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ENTRE CARTAS: DIÁLOGO CON UN ALUMNO DE MÁSTER DE EDUCACIÓN

Diálogo epistolar con un alumno de Máster de Educación Secundaria sobre la vocación educadora.

En la era de la comunicación inmediata, en la que se imponen los mensajes fragmentados y rápidos que hacen opaca la palabra pensada e interior, el género epistolar, cuya forma más conocida es el texto que llamamos carta, rara avis, es uno de los más libres que existe dado que abarca una gran variedad de intenciones y temáticas. Todavía hoy se escriben cartas y nos producen una fascinación única cuando nos tocan el alma y nos hacen sentir el yo-tú de Martin Buber a través de un diálogo interpersonal que puede saborearse, leerse y releerse.

El título Entre cartas que suscribe este artículo da razón de un diálogo epistolar sostenido con un alumno de Máster de Educación Secundaria del que tenemos todos los permisos para comunicar lo que brotó en él. Estamos seguros que habrá personas que puedan identificarse con las palabras que se intercambian y, lo que es más importante, con la búsqueda que sostiene su protagonista. Es un diálogo que se inscribe en lo que podríamos llamar discernimiento profesional, en este caso referido a la docencia.

Es bien sabido que la inmensa mayoría de los alumnos que cursan este tipo de máster, sin distinción de universidades y geografías, lo realizan no precisamente porque tienen una clara vocación docente. En muchas ocasiones se trata de obtener una titulación más que pueda abrir camino en el difícil mundo laboral al que se enfrentan tantos jóvenes. A pesar de ello, la travesía por este máster no deja de ser una buena oportunidad para plantearse cuestiones de fondo e incluso para descubrir el magnífico, apasionante y difícil mundo de la educación. La pregunta por el bien que quieren ofrecer quienes lo cursan a sus futuros alumnos y a la sociedad es un buen revulsivo.

Nos situamos en el curso académico 2016-2017. Todo empezó esperando el metro, en la estación de Burssajot-Godella (Valencia), alrededor de las nueve de la noche, justo al finalizar la clase de la asignatura que impartía: Historia de la Educación y Legislación Educativa, en la Universidad Católica de Valencia. Surgió un sencillo diálogo:

– Profesora: Sergio, ¿crees que puedes ser educador?

– Alumno: No me he puesto a pensarlo, la verdad…

– Profesora: Pues sería interesante que lo hicieras… Atrévete…

Tantas veces hemos oído hablar de la ocasión pedagógica, ese momento en el que salta la chispa que moviliza al alumno…  Esa ocasión brotó en nuestro caso de una pregunta y hubo alguien con el corazón abierto y preparado que supo acogerla y permitió que le interpelara.

A los pocos días de ese breve diálogo, recibí la primera carta que me dirigió el alumno. Suya fue la iniciativa que suscitó mi respuesta. Y así hasta cuatro cartas, con las consiguientes respuestas, que ilustran un diálogo hecho escucha y reciprocidad y que considero vital e ilustrativo. Al releerlas para escribir este artículo, comprendo mejor que el entrelazado de cartas fue un breve viaje al centro del ser.

Dadas las características y la finalidad que se pretende, encadenaré cada una de las cartas, entresacando aquellos aspectos existenciales que considero más significativos y que podrían generalizarse y hacerse aplicables a otras biografías de alumnos que busquen en clave de vocación profesional docente. Antes de dar voz a nuestro alumno, dejo constancia de su magnífica pluma y de su consistente bagaje cultural. También de su generosidad accediendo a que publicase algunos fragmentos.

