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DESTRUCCIÓN DEL PATRIMONIO CULTURAL: UN HECHO DE NUESTRO TIEMPO

Asistimos en la actualidad a la destrucción consciente de bienes culturales de enorme relevancia para la historia de la humanidad. Nuestra reacción y actuación ante esto será determinante para el futuro. Un repaso de los índices de la revista Las noticias del  ICOM (Consejo Internacional de los Museos) desde el año 2010, supone una radiografía de la situación a la que venimos asistiendo desde hace tiempo en relación con la destrucción del patrimonio histórico artístico o, por utilizar una terminología más de nuestro tiempo, de los bienes culturales o del patrimonio cultural. Sirvan como ejemplo algunos subtítulos que siguen  a la sección Patrimonio en peligro: Intervención en Haití, Crisis de biodiversidad (2010); Respuestas ante emergencias, El tráfico ilícito al descubierto (2011); En el centro del conflicto (2012); Salvaguardar el patrimonio de Tombuctú, Conflicto armado (2013), o Intervención de emergencia y Cesión de objetos de colecciones (2015).

Por otra parte,  el ICOMOS (Consejo Internacional de Monumentos y Sitios)   presenta, bianualmente desde el año 2000, información pobre patrimonio en situación de riesgo. Son reiteradas las alusiones  a Kosovo, Afganistán o Líbano, a los que habría que añadir Egipto, Túnez, o el ensañamiento  contra el patrimonio en la crisis de Siria, Iraq, Yemen, Mali o Libia. La normativa deviene de la UNESCO, uno de cuyos principios es “velar por la conservación y protección universal de libros, obras de arte y monumentos de interés histórico y científico”.  Varias convenciones han abordado los problemas señalados al inicio: La Convención de la Haya para la protección de los Bienes Culturales en caso de conflicto armado (1954), La Convención sobre Tráfico Ilícito de Bienes Culturales (1970), y la relativa la protección del Patrimonio Mundial, Cultural y Natural de 1972, celebrada en París. Y ya en los primeros años del siglo XXI, se incide en la protección de los bienes culturales expoliados debido al tráfico ilícito procedentes del Patrimonio Cultural Subacuático (2001), en  la protección del Patrimonio Inmaterial (2003) y en la protección de la Diversidad Cultural (2005). Ahora bien, la UNESCO confía en la responsabilidad y el buen hacer de los estados miembros; esto es, en cada uno de los estados, la última palabra la tiene la normativa interna, que debe ser ratificada por cada uno de ellos.

Aún con todo esto, el hecho cierto es que estamos viviendo una etapa de seria devastación del patrimonio, fundamentalmente en Oriente Medio, pero no sólo. También suponen destrucción las catástrofes naturales, la venta de piezas de colecciones y el tráfico ilícito de bienes culturales, entre otros.

Las noticias sobre nuevos ataques son casi continuas, pero fue especialmente trágico el año 2105, en que el Estado Islámico destruyó amplias zonas de Irak y de Siria. La ciudad de Alepo perdió el minarete (s.XI)  de la mezquita omeya, a causa de un ataque del frente islamista Al.Nusra, Hoy esta ciudad,  cuyo centro histórico fue incluido en la categoría de Patrimonio Mundial (1986), ofrece un aspecto fantasmagórico. La ciudad de Palmira ha vivido la aniquilación de importantes bienes arqueológicos, como el Templo de Baal, varias torres funerarias y el Arco de Triunfo, lo que la ha convertido en símbolo de los ataques y la destrucción del Patrimonio.

La ciudad siria de Raqqa perdió la mezquita de Al-Hinni en 2014; el Krac des Chevaliers o Castillo/Fortaleza de los Cruzados, también Patrimonio de la Humanidad y ejemplo de castillo medieval del mundo árabe, fue destruido en 2014. Maarat an-Numan, ciudad tomada por los rebeldes ha sufrido bombardeos del régimen de Bachar al Asad y de Rusia, aspecto que también ha sido criticado por especialistas como el profesor Tresserras, pues ambos países son firmantes de la Convención de la Haya (UNESCO, 1954), sobre protección de bienes culturales en caso de conflicto armado.

Y en cuanto a los daños en territorio iraquí, Mosul ha sufrido la pérdida de su museo, de la biblioteca y de sus magníficos fondos de manuscritos, así como algunas mezquitas; Tal Afar vio caer los muros de la ciudadela después de la toma de la ciudad por los yihadistas, y en Nimrud se destruyeron deliberadamente esculturas y relieves asirios por el Estado Islámico (EI).

