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SER O NO SER EN LA RED

Hoy puedes hacerlo todo sin salir de casa: teletrabajar, estudiar, comprar comida y que te la traigan del supermercado o de cualquier restaurante. Puedes ver películas, series, obras de teatro, ópera. Puedes incluso ver cómo la NASA retransmite por Facebook Live cómo los astronautas de la Estación Internacional preparan un nuevo paseo espacial.

Puedes conseguir todo lo que quieras, solo con la yema de los dedos. La logística necesaria consiste simplemente en: un ordenador o smartphone, conexión a internet, y electricidad (las baterías duran poco, y al final parece que eso marca la tendencia, la batería).

Todo esta al alcance del aquí y el ahora, cuando tu quieras y como tu quieras, en ese orden. Una vez poseída la logística (móvil e internet), el siguiente paso es sencillo: elegir. Dentro de ese universo de posibilidades que ofrece Internet, también podemos elegir seres humanos. Bienvenidas y bienvenidos al mundo de las apps de citas. Un mundo en tu bolsillo que te ofrece el mayor catálogo de oportunidades en el amor, aquí y ahora. O puede que no.

El ser humano busca a otras personas con las que compartir su tiempo, su espacio, su vida. Dentro de esa búsqueda, encontramos familia, amigas, amigos, compañeros y compañeras, parejas. ¿Por qué? ¿Por qué buscamos el amor? Erich Fromm decía en su libro El arte de amar, que “el ser humano es vida consciente de si misma. Con certeza con respecto al pasado y el futuro, con la certeza de la muerte. Esa conciencia de si mismo como una entidad separada, la conciencia de su breve lapso de vida, la conciencia de su soledad y su separatidad. Todo ello hace de su existencia separada y desunida una insoportable prisión. Y las personas se volverían locas, si no pudieran extender su mano y unirse de una u otra forma con los demás seres humanos”. (Erich Fromm, El Arte de Amar: capítulo II – La teoría del amor).

El amor y la muerte son cuestiones metafísicas que nos interpelan a todas y todos. Y es en el trayecto de nuestra vida donde podemos ver cómo y hacia dónde está derivando la manera en la que nos relacionamos considerando la estructura política, ideológica, tecnológica y de poder.

Michel Foucault afirmaba que “la crisis del sujeto moderno no es consecuencia única de la contestación de los otros. El sujeto moderno como sujeto acorazado contra la otredad interior (la propia sexualidad y el inconsciente) y la otredad exterior (personas diferentes a uno mismo: mujer, homosexual, loco, extranjero…)”. Foucault señala a un ser humano controlado tanto por la estructura externa como por su propia estructura interna.

Según Bloomberg, empresa estadounidense que ofrece software financiero, datos y noticias, en el año 2017, las empresas tecnológicas superaron en capitalización bursátil a las financieras. En la lista de las empresas más valiosas a nivel mundial, las tres primeras son tecnológicas: Apple, Alphabet (matriz de Google) y Microsoft. Facebook ocupa el sexto lugar.

Las cuatro apps más descargadas del mundo pertenecen a Facebook: Whatsapp, Facebook Messenger, Facebook e Instagram. La estructura vira hacia lo tecnológico, y está claro que nuestra realidad se ve afectada por ello. ¿A quién podemos reprochar que estemos compenetrados con la sensibilidad de su época, aunque esa sensibilidad esté abiertamente inducida? Porque no nos parece raro ir caminando por la calle e ir mirando el móvil; estar sentados en el metro y mirar el móvil. Cenar con amigas y mirar el móvil. El sueño de un sólo dispositivo para todo, ya esta aquí. Pero, ¿eso nos acerca o nos aleja? ¿Nos hace más libres o nos aprisiona un poco más? Como dice Jean Baudrillard en Cultura y simulacro: “Los imperios intentan hacer coincidir lo real, todo lo real, con sus modelos de simulación”.

