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SANTIDAD: DON DE DIOS Y COMPROMISO HUMANO

El Señor llama: el deseo de Dios en la vida cotidiana. “Lo que quisiera recordar con esta Exhortación es sobre todo el llamado a la santidad que el Señor hace a cada uno de nosotros, ese llamado que te dirige a ti también: “Sed santos, porque yo soy santo”… Lo que interesa es que cada creyente discierna su propio camino y saque a luz lo mejor de sí, aquello tan personal que Dios ha puesto en él (Cf. 1 Co 12, 7), y no que se desgaste intentado imitar algo que no ha sido pensado para él” (Gaudete et exsultate, 10-11).

Breves palabras, muy breves, casi una insinuación, para compartir contigo el deseo de renovar el anhelo de Dios en la vida cotidiana. Breves palabras, muy breves, casi una insinuación, para que, a la luz de la enseñanza de la Exhortación de Francisco Gaudete et exultate, nos pongamos en camino para renovar la fidelidad cristiana, que esto es, así de sencillo y así de difícil, la vida santa.

Sí, todos llamados a ser santos, no sólo unos pocos privilegiados; porque, como mantienen con rotundidad nuestros grandes maestros de la fe, la vida santa no consiste ni en desear ni en experimentar fenómenos extraordinarios (“que esto pertenece al designio de Dios y es soberbia quererlos para sí” -dice Santa Teresa de Jesús-), sino en asumir un estilo de vida que permita “encontrar a Dios en todas las cosas, estar en la presencia de Dios todo el día”, “hacer todo en su presencia”. Por eso, la expresión que está siempre presente, de manera espontánea, en los labios de los amigos de Dios: “Aquí estoy para hacer tu voluntad”, nos enseña la esencia, la identidad, la definición de la santidad cristiana, santidad de ojos abiertos, mirada profunda para descubrir la voluntad de Dios en el acontecer de nuestra vida cotidiana.

Y la primera maestra, nuestra Madre María. Contemplemos, por un momento, su modo de estar en las Bodas de Caná (Jn 2). Y si contemplamos sin prejuicios, sin ideas preconcebidas, sin tortuosas explicaciones exegéticas y/o teológicas, es fácil convenir que una mujer que camina por la vida con los ojos cerrados, con los oídos sellados, con la cabeza baja, con la mirada retirada de las cosas… –condiciones, dicen algunos, necesarias para no perder la presencia de Dios–, difícilmente podrá darse cuenta de que falta el vino necesario para continuar la alegría de la fiesta. Sin su atención sensible: ojos, oídos, mirada… y sin un corazón de carne dispuesto a dejarse traspasar por el sufrimiento del prójimo –contacto, cercanía, ternura–, nuestra Madre María difícilmente hubiese provocado el primer milagro de Jesús. Y la pretensión última de la santidad cristiana se manifiesta con claridad: “Haced lo que Él os diga”, es decir, actuar en su nombre aceptando su modo de hacer, su modo de atender a las necesidades de los más cercanos, del próximo, del prójimo.

Pero si todavía dudamos de que sea esta la identidad de la santidad cristiana –sé que es fácil dudar de ello porque muchas rarezas se han enseñado sobre la experiencia de los santos– leamos a nuestra gran maestra de Ávila, Santa Teresa: “Al principio de mi camino era muy ignorante y no sabía que está Dios en todas las cosas, y como me parecía que estaba en ellas presente, parecíame imposible… Los que no tenían letras me decían que estaba allí sólo por gracia. Yo no lo podía creer… y así andaba con pena. Un gran letrado de la Orden de Santo Domingo me quitó esta duda. Me dijo que Dios estaba presente en todas las cosas, y cómo se comunicaba con nosotros, lo cual me consoló harto” (Libro de la Vida, 18, 13). 

Y por eso, en la Quinta Morada, cerca del culmen de su camino oración, dejará un consejo claro, muy claro, aunque algunos no queramos entender: “La más cierta señal que hay de si guardamos estas dos cosas (amor a Dios y al prójimo), es guardando bien la del amor al prójimo, porque si amamos a Dios no se puede saber, aunque hay indicios para entender que le amamos, más del amor al prójimo sí” (5 Morada 4, 8).