Carta 1. Alumno (3 de marzo de 2017)

Ardua tarea me encomendaste aquel jueves de febrero. No te pienses que me resulta fácil escribir sobre mí mismo. Desgraciadamente, no lo he hecho muy a menudo. Por no decir nunca. No sé si por pudor, por vaguería o simplemente porque no lo he necesitado. Digo esto de ‘necesitado’ pues tengo entendido que dicha labor es una magnífica gimnasia para conseguir cierto equilibrio espiritual. A ello sumémosle que conocerse a sí mismo es una virtuosa facultad que creo está al alcance de pocos. […] Aun a merced de lo inquietante y engorroso de este cometido, me dispongo a intentarlo. […]

Ser o no ser docente, he ahí la cuestión. Pero ni soy Hamlet, ni vivo en la antigua Laconia griega. Soy un alumno más que cursa un postgrado, el cual, le puede dar acceso a una posible vida como profesor de secundaria. Posible, pues el hecho de aprobar este máster no nos implicará forzosamente el ejercer como educadores […] algunos, deberíamos saber previamente si queremos o no queremos abrir del todo esa puerta que da acceso al difícil y delicado mundo de la educación. Mientras muchos de mis compañeros lo tienen totalmente claro, a mí particularmente no me resulta fácil saberlo. […] si soy sincero, puedo afirmarte que muy pocas veces he sabido o tenido clara mi verdadera vocación. Para qué engañarnos. Y me creo también, pues además lo he visto en casos cercanos, eso que nos dijiste en aquella misma lección: a veces, el gusto por enseñar se manifiesta una vez estás dentro del tablero de juego. La famosa vocación no se presenta siempre como una epifanía a modo Reyes Magos.

Qué fácil sería decir ‘c’est fini’. No tengo vocación, no sigo. Pero si no hubiese algo de eso, ¿por qué ingresé en este curso? ¿Para qué sacrifico tantas horas de mi tiempo libre en venir a clase y en hacer los trabajos que nos mandáis? ¿Y por qué gasté tanto dinero en matricularme? Alguna razón habrá. Además, cuando por suerte tengo un trabajo medianamente estable, de cómodo horario y no del todo mal remunerado para estos días que corren. Vaya, de repente he aquí un posible segundo argumento vertebrador de esta duda que intentamos resolver: la comodidad, la inercia y el miedo a salir de la zona de confort posiblemente zancadilleen en mi interior la apetencia por seguir adelante en el mundo pedagógico. Más aún cuando sé que si realmente quiero ser buen profesor, la exigencia y volumen de trabajo crecerá exponencialmente a lo que en comparación se me puede requerir actualmente como el profesional que soy. Y es que no querría ser uno de los muchos ‘profes’ apalancados que pasan por la escuela sin más. Sin calar. Sin ser justo con sus alumnos. Y te admito que esta controversia sobre el buen profesor podríamos enumerarla como la tercera razón que fundamenta mi duda.

Carta 1. Profesora (13 de marzo de 2017)

[…] Sigue escribiendo sobre ti mismo, de vez en cuando, aunque sea un monólogo o sencillamente puedas comunicárselo a alguien con quien camines en la vida. Es, sencillamente, un ejercicio de tomar la existencia en las propias manos, pensándola y haciéndola personal. Tienes mucha hondura para hacerlo.

He leído y releído tus palabras. Ciertamente, no tienes claro si la docencia es algo para ti, si es tu ‘traje a medida’. No está mal que sea así, porque te obliga a preguntarte y, lo que es más importante, a buscar respuestas auténticas, más allá de justificaciones o carpetazos.

En esta conversación que sostenemos me voy a centrar en lo que considero más importante: la vocación a algo, tu vocación personal. Lo sitúas como un asunto central, y lo es. Hay una filósofa a la que tengo mucho cariño, María Zambrano, que expresa algo luminoso: para ella la vocación es lo que hace que alguien sea ‘alguien’. Es aquello por lo que entre los diferentes ‘yo’ que pueden constituir nuestra vida, elegimos aquél por el que nos la jugamos; aquél que, aunque no exento de luchas, nos dará horizonte y también sentido, el que sacará lo mejor de nosotros mismos. Personalmente, creo que se nos va desvelando a través de las circunstancias, a la escucha de nuestras capacidades personales y nuestros deseos, auscultando la vida. Una vocación cuesta porque nos saca de rutinas y entumecimientos y sacude nuestro egoísmo. Cuesta porque requiere opción. Cuesta porque es un ejercicio de libertad. No hay vocación sin cualidades para ello, como tampoco la hay sin amor para irla dibujando y concretando en la vida. La vocación siempre se nos da para alguien; es algo así como nuestra aportación al crecimiento de otros. […] Hay decisiones que requieren que nos digamos –sobre todo y fundamentalmente a nosotros mismos- qué deseamos de verdad.

