ARTÍCULOS CINE

LA URGENCIA EDUCATIVA EN EL CINE

La educación y sus problemas siempre han estado presentes de una forma u otra en el cine. Pero en los últimos años, en los que el aula se ha convertido en la caja de resonancia de los enormes cambios sociales y culturales que estamos viviendo, el cine ha tratado de reflejar los nuevos y desconcertantes retos de la educación. Muchas de estas películas muestran más de lo que pretenden, ya que se evidencian las carencias o límites de la propia propuesta del director. Me explico con algunos ejemplos.

El famoso documental Ser y tener, de Nicolas Philibert (2002) se centra en la vida de una escuela rural del Auverne francés, en un pueblo de ganaderos y campesinos. Por un lado se muestran la autoridad y disciplina del maestro, nunca excesiva ni impaciente, su minuciosa preparación de las clases o su prudente distancia del alumno. Pero también se comprueban las deficiencias de su formación, demasiado psicologista, y su creencia algo ingenua en el diálogo introspectivo con los alumnos. Pero lo más significativo es que a pesar de ser un gran técnico de la pedagogía, no representa al clásico hombre sabio, desbordante de humanidad, que contagie a sus alumnos un gusto por conocer la vida. Es decir, es un gran pedagogo, pero probablemente no un maestro.

Siguiendo en el ámbito francés nos encontramos con una película de Laurent Cantet. Se trata de La clase (2008), inspirada en el libro autobiográfico de François Bégadeau, Entre les murs, en el que este docente cuenta sus experiencias educativas como profesor de lengua en un instituto de París. Musulmanes, negros, blancos y chinos conviven por obligación en un ambiente de escasa motivación y conflictos latentes. La película es una interesante constatación de la situación educativa occidental: la multiculturalidad, las situaciones familiares desastrosas, la desaparición del principio de autoridad, la falta de motivación, sentido y horizonte por parte de los alumnos, una democratización excesiva de las relaciones educativas dentro del instituto, un formalismo en la gestión de las crisis,… Pero la gran carencia del film es que, aparte de constatar esta inquietante situación, apenas propone nada, más allá de una cierta gestión del caos. De fondo subyace una cierta mentalidad imperante que, al renunciar a los principios de objetividad y verdad como pilares de la razón educativa, es incapaz de salir de un nihilismo y un relativismo que son en esencia incompatibles con la noción de educación.

Más incisiva es, también desde el ámbito francófono, Profesor Lazhar, del director canadiense Philippe Falardeau (2011).  El argumento se desarrolla en un colegio de Quebec en el que acaba de suceder una tragedia: una maestra, Martine, se ha ahorcado en su propia aula mientras sus alumnos estaban en el patio. Los alumnos y profesores están traumatizados por el acontecimiento cuando aparece Bachir Lazhar, un profesor argelino que llega para sustituir a Martine. Pero el profesor Lazhar también lleva a las espaldas la muerte de sus seres queridos. La cinta aborda de forma entrelazada dos grandes cuestiones: la crítica a un sistema educativo que sólo instruye y no educa; y la experiencia del duelo y sus implicaciones. Por un lado, Lazhar llega a un ambiente cultural y pedagógico en el que los niños son falsamente protegidos de la realidad. Así, descubre que no puede hablar con ellos de lo que realmente les preocupa, que no puede ni siquiera tocarles -ni si quiera para abrazarles- y que tampoco debe intentar elevar demasiado su nivel cultural. Lazhar va a tratar de obedecer las normas, pero cada vez le va a ser más difícil ser políticamente correcto. Y es que él entiende más que nadie a los niños porque Lahzar también está pasando por su duelo personal: ha perdido a su esposa en circunstancias trágicas. Ante un sistema educativo contaminado de frío cientifismo pedagógico, el film propone la urgencia de un encuentro humano, de un abrazo en el que acoges y eres acogido con todo tu dolor.

