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ENTENDER VENEZUELA

Hace unas semanas pasé unos días en Venezuela para diversas actividades académicas. En Chacao, un vecindario acomodado de la capital, fui a cenar con un amigo a un restaurante barato de pollo asado.

El comedor consistía en un gran espacio con ventanas abiertas a la calle, sin cristales aunque con barrotes (en Caracas básicamente nunca hace frío, y la lluvia se evita a menudo usando aleros, no cerrando). Como era por la tarde-noche, había muy poca gente: media docena de mesas ocupadas a lo más, todas en el centro del comedor. A su pregunta, le pedí al camarero que nos pusiera junto a una ventana, y así podríamos hablar tranquilos.

El camarero sugirió que mejor en una fila más adentro, si no queríamos tener gente del otro lado de la ventana esperando a que termináramos de comer para pedirnos los huesos. Seguimos su consejo. Las personas efectivamente aparecieron, pero ya no junto a nosotros, porque estábamos separados de las ventanas.

El camarero gestionaba sus peticiones con amabilidad: “Aguarde un poco, que hay una mesa donde están terminando”. Cuando recogía, ponía los restos en una bolsa, y a través de la reja se los daba a quien estuviera esperando.

Yo he vivido más de veinte años en Venezuela y nunca había visto nada así.

Los últimos acontecimientos

Economía en picado

Los últimos acontecimientos son ciertamente muy preocupantes. Desde el punto de vista económico tenemos una inflación estimada por encima del 700% (el Banco Central dejó de dar cifras oficiales hace año y medio) con una pérdida concomitante del poder adquisitivo de asalariados y pensionistas; una caída del producto de alrededor del 8% anual; y una precariedad alimentaria que ha llevado a unos 2/3 de la población a perder indeseadamente un promedio de 8,5 kg de peso desde 2014.

De vida o muerte ha resultado ser el desabastecimiento masivo de medicinas necesarias para las enfermedades crónicas como la diabetes y las graves como el cáncer, para el funcionamiento de los quirófanos (más de la mitad de ellos han dejado de operar en los hospitales públicos), y para el tratamiento de los niños (la ministra de Salud fue depuesta en mayo por dar cifras actualizadas de mortalidad infantil).

El Gobierno se ha negado a abrir el canal de ayuda humanitaria internacional, pedido por ONGs e Iglesia, para paliar la situación de las personas que están literalmente muriendo de hambre o enfermedades tratables. Más bien intenta buscar dinero líquido colocando deuda externa a largo plazo. Como Venezuela posee un riesgo-país tan alto, lo hace ofreciendo intereses usurarios. El reciente préstamo de Goldman-Sachs y la venta de bonos no registrados, se han hecho con descuentos entre el 69 y el 80%. La oposición ha anunciado que al llegar al poder desconocerá esa deuda.

Dictadura 

Desde el punto de vista político, el gobierno viene desarrollando un golpe de Estado con la complicidad del Tribunal Supremo (TSJ) y el Consejo Nacional Electoral (CNE), ambos enteramente ocupados por chavistas, que le aprueban todo lo que el presidente decreta, y bloquean todo lo que la Asamblea Nacional, dominada por la oposición, resuelve.

En las elecciones legislativas de 2015, la oposición obtuvo una mayoría de 58-42% en votos, lo que en diputados suponía los 2/3 que le hubieran permitido renovar el TSJ y el CNE. Las maniobras del gobierno anulando los resultados en algunas circunscripciones evitaron esa posibilidad, y desde entonces el país quedó institucionalmente bloqueado.

A partir de ahí, el chavismo ha venido utilizando al TSJ y el CNE para impedir cualquier votación, sabedor de que la perdería por algún porcentaje entre 70-30 y 80-20. Bloqueó el Referendum Revocatorio Presidencial (hubiera podido ser en 2016); aplazó sine die las elecciones regionales y locales previstas para diciembre pasado; protagonizó un primer intento de golpe de Estado en marzo-abril de 2017 traspasando las competencias de la Asamblea Nacional al TSJ; y lleva en curso un segundo golpe, pretendiendo convocar una Asamblea Constituyente sin votación popular, y eligiendo buena parte de los constituyentes a través de sus propias organizaciones (solo puede tener mayoría en ella violando el principio una persona-un voto, así que se dispone a hacerlo).