Y por eso nos recuerda Francisco remitiéndose a la experiencia de Francisco Javier Nguyèn van Thuàn: “Su opción fue vivir el momento presente colmándolo de amor”; y el modo como se concretaba esto era: “Aprovecho las ocasiones que se me presentan cada día para realizar acciones ordinarias de manera extraordinaria” (Gaudete et exsultate, 17). Porque la “santidad no es sino la caridad plenamente vivida” (Gaudete et exsultate, 21). Y, por tanto, “no es sano amar el silencio y rehuir el encuentro con el otro, desear el descanso y rechazar la actividad, buscar la oración y menospreciar el servicio. Todo puede ser aceptado e integrado como parte de la propia existencia en este mundo, y se incorpora en el camino de la santificación. Somos llamados a vivir la contemplación en medio de la acción, y nos santificamos en el ejercicio responsable y generoso de la propia misión” (Gaudete et exsultate, 26).

La experiencia de gratuidad

“… En este marco, quiero llamar la atención acerca de dos falsificaciones de la santidad que podrían desviarnos del camino: el gnosticismo y el pelagianismo… Son dos herejías…  En ellas se expresa un inmanentismo antropocéntrico disfrazado de verdad católica… Veamos estas dos formas de seguridad doctrinal o disciplinaria que dan lugar a un elitismo narcisista y autoritario, donde en lugar de evangelizar lo que se hace es analizar y clasificar a los demás, y en lugar de facilitar el acceso a la gracia se gastan energías en controlar. En los dos casos, ni Jesucristo ni los demás interesan verdaderamente” (Gaudete et exsultate, 35).

Tarde o temprano, en todo corazón humano brota el deseo de ser mejor, el deseo de santidad, el deseo de Dios. Un deseo que nace de la presencia de Dios en lo más íntimo del ser humano. No alcanzamos nosotros a Dios, él nos alcanza a nosotros y tomar conciencia de esta gratuita presencia actuante, que nos llama, es el inicio de todo camino de santidad. Cuando esta llamada es sentida, inmediatamente, por estar acostumbrados a la mentalidad técnica de nuestra cultura, se buscan toda clase de métodos, técnicas, fórmulas, maestros, gurús… con la pretensión de encontrar una respuesta que calme el deseo abierto. Se inicia, con buena voluntad y gran generosidad, un camino de conquista, un camino de poder (pelagianismo). Es necesario, se dice, encontrar una auténtica respuesta al por qué de la insatisfacción sentida.

Buena voluntad y generosidad no faltan… pero sí claridad sobre lo que debe ser buscado y, por eso, sobre el cómo de la búsqueda. ¿Conquistar qué? ¿Lograr qué? ¿Qué debo hacer para alcanzar la santidad? Pues bien, es necesario, antes que nada, parar, dominar nuestras impaciencias y tomar conciencia del estilo de vida que está debajo, que subyace, que implícitamente se muestra en esas preguntas tan aparentemente importantes.

Imaginemos a una persona que deseara obtener el amor de otra y para ello elabora un plan técnico: necesito tanto de sacrificio, tanto de prácticas de seducción, tanto de adornos para mejorar la apariencia, tanto… ¿Qué pensarías de ella? ¿Qué pensarías de sus planes de conquista? ¿Se puede conquistar el amor a base de técnicas? ¿Se trata de una mercancía que pueda comprarse o de un premio que pueda ganarse?

La santidad, como el amor, porque de mantener la fidelidad al Amor primero es de lo que se trata, no es un logro, es una Gracia, un Don, un Regalo. Por eso, deja escrito el papa Francisco: “La santidad no te hace menos humano, porque es el encuentro de tu debilidad con la fuerza de la gracia…”. (Gaudete et exsultate, 34).

Sin derrotar nuestros deseos de conquista, sin derrotar nuestros deseos de alcanzar a Dios, sin derrotar nuestras obsesiones de perfección (pelagianismo)… el camino que queremos iniciar nunca llegará a la meta que soñamos, nunca llegará a la verdad de la santidad. Deseos de conquista, deseos de alcanzar a Dios… deseos de un yo que triunfa, de un yo que pretende un premio, de un yo que se empeña en construir una gran torre (recuerda la Torre de Babel) para mirar cara a cara a Dios.

