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EL ROSTRO DE LA MISERICORDIA

La llamada a la misericordia ha encontrado una acogida que vale la pena considerar con atención. No es ajena al hecho de que el dolor viene reclamando atención en nuestra cultura aparentemente olvidadiza. En medio de una verdadera invasión de publicaciones que inducían a aspirar a lo casi obligado de la felicidad, cuando no en su fácil conquista, desde hace unos decenios se ha ido abriendo paso la memoria del sufrimiento. Y con ella, la constatación de que el dolor “anda errante por el mundo y se sienta por turno a los pies de cada cual”, como decía Esquilo en su Prometeo. Y se puede se puede pensar que esta atención al sufrimiento, la puesta en valor de la compasión que venimos registrando desde varios ángulos, no son extrañas, sino que guardan cierta vecindad con el subrayado en la misericordia que caracteriza al mensaje del Papa Bergoglio. Es – dice en su último documento- “la viga maestra” que sostiene la vida de la propia Iglesia, “lo más urgente y significativo que el cristianismo puede aportar a la humanidad”.

La reacción de unos cuantos filósofos, escritores, o simplemente testigos de los grandes males del siglo pasado, que se prolongan en buena medida en el presente, ha venido mostrando que la conciencia moderna no está adormecida del todo y que dura la convicción de que la familiaridad con el horror, como avisaba Steiner, es “una radical derrota humana”. Porque la pregunta por el sufrimiento es una constante ya que el dolor, en sus distintas formas, es parte integrante de la condición humana, incurablemente vulnerable, frágil, amenazada, finita. También, con grandes avances en su haber, la medicina, siempre ocupada en curar o al menos aliviar, reabre ahora mismo preguntas sobre lo que resta por comprender y abarcar del dolor de cada paciente.

Así, aunque pudiera parecer lo contrario, en tiempos de inflación de promesas sobre el bien-estar y la felicidad, se ha ido abriendo espacio una antropología que atiende a la debilidad y el dolor y una ética del cuidado y la compasión. Bastaría repasar los catálogos de publicaciones y los contenidos de revistas de ensayo e investigación para recordar que nuestro tiempo no ha olvidado que “la aflicción anda siempre sobrevolando en la tierra”, como avisa también el más antiguo de los trágicos.

Los terribles acontecimientos que marcaron el siglo XX y los que siguen lacerando el XXI han llevado a que observadores agudos –creyentes o no– presten atención al tema del dolor que hace de nuestro pensar un pensar herido. Así, en la filosofía y literatura recientes hay páginas escritas por algunos testigos de grandes males que sería desconsiderado ignorar. Hace poco nos llegaban Las voces de Chernóbil. Crónica del futuro, el libro-reportaje de la premio Nobel Svetlana Alexiévich que da cuenta de un sufrimiento insoportable, ladeado y silenciado, de millares de personas que padecieron el accidente de la central nuclear. Y sale a la luz una recopilación de los escritos de Primo Lévi, obligado a revivir dolorosamente el pasado en un campo de prisioneros, por puro deber de testimoniar

Compasión frente a insensibilidad o indiferencia
De muchas maneras, una comprensión cabal de lo humano en su finitud –y su grandeza– no puede pasar por alto que el dolor/sufrimiento (según se considere su lado físico o psíquico, aunque ambos resulten apenas separables) está presente en el núcleo de la existencia. Forma parte de nuestra identidad, se nos dice, advirtiendo a la vez que nunca acabaremos de hacernos preguntas sobre ello.

Por experiencia sabemos que el dolor forma parte de muchos momentos de nuestra vida y es siempre único por ser dolor de cada uno/a en su peculiaridad. Se ha dicho también que el sufrimiento puede descubrir en nosotros honduras que no conocíamos –lo avisaba L. Bloy– para quien la era cristiana había traído el alivio de sufrir con esperanza, lo que equivale a afirmar que es posible hallar algún sentido. Y todo sentido -vuelven a asegurarnos- aminora el sufrir. Por otra parte se nos ha advertido – sobre todo a partir de la Shoah – que justificar pronto el dolor ajeno es caer en la inhumanidad y en la injusticia, mientras que la compasión , que comporta la voluntad de curar o aliviar, humaniza no sólo a aquellos a los que se dirige, sino a los propis sujetos que así se conducen.

