ACTUALIDAD ARTÍCULOS

FE, PLURALISMO Y TOLERANCIA

Imaginad que un amigo vuestro que abandonó hace años la práctica religiosa os dice que, aunque ni él ni su novia creen, se van casar por la Iglesia porque les gusta a sus padres; o que una hermana os anuncia que se va a casar con un divorciado que aporta dos hijos al matrimonio. Un hijo convoca a sus padres para hablar y les dice: “Soy homosexual y voy a casarme con NN.(o/a). ¿Vais a venir a la boda?”. La hija de unos amigos tiene un novio iraní desde hace dos años. Se van a casar primero en España; luego se casarán en Irán y vivirán allí. Un compañero de trabajo ha pedido un año de excedencia para irse a la India a iniciarse en la meditación hindú…

Ante estas situaciones y otras parecidas seguramente percibimos que no reaccionamos hoy como habríamos reaccionado hace 15 o 20 años. Mirando hacia delante podemos preguntarnos dónde poner los límites ante situaciones que hasta hace poco nos parecían inaceptables. Otras veces, nosotros mismos o algunas personas cercanas nos dirán que nos pasamos de rígidos o de tolerantes.

En los temas de fe la cosa es a la vez más problemática y más soportable. Problemática porque vete a ver en qué cree cada cual; soportable, porque de eso no se habla, salvo en encuestas anónimas con respuestas prefabricadas. A saber qué es lo que de verdad creen y no creen los que se consideran católicos sobre la divinidad de Jesucristo y su resurrección, sobre la Eucaristía, sobre la verdad de los Evangelios o la esperanza en la vida eterna.

¿Sigue siendo cristiano el que asume un humanismo cristiano sin iglesia, sin oración, sin sacramentos, con un credo recortado o vacilante? ¿Cómo podemos y debemos convivir con gente que vive y entiende la vida de forma diferente en cuestiones importantes que afectan a las convicciones religiosas? ¿Cómo compaginar la firmeza de la fe con el diálogo en una sociedad cada vez más pluralista en la manera de entender y vivir la vida? ¿Hay que mantener el diálogo y la comunicación a toda costa? ¿Hasta dónde llega el pluralismo? ¿Hasta dónde puede llegar la tolerancia?

El pluralismo es la situación social en la cual personas de diversas procedencias, trayectorias y convicciones conviven e interactúan de manera amistosa o al menos pacífica con otras personas que tienen distintas formas de entender y de vivir la vida. El pluralismo es hoy un fenómeno global cada vez más presente en la vida cotidiana. Hoy, potencialmente, todo el mundo se relaciona con todo el mundo desde convicciones diferentes.

Por lo que se refiere a la religión, no sólo existen diferentes religiones; existe además un discurso secular, distinto y en ocasiones contrario al discurso religioso; y existe también dentro de las distintas religiones, en nuestro caso de la misma Iglesia, formas muy plurales de entender la propia fe y el modo de vivirla… y de no vivirla.

¿Cómo afecta el pluralismo a nuestras convicciones? El diálogo y la convivencia entre los que tienen convicciones diferentes genera lo que algunos sociólogos llaman procesos de contaminación afectiva  y cognitiva. Cuando gentes con convicciones y credos diferentes se relacionan y comunican entre sí, se influyen mutuamente, se genera cierta sintonía afectiva que propicia pactos cognitivos. Toda interacción prolongada con otras personas que discrepan de nuestra visión del mundo, la relativiza.

Hay dos formas básicas de enfrentarse al pluralismo: unos, inmersos en la cultura plural dominante, adaptan su forma de vivir al modo de vivir y de pensar de su entorno; otros buscan vivir su fe sin abdicar de las convicciones religiosas heredadas. Por un extremo se cae en la asimilación y el relativismo; por el otro se asoma uno al fundamentalismo.

El fundamentalismo nació como forma de resistencia religiosa frente a la erosión que significa la cultura moderna para la religión. A principios del siglo XX la Iglesia Presbiteriana de Estados Unidos señaló unas cuantas verdades fundamentales y decidió no ordenar a quienes las negasen: el nacimiento virginal de Cristo, la inspiración de la Escritura, la muerte redentora de Cristo y su resurrección y la historicidad de los milagros. Recordemos que por esos mismos años san Pío X introdujo el juramento antimodernista con propósitos similares. Más recientemente el Consejo Mundial de las Iglesias Cristianas sólo considera que pueden pertenecer a él Iglesias y Confesiones que “confiesan al Señor Jesucristo como Dios y Salvador, según el testimonio de las Escrituras, y procuran responder juntas a su vocación común, para gloria del Dios único, Padre, Hijo y Espíritu Santo”,

También los cristianos católicos que queremos seguir siéndolo, tenemos que tratar de conservar el núcleo irrenunciable de nuestra fe. En momentos de cuestionamientos y cambios históricos conviene centrarse en lo que es verdaderamente central para el Cristianismo. Y lo central para el cristiano es Cristo. Es la fe en su persona, en su mensaje, en lo que él puso en movimiento en la historia; eso es lo que nos salva. Los cristianos lo somos porque de una u otra manera en una u otra medida hemos hecho nuestra la respuesta de Pedro: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios.” Ese es el núcleo fundamental de nuestra fe.