Con una Constituyente al mismo tiempo disuelve la Asamblea Nacional y dispone de todo el tiempo que desee hasta una nueva votación, si la hay, porque escribir la nueva constitución puede demorar años. Y así también depondría los escasos oficiales del chavismo que se han opuesto a la dictadura, particularmente la Fiscal General. No es raro entonces que la oposición se haya negado a participar en el apaño.

Las protestas por la situación económica y política se suceden en las calles, con participación masiva de los jóvenes. Son reprimidas ferozmente, tanto por la Policía y la Guardia Nacional del régimen, como por pistoleros civiles motorizados (los llamados ‘colectivos’). Van más de 70 muertos entre los manifestantes en esas protestas. El régimen se dispone a juzgar a los manifestantes civiles con tribunales militares. Los presos políticos se cuentan en este momento por cientos.

Anomia y control social

El presidente ha amenazado con armar a un millón de sus partidarios, lo que suena especialmente truculento en un país donde el año pasado hubo más de 28.500 asesinatos (por comparar, 4.800 el año anterior a que Chávez llegara al poder; 300 en España en 2016, números redondos en todos los casos).

La dictadura muestra entonces una peculiar incapacidad para controlar la delincuencia, que afecta más a quienes viven en vecindarios más pobres. Más bien, en otro llamativo giro, utiliza delincuentes (malandros) para atornillar el control social en los barrios populares, amenazando con represalias de esta violencia delincuencial dirigida a quien se pronuncie por la oposición.

El control político ocurre también por la venta de alimentos baratos por los CLAP (Comités Locales de Abastecimiento y Producción) en las zonas populares y previo registro. La comida de los CLAP resulta esencial para la sobrevivencia física de muchas familias pobres; pero si no haces lo que el régimen requiere, te sacan de la lista del CLAP.

Otro nivel de cuestiones pendientes

Para entender Venezuela hay que considerar no solo los problemas del momento, sino los más estructurales a los que el chavismo quiso constituir una respuesta. En ese nivel previo, encontramos males comunes a toda Latinoamérica y a Latinoeuropa, o sea nosotros, como el clientelismo, la corrupción política y el deterioro institucional. Los tres nacen, y a la vez producen, una gran dificultad para que la sociedad funcione según una ley igual para todos.

Si las normas que efectivamente se aplican a cada agente social dependen de sus contactos más que del sistema legal, lo básico para que tener éxito en la vida es conocer gente bien situada, ser sus clientes, de manera que ellos te faciliten las cosas a cambio de que tú contribuyas a sostenerlos en su posición de privilegio.

Sobre esa base, la corrupción resulta fácil y las instituciones malfuncionan continuamente. Su manual de instrucciones es la ley, de manera que operando de hecho por contactos se vuelven estructuralmente ineficientes: diseñadas para funcionar con gasolina, les ponemos diesel.

Esta estructura política de fondo, una república de contactos en vez de un Estado de derecho, se ve agravada en el caso venezolano por el rentismo. Venezuela es un país muy abundante en petróleo, gas, hierro, aluminio y oro, todos los cuales son propiedad del Estado. La distribución de los correspondientes beneficios sigue la lógica clientelar de las relaciones de quien mande y la construcción de su poder. La ley se tuerce, o se hace, para ello.