No corren tiempos fáciles para el riesgo, sobre todo laboral, es verdad. La vida es compleja y cuando ya se comparte o se tiene un proyecto hay que tener en cuenta muchos aspectos que, en ocasiones, se imponen.  Te percibo como un hombre joven con muchas posibilidades personales y con unas capacidades humanas propias de quien puede ayudar a otros a crecer. Eso lo puedes vivir de muchos modos, claro. La docencia es apasionante, magnífica y dura. Sólo se asume lo que se ama y hay que amarla en los buenos y en los malos momentos. Eso sí que hay que medirlo, como tú expresas muy bien en lo que me compar-tes. Pero los alumnos ‘son el río que nos lleva’. Por ellos y para ellos tenemos esa vocación que nunca termina porque no dejas de aprender y aprender.

Carta 2. Alumno (25 de marzo de 2017)

Respecto a tu última contestación, quiero decirte que el párrafo que le dedicas a María Zambrano es conmovedor. ¡Y cuánta razón tienes! He perdido la cuenta del número de veces que lo habré leído y releído durante estos días. Y en cada una de esas me detengo ensimismado en alguna de tus frases.

No obstante, a medida que mi cabeza rumia diariamente sobre esto de la vocación, me topo ante dos aspectos primordiales y tormentosos que creo ya te comenté: primero, lo tan difícil que resulta llegar a ella. Segundo, una vez descubierta, que te valga como sustento vital. Y es una doble reflexión que trasciende a mi persona. Me voy a intentar explicar.

A medida que profundizo en tal pesquisa no solo evidencio el lujo que supone alcanzar la vocación verdadera, sino, además, de que ella te sirva como medio de vida. Es un aforismo establecido en nuestra sociedad eso de que solo una minoría de la comunidad laboral trabaja ‘en lo que le gusta’.

Entiendo ahora, que esa pequeña muestra, ciertamente privilegiada, se merme más aún si afinamos tal axioma y sustituimos el gusto por la vocación. Y es que, encuentro más fácil vivir de algo que te guste, a vivir de aquello para lo que hayas nacido. Contando con que todos lo hayamos hecho para algo. Esta idea me evoca a la teoría de Platón, quien a través de su división social de la República proponía asignar a cada individuo una función en la sociedad ateniense en función de su naturaleza intrínseca. Quizá yo haya nacido para ser guerrero o artesano, y no para gobernante. Tal vez necesito bajar el nivel de esta dialéctica que hemos creado sobre la búsqueda de la vocación y me deba conformar con llegar al escalón que la precede: toparme con algo que simplemente me guste.

Miro a mi alrededor y puedo aceptar que a bastante gente le satisfaga su trabajo. Aunque negaría la mayor si me dijeran con el corazón en la mano que nacieron para desarrollar esa ocupación por la que les pagan.

Y, María Dolores, incluyo en esa cohorte desdichada a muchos profesores y maestros que conozco y que acabaron dentro de un aula sin la vocación que el sabio Poveda hoy les reclamaría.

Carta 2 Profesora (3 de abril de 2017)

[…] Entro en diálogo, de manera sencilla, con lo que considero el punto clave de tu réplica. Lo hago, como lúcidamente planteas en tus letras: bajando el nivel de la dialéctica y entrando en la búsqueda real en la que creo que estás en este momento de tu vida.

