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TORRES QUEVEDO: PENSAR PARA PROGRESAR

El acceso a fuentes de información a través de portales instalados en Internet es habitual en nuestra sociedad. Hoy, para saber de algo, lo primero es acceder a un buscador de Internet. Si se hace así con Leonardo Torres Quevedo, aparecen cientos de miles de referencias.  Llama la atención que son de muy diversa índole y que en el año 2016 ha tenido lugar la iniciativa llamada Año Torres Quevedo 2016, promovida por particulares, que ha pretendido actualizar la importancia de esta figura, aprovechando que se cumplía el centenario de una de sus obras más conocidas, el Spanish aerocar de las cataratas del Niágara.

Torres Quevedo nació el 28 de diciembre de 1852, en Santa Cruz de Iguña, Molledo (Cantabria), aunque su familia residía habitualmente en Bilbao, donde él estudió el bachillerato en el Instituto de Enseñanza Media, estando a cargo de unas parientas, las señoritas Barrenechea, mientras cursaba la primera parte del mismo. Esto sería importante en su futuro, pues le proporcionó los medios económicos suficientes para poder dedicarse a la investigación. Posteriormente, completó estudios en el Colegio de los Hermanos de la Doctrina Cristiana de París (1868 y 1869), otra circunstancia importante en su futuro. En 1870, el padre es trasladado a Madrid y Leonardo inicia sus estudios superiores en la Escuela Oficial del Cuerpo de Ingenieros de Caminos al año siguiente.

Al acabar esos estudios (1876), trabaja como ingeniero durante unos meses en proyectos ferroviarios, pero su curiosidad y ganas de saber y aprender le llevan a renunciar a ingresar en el Cuerpo para dedicarse a “pensar en sus cosas”, estudiando y viajando por Europa (especialmente Francia y Suiza), para conocer de primera mano los avances científicos y técnicos. A su regreso, se establece en Santander y luego en Madrid, iniciando una actividad de estudio e investigación, que no abandonará hasta su fallecimiento el 18 de diciembre de 1936.

A lo largo de su vida, desarrolló una magna obra que tuvo incidencia científico-tecnológica, económica y social, tanto en el ámbito nacional como en el internacional. Quizás hoy hubiera tenido también cierto impacto mediático, puesto que, a decir de algunos, Leonardo Torres Quevedo es el más grande de los inventores españoles, llegándose a calificar su figura como el Leonardo español, en referencia a Leonardo da Vinci. Torres Quevedo fue un pionero, adelantado a su tiempo, que se amoldó al clima científico francés, tan diferente del desinterés español de la época.

Incidencia científico-tecnológica

En Internet se encuentran afirmaciones tales como “Torres Quevedo, el inventor del videojuego” o “el inventor del puntero láser”, que no son correctas, pero sí indican que sus inventos supusieron hitos importantes en el desarrollo de elementos cotidianos hoy. Él fue un gran inventor, pero también tenía amplios conocimientos científicos (teóricos y prácticos) y por ello fue un innovador, tanto en ciencia como en sus aplicaciones prácticas. Como otros grandes, intuye, concibe teóricamente y finalmente plasma cada realización, algunas de las cuales se comentan a continuación.

Los funiculares atrajeron poderosamente su atención, realizando numerosos proyectos. En 1887 construyó el primero en su pueblo natal. En 1907, el primero apto para el transporte público de personas, que se instaló en el Monte Ulía de San Sebastián, y en 1916 se inauguró el ya citado Spanish aerocar de las cataratas del río Niágara.

Los dirigibles constituyen un hito en la historia del transporte. Torres Quevedo diseñó un nuevo tipo de dirigible que solucionaba el grave problema de suspensión de la barquilla. Este proyecto se presentó en las Academias de Ciencias de Madrid y París en 1902 y dio lugar más tarde a la construcción de estos aparatos tanto dentro como fuera de España.

El control remoto o mando a distancia, tan familiar en estos tiempos, también fue un área en la que Torres Quevedo aportó soluciones innovadoras y pioneras. En 1903 presentó el Telekino en la Academia de Ciencias de París, que consistía en un autómata que ejecutaba órdenes transmitidas mediante ondas de radio, siendo el primer aparato de control remoto que se conoce en el mundo. La importancia mundial de este descubrimiento queda patente al haber sido reconocido en el año 2006 como Milestone de la historia mundial de la ingeniería por el IEEE (Institute of Electrical and Electronics Engineers), una de las asociaciones científico-tecnológicas más prestigiosas del mundo.

Desde mediados del siglo XIX se conocían diversos artilugios de índole mecánica que buscaban la solución de ecuaciones matemáticas y que se conocen como máquinas analógicas de cálculo. Un proceso matemático se transforma en una actuación sobre alguna magnitud física y el estado físico resultante se corresponde con la solución matemática buscada; nada que ver con las máquinas calculadoras que disponemos hoy en día basadas en la electrónica digital. Torres Quevedo presentó la Memoria sobre las máquinas algébricas en la Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales en 1893, lo que se consideró entonces como un suceso extraordinario en el curso de la producción científica española. Además, en 1900, presentó la Memoria Machines á calculer en la Academia de Ciencias de París.