Venezuela, contra lo que se dice, es un país pobre. Siempre lo ha sido; constituye un error frecuente llamarlo un país rico con tanta gente pobre. La riqueza de un país consiste en su generación de valor agregado, en la capacidad de sus ciudadanos y empresas para sostenerse sobre sus propios pies en los mercados globales. Incluso cuando el petróleo venezolano se vendía muy caro (llegó a 120 dólares por barril; ahora está en unos 40), un país de mendigos de la renta petrolera que fluye a través de contactos políticos, no es un país rico. Al revés, precisamente porque hay tanta gente pobre, estos dependen más de la distribución de renta estatal para sobrevivir, y entonces se convierten con facilidad en clientes dóciles de poderes arbitrarios.

La solución de fondo obvia

Desde que la renta petrolera empezó a dominar la economía venezolana (hace poco menos de un siglo), se ha venido proponiendo emplear el dinero de los recursos naturales no para consumirlo manteniendo a la población en la pobreza, sino para invertirlo en aumentar el capital físico, tecnológico y humano del país, de manera que la renta constituyera una palanca de modernidad económica. Esta solución obvia, en la cual Venezuela hizo por temporadas grandes progresos, ha encontrado muy difícil sostenerse políticamente en el tiempo. Una y otra vez ha aparecido la tentación de usar el dinero petrolero para ganar lealtades políticas ofreciéndolo como recurso fácil para el consumo, en vez de como capital para incrementar la producción.

La democracia anterior a Chávez cayó precisamente cuando los precios del petróleo no permitieron seguir sosteniendo las expectativas de reparto de sus clientes políticos. El chavismo, en vez de intentar nuevos esquemas para transformar la renta petrolera en capital, hizo lo contrario: fundó su poder aún más sobre el reparto político de la renta, renacionalizó cuanto pudo, y hostigó a las empresas verdaderamente competitivas que quedaban.

Como consecuencia, el motor capitalista de la economía venezolana se fundió, y solo quedó el motor rentista. En cuanto los precios del petróleo volvieron a bajar, nos encontramos con la situación económica y social que hemos repasado.

Perspectivas

Maduro no solo no ha cambiado el rumbo sino que lo ha profundizado; su única esperanza consiste en que el petróleo vuelva a subir. Pero, debido al fracking, que ha alterado radicalmente el mercado petrolero mundial, ello es muy improbable a corto plazo. El precio actual constituye una suerte de límite superior, por encima del cual mayores cantidades de shale oil llegarán al mercado.

El resultado en Venezuela es la dictadura: puesto que no puede comprar adhesiones suficientes con renta petrolera, Maduro intenta mantenerse por la fuerza militar prescindiendo de votaciones y constituciones.

Una buena pregunta es por qué los militares están apoyando el golpe de Estado en Venezuela, y hasta dónde lo harán. Latinoamérica tiene una larga historia de dictaduras antidemocráticas, pero siempre han comenzado con golpes contra gobiernos impopulares para salvar a la Patria. Pienso que es la primera vez que los militares actúan contra la constitución para mantener un gobierno fracasado extremadamente impopular. El control de la inteligencia cubana sobre la Fuerza Armada venezolana y la existencia en ella de una poderosa minoría vinculada al narcotráfico, han sido propuestos como factores explicativos.

Por otra parte, el último giro de Maduro abandonado toda apariencia de democracia, ha tenido la virtud de unir a la oposición. La postura de Leopoldo López y María Corina Machado (no hay salida por la votación) ha resultado más realista que la de quienes pensaban que el régimen aceptaría perder el poder en elecciones, encabezada por Henrique Capriles y Julio Borges. La idea de una solución negociada basada en elecciones dentro de la constitución, que el mismo Vaticano apoyó hace unos meses, cotiza bajo en este momento.

Todo el liderazgo opositor se encuentra unido en impedir la dictadura y, en la medida que el chavismo se empeñe en ella, en sacarlo del poder para restablecer la constitución. El primer paso para desatascar la situación es entonces claramente político. Después deberán atenderse las emergencias económica, social y de seguridad pública que hemos descrito.

Aun así quedará pendiente el problema del rentismo clientelista que Venezuela arrastra desde hace un siglo. Nadie en el liderazgo tiene cabeza para ello en este momento, pero cuando despertemos, ese dinosaurio seguirá ahí.

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