LITERATURA

PONGÁMONOS SERIOS: HABLEMOS DE HUMOR

El autor Wenceslao Fernández Flórez, a mediados del siglo pasado, decía que el humor puede no ser solemne, pero es serio. Pero ¿qué humor? Aparte del buen humor y del mal humor, los estudiosos (también el humor los tiene) han identificado varios tipos: absurdo, negro, blanco, verde, inteligente, ácido, al que hay que añadir el humor de perros o el de mil diablos; también podemos sumar el que se refiere a los distintos países; no es lo mismo el humor francés que el ruso, el inglés que el español. Cada uno nos reímos con nuestro propio humor.

Los antiguos griegos ya tenían su teoría sobre el humor. Todo empieza con los cuatro líquidos básicos llamados humores, contenidos en el cuerpo humano y relacionados con los cuatro elementos: aire, fuego, tierra y agua. Estos líquidos eran: sangre (aire) bilis amarilla (fuego) bilis negra (tierra) y flema (agua).

Los individuos con mucha sangre eran sociables. Cuando predominaba la bilis negra, había tristeza, pesimismo, melancolía; si el predominio era de la bilis roja, el personaje era considerado como sanguinario, iracundo, colérico y en el que predominaba el agua era un hombre flemático, flojo, poco activo. Cuando el balance entre los cuatro elementos era perfecto el individuo gozaba de buen humor, era un individuo equilibrado, tenía buen humor.

Humor, sarcasmo e ironía

El humor es una posición ante la vida; consiste en tratar a la ligera las cosas graves y gravemente las ligeras. Tiene matices: su forma refinada, la ironía, que presupone en el interlocutor capacidad para ver el sentido implícito del mensaje. Y el sarcasmo, la forma más baja de humor, aunque también dotado de gran ingenio.

El humor tiene una función catártica. Cuando la vida se nos presenta llena de dificultades, en vez de llorar, que es otra forma de catarsis, podemos recurrir al humor, a la ironía o el sarcasmo. Es probable que no se solucionen las cosas, pero el humorista y sus seguidores se sentirán más reconfortados.

Lo que es cierto es que los pueblos jóvenes y las literaturas en formación no dan productos de humor. El humor es propio de países que han vivido mucho y que tienen una amplia muestra literaria de tragedias y dramas. Dicen los pedagogos hacia los dos años empezamos a reír que es el resultado del humor. Bien es verdad que algunos no logran aprender esta habilidad por muchos años que vivan. Todos tenemos la experiencia de haber topado alguna vez con personas inasequibles al humor, inalterables ante la ironía, impenetrables ante el sarcasmo. También hay países que lo perciben con dificultad y quizás por eso cuenten en su historia con más revoluciones. Así lo creía Splenger que afirmaba que los revolucionarios se lanzaban a la violencia porque no tenían sentido del humor.

Literatura de humor en España

La concesión del premio Cervantes a Eduardo Mendoza ha hecho subir muchos puntos a este género literario sobre el que versó su discurso en la Universidad de Alcalá. El género del humor, “ha dado nombres ilustres a la literatura española, pero a menudo y de un modo tácito se considera un género menor. Yo no lo veo así. Y aunque fuera un género menor, igualmente habría que buscar y reconocer en él la excelencia”.

El premiado concedió, a su vez, el premio al humor a El Quijote donde resalta un “humor que camina en paralelo al relato y reclama la complicidad entre el autor y el lector”. En su opinión, El Quijote se recibió y leyó como un libro cómico; sin embargo, aunque nuestra percepción de lo cómico ha cambiado, no por eso ha perdido buena parte de su comicidad.

Muchos años antes, en 1945, Wenceslao Fernández Flórez, con quien empezábamos estas líneas, autor hoy prácticamente olvidado aunque artífice entre otras de la bella novela llevada al cine El bosque animado, al leer su discurso de entrada en la Real Academia Española citaba, cómo no, a Cervantes pero también a Quevedo con su gracia “chillona y sin matices melindrosos; enteramente española, que muerde, acosa, despedaza, desatraílla jaurías de sarcasmos contra los vicios y las flaquezas humanas; silba en el aire como la correa de un látigo”. El mismo Fernández Flórez fue un buen humorista y crítico de su tiempo; recordamos sus obras El malvado Carabel, Ha entrado un ladrón, El hombre que compró un automóvil, etc.