Una y otra vez se nos recuerda que esta posibilidad de com-padecer se asienta en la verdad de que nuestro existir de humanos es co-existir, que somos en relación, afectados los unos por los otros, en una reciprocidad que radica en nuestra igual humanidad. Y la compasión resulta necesaria porque el sufrimiento, la vulnerabilidad, la fragilidad, la mortalidad en definitiva, forman parte de la existencia humana. Aunque hayan sido y sean en muchos casos realidades poco considerados en la manera de hablar, de pensar y de conducirse en ambientes en los que se sueña con el disfrute y en los que las gentes parecen resignadas a aceptar como mal menor el sálvese quien pueda. Pero el dolor quiebra el sueño de una vida indolora y ”desligados de todo sufrimiento y de toda esperanza incluso los pensamientos verdaderos de los hombres carecen en sí mismos de todo valor” (Horkheimer). La compasión con quienes sufren nos salva de la indiferencia y teje la necesaria solidaridad interhumana sin la que el vivir sería impensable.

Como decíamos, una llamada a la compasión alza la voz después de cierto optimismo en el progreso y confianza en el bienestar que parecían prevalecer al menos en nuestro contexto occidental. Y cabe preguntarse si, desilusionados de una promesa excesiva de felicidad traída por los avances técnicos, fiada más que en nada en los datos económicos, no somos ahora mismo más sensibles al lado sufriente de tantas vidas. Y preguntarse también si por obra de los medios de comunicación nos vemos más afectados que nuestros antepasados por la masa de dolor que a diario nos asalta. O si la avalancha de información nos hace más proclives a la indiferencia y hasta a la insensibilidad.

Un Dios compasivo y misericordioso
De mil modos se nos viene recordando que los vencidos y olvidados reclaman nuestra piedad y nuestro recuerdo. Han hablado de ello en tiempos recientes teólogos y filósofos conocidos. Lo han hecho al hablar de una ética del sufrimiento”, “ética de la compasión”, que deriva del “llorar con los que lloran” (cf Rom 12,15) y sigue la invitación evangélica de amar a los no amables, Lo han hecho al reconocer autoridad a los que sufren y al advertir del alcance universal del dolor cuya llamada no podemos desconocer sin deshumanizarnos. La teología y la espiritualidad se han hecho eco de esa cruda verdad del sufrimiento y han hablado de un dolor de Dios que responde a su amor a los que sufren. Han vuelto sobre el atributo esencial de compasivo y misericordioso que es el primero que se encuentra referido al Dios de Israel en las páginas bíblicas. Y a las palabras y acciones de Jesús que muestran aquel Rostro del Padre “lento a la ira y rico en piedad”. Una teología atenta a esa imagen sostiene la primacía que en el anuncio del Evangelio tiene la misericordia como actitud y práctica.

Misericordia y esperanza
Ahora bien, ni la compasión ni la misericordia son actitudes fáciles. Se nos ha advertido más de una vez que tomar conciencia del dolor ajeno requiere todo un aprendizaje, que exige atención y sensibilidad, igual que se nos avisa de que haber experimentado la misericordia nos ayuda a ser misericordiosos. Ya Bernanos reconocía que hacerse cargo del dolor de los otros es un camino no precisamente corto. Y el escritor que tantos personajes dolientes creó en sus novelas confesaba que él mismo había aprendido tarde a ver en los demás, no los pecados y errores cometidos, sino aquel resto de infancia que se conserva en cada uno.

Vivir compasivamente resulta algo muy cercano a lo que en el lenguaje cristiano se quiere expresar cuando se exhorta a mirar con misericordia. El respeto por el dolor es respeto profundo por la humanidad: Y “nada hay más parecido a Cristo que un ser inocente que sufre”, escribió Mounier ante la cuna de su hija afectada por una encefalitis grave.

