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VIII CENTENARIO DE LA UNIVERSIDAD DE SALAMANCA

Se ha señalado como caldo de cultivo del nacimiento de las primeras universidades, el florecimiento intelectual del siglo XII, el crecimiento del mundo urbano y la expansión de las ciudades, la formación de las instituciones municipales, el nacimiento de una incipiente burguesía, la intensificación del capitalismo comercial medieval –piénsese en el papel integrador y dinamizador de las ferias de Champagne, de Flandes o de Medina del Campo-, los intercambios comerciales y culturales y la creación de un cierto espacio europeo, que imprimirá su sello en las nacientes instituciones universitarias. Como las primeras universidades europeas de los siglos XII y XIII, la de Salamanca también supone una respuesta a la llamada del Tercer Concilio de Letrán (1179), que estimulaba a una “mejor formación del clero” (M. Peset, 2004, 19) y, especialmente, del IV Concilio lateranense, de 1218, que obligaba a las catedrales a nombrar un maestrescuela y un teólogo, como reza en el Cartulario de la Universidad de Salamanca, publicado por P. Beltrán de Heredia. Pero no solo.

El surgimiento del Estudio salmantino era, además, un exponente de la salida del antiguo Reino de León de su aislamiento, característico desde el siglo XI, y en el que las peregrinaciones a Santiago de Compostela supusieron una primera apertura al exterior europeo. “Los peregrinos no son solo portadores de su religiosidad, sino también de nuevas culturas, de nuevas corrientes de pensamiento, de nuevos estilos arquitectónicos, escultóricos y pictóricos, amén de nuevas influencias de todo tipo” (R. A. Fletcher, citado por Antonio García, 1989, p. 13). Con ellos, la órbita cultural leonesa había girado en torno al espacio francés, hasta la fundación de las universidades en que, con la aparición de la Universidad de Salamanca “entra de lleno en la órbita de la Universidad de Bolonia, y como ésta dedicará especial importancia al cultivo del derecho”.

Las Universidad de Salamanca nace en torno a 1218 –a finales de dicho año o comienzos del siguiente-, según Lucas de Tuy. Fue creación del rey Alfonso IX de León y, como otras, “fundadas en el siglo XIII en torno al cabildo diocesano”. Por lo tanto fue de institución regia–como Bolonia, Paris, y posteriormente Nápoles- en una época en la que todavía no se requería la intervención del Pontífice para la creación de los estudios generales. La primera de fundación papal sería Toulouse. Pues “los dos poderes supremos de la cristiandad medieval” captaron bien la importancia de este nuevo poder naciente (Studium) en el que ambos podían apoyarse, y del que podían beneficiarse”.

Fernando III, hijo del citado rey de León y de la infanta Berenguela, heredera de Castilla, uniría ambos reinos, y consolidaría de nuevo la escuela salmantina (6 de abril de 1243) “porque entiendo que es en pro de myo Regno e de mi tierra otorgo e mando que aya escuelas en Salamanca”, recibiendo a sus maestros bajo su protección y confirmando los fueros y costumbres que tuvieran en tiempo de su padre, cuando estableció las Escuelas (M. Peset, 2004, 21).

También los poderes locales, civiles y eclesiásticos, pretendieron participar en el control de la nueva institución, pero esta sabrá acogerse a los poderes superiores, que obligan a los locales a respetar su autonomía y sus privilegios. Los conflictos no terminarán solo en el concejo municipal, tampoco faltarán con el obispo. Desde poco después de su nacimiento, el Estudio salmantino no estaría ajeno a conflictos con la ciudad. Por ello, los estudiantes y su corporación –la Universidad- buscarán e invocarán la protección real, no solo la de Fernando III, también la de su sucesor, Alfonso X, quien “confirmará los privilegios del Estudio, establecerá una amplia regulación de la escuela salmantina y se hace cargo de sus gastos”.  Ambos monarcas protegieron a “los escolares de la Universidad del Estudio de Salamanca”.

