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LA CIUDAD COMO SISTEMA COMPLEJO ADAPTATIVO DESDE UNA PERSPECTIVA ECOLÓGICA Y SOCIAL

En algún momento del desarrollo humano, se inició el desplazamiento del centro de gravedad rural, una vez consolidado el fenómeno de la domesticación, clave en la evolución de la sociedad y estudiado actualmente por Enrique Figueroa-Luque, a un nuevo centro de gravedad, el urbano. Esta tendencia ha proseguido a lo largo de los siglos con luces y sombras. Según la Organización de las Naciones Unidas, la población urbana mundial alcanzará el 60% de la población total del planeta en el año 2030, y en 2050 el 75% de la humanidad vivirá en ciudades, muchas con grandes cinturones de miseria.

El deseo generalizado hoy, a nivel internacional, es hacer el mundo urbano más habitable y sostenible, de acuerdo con el informe de 2016, de The World Watch Institute. En las Orientaciones Pastorales Diocesanas 2016-2021 de la Archidiócesis de Sevilla se manifiesta la importancia de predisponer a nuestros conciudadanos para aceptar la propuesta de la vida cristiana, fundada en  la valoración de la dignidad de la persona, el deseo de libertad, la búsqueda del amor y la felicidad, las experiencias de solidaridad, la repulsa de las injusticias, la sensibilidad por la ecología, las posibilidades de comunicación que nos convierten en habitantes de una aldea global, la búsqueda sincera de sentido y espiritualidad, el despertar de un deseo de una regeneración moral, las múltiples iniciativas sociales que buscan el bien de las personas.

Vivimos una gran parte de nosotros en ciudades y se ha consolidado una clara cultura urbana, especialmente en las grandes urbes. El papa Francisco lo dice así, en Evangelii Gaudium: “Nuevas culturas continúan gestándose en estas enormes geografías humanas en las que el cristiano ya no suele ser promotor o generador de sentido, sino que recibe de ellas otros lenguajes, símbolos, mensajes y paradigmas que ofrecen nuevas orientaciones de vida, frecuentemente en contraste con el Evangelio de Jesús. Una cultura inédita late y se elabora en la ciudad”. Comprender nuestras ciudades y nuestro modo de vida es esencial, con el fin de alcanzar un entendimiento de la incidencia de las actividades que llevamos a cabo y los modelos de comportamiento que seguimos en la propia vida interna de la ciudad.

Hoy más que nunca, por la complejidad de los problemas, en el marco globalizado que vivimos, debemos reflexionar sobre nuestro modo de vida, nuestros paradigmas relacionales a escalas diferentes y sobre nuestra tendencia de crecimiento urbano. El análisis del tema debe conjugar no sólo aproximaciones pragmáticas, acorde con realidades concretas que hay que solucionar y no admiten demora, sino modelos que algunos considerarían utópicos. De acuerdo con el psiquiatra Luís Rojas Marcos, “la vida es una sucesión de desafíos que se plantean como reflejo inevitable del continuo progreso de la humanidad, una gran parte de la población en el mundo vive en ciudades, y por ello es en el medio urbano donde se alzan hoy virtudes y flaquezas que generan importantes desafíos”.

En las ciudades actuales de nuestro mundo nunca se ha vivido más tiempo con elevada esperanza de vida, ni más democráticamente, de acuerdo con Luís Rojas Marcos, y disponemos, al menos en teoría, de muchas opciones para buscar el bienestar. Pero la vida en la ciudad se vuelve compleja y los hechos externos a ellas (crisis económicas globales, terrorismo, formas de vida consumistas inducidas, medidas económicas ajenas al gobierno de la ciudad) nos influyen en nuestra propia vida urbana, haciéndola más oscura e incierta. Las ciudades tienen graves problemas: descartes sociales, personas sin hogar, pobreza, migrantes, drogas, desahucios, desigualdades entre barrios, mala calidad del aire, pobreza energética, falta de espacios adecuados para la convivencia, carencias reales en la gobernanza de la ciudad, y mucha infelicidad.

Una ciudad utópica no existe, es cierto, pero podría existir, solo hay que establecer las metas y delimitar el camino.  La ciudad es un fenómeno inevitable y en expansión, la ciudad es un laboratorio social y ecológico, un hecho deseable que muestra las ventajas del agrupamiento. Para Lewis Mumford, en La ciudad en la historia, “la ciudad es la forma y el símbolo de una relación social integrada”. La vida cotidiana de la ciudad tiene mucha grandeza que depende de todos en un marco sociológico común donde desarrollar una convivencia urbana natural cargada de humanidad, según el sociólogo Jesús Ibáñez. La ciudad necesita hoy más que nunca zonas peatonales, espacios donde la persona es el verdadero protagonista. Las zonas peatonales son salas de estar de la ciudad, en el sentido que les da la arquitecta Jane Jacobs, y como tal deben estar concebidas: ecológicas, conviviales, sociales, multigeneracionales y multiculturales. Lugares de encuentro entre personas, espacios de estancia donde es posible el diálogo y el disfrute de sentirse vivos junto a otros. Lugares donde desarrollar humanidad en un marco saludable física y psíquicamente, que nos conduzca a la salud social de la ciudad alejados de la anomía, el desencuentro, el aislamiento y la soledad, espacios a los que nos conducen ciertos modelos de ciudad a la sombra de algunas aproximaciones de las denominadas smart-city, una forma de ciudad que, sin ignorar las ventajas indudables de las tecnologías de la información y la comunicación, algunos perciben como una oportunidad de negocio.