No te quepa duda de que lo vocacional tiene mucho, muchísimo que ver con lo que gusta hacer y ser en la vida. No son dos caminos distintos. Por tanto, ahí se tiene que producir una confluencia. Podemos entrar por la vocación a lo que nos guste o, al contrario. Pero no son separables. La vocación tiene mucho de pasión y eso se siente y se ama. Aunque en ocasiones tenga su coste y también su dolor, nunca se te resiste, es tuyo.

Dicho esto, aunque creo que hay personas para quienes la vocación es única y muy definida, he observado que para otras aparecen diversas posibilidades y se trata de optar, sabiendo que la vida no la controlamos y que pueden surgir cambios profundos en cualquier momento. No sabemos nunca a ciencia cierta cuál es el único

camino porque no hay caminos únicos, aunque algunos tengan una luz y un relieve muy especiales para nosotros.

Hay una pregunta de fondo que de muchos modos te habrás hecho, la formulo así: ¿cuál es mi traje a medida, el que me gusta llevar porque cuando me lo pongo soy yo mismo y siento que me expresa; el que los demás reconocen y sienten que es bueno también para ellos?  La respuesta tiene que ser la posible, y seguramente se irá modificando a lo largo de la vida, aunque siempre haya un fondo que sea el tuyo. Ese ‘traje a medida’ tiene mucho que ver –entiendo- con las capacidades propias, con el ADN que te configura. Y eso es muy importante reconocerlo porque poner en juego esas capacidades, en la medida de lo posible, te encamina a lo que llamamos ir siendo feliz junto a otros y contribuir con algo humilde y claro a que este mundo nuestro sea mejor.

Percibo, Sergio, que tienes mucho dentro. Eso lo sé. No cejes, sigue la conversación interior que has iniciado que, si lo haces con autenticidad y destierras rutinas y entumecimientos, la luz se abrirá camino. La que sea, la posible… Pero tuya

Carta 3. Alumno (7 de abril de 2017)

[…] Como siempre agradecido por estas pequeñas lecciones y asombrado por las perfectas metáforas que utilizas. Y es que esta dialéctica me viene a la cabeza en momentos inesperados, en parte gracias a tus comparaciones.

Sin ir más lejos, el pasado sábado me fui de boda y tuve que ponerme un traje de chaqueta con su correspondiente camisa, corbata y zapatos. Tarea que, para mí, es excepcional, ya que en mi trabajo puedo vestir de forma casual y el hecho de emperifollarse de esa forma siempre es un acontecimiento. Pues estaba en esos menesteres y, cómo no, me vino a la mollera aquello que me comentabas sobre la vocación y su forma de verla como traje a medida de cada uno.

Aparte de lo ilustrativo del ejemplo, te doy la razón en su significado. La vida nos lleva por unos derroteros que requieren de distintos vestuarios. Más aún cuando algunos no sabemos de nuestros gustos estéticos. Entiendo que la gente que sí sabe qué ropa le sienta mejor, arriesgará y comprará en las tiendas aquellas prendas con las que verse realizado. Pero como ya te dije, no creo estar en el momento de acudir a un sastre a que me haga las medidas.

Soy menos ambicioso y busco en primer lugar aquello que me pueda, simplemente, quedar medianamente bien. Puedes pensar que me contradiga dándote la razón al principio y virando la entraña del discurso a medida que se consumen renglones. Pero es que creo firmemente que lo que a uno le gusta y la vocación son cosas distintas, pues pienso que su vínculo es unilateral. O sea, que aquello que es vocacional siempre te gustará hacerlo, pero no porque te guste algo, significará que sea vocacional.

Por tanto, para mí, la vocación es un aspecto mucho más profundo y personal que el gusto por hacer algo. Anda que no tenemos gustos variopintos, banales o triviales cada uno de nosotros. Pero, ¿vocación por algo? Eso ya es otra cosa. Es subir de nivel. Admito que estos conceptos estén separados por una delgadísima línea que, según cómo, podamos intuirla o borrarla. Yo soy de los primeros.

