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SEMBLANZA DE LA VIDA Y OBRA DE MURILLO

Es Murillo sin duda el pintor más importante en el ámbito de la historia de la pintura sevillana, por haber sabido otorgar a sus pinturas una impronta característica y personal, tanto en su aspecto formal como en sus características espirituales. Por ello y durante mucho tiempo, se ha venido identificando con el espíritu de la propia ciudad en la que la gracia y la hermosura han sido elementos fundamentales de su esencia.

Nació Murillo en los últimos días de diciembre de 1617, puesto que fue bautizado el 1 de enero de 1618; fue el último hijo de los 14 que nacieron del matrimonio entre Gaspar Esteban y María Pérez Murillo, teniendo su padre el oficio de barbero-cirujano, merced al cual su familia pudo vivir discretamente. Sin embargo, la apacibilidad familiar quedó truncada severamente en 1626, año en que, en un breve período de seis meses, murieron sus padres, quedando por lo tanto huérfano. Su situación como benjamín de la familia se remedió en parte al pasar a depender de Juan Antonio de Lagares, marido de su hermana Ana, que se convirtió en su tutor.

Pocos datos poseemos de la infancia y juventud de Murillo, sabiéndose tan sólo que, en 1633, cuando contaba con 15 años de edad, solicitó permiso para embarcarse hacia América, aunque esta circunstancia no llegó a realizarse. Su aprendizaje artístico debió de realizarse entre 1630 y 1640 con el pintor Juan del Castillo, que estaba casado con una prima suya y sería quien le enseñó el oficio de pintor dentro del estilo de un arte dotado de una amable y bella expresividad. Cuando contaba con veintisiete años, en 1645, contrajo matrimonio con Beatriz de Cabrera, teniéndose constancia de que en esa fecha ya trabajaba como pintor.

Otras referencias fundamentales dentro de la vida de Murillo son que en 1658 realizó un viaje a Madrid, donde conectó con los pintores cortesanos y también con artistas sevillanos como Velázquez, Cano y Zurbarán, entonces residente en dicha ciudad; su estancia madrileña debió de durar sólo algunos meses, puesto que a finales de dicho año se encontraba de nuevo en Sevilla. Nada importante conocemos de su existencia a partir de esta fecha, salvo varios cambios de domicilio, de los cuales el último tuvo asiento en el barrio de Santa Cruz. Sí es importante el hecho de que en 1660 y en compañía de Francisco Herrera el Joven, Murillo fundó una Academia de Pintura para propiciar la práctica del oficio y así mejorar la técnica de los artistas sevillanos. También fue decisiva en la vida de Murillo la fecha de 1663, año en que falleció su esposa con 41 años y a consecuencia de un parto. Su viudez perduró ya el resto de su vida porque no volvió a contraer matrimonio ni tampoco a moverse de Sevilla, a pesar de una importante oferta que se le hizo desde la Corte de Carlos II en 1670 para incorporarse allí como pintor del Rey, ofrecimiento que no aceptó.

La muerte de Murillo tuvo lugar en 1682, en su último domicilio del barrio de Santa Cruz. Sobre su fallecimiento existe la leyenda de que tuvo lugar en Cádiz, cuando pintaba el retablo mayor de la Iglesia de los Capuchinos, donde sufrió un accidente y cayó de un andamio; tal accidente debió de acontecer en su propio obrador sevillano, donde después de permanecer maltrecho durante un mes falleció el día 3 de abril de dicho año.

Sobre la personalidad de Murillo, Palomino nos informa de que fue hombre no sólo favorecido por el Cielo por la eminencia de su arte, sino por las dotes de su naturaleza, de buena persona y de amable trato, humilde y modesto. Tal descripción se constata en la contemplación de sus dos autorretratos, uno juvenil y otro en edad madura, en los que se advierte que fue inteligente y despierto, características que unidas a la intensa calidad de su arte le permitieron plasmar un amplio repertorio de imágenes en las que se reflejan de forma perfecta las circunstancias religiosas y sociales de su época.

Aunque Juan del Castillo, el maestro que le enseñó los rudimentos de la pintura, fue un artista de carácter secundario, fue capaz sin embargo de introducir a Murillo en la práctica de un dibujo correcto y elegante, al tiempo que permitirle adquirir un marcado interés por la anatomía y también a inclinarle a otorgar a sus figuras expresiones imbuidas en amabilidad y gracia; fue también Juan del Castillo responsable de orientar a Murillo en la práctica de temas pictóricos con protagonismo de la figura infantil. Todos estos aspectos adquiridos por Murillo en una época juvenil germinaron después en la práctica de una pintura exquisita y refinada que con el tiempo fue preferida por todos los elementos sociales sevillanos y con posterioridad le potenciaron a ser un artista cuyas obras fueron codiciadas por coleccionistas y museos de todo el mundo.

Aparte de los conocimientos adquiridos con Juan del Castillo, Murillo asimiló también aspectos técnicos procedentes de maestros de generaciones anteriores a la suya, así del clérigo Juan de Roelas aprendió a manifestar en sus pinturas el sentimiento amable y la sonrisa, y de Zurbarán la solidez compositiva y la rotundidad de sus figuras. De Herrera el Viejo, asimiló la fuerza expresiva y de Herrera el Joven, el dinamismo compositivo y la fluidez del dibujo. Estos aspectos que emanan de la escuela sevillana fueron completados por Murillo con efluvios procedentes de las escuelas flamencas e italianas de su época, configurando así una pintura novedosa y original que le otorga un papel preponderante en la Historia del Arte español y europeo en su período Barroco.