Nuestra identidad se desdobla en dos, el yo real, el que va a comprar el pan, el que se mira en el espejo, y el yo digital. Esa identidad digital, puede ser más pública o menos pública. Puede esconderse bajo un seudónimo, nombre falso, o nombre en clave. O puede ser una imagen mejorada de nosotros y nosotras mismas. En ese espectro, nos fijaremos en la imagen pública de las redes sociales.

La tiranía de la belleza, y la hipersexualización de las imágenes marcan cómo nos representamos en las redes. El afán del ser humano por la autorepresentación siempre nos ha perseguido. La pintura y el autoretrato; la fotografía, y el autoretrato; el cine y el autoretrato. Si en el pasado, era un artesano, o artista quien pintaba un retrato o fotografiaba a una familia.

Lo digital ha democratizado el acceso a una tecnología que permite que cada uno se represente a si mismo como quiera, ya no hay alguien experto, que desde fuera nos mire y nos dibuje, nos fotografíe, nos grabe. Nosotras y nosotros generamos ingentes cantidades de información, y de imágenes sobre nosotros mismos. Las imágenes reflejan el sistema de representación que las traduce, distribuye y las consume. Hay que ser consciente de ello para no reproducir en nuestras vidas las representaciones mediáticas; ceñirse a los limites de la institución artística o ser absorbidos por la maquinaria. El narcisismo es el protagonista.

Las apps de citas más populares son Tinder, Grinder, y Wapa. Estas apps muestran un catálogo de imágenes de otras personas. Miras una foto, y tienes dos opciones: pulsar un aspa roja o un tic verde. Si alguien te resulta atractiva o atractivo, pulsas el tic verde. Si la otra persona hace lo mismo, podéis empezar a conversar por la red social. La imagen es clave. Hay empresas de fotografía que incluso se han especializado en fotos de perfiles sociales para que las personas puedan transmitir lo que son con sólo una imagen, al menos eso dice su publicidad. A partir de ahí ya decides, si quedas o no quedas, y a dónde te lleva esa nueva relación.

Dentro del mundo de las redes sociales y aplicaciones geosociales que buscan ahondar en las relaciones interpersonales, nos encontramos con apps de todo tipo. De entre las menos conocidas, Linggers es una app de citas basada en series. Conecta a amantes de las series para que puedan compartir sus inquietudes sobre la última producción de HBO, Netflix… Cuddlr, es una app que une a personas que quieran abrazarse.

Lo curioso de estas aplicaciones es que usan el sistema de geo-localización para que puedas comunicarte vía internet con estas personas, pero teniendo en consideración que estén cerca fisicamente y no al otro lado del mundo, para favorecer el encuentro cara a cara. Sin conocer a esa persona, ya puedes saber dónde está, por área geográfica aproximada.

Gatsby, es otra aplicación que se presenta así: “Una app de citas para que te roben el corazón y no el coche”. Si conoces al alguien a través de esta red social, podrás conocer si esa persona tiene algún tipo de historial criminal. A través de los datos públicos en internet, y el Big data, esta app rastrea cualquier tipo de información pública sobre esa persona y la pone a disposición del resto de usuarias y usuarios.

“Si la ideología nos exime de pensar por nuestra cuenta (porque ya lo han hecho por nosotros), la sensología nos evita sentir porque ya todo ha sido sentido. Las pasiones, los sentimientos también se gestionan, sobre todo el miedo, gracias al cual es más fácil poder actuar en el mundo de los sentidos” (Remo Bodei).

Según la NCA, la Agencia Nacional contra el Crimen de Reino Unido, las violaciones relacionadas con las citas por internet aumentaron un 450% en seis años, de 2009 a 2015. De las personas agredidas, el 85% fueron mujeres y el 15% hombres.

Las aplicaciones no son las causantes de estos abusos, sino las personas, en su mayoría hombres, que ejercen una violencia sistémica contra las mujeres. El sistema/estructura patriarcal y misógino favorece que estos hijos sanos del patriarcado abusen desde sus posiciones de poder cuando se relacionan con una mujer.