En eso somos, si se nos quiere llamar así, fundamentalistas. Cristo y nuestra fe en él, no debería quedar a merced de relativismos. Sólo la verdad puede hacernos libres del relativismo acomodaticio y del fundamentalismo intolerante. Pero a diferencia de los fundamentalistas; esa verdad no la poseemos, sino que estamos referidos a ella; nos supera, se nos va dando; no queda atrapada por unos ritos, doctrinas, autoridades. Todos somos “peregrinos de la verdad” (Benedicto XVI). A eso se añade que existe una jerarquía de verdades; no todas tienen igual importancia y valor.

El núcleo es la fe en Jesús, Hijo de Dios y Salvador de los hombres. A esa fe tenemos acceso desde la propuesta que nos hace la comunidad creyente que llamamos Iglesia. Ser fieles a Jesús implica inseparablemente fidelidad a la comunidad de fieles que nos ha transmitido esa fe, ese evangelio y los sacramentos en los que la celebramos. Y, por supuesto, ser fieles a su Espíritu, que todavía no nos ha dicho todo lo que significa ser seguidores de Jesús en los tiempos nuevos. La verdad de Jesús despliega en la historia potencialidades insospechadas que unas veces vienen del interior de la Iglesia y otras del reconocer la presencia y la acción sorprendente del Espíritu que no se deja circunscribir a la parte visible del Pueblo de Dios.

Cuando se entiende la Iglesia como pueblo de Dios y misterio de comunión, ya no es posible trazar una clara línea divisoria entre quienes están dentro y quienes están fuera. Todos pertenecemos a ella, al menos como convocados; ninguno está tan dentro que no pueda crecer en comunión. Hay criterios para discernir dónde está el centro y quién está más próximo o más alejado del centro. Pero esos criterios son tanto visibles y objetivos como invisibles y difíciles de calibrar.

Los individuos carecemos por lo general de consistencia suficiente para vivir y expresar abiertamente nuestras convicciones en contextos adversos. Cuando actuamos en público, lo hacemos teniendo en cuenta la opinión de los que nos rodean. Tanto más dispuestos estamos a hablar cuanta más concordancia haya, o esperemos que haya, entre las propias convicciones y las de aquellos que nos escuchan, cuanta más sintonía tengamos con las personas de nuestro entorno. Si opinamos como la  mayoría, hablamos; de lo contrario, callamos. Sobre el hablar y el callar decide el clima de opinión. El resultado es que los que hablan contagian su opinión; los que callan pueden abandonar la suya. Los creyentes en ambientes descristianizados nos deslizamos fácilmente por la «espiral del silencio» y caemos en la asimilación.

Sobre la asimilación los judíos han reflexionado abundantemente. Hannah Arendt cuenta que desde su etapa escolar se acostumbró a que, si la atacaban como judía, tenía que defenderse como judía. Los cristianos tendríamos que hacer algo semejante. Si nos cuestionan como cristianos, tendríamos que apelar no tanto a los derechos humanos o decir que cada cual es muy libre de tener las convicciones que prefiera. Si nos cuestionan como cristianos, tendríamos que defendernos como cristianos.

La Iglesia, la comunidad creyente, es el lugar social en el que resuena y recibimos la fe el lugar en el que la vivimos y transmitimos y nos sentimos confirmados en ella; en ella nos encontramos con Jesús que la convocó, la sigue convocando y sigue viviendo en ella. En ella recibimos e interpretamos la Palabra de Dios, la Escritura, que nos narra la historia de Dios con el pueblo de la Antigua y Nueva Alianza sellada con el cuerpo entregado y la sangre derramada por Jesús muerto y resucitado que celebramos en la Eucaristía. En la Iglesia celebramos los sacramentos, esas acciones simbólicas en las que la comunidad creyente celebra y actualiza la acción salvadora de Dios en Cristo a favor de su pueblo.

Para vivir y proponer la fe en un mundo pluralista tendríamos que pasar del silencio a ser capaces de hablar abierta y libremente (parresía) de ella; pasar de la confesión rotunda y apabullante (en el fondo pedida prestada a la doctrina oficial, tras la que cada cual se parapeta) al testimonio de la propia experiencia vacilante y humilde, pero creyente y confesante; del choque y la imposición al atractivo de una vida vivida en esperanza y entrega alegres; de la “defensa” de la fe a la propuesta dialogada, conversada. Para eso hay que empezar por reavivar y profundizar la propia fe realimentada en una comunidad que la comparte.

Hoy el diálogo es más importante que la proclamación. Tendríamos que empezar por la conversación con los cercanos y afines, con ellos será más fácil evitar los estereotipos. Hay que dialogar sobre cómo vivimos. Y dialogar significa hablar y también escuchar: ¿con qué sentido, con qué esperanza vivimos? Señalar a Cristo que nos hace vivir con sentido y esperanza, pero escuchar también cómo lo dicen y lo viven otros; reconocer y poner en común también los propios atisbos, oscuridades y dudas. Cuéntame la historia de tu fe y escucha la historia de mis búsquedas.

LECTURAS RECOMENDADAS

P. BERGER, Los numerosos altares de la modernidad. En busca de un paradigma para la religión en una época pluralista. Ediciones Sígueme, Salamanca, 2016.

J. MARTÍN VELASCO, Creo en la Iglesia. PPC. Madrid. 2016.

J. RATZINGER, Fe, verdad y tolerancia. El Cristianismo y las religiones del mundo. Ed. Sígueme, Salamanca, 2005.

Comments

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *