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MECANISMOS BIOLÓGICOS INTRÍNSECOS A LA IDENTIDAD HUMANA. TRANSHUMANISMO Y POSHUMANISMO

La identidad humana no reside tan sólo en nuestra conciencia, como podrían defender algunos de nuestros grandes filósofos, sino que cada persona somos una estrecha relación entre nuestro cuerpo y nuestra mente, entre lo material e inmaterial que, conjuntamente, conforma nuestra identidad como humanos.

Tampoco somos sólo la información genética contenida en nuestro ADN (Genética), como también podrían pensar algunos defensores a ultranza de la Ciencia, sino que nuestra mente, nuestras emociones, comportamiento, voluntad, etc., es decir, nuestra parte inmaterial, está tan estrechamente relacionada con la parte material y visible, que afecta a la expresión de nuestros genes (Epigenética) y, en definitiva, todo ello conforma la persona que llegamos a ser.

La información genética contenida en nuestro ADN es diferente en cada persona, de manera que, aunque dos personas sean hermanas siempre habrá, al menos, tres millones de pares de bases diferentes entre ellas, excepto en los gemelos monocigóticos, que son idénticos genéticamente, aunque se sabe que en cada uno de ellos se producen mecanismos epigenéticos que modifican la expresión de sus genes dando lugar a una identidad individual para cada uno.

Con todos los avances conseguidos mediante la Biotecnología y la Robótica, ¿hacia donde se dirige nuestra especie? ¿Estamos ante un poshumanismo?

La identidad humana

La identidad humana es el conjunto de rasgos propios de una persona o de una comunidad. Es además la consciencia y conciencia que cada uno tenemos de sabernos diferentes al resto de seres vivos. Y aunque todo está en continua evolución, existe una identidad específica que perdura en el tiempo y nos define a cada uno. Nuestro cuerpo y nuestra mente podrán cambiar, transformarse incluso radicalmente, pero seguiremos siendo nosotros.

Nadie duda, hoy en día, que los humanos somos una especie, dentro de los millones de especies diferentes que poblamos este Planeta y que somos fruto, como los demás seres vivos, de un proceso evolutivo que se ha ido produciendo en la Tierra desde sus orígenes. Pero, seguro, que tampoco hay duda de que, en un determinado y desconocido momento, la vida se hizo consciente dotando a la especie humana de una singularidad fundamental que reside en el deseo continuo de rebasar los límites del mundo mental animal para abrirnos a un mundo mental trascendente.

La identidad humana está formada por múltiples componentes que van desde el componente biológico, el ambiental, cultural, social, étnico, psicológico, mental, espiritual y muchos más. La persona sigue siendo un misterio para el hombre, incluso lo sigue siendo nuestro propio cerebro. El triángulo mente, personalidad, intelecto nos proporcionan la conciencia del ser. El componente biológico es el soporte de todo lo que somos. Nuestro organismo y su funcionamiento: coordinación y control cerebral, lenguaje, pensamiento y hasta la capacidad de tener autoconciencia, están controlados y mediatizados por lo que somos en nuestra biología y ésta se ha formado de acuerdo con nuestros genes.

Los genes son fragmentos de ADN, formado por cuatro bases nitrogenadas: timina, adenina, citosina y guanina, que junto con el azúcar desoxirribonucleasa y grupos fosfatos constituyen esta molécula de la vida. Este ADN se encuentra en el núcleo de todas y cada una de los billones de células que conforman nuestro organismo y, también, en los orgánulos citoplasmáticos llamados mitocondrias.

El ADN humano nuclear tiene alrededor de 3.000 millones de pares de bases nitrogenadas, agrupadas en 46 cromosomas, asociado a un octámero de proteínas histonas, constituyendo el nucleosoma. Un nucleosoma se une a otro y a otro para constituir la fibra de cromatina que forma los cromosomas.

El ADN de las mitocondrias no se asocia a histonas, es desnudo y circular. Aproximadamente alberga unos 32-33 genes y se hereda por vía materna, únicamente. El llamado Dogma de la Biología Molecular y de la Genética señala que un gen codifica para cada proteína; todos nuestros caracteres están formados por la acción de los genes, tanto los caracteres externos visibles: cara, ojos, cabello, etc., como los internos.