Podríamos seguir, pero conviene llamar la atención sobre el hecho diferencial de estos ataques frente a otros de épocas anteriores, aunque muy cercanas a nosotros. Estamos ante acciones sistemáticas y múltiples, claramente intencionadas, no producto de errores de cálculo ni susceptibles de calificación como daños colaterales. Irina Borkova, directora general de la UNESCO, ha hablado de estas actuaciones por parte de “una forma de limpieza cultural”, cuya pretensión es acabar con bienes que son testimonio de civilización, herencia del pasado y signo de identidad de los pueblos, con objeto de llevar al desarraigo y desvinculación de la tradición.

Pero estas invectivas no van sólo dirigidas a los habitantes de la zona, sino a la comunidad internacional, puesto que se trata de vestigios que son símbolos que han trascendido lo meramente local al alcanzar categorías significativas a nivel mundial.

Muchos de los bienes objeto de destrucción, de los que estamos hablando, cuentan con un tipo de reconocimiento y protección que procede de la declaración de la UNESCO como Patrimonio Mundial o Patrimonio de la Humanidad que tiene su origen en la Convención sobre la protección del Patrimonio Mundial, Cultural y Natural del año 1972, celebrada en París. En ella se establecieron los principios para reconocer y conceder la categoría de Patrimonio Mundial o de la Humanidad a aquellos que se consideraban los más importantes en el contexto internacional, lo que supone un nivel más amplio de protección o añadido a la categoría máxima correspondiente en cada país (en nuestro caso Bienes de Interés Cultural  o BIC), pues se trata de creaciones de valor excepcional que, por este motivo, deben  ser protegidos internacionalmente.

Pero además de esa llamada limpieza cultural,  hay otra finalidad que también supone una novedad sobre la que ya se ha pronunciado la UNESCO: la existencia de un tráfico ilícito respecto a estos bienes de carácter arqueológico o piezas artísticas procedentes de museos y colecciones expoliados,  sobre el que se cuenta con documentación contundente en cuanto a su utilización para la financiación del terrorismo islamista. Consecuencia de ello es la resolución 2199 (2015) del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, que condena sin paliativos estos hechos respecto a Siria e Iraq y prohíbe taxativamente las transacciones comerciales con este tipo de bienes.

El problema ante el que nos encontramos es de enorme calado: hablamos de desaparición de objetos y vestigios de culturas milenarias, importantísimas para el conocimiento de la historia del ser humano, y de durísimas situaciones que generan incluso actuaciones y decisiones por parte de algunos gobiernos muy controvertidas. Me refiero a la prohibición de entrada de personas procedentes de determinados países por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, que ya ha tenido contestación por parte de relevantes instituciones museísticas como el MOMA y el Metropolitan Museum que, en actitud beligerante, han tomado la decisión recientemente de mostrar en sus parámentos obras de artistas sirios, yemeníes, libios, iraníes, sudaneses, somalíes o iraquíes, caso de Zahra Hadid. Es decir, de los siete países con población mayoritariamente musulmana a los que se ha prohibido la entrada al país.

Ciertamente, los bienes culturales son algo más que herencia cultural en nuestro tiempo. Desde las décadas finales del siglo anterior se han convertido en activos desde el punto de vista económico, sin dejar de ser  activos culturales, por ejemplo en materia de turismo cultural.  También éste, si no cumple las necesarias condiciones de sostenibilidad, puede generar situaciones de sobreexplotación que causen daños a los bienes culturales, lo que constituye otra amenaza de deterioro y destrucción  a más largo plazo.

¿Cómo podemos actuar frente  a todo esto? ¿Tenemos capacidad de intervención? Aparentemente no mucha, pero realmente desde donde se puede plantear una clara concienciación respecto a la conservación del patrimonio cultural y de sus valores, es desde el terreno de la educación formal, uno de cuyos objetivos es la sensibilización hacia el patrimonio. Los currículos escolares en materia de Ciencias Sociales, de Educación Artística o de Historia del Arte, entre otras, tienen en cuenta la importancia de desarrollar la curiosidad por las formas de vida del pasado y por los vestigios existentes. El objetivo debe ser conseguir que se valore la importancia que tienen los restos para el conocimiento y estudio de la historia y como herencia cultural que hay que cuidar y legar a escala local, nacional e internacional,  como riqueza compartida que debemos conocer y preservar. En este sentido, el Plan Nacional de Educación del Patrimonio (2013)  plantea una secuencia basada en la idea de la sensibilización, que podríamos sintetizar así: conocer para valorar, valorar para respetar, respetar para conservar y transmitir, lo que sin duda contribuirá  a reforzar el sentimiento de identidad, de pertenencia y de orgullo por lo recibido y por lo que legaremos a las nuevas generaciones.

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