Los autómatas diseñados y fabricados en el laboratorio de Torres Quevedo son una parte importante de su actividad. Quizás el más popular sea el Autómata Ajedrecista, un aparato que juega al ajedrez con rey y torre como si fuera una persona, respondiendo con absoluta precisión a las jugadas que se le hagan y que es capaz de dar mate. Éste y otros de sus ingenios y máquinas se pueden ver en el Museo Torres Quevedo, en la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Caminos Canales y Puertos de la Universidad Politécnica de Madrid.

Incidencia económica

No es habitual evaluar el impacto económico de las actividades humanas en aquellas fechas, particularmente en este campo, poco significativo en la economía global del país, pero sí cabe hacer una aproximación cualitativa usando los parámetros actuales de transferencia tecnológica aplicada a la resolución de problemas industriales o sociales.

Un par de ejemplos pueden ilustrar este impacto económico de la obra de Torres Quevedo. Uno, su trabajo sobre los funiculares que dio lugar a la creación de empresas españolas como la Sociedad de Estudios y Obras de Ingeniería, de Bilbao, que construyó con éxito transbordadores en diversos lugares, o la empresa The Niágara Spanish Aerocar Co. Limited, creada con capital español para construir en Bilbao el funicular que se instaló en el Niágara.

El otro, relacionado con su patente para los dirigibles, que fue comprada por la empresa francesa Astra, pero excluyendo la cesión los derechos de fabricación en España, de forma que esos aparatos pudieran fabricarse aquí sin necesidad de pagar a otros por ello.

Incidencia social

Torres Quevedo tenía interés por la renovación de España mediante la ciencia y la cultura, como tantos otros en aquella época. Por ello, perteneció al Ateneo de Madrid, a la Academia de Ciencias Española, que presidió, a la Real Academia de la Lengua o a la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, de la que llegó a ser Vicepresidente.

Desde esas instituciones intentó organizar e impulsar la investigación española y llamar la atención de la sociedad sobre la importancia de la ciencia y la tecnología. Fruto de sus propuestas fueron la creación de distintos organismos como el Centro de Ensayos de Aeronáutica para el “estudio técnico y experimental del problema de la navegación aérea y de la dirección a distancia de la maniobra de motores”, el Laboratorio de Mecánica Aplicada (designado años más tarde como Laboratorio de Automática), dedicado “al estudio y construcción de máquinas y aparatos científicos para diversas aplicaciones industriales, para la fabricación de aparatos para la enseñanza y otros” (del que fue nombrado director), la Asociación de Laboratorios (para coordinar todos los centros dispersos por España dependientes de los diferentes Ministerios), el Instituto Nacional de Ciencias Físico-Químicas, o el Instituto de Material Científico.

También contribuyó a la modernización de la formación de los ingenieros en España. En 1914 publica su obra Ensayos sobre Automática. Su definición. Extensión teórica de sus aplicaciones en la que se puede decir que Torres Quevedo propone una nueva disciplina, la Automática, “que estudia los procedimientos que pueden aplicarse a la construcción de autómatas dotados de una vida de relación más o menos complicada”.

En los últimos años de su vida, dirigió su atención al campo de la pedagogía, a investigar aquellos elementos o máquinas que podrían ayudar a los educadores en el aula. Los frutos más notables de esa época son quizás el puntero proyectable y el proyector didáctico.

Incidencia internacional

Torres Quevedo acostumbraba a presentar sus trabajos fuera de España. La calidad de los mismos y su personalidad le granjearon un amplio reconocimiento internacional y por ello fue elegido miembro correspondiente de la Academia de Ciencias de París (de la que posteriormente, en 1927, sería elegido también como uno de los doce miembros Asociados Extranjeros) de la Academia de Ciencias de Buenos Aires, de la Sociedad Científica Argentina, de la Hispanic Society of America y de la Sociedad de Física de Ginebra.  En 1920 fue elegido miembro del Comité Internacional de Pesas y Medidas, lo que en palabras de Leonardo Villena “es probablemente su mayor distinción científica internacional, aunque poco divulgada”.

Además de esas distinciones, Torres Quevedo recibió galardones como la Medalla Echegaray o el grado de Doctor Honoris Causa por las Universidades de Coímbra y La Sorbona.

Hoy día, Leonardo Torres Quevedo sigue presente en la sociedad española, dando nombre a calles en pueblos y ciudades, a colegios e institutos, a una parte del Programa Estatal de Promoción del Talento y su Empleabilidad en I+D+i, o en el pasaporte español renovado en 2015, cuya primera página de visados tiene una imagen del transbordador del monte Ulía.

Leonardo Torres Quevedo estaba dotado de una extraordinaria capacidad intelectual, una enorme intuición y gran habilidad, a pesar de lo cual fue un hombre sencillo, que trabajó por convicción, no por ambición de poder o de gloria.  Una persona con el corazón y el alma en su tiempo presente, proyectando hacia el futuro.

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