Cuando en 1990 se comienza el Proyecto Genoma Humano para secuenciar todo nuestro ADN, se pensó que se resolverían los problemas referidos al conocimiento de las enfermedades y desequilibrios que se puedan producir en el organismo, incluso la identidad humana. Pero cuando, después de 13 años de esfuerzo, se concluye en el año 2003 y se publica en la revista Nature, en octubre de 2004, ya se acepta que la secuenciación no lo es todo, porque quedan muchos interrogantes por responder. Entre ellos ¿por qué los gemelos monocigóticos, formados a partir de un solo cigoto y por tanto con la misma información genética, presentan caracteres diferentes, sobretodo, si han sido criados en ambientes diferentes?, ¿por qué de los billones de células que constituyen nuestro cuerpo, aún teniendo la misma información genética, cada tipo de célula expresa unos genes y otros no? o ¿por qué los genes se expresan de manera diferente dependiendo de nuestro estilo de vida?  Para responder a muchos de estos interrogantes se encuentra la nueva parcela de la Genética que se denomina Epigenética.

La Epigenética se dedica a conocer la causa y el origen de los efectos externos a la genética que son capaces de modificar la expresión de los genes sin alterar la secuencia nucleotídica, es decir el ADN, y que se transmiten a generaciones posteriores.

El término Epigenética fue acuñado por Waddington ya en el año 1942. Hoy sabemos que los mecanismo epigenéticos capaces de responder a estos interrogantes son tres:

1. Modificaciones químicas del ADN (metilación).

2. Modificaciones de las proteínas histonas estrechamente unidas a él.

3.  Los ARNs no codificantes (ncRNAs).

Tales modificaciones reciben el nombre de marcas epigenéticas, constituyendo una capa adicional de información que se denomina Epigenoma.

La metilación del ADN es esencial para el desarrollo normal de la vida, pero también puede ser la causa de muchas enfermedades, como el cáncer, el envejecimiento prematuro, las demencias, el Alzheimer, etc. Afortunadamente, la metilación del ADN es un proceso reversible, lo cual permite obtener tratamientos para luchar contra ellas.

La herencia transgeneracional

La revolución de la Epigenética se inició con intensidad en la última década, cuando los científicos comenzaron a aceptar que los factores ambientales tales como los efectos de la madre en el embrión, las marcas epigenéticas presentes en el padre, una alta contaminación ambiental, la dieta, el tipo de vida sedentaria o activa,  desequilibrios afectivos, la educación, determinados comportamientos y un sinfín de aspectos, todavía sin estudiar, influyen en la adición o eliminación de marcas químicas en el ADN y estas marcas epigenéticas se transmiten de generación en generación, dando lugar a la llamada herencia transgeneracional.

Así pues, la Genética y la Epigenética están condicionando una parte esencial de la identidad humana. El Genoma es el conjunto de genes de un organismo y el Epigenoma el conjunto de modificaciones en la expresión de los genes causadas por el medio externo. Y ambos determinan la peculiaridad de cada especie.

Con el desarrollo de la Ciencia y de las tecnologías, la Genética, Neurociencia, Biotecnología, Informática, Robótica, Nanociencia, tecnología de la información, ciencias cognitivas, etc., se está produciendo un gran cambio en esta peculiaridad, colocando nuestra era Bio a las puertas de un trashumanismo.

Ya han surgido movimientos culturales e intelectuales internacionales que tienen como objetivo transformar la condición humana mediante el desarrollo de tecnologías ampliamente disponibles, que mejoren las capacidades humanas, tanto a nivel físico como psicológico e intelectual.

Pero hay muchos interrogantes para responder porque: ¿qué significa la mejora de la especie humana? ¿Dónde está la frontera entre terapia y mejoramiento? El tema plantea numerosos interrogantes que requieren un estudio específico, científico y ético.

Porque la felicidad psicológica no se identifica con la perfección física, no es solo una cuestión de perfección genética, sino algo más profundo, algo que se relaciona con la persona en su conjunto. Lo que nos hace más felices no es un bien material, sino lo que no se puede medir, como la amistad o el amor.