Desde una cierta perspectiva antropológica de fondo y muy realista respecto a los tiempos que corren es El profesor, de Tony Kaye (2011), protagonizada por Adrien Brody. Henry Barthes es un profesor sustituto, que un día llega a un instituto donde una frustrada dirección ha dejado que reine el caos, la violencia y la desmotivación de docentes y alumnos. Pero Barthes tiene una ventaja: comparte la experiencia de dolor y confusión de sus alumnos, y por ello les entiende mejor que los otros profesores. La premisa argumental es complicada: un educador que ha sucumbido a la falta de sentido, que ha perdido las respuestas por el camino de su vida, ¿es capaz de educar? Ahí reside el interés de la película. Si Barthes no sabe si hay respuestas, al menos es serio con el drama de la vida y trata de ir hasta el fondo de la experiencia, sin trampas ni atajos. El film no hace una propuesta educativa, en el sentido de que no indica un camino preciso de certezas, pero hace un diagnóstico valiente: los educadores han fracasado, viene a decir, porque ya no parten de la experiencia, la de los jóvenes y la suya, que es la misma. Barthes nunca sustituye a los jóvenes en sus decisiones y circunstancias, y siempre guarda una justa distancia. Los otros profesores se han ido desquiciando porque viven un dualismo educativo: por un lado lo que quieren, su proyecto ideal, y por otro la imposibilidad de que se realice ni lo más mínimo. El protagonista no sucumbe porque parte siempre de cero. No hay proyecto. Empieza siempre por compartir su experiencia, su nada. Sin embargo, el film indirectamente sí propone un camino educativo radical a través de la trama de la adolescente ninfómana, y que consiste en acoger y acompañar al otro, educarle mirándole con toda su dignidad y valor, y sobre todo, vinculándose para siempre con esa persona. La metáfora del abrazo, tan presente en el cine contemporáneo vuelve a expresar con toda su fuerza la necesidad de abrirse, acoger y ser acogidos.

Recientemente se ha estrenado El buen maestro, de Olivier Ayache-Vidal, otro francés de origen documentalista, que se instaló dos años en el Instituto Barbara, de Stains, a las afueras de París, para empaparse de la problemática de los centros educativos de las periferias.

El argumento nos cuenta la historia de François Foucault, profesor de literatura en el más prestigioso instituto de París, el Henri IV. Una serie de circunstancias le obligan a dejar su puesto por un año y recalar en un instituto del extrarradio de la ciudad, en un barrio lleno de inmigrantes y problemas sociales. Foucault se da cuenta de que sus métodos pedagógicos no sirven en un ambiente de desmotivación, bajísimo nivel cultural y enorme falta de disciplina. La mayoría de sus compañeros han sucumbido al escepticismo, y Foucault tendrá que buscar nuevas formas de acceso al mundo de sus alumnos. El film acierta al poner la mirada sobre el problema humano de los chavales, y en la urgencia de hacerles recuperar su fe en sí mismos, como condición necesaria para su progreso personal. Sin embargo, una vez más la película se queda corta en cuanto a la profundización en esta cuestión, que hubiera requerido de un desarrollo más radical, al estilo de la citada El Profesor. 

Interesa cambiar el contexto y dar un salto nada menos que a Cuba, para asomarnos a la película Conducta (2014), de Ernesto Daranas.  Nos cuenta la historia de  Chala, un niño de 11 años que tiene una madre drogadicta y prostituta. Para llevar dinero a casa Chala entrena perros de pelea. Si hay una persona que se preocupa por el futuro de este niño es Carmela, su maestra de sexto grado, por la cual Chala siente un gran respeto y cariño. Las cosas se ponen difíciles cuando Carmela sufre un infarto y es sustituida temporalmente por una joven maestra que sólo ve en Chala problemas de conducta y cuyo único criterio es aplicar la ley.

La película nos ofrece un producto poliédrico en el que por un lado se describe y alaba un modelo educativo en el que todo gravita sobre la persona y no sobre el sistema, las leyes o las fórmulas pedagógicas. De hecho, es el modelo más antiguo, el del maestro que ama y corrige, que instruye y cuida, que en definitiva es un referente moral al que los niños miran y siguen. Por otro lado, la película hace una crítica nada complaciente al régimen comunista, que interfiere en la educación de una manera que nuestra protagonista, muy cansada de mentiras oficiales, ya no está dispuesta a tolerar.

Precisamente en este sentido es muy interesante comparar la cinta cubana con otra francesa, La profesora de historia, de Marie-Castille Mention-Schaar. En ambas se hace una valoración muy positiva del trabajo educativo de dos mujeres ya entradas en años. Pero si en la última se abogaba por el laicismo en la escuela, en la cubana se defiende la libre expresividad religiosa en el aula. En ambos países se prohíbe la exhibición de elementos religiosos en el colegio, bien sea en nombre del comunismo, bien del liberalismo laico. Pero la protagonista de Conducta se burla de tal medida como irracional e inhumana, y la francesa, por el contrario, se muestra claramente connivente.

En fin, se trata sólo de algunos ejemplos entre muchos que ponen de manifiesto, por un lado, la preocupación creciente por la situación educativa, y a la vez, por otro, la incapacidad de responder adecuadamente a esa cuestión en una sociedad que intenta evitar que compartamos con el otro nuestras exigencias más profundas y nuestras evidencias elementales. No se puede educar sin certezas. Y nuestro mundo ya no las tiene.

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