En efecto, las ordenanzas regias, tanto de Fernando III (6 de abril de 1243; 12 de marzo de 1252) como de Alfonso X, consolidan privilegios sobre abastecimientos y alojamientos, llegarán incluso a tasar los alquileres y a estipular “que no alquilen casa los cristianos ni los judíos hasta que no estén asentados los escolares”.  Alfonso X fue el rey que más favoreció al Estudio salamantino (9 y 10 de noviembre de 1252; 8 de mayo de 1254 –cédula regia considerada como “verdadero estatuto de organización y dotación de la Unviersidad de Salamanca-; 1267; 1271; 1276), pues incluso en tiempos de carestía aconsejó la exención del impuesto del portazgo o que “pudiesen traer pan y vino y venderlo en Salamanca” (E. Esperabé de Arteaga, citado por M. Peset, 2004, 21-23).

Otra  fecha de gran importancia para la época será la de 1255, en que Alfonso X, junto con el obispo y los canónigos, solicita del papa Alejandro IV la protección y confirmación del Estudio General. Concedida esta, por bula de 6 de abril de 1255, la Universidad de los rectores, maestros y escolares de Salamanca solicitarán al Pontífice la concesión del uso del sello y protección, frente a los abusos de los poderes eclesiásticos, sello y protección que serán reconocidos en sucesivas bulas. Entre el poder del Rey y las amenazas de intervención del poder eclesiástico inmediato –con penas de excomunión-  Salamanca, como las grandes universidades de Paris y Bolonia, aseguraba su existencia acogiéndose también a la protección del pontífice (M. Peset, 2004, 22).

Se distinguía bien entonces entre dos organizaciones de muy distinto rango: el Estudio, y la Universidad (de los estudiantes), en que estos ya habían empezado a ser protagonistas y elegían a sus rectores. “En la Edad Media –aclara Antonio García y García- se llamó Estudio (Studium) lo que hoy denominamos universidad, mientras que la palabra universidad (universitas) era sinónimo de corporación, que podía ser de cualquier naturaleza, universitaria o no” (Antonio García, 1989, p. 13). “Aparece, por vez primera, la Universidad –de los rectores, maestros y escolares de Salamanca, como una corporación que se ha formado en torno a  la escuela real y catedralicia”, afirma Mariano Peset (M. Peset, 2004, 22).  Serían los techos catedralicios los primeros que cobijaron el Estudio. Por ello, la universidad salmantina es unas de las pocas que conservan las aulas originarias desde su fundación, las primeras, en las viejas capillas de la Catedral Vieja, y después, desde el siglo XVI, alguna en el edificio de Escuelas Mayores (y Menores); en los siglos XVII y XVIII contaba con diez y ocho aulas.

La primera plantilla de profesorado conocida –según el citado estatuto de 1254- es escueta y el profesorado ordinario está pagado por el rey: Profesor de Leyes (500 maravedís), de Decreto (300), dos de Decretales (500 para ambos), de lógica (200), de gramática (200), de medicina (200), estacionario (bibliotecario, 100), maestro de órgano (50) y apotecario o farmacéutico (50). Si el elenco claustral es breve, indica ya una jerarquía de los saberes y servicios. No cabe olvidar que, desde sus primeras décadas, el estudio salmantino contó con bibliotecario y profesor de música. Pero el sostenimiento regio no suponía abundancia económica; pronto los presupuestos y salarios se devaluaron –como la moneda- y la situación universitaria se mantuvo precaria en la edad media, hasta fines del siglo XIV, debido no solo a las depreciaciones de la moneda, también a las malas cosechas, a las pestes y a las crisis políticas (Antonio García, 1989, p. 21-22).