Aunque no parezca real, junto a los grandes de la generación del 27: Salinas, Aleixandre, Guillén, Lorca o Alberti, hay otra eclipsada por el valor de esta primera. A ella pertenecen Miguel Mihura, Jardiel Poncela y Edgar Neville. La mayoría de ellos recurrieron al humor absurdo. No podemos olvidar al Miguel Mihura (1905-1977) de Tres sombreros de copa, Ninette y un señor de Murcia e incluso su colaboración en el guion de Bienvenido, Míster Marshall con Luis García Berlanga. Junto con Tono crearon Un bigote para dos, “una película de gracia estúpida, que es la gracia mayor de todas las gracias” según sus creadores.

Ya solo los títulos de las obras de Enrique Jardiel Poncela (1901-1952) nos hacen intuir una trama de humor:  Una noche de primavera sin sueño, Usted tiene ojos de mujer fatal, Angelina o el honor de un brigadier o Eloísa está debajo de un almendro que sigue representándose con éxito. A Jardiel debemos esta definición histórica del humor: “Ha sido preciso todo el proceso gigantesco de la civilización, siglos de trabajo formidable y de luchas apocalípticas, de pensar, de imaginar, de calcular, de inventar, de ensayar, de tantear, de comprobar, de ejecutar mil y mil esfuerzos inmensos en todos los órdenes de la actividad humana para que el pantano tenebroso de lo sentimental o dramático brotase y emergiese la flor esplendorosa de lo cómico”.

Edgard Neville (1899-1967) Conde de Berlanga de Duero, escritor, autor teatral, director de cine, pintor… en sus obras con nombres tan curiosos como Don Clorato de Potasa, Veinte añitos o Marramiau se reía de lo convencional, ametrallando los estereotipos y falsedades sobre los que se asienta la sociedad burguesa, con la única herramienta de la poesía. “Una poesía que participaba de la fulguración vanguardista, la propensión al absurdo y cierta ternura terrorista”.

Maestros de estos autores son Carlos Arniches (1866-1943) y Pedro Muñoz Seca (1879-1936) autores de sainetes costumbristas a veces grotescos en los que hay una deshumanización de los personajes o un cierto descoyuntamiento en la visión de la realidad, aunque la trama se mantenga dentro de las exigencias de lo verosímil. No es precisamente verosímil lo que ocurre con la ingeniosa La venganza de don Mendo de Muñoz Seca cuarta obra más representada de todos los tiempos en España junto con Don Juan Tenorio, Fuenteovejuna y La vida es sueño. Es, además, un recorrido por casi todos los metros y formas de la poesía castellana.  A Pedro Muñoz Seca debemos la creación de la astracanada con la que se pretende hacer reír a toda costa: la acción, las situaciones, los personajes incluso el decorado dependen única y exclusivamente del chiste y la deformación cómica del lenguaje. Aunque criticado por muchos, merece la pena recoger la opinión de un contemporáneo tan crítico como Valle Inclán: “Quítenle al teatro de Muñoz Seca el humor, desnúdenle de caricatura, arrebátenle su ingenio satírico y facilidad para la parodia: seguirán ante un monumental autor de teatro”.

Carlos Arniches, abanderado del casticismo madrileño, inventó un nuevo género humorístico al que llamó tragedia grotesca. Es mi hombre o La señorita de Trevélez son la muestra de su deseo de educar al pueblo poniendo de relieve sus malos hábitos.

Lo que Arniches es para el castizo Madrid lo son para Sevilla los hermanos Serafín y Joaquín Álvarez Quintero. Ágiles autores costumbristas a través de la zarzuela, el sainete y el teatro llamado por horas.

Seríamos injustos si olvidáramos a Tono, José López Rubio y K-Hito grandes humoristas, caricaturistas y articulistas en hilarantes y variadas revistas de las que la más conocida es La Codorniz donde muchos hemos reído con los incisivos chistes de Antonio Mingote, Forges, etc.

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