Muchas personas dicen usar las apps de citas porque quieren ampliar su círculo. Hay hombres y mujeres que han tenido relaciones de pareja largas que ahora están solteros y solteras y quieren conocer gente nueva. O personas que lo usan simplemente para mantener relaciones sexuales esporádicas con muchas personas diferentes. Personas, que encuentran una pareja estable. Personas que amplían el círculo, mantienen relaciones sexuales con otras personas, y acaban teniendo nuevas amigas y amigos, pero sin pareja. La fórmula no es exacta y habrá tantas experiencias como usuarias y usuarios, como intenciones y satisfacciones. Lo claro está en que esa búsqueda del amor, ese extender la mano y unirse de una u otra forma con otros seres humanos es un negocio muy rentable que acaba siendo absorbido por el sistema para generar dispositivos de control. Catálogos y catálogos de seres humanos, donde lo que prima es la imagen, lo que importa es seguir intercambiando datos, usando la tecnología, los chats, generando contenido propio, imágenes hipersexualizadas, y estar conectados el máximo de tiempo posible. ¿Qué tipo de relaciones generan estas conexiones?

La precariedad deviene un sustantivo durante los noventa que define nuestro tiempo de trabajo, nuestra vida, nuestras relaciones. Generamos vidas IKEA, vidas frágiles.

La película, La Teoría Sueca del amor del director Erik Gandini trata sobre el tópico que define a Suecia como un modelo de sociedad avanzada con una elevada calidad de vida. Pero, ¿es realmente un país feliz? ¿Es posible que la población más autónoma e independiente del mundo esté insatisfecha? Sin la necesidad de pedir ayuda o favores, el contacto humano queda reducido a la mínima expresión. El número de gente que muere sola aumenta año tras año. ¿Merece la pena asumir el aislamiento y la soledad para tener una vida autónoma e independiente?

Esta película muestra como la independencia, y nuestra capacidad por ser autónomos y no depender de nadie, se nos vuelve en contra, porque no se generan redes humanas de calidad. ¿Qué tipo de conexiones establecemos con las personas si las maneras que tenemos de comunicarnos, de tocarnos, de estremecernos, es a través de 140 caracteres, por mensaje de voz, o por videoconferencia? La tecnología como herramienta para la comunicación, para la interacción, y la conectividad ha sido un gran descubrimiento. Pero, los usos y abusos que hacemos de ella están generando una sociedad más individualista y aislada.

Puedo conocer qué está haciendo la NASA en la órbita terrestre, cuando miro Facebook Live, en mi móvil, mientras bebo una caña con la persona con la que chateé el otro día por Tinder, mientras contesto a tres chats de Whatsapp en el mismo momento. Puedo estar en tres sitios a la vez, pero no estoy en ninguno. Puedo hacerme un selfie para mis perfiles sociales, pero mientras me miro a mi mismo, a través de la cámara de mi móvil, no puedo mirar quién está al otro lado.

La tiranía de la red reside en lo instantáneo, lo que genera mensaje atractivos, cortos que pueden convertirse en virales porque son asimilados con rapidez y difundidos a gran velocidad, generando picos enormes de penetración (tráfico de datos, intercambio, actividad…) en las usuarias y usuarios. Repitiéndose el patrón, se genera un paisaje de picos. A mayor cantidad de seres humanos aislados, con dispositivos móviles, con acceso a internet, 24 horas al día, 7 días a la semana, con perfiles sociales; mayor público usando y difundiendo contenidos en dichas redes. Lo preocupante es ver cómo este comportamiento en las redes se parece tanto a la manera que tenemos de relacionarnos en la realidad.

Como dice Yayo Hernández en el documental Cuidado resbala: “El problema deriva de una gestión individual de la vida. La idea de crisis económica es una estafa brutal. La verdadera crisis es una crisis ecológica, social y de cuidados.”

La pregunta clave que deberíamos hacernos para revertir como está organizada la vida a día de hoy reside en tres simples interrogantes:

  • ¿Cuáles son las necesidades de nuestra sociedad?
  • ¿Qué tenemos que producir para cubrir esas necesidades?
  • ¿Qué trabajos son socialmente necesarios para nuestra sociedad?

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