Mucho yo, poco prójimo y poco Dios. Egoísmo y soberbia escondidos bajo deseo de santidad. Y sobre todo olvido de la Buena Noticia que la Escritura enseña: no somos nosotros los que alcanzamos a Dios, los que subimos a su altura, repetimos, es Dios quien baja a nosotros. Por eso dice San Juan de la Cruz: “Mírale a él también humanado, y hallarás en eso más que piensas” (2 Subida 22, 6). Y Santa Teresa subraya: “Caro costaría, si no pudiésemos buscar a Dios sino cuando estuviésemos muertos al mundo. No lo estaba la Magdalena, ni la Samaritana, ni la Cananea, cuando le hallaron…; y cuando esto viene a ser, y Dios hace esta merced al alma, no dirá que le busquen, pues ya le ha hallado”. (Vejamen, 6-7). Por eso, es necesario rechazar la tentación gnóstica. Y, así, advierte el papa Francisco, con claridad, que sería un falso camino de santidad la de aquellos que “conciben una mente sin encarnación, incapaz de tocar la carne sufriente de Cristo en los otros, encorsetada en una enciclopedia de abstracciones”. (Gaudete et exsultate, 37)

El verdadero comienzo: a la luz del Maestro

“En cualquier caso, como enseñaba San Agustín, Dios te invita a hacer lo que puedas; o bien a decirle al Señor: “Dame lo que me pides y pídeme lo que quieras… En el fondo, la falta de un reconocimiento sincero, dolorido y orante de nuestros límites es lo que impide a la gracia actuar mejor en nosotros, ya que no le deja espacio para provocar ese bien posible que se integra en un camino sincero y real de crecimiento” (Gaudete et exsultate, 49-50).

Ahora ya sabemos cómo comenzar el camino de la santidad. No preocupados por nuestra perfección, no preocupados por nuestras insatisfacciones, no preocupados por nuestro yo y su perfección frente a la aparente maldad del mundo (gnosticismo)… sino preocupados por humanarnos como Cristo se humanó. Por eso, afirma el papa Francisco: “Puede haber muchas teorías sobre lo que es la santidad, abundantes explicaciones y distinciones. Esa reflexión podría ser útil, pero nada es más iluminador que volver a las palabras de Jesús y recoger su modo de transmitir la verdad. Jesús explicó con toda sencillez qué es ser santos, y lo hizo cuando nos dejó las bienaventuranzas… Son como el carnet de identidad del cristiano. Así, si alguno de nosotros se plantea la pregunta: “¿Cómo se hace para llegar a ser un buen cristiano?”, la respuesta es sencilla: es necesario hacer, cada uno a su modo, lo que dice Jesús en el sermón de las bienaventuranzas”. (Gaudete et exsultate, 63). El capítulo tercero de la Exhortación, desde el número 65 al 109, es bellísimo. Sencillez y profundidad se aúnan para abrir un bello camino de vida cristiana encarnada.

Pero, cuidado, con los sueños de grandeza: ya hemos derrotado a gnósticos y pelagianos. Por eso, te propongo un sencillo ejercicio: que mires con sencillez –se trata, no lo olvides, de santidad de ojos abiertos, de aprender a mirar- los sentimientos que llenan tu vida cuando obtienes algún éxito, cuando consigues lo que anhelabas, cuando vences en una discusión… Y compáralos con los sentimientos que brotan en tu interior cuando contemplas una salida o una puesta de sol, cuando contemplas el mar, cuando tienes a un pequeño entre tus brazos, cuando disfrutas de un encuentro de amistad, cuando te entregas realmente a tu trabajo…. ¿Cuál es la diferencia? ¿Qué sentimientos te humanan más? Y después de describir, sin prisas, con claridad, la diferencia; mira, con libertad, tu vida cotidiana, sin angustias, sin deseos de cambiar… Mira, aprende a mirar, con paciencia… Una semana, un mes… y responde con sinceridad: ¿Cuáles son los sentimientos que predominan en tu vida?, y procura responder guiado por la sabiduría de Santa Teresa: “Aquí no hay que argüir, sino conocer lo que somos con llaneza, y con simpleza presentarnos ante Dios” (Vida 15, 8). Por eso, “tened este cuidado: que en principio y fin de la oración, por subida contemplación que sea, siempre acabéis en propio conocimiento (Camino 39, 5).