¿Qué puede quedar, entonces, como propio, intrínseco de nuestra identidad como humanos? No hay duda que lo que nos hace propiamente humanos, no es solo nuestro organismo, nuestra epigénesis y nuestro cerebro, es también y, sobretodo, nuestra ansia de trascendencia, nuestra libertad, nuestro sentido de comunidad, de pueblo; en definitiva, de especie responsable de cuidarse y de cuidar toda expresión de Vida en nuestro Planeta.

Hay que aceptar que la persona es grande en su dignidad, porque precisamente, la fragilidad del cuerpo humano, su limitación en el tiempo y en el espacio, son signo de su grandeza.

No tengamos miedo, más bien vivamos con confianza y esperanza de que la razón y el buen criterio predominarán sobre los que muestran un futuro siniestro y desesperanzado. Estamos llamados a vivir en la esperanza, y también a vivir alertas e interesados por conocer todas las novedades y ser conscientes de que se incorporan a nuestra vida. Pero, sobretodo, sabemos que nuestro futuro está en las manos de Dios.  Aunque esto, sabemos, estamos muy lejos de alcanzarlo.

La misma definición del Transhumanismo plantea ya una serie de interrogantes fundamentales: ¿Qué entendemos cuando hablamos de mejora de la especie humana? ¿Dónde está la frontera entre terapia y mejoramiento?

El hombre ha utilizado desde siempre medios naturales o artificiales para potenciar sus facultades habituales, mejorar su cuerpo o fortalecer su inteligencia. ¿Existen límites éticos para estas operaciones? ¿Cuándo se puede afirmar de un hombre que es normal y cuándo no lo es? ¿El criterio de normalidad se establece con arreglo a unos estándares físicos y a estadísticas del número de seres humanos que poseen esa normalidad? 

El tema plantea de por sí numerosos interrogantes que requieren un estudio específico, científico y ético. Dale Carrico escribió que “mejoramiento humano” es un término con una carga que tiene matices eugenésicos, ya que puede implicar la mejora de los rasgos hereditarios humanos para lograr una aceptación universal de norma de la aptitud biológica (biodiversidad y neurodiversidad), y por lo tanto puede evocar reacciones negativas mucho más allá del significado específico del término. Sin embargo, la crítica más común del mejoramiento humano es que se practica con una perspectiva imprudente y egoísta a corto plazo que es ignorante de las consecuencias a largo plazo en las personas y el resto de la sociedad.

Como el temor de que algunas mejoras crearán ventajas físicas o mentales injustas a los que puedan pagarlas y utilizarlas, por lo que los accesos desiguales a tales mejoras profundizarán la brecha entre los ricos y pobres. La mejora del cuerpo humano podría tener profundos cambios en las situaciones cotidianas. En los deportes, por ejemplo, podrían cambiar drásticamente si se permite competir a los deportistas mejorados, habría una clara desventaja respecto a los no mejorados.

En lo que respecta a los programas económicos, las mejoras en la esperanza de vida exigirían el ajustar los programas de pensiones para compensar un período de jubilación más largo, o retrasar la jubilación durante unos cuantos años más tarde. Si se consideran las tasas de natalidad y no hay una disminución con el aumento de la longevidad, esto podría producir una mayor presión sobre los recursos del planeta como la energía y la disponibilidad de alimentos.

En el campo laboral, las empresas contemplarían una selección de los trabajadores mejorados en las capacidades que a cada una le interesase, con lo cual, habría una desigual y competitiva lucha por el trabajo.

Otro escenario podría ser el hecho de que una persona con una mejora de la audición o de la vista o en estas capacidades sensoriales, podría inmiscuirse en las leyes o las expectativas de privacidad en un ambiente como un aula, laboratorio, empresa o lugar de trabajo. Estas mejoras podrían pasar desapercibidas para el resto de asistentes y dar a las personas una ventaja global.

El mejoramiento humano tiene una profunda capacidad de beneficiarse de la aptitud y capacidad de supervivencia, pero el costo es demasiado alto. Estas mejoras podrían ampliar la brecha socioeconómica entre clases.

