ARTÍCULOS LITERATURA

NICANOR PARRA: ANTIRRECETAS PARA LA ANTIPOESÍA

En la muerte de Nicanor Parra, el último y longevo gran referente de la poesía chilena y estandarte de la literatura en español del siglo, agente transformador –y provocador, que diría Gimferrer– de la modernidad, nos preguntamos por algunas claves de su poética –o antipoética– de agitación. Quizá estemos ante una de esas excepciones literarias en las que la obra no acaba en sus textos, sino que encuentra ramificación en lo contemporáneo: Roberto Bolaño, quizá el autor más influyente de las últimas décadas para muchos lectores –y autores–actuales, en ambas orillas del océano, siempre ha reivindicado a Parra como uno de sus maestros y quizá su influencia lírica más decisiva.

Primero fue el poema, después la antipoesía. Nicanor Parra reconoce que cuando publicó su primer libro, Cancionero sin nombre, “la voz de García Lorca era hipnótica: una especie de encantador de serpientes, cuyo ritmo y cuya música me resultaban avasalladores”. Pero no sería el único, ni el más importante: “Neruda fue siempre un problema para mí; un desafío, un obstáculo que se ponía en el camino, entonces había que pensar las cosas en términos de ese monstruo”. Luego, el propio Neruda le daría la bienvenida –“Esta poesía es una delicia de oro matutino o un fruto consumado en las tinieblas”–, pero ya era tarde, porque el recién llegado había descubierto que “Neruda no es el único (…): hay muchos monstruos”. Esos monstruos eran la gran literatura. Al resultar inabordables en su propio registro, tenía que negarlos para inventarse el suyo.

La gran tradición contemporánea era demasiado literaria para un mundo agonizante entre dos guerras mundiales. A través del monólogo interior, rechazó el canto natural para abrazar la narración, con su prosaísmo voluntario. ¿Cómo prefigurar un mundo lírico, para después negarlo? El autor nos da una muestra de su capacidad para después volcarse contra ella, buscando los repliegues de su propio discurso para irlo así agrietando hasta descomponerlo. ¿Quién se dirige ahora al lector? ¿El autor o el poeta? Pero la nomenclatura es posterior a este desdoblamiento: “Andaba rebuscando por una librería cuando me fijé en A-poèmes, libro del poeta francés Henri Pichette. ¡De modo que la calificación de antipoema se había empleado en el siglo XIX (…). Yo no escribí la obra de acuerdo con una teoría completamente articulada desde el principio”.

Alejado del modernismo de Gabriela Mistral y de la poesía militante de Neruda, el antipoeta se posicionó contra el poeta, a través de un diálogo trenzado entre el decir lírico convencional y la persistencia del autor en quebrarse a sí mismo. Así, el lector podría entrar a través de las grietas que el autor nos abriría en la conversación, para así reclamar y alterar el poema. Tendríamos, entonces, el poema como territorio de combate frontal, convertido en un espectáculo conducido por el antipoeta-bufón, siempre que tenga la complicidad del lector, entre el absurdo y la vivencia cotidiana sin revelación visionaria. Pero ese espectáculo también resulta, a la postre, inútil: “Ya me he quemado bastante las pestañas / En esta absurda carrera de caballos / En que los jinetes son arrojados de sus cabalgaduras / Y van a caer entre los espectadores”.

Fealdad + sentido del humor + ironía + absurdo = antipoesía. Y una autoparodia de la realidad y de la poesía, acaba siéndolo, también de la propia antipoesía, ya convertida en categoría estética. Tenemos la provocación como poética –y como estrategia–, con unos poemas nuevos formados en el lenguaje hablado en la calle, junto con el lenguaje poético más reconocible, que pasados ambos por el tamiz popular de la publicidad y los dichos comunes, las frases más disparatadas y su mixtura imposible, se convierten en su propia deformación curvada ante al espejo: esa “urbanización de lujo junto al cementerio” o “los grandes incendios de fines de año”. Aunque también hay gritos de socorro, añorando el paraíso originario de la belleza perdida: “La poesía tiene que ser esto: / una muchacha rodeada de espigas / o no ser absolutamente nada”.

Para la antipoesía, el poema no crea, no interpreta: describe. En su carta a Tomás Lago: “Un poema debe ser una especie de corte practicado en la totalidad del ser humano en el cual se vean todos los hilos y todos los nervios, las fibras musculares y los huesos, las arterias y los pensamientos, las imágenes”. Después nos queda la desolación. Escribe Parra, luego, en su poema Palabras a Tomás Lago, “¡Qué triste ha sido todo esto!”, como también lo confiesa, tiempo después, Pere Gimferrer en su poema Caligrafía. Afirma en Mil novecientos treinta: “(…) en eso consiste mi oficio / concedo la misma atención a un crimen que a un acto de piedad  (…) / me limito a narrar lo que veo”. Pero la narración no es suficiente, porque guarda sus propios recovecos extraños. En La trampa: “(…) mi célebre método onírico / que consiste en violentarse a sí mismo y soñar lo que se desea”. En otras palabras: todo es poesía, incluso la poesía.

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