Carta 3. Profesora (24 de abril)

[…] Te confieso que me ha hecho mucha gracia cuanto describes sobre la boda y tu vestimenta. Es muy plástico lo que cuentas. Y, sigo diciéndote: tienes una capacidad de introspección grande, grande. Un don.

Hoy seré breve. Pongo el foco en algo que me hizo pensar y que, ciertamente, la crítica resulta muy aguda por tu parte. Vocación y hacer lo que a uno le gusta no tienen por qué identificarse. Por supuesto. Quizás con mi afán de aproximar extremos, lo puse demasiado fácil. No, no es lo mismo. Hay cosas que hacemos que nos gustan, por otras razones: unas más hondas y otras más triviales, pero no necesariamente por vocación.

Siendo esto así (al menos es mi experiencia, aunque no sea ni mucho menos nada que se pueda generalizar y menos absolutizar), la vocación te hace gustar en muchos momentos el ‘traje a medida’ y, cuando eso sucede, sientes que todo tu ser está hecho para esa talla. Como consecuencia, se experimenta un gozo profundo y eso a todos nos gusta porque es algo cercano a lo que llamamos felicidad.

La cuestión que nos ha llevado varias réplicas y contrarréplicas no se resuelve con la cabeza ni tampoco cuando encontramos argumentos. Es de otro orden. Y, por eso mismo, necesita madurar con la primavera, el verano, el otoño y el invierno.  Lo que sí importa, Sergio, es que no la olvides. Que la consideres en el corazón, en medio de la vida. Algo así como hacen los rumiantes: no tragan de golpe, mastican, vuelven y vuelven… hasta que es el momento de tragar. Sí, mantén la cuestión en el corazón o en el alma, como te parezca. Y abre los ojos a la vida porque la vida habla, a veces grita.

Estoy convencida de que tienes capacidades sobradas para ser una persona humanista, educadora, entregada al crecimiento de otros no sólo a las necesidades propias, aunque sean muy legítimas. De esto estoy convencida. No ahogues el don. Trabájate interiormente y busca, busca.

Carta 4. Alumno (27 de julio de 2017)

Nunca tuve la sensación de que este hilo fuera algo adscrito al curso universitario que mantuvimos entre manos. Por tanto, eximidos de cualquier obligación, y ya habiendo finiquitado el año académico, me permito el lujo de molestarte con este mail informativo en el que repaso lo acontecido en estos últimos tres meses de silencio. Cómo no, intentaré centrar el fondo de la cuestión en la principal causa que nos llevó a encender la mecha: la búsqueda de esa vocación, de esa inquietud, que, como el Guadiana, aparece o se esfuma en función del día que lo contemples.

Durante estos meses han pasado muchas cosas. Como bien sabrás, una de ellas ha sido el cierre del máster. Ello implicó un sobre esfuerzo atroz, pues entre las asignaturas del segundo cuatrimestre y el TMF, a aquellos que compaginábamos estudios con trabajo, los días se nos hacían extremadamente estresantes y cansados. No te engaño si confieso que, inmerso en ese arreón final, y todo ello sazonado por una ola de calor tropical, estuve a punto de abandonar y lanzar apuntes, libros y ordenador por la ventana de mi casa. La vocación y el amor por la enseñanza pasaba por sus horas más bajas.

Hoy, mientras escribo esto, agradezco haber empujado hasta el final y entiendo que aquel desapego por la enseñanza era fruto de todo ese torbellino de cansancio, nervios, calor y agobio. Una vez pasado el postoperatorio, vuelvo a encauzar mis pensamientos. En el horizonte, vuelve a parpadear entre la niebla, que es la vida, la luz roja, intermitente, del faro que nos hace seguir remando hacia adelante.

Me tomo este próximo curso como un periplo similar al año que he pasado. Seguiré apostando por mi trabajo, pero sin dejar de lado la formación que me pueda abrir la puerta de la enseñanza. Si no soy capaz de medrar laboralmente (cosa que merezco, aunque no dependa de mí) posiblemente me tome más en serio eso de ser ‘profe’. Supongo que esto suena a pragmatismo, a la frialdad del que busca un mejor sueldo. Aunque no es así. Pese a reclamar una justa mejora laboral, que no sé si llegará, sigue habiendo algo en mi interior que me lleva a no perder de vista la opción que tanto ronda por mi cabeza y de la que hablamos. El tiempo dirá y así te lo haré saber.