Si realizas con atención y libertad este sencillo ejercicio llegarás a comprender la pregunta que Jesús lanzó a sus amigos, a sus seguidores: “¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si pierde su vida?” (Mt. 16, 26) Y tu vida empezará a saborear el camino de la santidad, un camino de verdadera humanidad, porque “la persona que ve las cosas como son realmente, se deja traspasar por el dolor y llora en su corazón, es capaz de tocar las profundidades de la vida y de ser auténticamente feliz. Esa persona es consolada, pero con el consuelo de Jesús y no con el del mundo. Así puede atreverse a compartir el sufrimiento ajeno y deja de huir de las situaciones dolorosas. De ese modo encuentra que la vida tiene sentido socorriendo al otro en su dolor, comprendiendo la angustia ajena, aliviando a los demás… tal justicia empieza a hacerse realidad en la vida de cada uno siendo justo en las propias decisiones, y luego se expresa buscando la justicia para los pobres y los débiles…” (Gaudete et exsultate, 76; 79).

La santidad en el mundo actual: combate, vigilancia y discernimiento

«Por lo tanto, ser santos no significa blanquear los ojos en un supuesto éxtasis. Decía Juan Pablo II que “si verdaderamente hemos partido de la contemplación de Cristo, tenemos que saberlo descubrir sobre todo en el rostro de aquellos con los que él mismo ha querido identificarse”. El texto de Mt 25, 35-36 “no es una simple invitación a la caridad: es una página de cristología, que ilumina el misterio de Cristo. En esta llamada a reconocerlo en los pobres y sufrientes se revela el mismo corazón de Cristo, sus sentimientos y opciones más profundas, con las cuales todo santo debe configurarse”. (Gaudete et exsultate, 96).

Concluyamos. Sin sueños de grandeza que superen nuestra capacidad, es decir, con paciencia y mansedumbre (Gaudete et exsultate, 112-121), pero sin perder la audacia y fervor (Gaudete et exsultate, 129-139), que porque sabe reconocer sus límites se remite a la comunidad de hermanos (Gaudete et exsultate, 140-146) y se mantiene en constante oración pidiendo la gracia misericordiosa de su Señor (Gaudete et exsultate, 147-157), renovemos nuestro camino de seguimiento de Cristo, preocupados por humanarnos como Él se humanó, porque siendo más humanos se abrirán todas las puertas para ser más hermanos, el sueño de Jesús para su comunidad, y siempre con alegría y humor (Gaudete et exsultate 122-128), porque «lo dicho hasta ahora no implica un espíritu apocado, tristón, agriado, melancólico, o un bajo perfil sin energía. El santo es capaz de vivir con alegría y sentido del humor… Ser cristianos es gozo en el Espíritu Santo. (Gaudete et exsultate, 122).Todos somos repetidores incorregibles. Nuestra vida parece estar enferma de rutinas, envejece por la omnipresencia del siempre lo mismo. Tú me has hecho esto, yo te hago lo mismo… Tú obras así, yo te respondo de la misma manera… El mundo es así, yo me defiendo con fuerza… Siempre se hizo así, no conviene cambiar…

Qué aburridos son nuestros círculos viciosos, nuestras interminables espirales de rutinas, agresividades, animosidades, resentimientos, susceptibilidades… Necesitamos romper los círculos viciosos que anegan nuestra vida. Necesitamos vencer el mundo viejo que nos determina, y empezar a creer y a luchar por un mundo nuevo, insólito, donde se pueda respirar la libertad de un obrar de otra manera. Nuevo mundo, anticipo del Reino. Y esta libertad se abre camino cuando combatiendo, con vigilancia y discernimiento (Gaudete et exsultate, 159-177), aceptamos el camino de nuestro único Señor, la lógica del don y de la cruz (Gaudete et exsultate, 174-177) para que como Él deseó “todos tengan vida y vida en abundancia” (Jn 10, 10). Camino de verdadera vida, camino humanado, camino de santidad.

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