El centro salmantino contaba, en 1381, con 35 estudiantes, de un total de 326 en la península Ibérica. En 1403 serán 48, de un total de 311 –ahora ya sólo en los reinos españoles, sin contar los estudiantes de los centros portugueses- (M. Peset y E. González, 1990, 14-15). No todos debían tener la fama de buenos estudiantes, pues Los documentos adoptan medidas frente a los, por entonces, estudiantes peleadores o  revolvedores que entorpecen el estudio.

La Universidad de Salamanca alcanzaría su máxima afluencia de alumnado de la época moderna, en el siglo XVI, en cuyo último cuarto sobrepasará el número de 6.000 estudiantes (6.633 en el quinquenio 1585-1590), descendiendo paulatinamente desde entonces, casi sin excepción hasta el siglo XX. La precariedad de las cifras no impide percibir proporciones de bulto. A principios del siglo XVIII eran 2.150 (1695-1700), dos millares que se mantendrán entre 1730 y 1770, prolongando el descenso de alumnado progresivo desde entonces. En el quinquenio 1800-1805 el número de estudiantes salmantinos está en torno a 1.149, cifra que aunque supera el número de universitarios de Oviedo (583), se duplica en Valencia (1.532) y Zaragoza (1.679) (L. E. Rodriguez-Sampedro, 1989, 511).

Entre las aportaciones que pudieran retenerse del estudio salamantino en la época moderna, acaso cabe destacar, con la Escuela de Salamanca, su estrecha vinculación con el mundo americano, durante el Imperio y después de la independencia, tanto al irradiar un modelo universitario como en la formación de sus profesores, En efecto, “el cuadro histórico salmantino de luces y de sombras, de esplendor y decadencia, con su peculiar estructura y organización, con su doble aspecto pontificio y real, por su orígenes, protección e intervención, lo vemos reproducido en las universidades hispanoamericanas, con los matices regionales” (A. Rodríguez Cruz, 1989, 462). La primera de América, la de Santo Domingo, en la Isla Española (República Dominicana), bebe de las fuentes de Salamanca y Alcalá, universidades a las que se invoca en su bula fundacional (28 octubre 1538); la universidad de Lima, fundada en la Cuidad de los Reyes, capital del Virreinato del Perú, obtiene la real cédula fundacional el 12 de mayo de 1551: “Tenga y goce de todos los privilegios, franquezas y exenciones que tiene y goza el Estudio de dicha ciudad de Salamanca”, pero sin la exención de tributos de ésta. Aunque la universidad de México, había nacido el 21 de septiembre de 1551, e inaugurado el  25 de enero de 1553, y se había anticipado a Lima en su petición a Roma, no obtuvo la real cédula hasta 17 de octubre de 1562, la concesión fue con ventaja, en este caso, pues gozaría de todos los privilegios de la Universidad de Salamanca, sin limitación alguna.

Dejado atrás el tiempo de esplendor, la disminución paulatina de estudiantes se prolongará durante todo el siglo XIX, en el que ya no alcanzará el millar. Grave será la situación en el este siglo, en que algunos años los universitarios salmantinos apenas rebasan los dos centenares (150 en 1858-59) (J. Mª Hernández Díaz, 1989, 529; 2002, IIa, 704). Números que son exponente de un proceso: la progresiva regionalización de las universidades y el progresivo resurgir de la periferia, ya en vísperas del proceso industrializador, periférico también (Antonio García, 1989, p. 46; L. E. Rodriguez  2002, IIa, 628).  Mas Salamanca contaba entonces con cerca de veinticuatro mil habitantes, de los cuales un millar no tenía trabajo y medio millar eran clérigos (…), apenas tenía industria y comercio, estaba sucia, achicada, empequeñecida y encogida entre sus muros” (J. C. Rabaté, citado por M. L. de Prado, 2015, p. 128). Con pesimismo debió ver, en 1891, Miguel de Unamuno esta ruina decimonónica cuando llegó a ella: “No creo que cuando se haga el proceso de instituciones sociales y categorías sociales públicas que han contribuido a la formación de la actual civilización española quede la obra de aquella modesta universidad, que tiraba a formar facultativos de profesiones liberales, por debajo de otras cosas” (M. Peset y P. Gª Trobat, 2002, I, 264).

