ARTÍCULOS LITERATURA

¿Zorrilla contra Zorrilla?

Para hablar de Zorrilla, autor del que celebramos este año el bicentenario de su nacimiento, hemos de situarnos dentro del movimiento romántico que se da en España en la primera mitad del siglo XIX, que tiene poco más de 10 años de esplendor, pero va a ser de gran importancia para el nacimiento y evolución de movimientos posteriores como el modernismo y el simbolismo, y ha llegado hasta nuestros días sobre todo por la etiqueta popular de “lo romántico”, que impregna gran parte del cine o las canciones actuales, usándose también para etiquetar amores fatales, sufridores o muy contradictorios.

Recordemos que el romanticismo vino a sustituir al desgastado neoclasicismo de la etapa anterior, movimiento que se basaba en el dominio de la razón, mientras que en el romanticismo el papel dominante lo va a tomar la pasión, desterrando el frio racionalismo.

El tema central en este autor va a ser el enfrentamiento jóvenes-padres. Recordemos que Zorrilla se da a conocer -y hace famoso como poeta- con 19 años, en el entierro de Larra. Él explica, años después en sus memorias, el éxito casual que tuvo, al leer esos versos en el cementerio (que no iban destinados a tal fin), principalmente debido a su juventud:

“Yo tenía una voz bien timbrada y una manera nunca oída de recitar”.

Es importante destacar el carácter oral, sonoro y sentimental de la poesía romántica, que tanto se presta a ese tipo de declamación efectista, y más en un decorado natural como el que tenía el joven Zorrilla en esos momentos. Recordemos esos famosos versos, que empiezan:

“Ese vago clamor que rasga el viento/ es la voz funeral de una campana;/ vano remedo del postrer lamento/ de un cadáver sombrío y macilento/ que en sucio polvo dormirá mañana”.

Y que tienen una estrofa fundamental dentro de ellos:

“Que el poeta, en su misión/ sobre la tierra que habita,/ es una planta maldita/ con frutos de bendición”.

Zorrilla, con sus 19 años, estaba definiendo en esos versos lo que había de ser su vida, la esencia del romanticismo, y la estructura de su obra principal, Don Juan Tenorio, con la oposición maldición/bendición.

Su padre, rígido y severo, era relator de la cancillería (Jefe de la policía). Sufrió siempre que no le valorara:

“Mi padre, el único por quien todo lo hice, es el único que en nada lo estima”.

Don Juan Tenorio (escrita también, recordemos, muy joven, con 27 años), y en el que su protagonista, don Juan, tiene 25 años, recoge esas difíciles relaciones entre padres e hijos. Si los padres de don Juan y doña Inés no hubieran estado presentes en la escena de La hostería del Laurel, no hubiera habido obra ni drama. El encadenamiento fatal de los acontecimientos (ocasionado en la tragedia griega por los dioses, y siglos después por el poder real o los nobles), en el romanticismo lo representan los padres.

Es importante señalar que cuando Zorrilla analiza mucho después su obra, con más de 60 años, cambia de bando y se coloca en el de los padres, frente a “esas locuras de juventud” que él defendió de joven. Deja entonces de escribir en verso, ya que sus Recuerdos… los escribe en prosa, cambio significativo no solo del nuevo estilo triunfante ya en ese momento (el realismo-naturalismo), sino también por su cambio de bando en esa batalla ideológica.

Pero volvamos atrás en su edad. Vamos a situarnos en su Don Juan Tenorio como punto central, ya que, sin duda, es la obra más significativa de este escritor. Contamos, al hablar de esta obra, con la ventaja de que varias generaciones conocen sus peripecias y hasta alguno de sus versos, la hayan visto o leído, o no. ¿Quién no conoce la famosa redondilla con que comienza?:

“¡Cuál gritan esos malditos!/ Pero, ¡mal rayo me parta/ si en concluyendo la carta/ no pagan caros sus gritos!”.

Aunque, normalmente, la gente ha hecho un cambio y dice: “Cuán gritan…”, haciendo uno de los muchos arreglos populares que hay en el Tenorio desde su primera palabra.

Y quién no se sabe de memoria también lo de:

“Yo a las cabañas bajé,/yo a los palacios subí,/yo los claustros escalé,/y en todas partes dejé/memoria amarga de mí”.

O los famosísimos versos de la llamada escena del sofá, que –por cierto- Zorrilla escribió sin poner ningún sofá:

“¡Ah! ¿No es cierto, ángel de amor,/ que en esta apartada orilla/ más pura la luna brilla/ y se respira mejor?”.

Versos que la sabiduría popular ha mejorado, cambiando el primero de ellos por uno  más sencillo y eficaz: ¿No es verdad, ángel de amor…?

Estos versos, seguramente los más famosos de toda la obra de Zorrilla -el propio autor los criticó con dureza tiempo después de escribirlos, al analizar su obra, por la falta de adecuación a la  situación en que son pronunciados-. Pero así era el romanticismo, lo de menos era la verosimilitud de los acontecimientos, y lo importante la inspiración poética.