Participar del dolor del otro, sin sustituirlo, sin rebajarlo, quiebra el narcisismo que nos enclaustra y la insensibilidad que endurece. Y esta capacidad de hacerse cargo comprendiendo es una actitud y un sentimiento que ennoblece a la humanidad. Más aún, compasión y misericordia ante sufrimientos y fallos son decisivas en una sociedad que quiera ser vivible, y en todos los que se quieran rectos éticamente.

El fundador de la conocida asociación El Arca estaba convencido de que dejando que se muestre a la luz la realidad, universal y central, de la fragilidad, que sin excepción condividimos, podremos ir más allá de las diferencias, para encontrarnos en una misma humanidad, y que la debilidad se ofrece como una nueva oportunidad de sentirnos hermanos de todos… “Sin indulgencia la tierra no es habitable” anotó hace bastantes años T. de Chardin. Y su buen amigo, el autor de Paradojas y otras paradojas (Madrid 1966), escribió que “todo sufrimiento es único y todo sufrimiento es común”, Con realismo humilde añadía que “todo dolor es oscuro: a medida que se percibe su sentido, se desvanece” pero que ”cuando verdaderamente se sufre, siempre se sufre mal”, puesto que ”ningún sufrimiento real, en el momento en que es sentido, es noble”.

Pero la compasión-misericordia no es dolorismo y, menos aún, enfermizo regodeo en el sufrir, pues hay dolores que destruyen. Y hablar – como muchas páginas bíblicas lo hacen de un Dios, sobre todo, compasivo y misericordioso aunque aparentemente inerme ante los sufrimientos y las embestidas del mal, no equivale a dimitir de una esperanza que aguarda el bien definitivo. Ofrecer esperanza es ofrecer sentido, y los cristianos estamos llamados a testimoniar humildemente una esperanza sufrida, o como alguien modestamente dijo, a dejar escuchar “un cierto rumor de felicidad” (J.-F. Six)

La compasión ha venido siendo una actitud y una actuación que ha movilizado las mejores energías en la historia de la Iglesia. Los cristianos –y no sólo ellos– han reconocido en los que sufren una singular presencia del Señor, lo desconcertante de su amor humilde, su gratuidad. Han confesado que Dios es amor, y ese amor es compasión y misericordia con las criaturas débiles, finitas. En los tratados de espiritualidad recientes se subraya que la compasión del dolor de Jesús –y de los dolores de María– no dejan de lado, sino que implican, la sensibilidad para con las mil formas del sufrir de nuestros hermanos crucificados, injusticiados, sobrantes, excluidos. Reaparecen así nuevas maneras de hablar de la actitud compasiva: “La cuestión de la salvación –ha escrito en una de sus reflexiones de Cristología el P. Moingt– es preocuparse de aquellos que padecen necesidad y reconocerlos como alguien que tiene derechos sobre nosotros”.

La compasión y la misericordia son un legado compartido por judíos cristianos y musulmanes, que imitar al Dios de Jesús ha reclamado siempre ser compasivos y tener misericordia. Que en el modo misericordioso de actuar de los creyentes se muestra que Dios es amor. De ahí que la misericordia constituya el núcleo del evangelio y sea la mejor manera de anunciarlo.

Un buen conocedor de la situación religiosa actual afirmaba, hace no mucho, que “si Dios hubiera inventado una palabra que estaría dispuesto a defender en las sedes de la academia sería ésta de misericordia. ¿Quién que no fuera él –se preguntaba– hubiera tenido la idea de asociar la miseria y el corazón en una única expresión?” (P. A. Drouin, Remèdes à la fatigue de croire). Y, en una de sus homilías, el papa Francisco la definió como “una gran luz de amor y de ternura, la caricia de Dios sobre las heridas de nuestros pecados” (7-04-2015). Una glosa preciosa de un término cuya etimología invita, paradójicamente, a acercar el corazón a la miseria.

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