OPINION

UNA OPORTUNIDAD PARA SUPERAR PREJUICIOS

Los últimos sucesos terroristas acontecidos en Cataluña han vuelto a poner de actualidad la relación entre religión y violencia. Entre otros, y desde hace unos años, por el llamado Nuevo Ateísmo, propagado fundamentalmente en ambientes científicos, pero al que numerosos vídeos en la red y actos públicos no son ajenos. Por ejemplo, podemos recordar que fue precisamente la cuidad de Barcelona la elegida para serigrafiar en sus autobuses la siguiente afirmación: “Probablemente, Dios no existe”. Esta campaña fue pagada por Richard Dawkins, uno de los líderes de este movimiento ateo y profesor en Oxford.

Precisamente uno de los argumentos que utilizan los que militan en el Nuevo Ateísmo para sustentar su actitud militante contra la religión es que las creencias religiosas encierran un fuerte potencial de violencia. Los ejemplos que aportan incluyen situaciones históricas variadas que afectan a las religiones monoteístas del libro, es decir, cristianismo, judaísmo e Islam. Evidentemente, en este tiempo el terrorismo yihadista les proporciona hechos suficientes como para no precisar de otras pruebas. La barbarie de este último mes en Cataluña será usada también como ejemplo de sus tesis. ¿Es esto todo lo que se puede decir? Creemos que no, que argumentar con estos hechos es tomar como expresiones religiosas acciones que son fruto de un fanatismo irracional y perverso, profesado por una minoría vinculada al Islam que pronuncia el nombre de Alá y, quizás, crea que las realiza en su nombre.

El pluralismo religioso que caracteriza nuestras sociedades occidentales y la multitud de aspectos del hecho religioso mismo hace que no resulte fácil discernir lo genuino de los envoltorios en los que a veces se presenta. Recordemos que, en el cristianismo del siglo XX, el Concilio Vaticano II supuso cambios profundos en estos envoltorios y, en este momento, algunos de los mensajes del papa Francisco están facilitando a muchos el acceso a lo genuinamente religioso cristiano, más allá de algunos ropajes que podían hacer opacas ciertas dimensiones del mensaje de Jesús de Nazaret a personas cuya pertenencia a la Iglesia ha sido meramente de carácter sociológico. El Islam, por su parte, en muchas de sus manifestaciones muestra un rostro difícilmente asumible por la cultura occidental, basta considerar el tratamiento que la mujer tiene en las sociedades islámicas.

En la vida cotidiana, las sociedades de nuestro entorno religiosamente plurales, mientras que la raíz cristiana ha sido ignorada por muchos y negada por algunos, los colectivos que profesan el Islam se articulan habitualmente en contextos de proximidad que les permiten mantener sus formas de vida y con ellas sus usos y creencias culturales y religiosas, ambas difícilmente separables.

Indudablemente, los jóvenes captados para el yihadismo proceden de esos núcleos de población, pero sería erróneo e injusto rechazar a todo el colectivo a causa de este hecho que, por otra parte, es también sufrido por los integrantes del grupo del que proceden. Algunos de los gestos que hemos presenciado en los últimos días avalan esta afirmación.

Quizás una de las caras positivas, si se puede hablar así de estos hechos, es abrirnos a todos el horizonte de trabajar la convivencia con modelos nuevos de relación y comprender la fe religiosa como una experiencia que se orienta a proporcionar sentido a la vida humana, cuando esta se abre a la realidad de un Dios que nos trasciende y al que invocamos como misericordioso y compasivo. Es lo radicalmente opuesto a la exigencia de sacrificios humanos que solo puede brotar de mentes enfermas o depravadas. El nazismo es un ejemplo próximo que participa de los mismos mecanismos que ahora están movilizando los terroristas del Daesh.

Estamos ante una oportunidad para revisar no solo nuestros valores compartidos, sino de preguntarnos por la fuente de los mismos y de superar prejuicios y actitudes que tienen que ver, sobre todo, con la ignorancia y los sentimientos pasionales. Las generaciones más jóvenes merecen recibir un legado en el que encuentren estímulos para vivir en positivo y construir una convivencia en la que reconozcan a cada ser humano como alguien a quien respetar, a quien poder ayudar, de quien poder fiarse y a quien poder perdonar.

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