Hablemos ahora, brevemente, del argumento y los temas principales de la obra. Comienza con la célebre carta que está escribiendo don Juan en La hostería del Laurel. Recordemos que su acción escénica es buscar palabras, para ponerlas en esa carta importantísima para el desarrollo de la trama y los personajes, como se verá después. Los demás hacen ruido y fiestas a su alrededor. Don Juan busca las palabras adecuadas para conseguir sus deseos. Ya está definido el personaje. No olvidemos que don Juan utiliza las palabras como armas para sus conquistas. Aunque en esta ocasión más que intentar seducir a una novicia – lo que ofrecerá luego en el calor de la apuesta con don Luis-, lo que hace el hombre es escribir a su novia, ya que están prometidos. El padre de doña Inés retira esa promesa y prohíbe el casamiento al ver en esa escena de La hostería del Laurel cómo es don Juan, lo que desencadena, como ya hemos dicho,  el cauce fatal de los acontecimientos.

Es importante señalar este papel negativo de los padres en las obras de Zorrilla. En la sociedad burguesa del liberalismo triunfante, el padre representa la autoridad a la que se enfrenta la juventud del  momento. El autor solo tiene que desarrollar esta peripecia y hacer que la historia, y los personajes, sigan adelante hacia su destino (elemento clave en el romanticismo).

A la hora de estudiar la vida y obra de Zorrilla es importante señalar la batalla que libra el autor consigo mismo durante toda su vida, en parte por rasgos de su salud mental y personalidad, y en parte también por ese elemento contradictorio característico del movimiento romántico.

En sus declaraciones, y sobre todo en sus Recuerdos del tiempo viejo, en que hace balance de su vida, Zorrilla a veces ataca su obra, y otras la defiende, ya que el autor está sumergido siempre -y mucho más en su etapa final – en esas contradicciones estilísticas y vitales. Así, de Don Juan Tenorio, dirá, atacándola como su mayor crítico:

“Mi don Juan es el mayor disparate que he escrito… No hay drama donde yo haya acumulado más locuras e inverosimilitudes”.

Pero otras veces en cambio lo defiende:

“¿Intento yo, como se ha dicho, desacreditar mi obra y conspirar contra su representación… porque la propiedad de la obra no me pertenece? Estúpida o malévola suposición….Don Juan me centuplica la popularidad y el cariño que por él me tiene el pueblo español, y por él soy el poeta más conocido hasta en los pueblos más pequeños de España… “.

Recordemos que Zorrilla escribió esta obra con 27 años, y vivió hasta los 76. En esos 50 años cambiaron muchas cosas en España y en el mundo. Además como su estreno fue regular, por un reparto equivocado y otras causas, vendió su obra por cuatro perras a un empresario, y le tocó ver después como se hacían ricos todos con ella, menos él, cada vez que tenía que acudir a uno de los miles de homenajes que le hacían, con representación de obra incluida. Amargado, lleno de apuros económicos y harto de ver su obra sin cobrar, acabó odiándola, tal vez también porque nunca le sirvió para lo que la escribió, su principal objetivo en la vida: intentar ganarse el respeto y el reconocimiento de su padre.

Otra de las cosas que más se reprochó a sí mismo al hacer balance de su vida es que por su afán aventurero vivió 30 años ausente de su patria, que tanto amaba, lo que le amargó el carácter y le dio una idea mala de sí mismo.

Un eterno problema para él fue el tema económico, y las dificultades que tuvo siempre para poder vivir de su trabajo de escritor, aún con éxito. La gente cree que los poetas vivimos del aire -decía-.

Ante esas dificultades que tiene para cobrar por sus obras, en los últimos años está a la puerta de la miseria, rogando ayudas al estado (que finalmente le conceden).

Zorrilla es el mayor crítico de sus obras, desde su primera: Cada cual, con su razón (después de una en colaboración con García Gutiérrez), a su última: Traidor, inconfeso y mártir,  que es la única que le gusta, y no toda ella, solo el primer y segundo acto. Detrás de la cual deja de escribir teatro.

Muere a los 76 año. Los últimos 20 años de su vida le reprochan no haber sabido retirarse, y escribe:

“En algún periódico, que no sé por qué me son hostiles, se me ha echado en cara el no saber retirarme a tiempo, pero no me han dicho dónde, puesto que saben que no puedo retirarme a un monasterio”.

Escribe sus Recuerdos del tiempo viejo (primero en artículos de prensa), con 65 años. Lo hace por sus dificultades económicas. Dice:

“Me arrojo otra vez en brazos del trabajo, en vez de arrojarme por el balcón”.

En esos Recuerdos…, al reflexionar sobre la dificultad de vivir y de escribir, y sobre el desajuste existencial del escritor, Zorrilla se coloca ya a las puertas de la modernidad.

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