También es fundamental advertir que la creatividad de Murillo no permaneció estática a través del tiempo, sino que por el contrario presenta una permanente evolución. Así en sus inicios, hacia 1640, su arte es aún un tanto grave y solemne, sin duda condicionado por el éxito favorable de las pinturas con este estilo que en aquellos momentos realizaba en Sevilla Francisco de Zurbarán. Por ello su dibujo era entonces excesivamente riguroso, pero a partir de 1655, coincidiendo con la presencia en Sevilla de Francisco Herrera el Joven, en la obra de Murillo se advierte la plasmación de una mayor fluidez en el dibujo y de una mayor soltura en la aplicación de la pincelada; al mismo tiempo, sus figuras van adquiriendo un mayor sentido de belleza y gracia expresiva, intensificándose también una clara manifestación de afectividad espiritual. Sus composiciones adquirieron mayor movilidad y elegancia, siempre dentro de un sentido del comedimiento que evita los excesos y estridencias del Barroco, lo que en adelante le permitió de forma intuitiva anticiparse al refinamiento y la exquisitez que un siglo después alcanzaría el estilo Rococó.

El arte de Murillo tiene como virtud fundamental el haber alcanzado a desdramatizar la religiosidad, introduciendo en sus obras amables personajes celestiales que se dirigen complacientes hacia los atribulados mortales trasmitiéndoles sensaciones de amparo y protección en una época de graves penurias materiales. La dificultad de la existencia en su época proporcionaba agobios y congojas a los desgraciados sevillanos, por lo que Murillo, a través de sus pinturas, acertó a transmitir profundos afectos amorosos y benevolentes que, sin duda, sirvieron para aliviar las congojas que se padecían en aquellos momentos. La aparición en sus obras de personajes extraídos de la vida popular y de condición humilde dio a entender a los sevillanos que la divinidad miraba por ellos y les propiciaba auxilios espirituales que al menos mitigaban las dolencias de sus almas. No es tampoco superfluo advertir en la obra de Murillo la presencia de santos personajes que se ocupan de practicar la caridad y de paliar así el hambre y la enfermedad de los humildes y desamparados.

Con respecto a su producción pictórica, se constata que debió de comenzar en torno a 1638-1640, advirtiéndose en sus primeras obras que Murillo mantenía aún el estilo que Juan del Castillo, su maestro, le había inculcado. Pocos años después, cuando en 1645 realiza las pinturas para el Claustro Chico del Convento de San Francisco, su técnica había mejorado tanto en su manera de componer, como en la plasmación de su dibujo y colorido. Luego, a medida que pasaban los años, su arte fue mejorando paulatinamente y, sobre todo, acertó a incluir en sus obras un sentido amable y popular, como se aprecia en célebres pinturas como La Sagrada Familia del pajarito, del Museo del Prado, fechable hacia 1650.

La plenitud del estilo de Murillo se alcanza hacia 1655, cuando pinta a San Isidoro y San Leandro para la Sacristía Mayor de la Catedral de Sevilla y cuando, años más tarde, realiza una obra capital dentro de su producción, que fue el gran San Antonio de Padua con el Niño que preside la Capilla Bautismal de dicho templo.

En la década que se inicia en 1660 Murillo realizó importantes encargos y, entre ellos, la serie de la vida de Jacob que ejecutó el Marqués de Villamanrique hoy dispersa en distintos museos. Estas cinco pinturas estaban concebidas como grandes y espaciosos paisajes, en los cuales se incluyen las figuras que protagonizan los pasajes de dicho personaje narrados en el Antiguo Testamento. Son estos años en los que trató repetidas veces temas religiosos con personajes infantiles, como El Buen pastor y el San Juan Bautista Niño, que pertenecen al Museo del Prado, en los que crea excepcionales modelos de belleza física y espiritual. Muy importante también fue la ejecución de una serie de cuatro pinturas para adornar el interior de la Iglesia de Santa María la Blanca, en dos de las cuales se narra la historia fundacional de la iglesia romana de Santa María la Mayor o Santa María de las Nieves, que es matriz del templo sevillano, y en las otras dos se exalta a la Inmaculada Concepción y a la eucaristía como principales devociones del pueblo sevillano.

En 1667 decoró la Sala Capitular de la Catedral de Sevilla con una serie de ocho santos sevillanos presididos por una hermosa y espléndida Inmaculada y también por estos años realizó el encargo más importante de su carrera artística, pintando los lienzos del Retablo Mayor de los Capuchinos de Sevilla y también en esta iglesia, los que adornaban sus capillas laterales.

Primordial también fue su trabajo en la Iglesia del Hospital de la Santa Caridad, donde, por mandato de Miguel Mañara, Murillo realizó una serie de pinturas que representan las Obras de misericordia que este personaje invitaba a practicar como instrumento fundamental para conseguir la salvación eterna.

Finalmente, en la producción de Murillo destacan temas primordiales, como el de la Inmaculada, devoción predilecta de los sevillanos, del cual realizó diferentes versiones que culminan en la más bella, que es, sin duda, la llamada Inmaculada de los Venerables, hoy conservada en el Museo del Prado.

Fue también Murillo un excepcional intérprete de la vida popular sevillana, representando a niños pícaros y vagabundos que en aquellos momentos malvivían en la ciudad pero que conseguían sobrevivir merced a su inteligencia y astucia, por lo que aparecen siempre felices en sus juegos y diversiones y, sobre todo, comiendo.

Por último, ha de señalarse dentro de la producción de Murillo, un grupo de excelentes retratos, en los que capta a la aristocracia sevillana con presencias dignas y elegantes, al tiempo que sobrias y discretas.

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