivo de este perdón sería el cambio en la experiencia personal del ofendido, la reducción de su malestar, incluso la instauración de sentimientos y representaciones positivas del ofensor. La víctima es la protagonista del cambio, trabaja sobre sus sentimientos, sus pensamientos y sus conductas hasta llegar a pasar de ser víctima a ser superviviente: deja de sentirse vulnerable, débil, impotente e indefensa, para reconocer su propia fortaleza, recuperar el control y avanzar y crecer después de la experiencia.

Sin embargo, aunque para varios autores este sería el perdón ideal, hay otros que consideran que el ofensor debe participar en el proceso y que el ofendido debe establecer condiciones para que el perdón sea posible Condiciones del tipo  del reconocimiento, arrepentimiento y disculpas por parte del ofensor. En ausencia de estos pasos, sin embargo, la parte dañada podría renunciar a perdonar, creyendo que no se han dado los requisitos para que el perdón tenga lugar. Este sería el concepto de perdón condicional (Miceli y Castelfranchi, 2011). Es decir, para perdonar tiene que haber algún indicador de que la acción ofensiva no va a volver a ocurrir.

Algunos estudios encuentran una relación preocupante entre pedir arrepentimiento al ofensor y algunos indicadores de salud y bienestar. Así, Krause y Ellison (2003), en población mayor, encontraron que pedir al ofensor actos de arrepentimiento se asociaba con un mayor malestar psicológico y sentimientos de bienestar disminuidos, y no era así cuando se perdonaba incondicionalmente. Toussaint, Owen y Cheadle (2012) encontraron que el perdón condicional era predictor de un mayor riesgo de mortalidad en adultos mayores de 66 años, después de controlar variables sociodemográficas y de salud.

Condiciones para un buen perdón

Terminamos con algunas aportaciones que la psicología del perdón hace y nos pueden orientar a la hora de decidir perdonar o no una ofensa:

1. Es imprescindible para un adecuado perdón reconocer la existencia de la ofensa y su importancia. Perdonar negando la ofensa, su gravedad, el dolor causado o la responsabilidad del ofensor, es lo que algunos autores llaman falso perdón; evitar enfrentarse con el propio dolor, o precipitarse en perdonar por intentar recuperar una relación a toda costa, no son motivaciones adecuadas para un correcto proceso de superación del daño.

2. Para evaluar si es adecuado promover el perdón en una situación particular, es imprescindible evaluar antes el contexto y las características de la relación. Perdonar en el marco de una relación en la que predomina el respeto y la valoración mutua no plantea problemas futuros. Sin embargo, en un contexto en el que las ofensas y faltas de respeto se repiten por parte del ofensor, antes de que la víctima se plantee perdonar tiene que plantearse la forma de conseguir reducir las agresiones; el perdón debe plantearse desde un contexto seguro. El perdón cierra una herida; si el daño se sigue produciendo habitualmente, aún no es el momento del perdón.

3. La reconciliación y el perdón son conceptos distintos en psicología. La reconciliación buscaría recuperar o restaurar una relación dañada, mientras que el perdón sería un proceso personal de trabajo sobre los sentimientos, pensamientos y conductas de la víctima. Este proceso personal puede terminar, o no, en reconciliación. Confundir perdón con reconciliación puede llevar a la persona a rechazar el perdón, es decir, a rechazar un proceso interno de superación que le podría beneficiar.

BIBLIOGRAFÍA

  • Andrews, M. (2000). Forgiveness in context. Journal of Moral Education, 29(1), 75-86.
  • Enright, R.D. y The Human Development Study Group (1991). The moral development of forgiveness. En W.J. Kurtines (Ed), Handbook of Moral Behavior and Development, Londres: Lawrence Erlbaum.
  • Krause, N. y Ellison, C.G. (2003). Forgiveness by God, forgiveness of others and psychological well-being in late life. Journal for the Scientific Study of Religion, 47, 77-93.
  • Luchies, L.B., Finkel, E.J., McNulty, J.K. y Kumashiro, M. (2010).  The doormat effect: When forgiving erodes self-respect and self-concept clarity. Journal of Personality and Social Psychology, 98(5), 734-749.
  • McNulty, J.K. (2011). The dark side of forgiveness: The tendency to forgive predicts continued psychological and physical aggression in marriage. Personality and Social Psychology Bulletin, 37, 770-783.
  • Miceli, M. y Castelfranchi, C. (2011). Forgiveness: A cognitive-motivational anatomy. Journal for the Theory of Social Behavior, 41(3), 260-29
  • Toussaint, L.L., Owen, A.D. y Cheadle, A. (2012). Forgive to live: Forgiveness, health and longevity. Journal of Behavioral Medicine, 35, 375-386.

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