El Grupo de trabajo interdisciplinar creado a nivel mundial que incluye a médicos, genéticos, moralistas, teólogos de varias confesiones religiosas redactó un documento sobre los aspectos científico-técnicos y las implicaciones antropológicas y sociales, defendiendo que las tecnologías aplicadas a seres humanos sean utilizadas con el intento de corregir defectos y enfermedades, evitando la práctica de terapias eugenésicas, para modificar caracteres como la inteligencia o el aspecto físico, simplemente motivado por modas.

En consecuencia, algunos defensores, que quieren utilizar un lenguaje más neutral, y avanzar en el interés público en las llamadas “tecnologías de perfeccionamiento humano”, prefieren el término “habilitación” sobre “mejora”; la defensa y la promoción, las pruebas rigurosas de seguridad de las tecnologías; así como el acceso asequible y universal a estas tecnologías, hay que tener siempre muy presente el principio fundamental del bien de toda la humanidad.

Poshumanismo y mejoramiento humano son proyectos que reclaman una Bioética universal de la humanidad en su conjunto. No obstante, una distinción binaria entre terapia y nuevas capacidades humanas, ayuda en los debates sobre la ética del mejoramiento humano al limitar la discusión a las implicaciones pertinentes, en lugar de recurrir exageradamente a la amplia retórica de las situaciones transhumanas futuristas.

Efectos sobre la identidad 

Las tecnologías de mejora humana pueden impactar sobre la propia identidad al afectar la auto-concepción.Esto es problemático porque las tecnologías de mejora amenazan con alterar la propia identidad como persona.

E incluso afectar a las relaciones del individuo con los otros porque no le reconocen como la persona que era con anterioridad al cambio. Como el tema del cisne negro (Cygnus atratus) es una especie de ave anseriforme de la familia Anatidae endémica de Australia. Fue descubierto en 1697, a principios del siglo XVIII, los colonos ingleses que volvieron de Australia trajeron consigo, en sus barcos, un cargamento de cisnes negros. Los cisnes negros son propios de Australia y hasta ese momento, se pensaba que todos los cisnes eran blancos, porque eran blancos todos los que se conocían. La intrahistoria de esta historia es que este hecho supuso una conmoción en la sociedad inglesa. Aunque nos pueda parecer algo ingenuo lo cierto es que la aparición de una especie de cisnes de un color distinto al que estaban acostumbrados a ver, supuso para los habitantes de la época una fuente de debate y de polémica.

¿Algo así podría suceder cuando comiencen a aparecer seres extrañamente dotados con una mezcla de humano y de máquina? No parece que pueda ser así, aunque al inicio de todo esto pudiera ocasionar sorpresa.Por otra parte, el mejoramiento humano podría eliminar la posibilidad de la autonomía moral del individuo, ya que ésta estaría sometida a los intereses sociales, políticos o económicos y además eliminaría la igualdad entre los hombres.

Hay que tener siempre en cuenta que el hombre no puede reducirse a simple materia, y tener muy claro cuál es el concepto de la naturaleza humana y de la persona. Para el transhumanismo el hombre es solo lo que tiene la facultad de percibir, una realidad material, un cuerpo, una estructura, excluyendo su potencialidad, su finalidad intrínseca o la existencia en él de algo inmaterial y esto es un reduccionismo muy simple.

Un segundo reduccionismo que plantea este movimiento es que nuestro cerebro sea tan solo conexiones neuronales. Según los transhumanistas el hombre es su cerebro, luego el día en se pueda descifrar con claridad cómo funciona el cerebro, habremos descubierto cómo funciona el hombre completo.

Penrose afirma que somos algo más que nuestro cerebro y que un ordenador es capaz solo de un razonamiento algorítmico (fundado en secuencias lógicas), mientras que el cerebro humano está abierto a la improvisación y a lo inesperado, a lo caótico, lo que equivale a decir que es creativo. Los autores transhumanistas suelen identificar la felicidad psicológica con la perfección física, lo que equivale a decir: “Cuanto más perfecto eres en el físico, tanto más feliz serás”. Pero esta equivalencia no es cierta. La realidad muestra que se pueden dar situaciones en las que la imperfección genética no engendra infelicidad, o que hay personas que, aunque padezcan una enfermedad, viven una vida feliz.