Carta 4. Profesora (1 de agosto2017)

Me he alegrado mucho al recibir tus letras. Enhorabuena por el cierre del máster. Percibo que el final de curso te ha supuesto un esfuerzo titánico… Pero has llegado y has llegado bien. Esfuerzo, dolor… y meta conseguida.

Sé por experiencia que, cuando toda nuestra persona toca límites por el agotamiento al que hemos llegado, en ese momento sólo somos capaces de sostenernos; parece que los ideales (docencia, vocación, relaciones…) no tienen espacio e incluso nos rebelamos contra ellos porque nos pesan. Es entonces cuando nos hacemos conscientes de que somos limitados para gozar, para sufrir y también para mantener motivaciones profundas. Muy humano. A lo largo de la vida hay una asignatura que no acabamos de aprobar: asumir que lo que merece la pena en la vida, duele.

En medio de todo, hay algo que no se mide por nuestro cansancio o por nuestros sentimientos de coyuntura, algo que está ahí, en letargo, aunque no lo percibamos en temporadas de fuerte agobio. Es el ‘yo’ profundo que está embotado. Pero cuanto de auténtico hay en él, no puede dejar de vivir. Nos inquieta para bien y para mal y cuando, de nuevo, experimentamos el sosiego necesario, despierta y nos lo hace saber. Es, como preciosamente dices, “el  horizonte que parpadea en la niebla” y que se dibuja con claridad en la luz cuando de pronto aparece.

Déjame que te diga que subrayo, no sé cuántas veces, que no cierres la puerta a ser un buen docente. Veo que lo supeditas a desarrollarte profesionalmente en tu actual trabajo, y lo entiendo. Ésa es una vía real, posible. Pero no apagues la luz, no cierres la puerta.

Espero que estés disfrutando del descanso merecido. Te deseo lo mejor para el próximo curso, que se presentará lleno de retos y, también, de esperanza.

 

Hasta aquí el entrelazado de cartas (o de fragmentos de las mismas).  Con todo ello he pretendido traer un trozo de realidad e ilustrar algo que considero fundamental: hay que llenar de sentido la dimensión vocacional que toda “profesión de lo humano” conlleva.  La docencia es una de las más relevantes desde el punto de vista humanista, ético y social.

Como en el caso de nuestro protagonista, es importante sostener el pulso de un diálogo auténtico y exigente que confronte a los jóvenes con posibles comodidades e inercias y los lance a decisiones libres y generosas -utópicas, por qué no si son posibles. Es necesario  acompañarles a ir más allá, e invitarles a que identifiquen ideales que merece la pena sondear.

Hablamos de repensar la educación. Sí, repensemos también la vocación de la que nacen educadores. “Dadme una educación y yo os devolveré una escuela, un método y una pedagogía”, nos dice Pedro Poveda quien distingue muy bien entre causa y consecuencia.  Retomemos el relato vocacional en las profesiones de lo humano.

Y para retomarlo… Volvamos a la fuerza de la palabra, de la narración que desvela la propia búsqueda y que, al ser compartida, puede recibir retroalimentación, razón, fuerza, argumentos y, en ocasiones, iluminación.  Animemos a los jóvenes a ejercitarse en el bien pensar, en la permanencia en medio de sus rastreos y en la identificación de los autoengaños que desdibujan y deforman la realidad.

La historia de la educación y su intrahistoria están jalonadas de personas con nombre y apellido que se han sentido y se sienten llamadas a contribuir a que otros sean. Entre cartas es un brindis a los jóvenes que se atreven a descubrir su vocación docente y a comprometerse con lo humano. Para quienes educar forma parte de su identidad personal y de su proyecto de vida.

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