A pesar de todo, desde tiempos de Miguel de Unamuno, se volverá a recuperar ese viejo Estudio sepultado en el siglo XIX. “Salamanca no me disgusta”, dirá a su llegada en 1891, reconociendo “hay buenas bibliotecas y una regular consignación para adquirir libros a petición de los profesores” (M. Peset y P. Gª Trobat, 2002, I, 262). Al parecer, la cultura y el saber no se habían hundido del todo. Bajo su pluma, cuando el Desastre y la pérdida del imperio siembran el pesimismo,  Salamanca se sitúa en las filas del regeneracionismo  y de una mirada hacia el futuro: “No hay que morir por la patria, sino vivir por ella. Hay que enseñar el heroísmo del trabajo y el culto a la verdad”. Mientras la Unversidad recuperará sus  estudiantes paulatinamente y, por primera vez, se incorporan las primeras mujeres.

En efecto, el sigo XX introducía una gran novedad en las aulas salmantinas. Treinta años después de que las primeras universitarias entraran en la universidad de Barcelona (1872), en 1906 se matriculaba la primera mujer en la salmantina, Teresa Iglesias, en la Facultad de Medicina. Allí se le uniría Nieves Gonzáles Barrios, tres años después, donde ambas coincidirán de 1910 a 1913 en la misma facultad, aunque en distintos cursos. Si bien la tradición recordaba a Maria de Maeztu como la primera universitaria salmantina, ésta se matriculó al curso siguiente que Teresa Iglesias, en 1907, cursando simultáneamente Filosofía y Letras y Derecho, era la segunda mujer universitaria en Salamanca. En ocasiones, Miguel de Unamuno la acompañaría hasta las aulas. Desde entonces su número no dejaría de crecer, hasta alcanzar la paridad a fines del siglo XX, pero no por igual en todas las carreras.

La sombra de Unamuno (M. Peset y P. García Trobat, 2002, I, 262) se alarga en el siglo XX y, también de su mano, la Universidad salmantina tiene su papel en la guerra civil “Vencer no es convencer, sobre todo, y no puede convencer el odio que no deja lugar para la compasión; el odio a la inteligencia que es crítica y diferenciadora, inquisitiva, mas no de inquisición” (Peset, 2002, I, 275). Pero gran parte del claustro universitario apoyaba a los militares rebeldes en la guerra civil, sin embargo algunos de sus maestros resistieron y fueron represaliados. En la dictadura no escapará a la “mediocridad” del periodo, “entre control e intervencionismo”, hasta la reforma de 1970 que representaba “cierta liberalización, aunque algo engañosa”. Además, hasta la década de 1970 no se alcanzará el número anual de estudiantes que habían cursado estudios en el centro salmantino en la última década del siglo XVI. La era estadística permita afinar los datos, y seguir la evolución de esos 150 estudiantes de mediados del siglo XIX hasta los 37.755 de fines del siglo XX y los 35.000 actuales (28.394 estudiantes en el curso 2016/2017, a los que deben sumarse los 6.898 matriculados durante el año 2016 en Cursos Internacionales) (Memoria, curso 2016-2017).

Desde 1978, la Constitución, la democracia y una  reforma universitaria consagran la libertad y una cierta autonomía, que consolida su expansión. Y el estudio salmantino  recuperará paulatinamente el alumnado. El VIII Centenario le sorprende, cortadas sus alas por una crisis económica que ha diezmado las plantillas –débil de capital humano y del otro- y por otras amenazas y rémoras, buscando su lugar en el Espacio Europeo de Educación Superior, luchando por escalar en los rankings internacionales, por arraigar su excelencia en la sociedad de la información y del conocimiento, e intentando defender su reconocido nombre en el espacio internacional y su capacidad de creación e investigación.

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