La constatación de este hecho pone en evidencia que la felicidad humana no es solo una cuestión de perfección genética, sino algo más profundo, algo que se relaciona con la persona en su conjunto (lo que es prueba, en alguna medida, de que no somos solo materia). La experiencia demuestra, además, que lo que nos hace más felices no es un bien material o algo que se puede someter a un experimento científico positivo (por ejemplo, la amistad o el amor).

Además de estos interrogantes fundamentales, surgen otros relativos al aspecto práctico: antes de llegar a producir un hombre perfecto o posthumano, ¿qué hacer con todos los hombres no perfectos?  Mientras conviven humanos y posthumanos ¿Quién establece los relativos derechos, y con arreglo a qué principios serán todos iguales? ¿O, tal vez, derechos y deberes no serán iguales? ¿Cuál será el fundamento de la igualdad o de la desigualdad? ¿Por qué se supone, como cosa cierta, que vivir indefinidamente es algo deseable? ¿Tenemos la obligación moral de mejorar al ser humano o de darle solo una vida lo mejor posible? ¿Y qué significa mejor? ¿Esta mejora tiene un sentido solo biológico o también moral? ¿Quién establece los límites y las normas de la mejora biotecnológica? ¿El estado, los tecnócratas? En conclusión, son necesarios muchos puntos de vista que deben converger: no solo biotecnológicos, sino también psicológicos, éticos y metafísicos.

No se puede subestimar el alcance de estas implicaciones, ya que tanto defensores como detractores del mejoramiento humano reconocen que cambiarán los parámetros fundamentales de la existencia humana (Fukuyama 2002, Harris 2007). Y es que estas tecnologías puede transformar a la especie humana hasta el punto de crear una nueva era poshumana. Y es que tenemos que dar respuesta primero a los interrogantes que todavía se plantean sobre la constitución integral del hombre: algunos tan básicos como conocer el número de genes totales que tenemos, su situación sobre los cromosomas y su relación de ligamiento; las capacidades intelectuales y los soportes biológicos que las controlan, esclarecer todo el misterio que aún supone para el hombre el propio cerebro y sus conexiones; la localización y control de los sentimientos, y tantas y tantas realidades que todavía desconocemos, como para proceder a un transhumanismo provocado y a una eliminación del hombre para llegar al posthumano más perfecto.

La ciencia avanza y sus logros deben ser aplicados a disminuir el dolor, las limitaciones, las enfermedades y, sobretodo, más que a producir un hombre perfecto, a que toda la humanidad tenga lo necesario para vivir, sin que haya hambre, ni guerras, ni refugiados. Que la cultura, la salud, la alimentación y la vivienda sean un logro generalizado a toda la humanidad. Que pensemos más en todos de forma global como parte de una misma familia que es la familia humana. Cuando hayamos logrado estos objetivos, el hombre podrá comenzar a pensar en mejoras y logros hacia una mayor perfección biológica

Y sobretodo, aceptar que la persona es grande en su dignidad, porque valora su propia fragilidad, su vulnerabilidad, porque tiene en cuenta que precisamente la fragilidad del cuerpo humano, su limitación en el tiempo y en el espacio, es signo de su grandeza. Una toma de conciencia de este tipo solo es posible desde un punto de vista no materialista, no reduccionista, que no reduzca a materia la naturaleza humana y la persona.

Hay que partir de una visión antropológica en la que prevalezca la dimensión filosófico-sapiencial sobre la tecnológica e instrumental, tan solo así se podrá captar la grandeza de lo humano, que nunca será reducible a un mero objeto.

No tengamos miedo, más bien vivamos con confianza y esperanza de que la razón y el buen criterio predominarán sobre los que muestran un futuro siniestro y desesperanzado, otros avances se han incorporado a nuestra vida, como las transfusiones sanguíneas y otros muchos más y hoy en día admitimos que están salvando miles de vidas. La plasticidad y misterio de la especie humana y su gran capacidad de pensamiento y creatividad también contribuirán a un avance certero que irá mejorando las condiciones de vida de todos. Estamos llamados a vivir en la esperanza de que así será, pero también estamos llamados a vivir alertas, abiertos e interesados por conocer todas estas novedades, y otras muchas más, ser conscientes de que se incorporan a nuestra vida y que van transformando nuestro conocimiento y comportamiento con nosotros mismos y con los demás.

Sabemos que nuestro futuro está en las manos de Dios.

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