Las ciudades biofílicas, donde se percibe la naturaleza que nos hace mejores, son ciudades donde pasear es un placer que puede ser solitario o compartido, deambulando entre espacios que también pueden ser espacios sociales, de acuerdo con el modelo planteado por los estudios de Teresa Figueroa-Luque.

Emile Durkheim ha estudiado la anomía urbana, es decir, el deterioro de las reglas morales, de los principios culturales y de las normas básicas de conducta de la sociedad. La anomía surge cuando necesidades básicas no son satisfechas. De acuerdo con Durkheim, “todas las normas de conducta y reglas morales forman un muro imaginario alrededor de la persona. A los pies de esta muralla insalvable, el torrente de pasiones humanas se satisface y en seguida se extingue. Más si en algún momento esta barrera se resquebraja, los impulsos que estaban contenidos se liberan a borbotones y, sin control, emprenden la búsqueda desesperada y fútil de objetivos inalcanzables que siempre los eluden”.

La anomía urbana tiene muchos indicadores y me temo que se ven con demasiada frecuencia en nuestras ciudades, donde los intereses de los mercados imponen costumbres cambiantes aludiendo a una satisfacción de necesidades inducidas que la mayoría de la población no puede satisfacer. No existen ciudades que no muestren a personas desposeídas y sin hogar que yacen acurrucadas en las calles, portales, soportales o entradas de bancos, arrastrando sus harapos, sus alucinaciones, sus dolencias, y quizás sus enfermedades del alma, como claman tanto Luís Rojas Marcos como el papa Francisco; hoy son más debido a los migrantes ambientales o por guerras generadas por causas económicas. El papa Francisco ha sido muy claro con el problema de los migrantes en la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, del 14 de enero de 2018.

Vivimos en un mundo incierto con cuestiones difícilmente predecibles. Es a lo que nos ha llevado la globalización infame que vivimos y la ambición desmedida de algunos, sin control por parte de quienes deberían velar por nuestro bien común. Todo ello repercute en la vida en la ciudad. Pero podemos concebir la ciudad como un sistema ecológico y social complejo adaptativo con capacidad de autoorganización. La emergencia, concepto clave para delimitar la complejidad de un sistema, se puede describir de forma coloquial con la frase “la acción del conjunto es más que la suma de las acciones de las partes que lo integran”. Es decir, la ciudad debe ser gobernada por sus habitantes. Necesitamos políticos inteligentes, honestos, con buen apoyo científico y técnico, éticos, buenos gestores, que conozcan la ciudad; necesitamos un modelo de gobernanza innovadora acorde con los tiempos.

Los sistemas complejos muestran dos cuestiones: autoorganización, gestionada por el propio sistema, e interacciones adaptativas, cuando los agentes (ciudadanos, gestores, agentes sociales) interaccionan modificando sus estrategias de diferentes formas con la acumulación de experiencia compartida. Son importantes los movimientos desde la base, es decir, la ciudadanía. Un movimiento de base que organiza una estructura que cambia el comportamiento del sistema complejo con su adaptación a influjos que generan nuevos comportamientos. Es una idea fácilmente aplicable a la ciudad y que permite comprender muchas expresiones espontáneas de la ciudadanía que actúa sin que nadie la dirija, sólo en unión sinérgica ante un estímulo. Es un fenómeno colectivo, una conducta ascendente de abajo hacia arriba, es decir, se extrae inteligencia de la base, de la ciudadanía.

Los sistemas complejos adaptativos despliegan comportamientos emergentes cooperativos, que emanan de las relaciones entre sus miembros. El sistema también tiene controles de arriba hacia abajo a través del gobierno municipal emanando del mismo normas, directrices y reglas compartidas. De la unión de ambos sistemas de control, surge la homeostasis o control de la ciudad como sistema, es decir, su buen funcionamiento independientemente, en lo posible, de perturbaciones externas, y también internas, que quedan absorbidas por la conexión del sistema en su conjunto. La unión de los cristianos en un paisaje ecuménico urbano resulta esencial.

La ciudad mediterránea es el espacio lógico, habitable, ecológico, solidario, equitativo y justo, un lugar de lugares que pretende recuperar la sostenibilidad perdida, que procura la mejora de la calidad de vida (salud, trabajo, bienestar, encuentro con la Naturaleza, socialización y cultura) para todos, y que ofrece gozos y procura afectos. La estructuración de la ciudad en ecobarrios, la unidad ecológica, social y saludable para la ciudad, en el marco de un modelo de ciudad saludable y biofílica, de acuerdo con Teresa Figueroa-Luque, en una comprensión de la ciudad y la vida urbana como sistema complejo adaptativo, en un marco de gobernanza activa e innovadora, pienso que puede constituir la única salida para los problemas urbanos que tenemos planteados y para los que posiblemente vendrán en el futuro asociados a diferentes tipos de incertidumbres.

Aún hay tiempo y hay soluciones para conseguir esas ciudades vivibles y vividas, humanas, sociales, ecológicas, que necesitamos, pero hay que actuar ya, hay ciudadanos que sufren cada día un mundo injusto y están muy cerca de nosotros.

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