ARTÍCULOS LITERATURA

LA ÚLTIMA SALIDA DE ANTONIO MACHADO, 80 AÑOS DESPUÉS

Hay un instante en la última salida de España de Antonio Machado que siempre me ha obsesionado, que vuelve a mi retina con vértigo y tristeza: no cuando deja su maleta en el asiento trasero, no cuando su madre, Ana Ruiz, le pregunta, a punto de alcanzar la frontera francesa y delirando, exhausta y fragilísima: “¿Cuánto queda para llegar a Sevilla?”, ni cuando observa la caravana de cuerpos agolpados en la intemperie de hambre y lluvia. No: el momento que vuelve, su percepción azarosa, es cuando el chófer dice que se ha acabado la gasolina y hay que seguir a pie. Porque ese hombre acabado, envejecido antes de tiempo no sólo por su bronquitis crónica, sino por el desgaste vital de la derrota y el éxodo, apenas puede sostenerse a sí mismo; y cómo va a poder, ahora, con esos pies que salen del calor tibio del coche para posarse mansamente, pesadamente, hundiéndose en el barro, ayudar a su madre. Afortunadamente no está solo: el gran escritor y periodista, aunque también atlético, honrado y compasivo Corpus Barga, la cargará en sus brazos al cruzar la frontera. Pero no sólo eso: ante la carencia de documentos para pasar al territorio francés, Barga asegurará a los gendarmes fronterizos que ese hombre abatido, grandote, adelgazado, que no deja de toser, que parece ablandado bajo la llovizna, como un gran pliego de papel andante y empapado, una especie de estatua que se va disolviendo, como si fuera a volverse transparente, es el mayor poeta de España, es nuestro Paul Valéry.

Sólo unas horas antes de ese 22 de enero de hace ahora mismo 80 años, ese 22 de enero de 1939 en que las últimas columnas de futuros habitantes de los campos de concentración de las playas francesas se dirigían sumisas hacia su matadero, ante la inevitable ocupación de Barcelona por las tropas franquistas, Antonio Machado, que había llegado allí con su familia desde Valencia, se subía a ese vehículo que poco después quedaría en un arcén, como otros tantos cientos de coches y equipajes, en el colapso final de la escapada, como un embudo de gentes que ya sólo seguían el sentido de sus pasos. 

Lo consiguió el doctor José Puche Álvarez de la Dirección de Sanidad y en él estaban, además de la familia del poeta y su hermano José, el filósofo Joaquín Xirau, el humanista Carlos Riba, el filólogo Tomás Navarro y Corpus Barga, con las acreditaciones necesarias para cruzar la frontera. Esa misma noche descansaron en una masía de Viladasens. Fue la última noche para Antonio Machado en territorio español, durmiendo en un pajar caliente y relativamente confortable: muchos años después, Alfonso Guerra volvería a aquella masía para tratar de buscar, entre los ya anticuados utensilios de labranza, los baúles con ropas ajadas y los muebles olvidados acumulados entre el polvo, aquel último maletín de Antonio Machado que pudo quedarse allí o se quedó en el coche, ese último maletín o esa maleta que el poeta ya no pudo cargar, puesto que ni siquiera casi podía cargar ya consigo mismo, y se quedaron atrás. Pero Alfonso Guerra no encontró allí más que la sombra de un desánimo, esa certeza de que el tiempo nos come y ni siquiera los escenarios pueden permitirse el lujo de permanecer fieles a sus protagonistas. Así, esa maleta final que pudo contener el misterio que muchos hemos añorado, esos días azules y ese sol de la infancia o algunas cartas guardadas de Guiomar, fuera aquello lo que fuese, no ha aparecido nunca.

En ese instante único, cuando el conductor dice que ahora deben continuar andando, porque se han quedado sin gasolina, en ese cuello de botella de la carretera al pie de una cuesta pronunciada, sólo a medio kilómetro de la frontera con Francia, los equipajes se quedan dentro del vehículo, en el último asiento. Cómo debe de sentirse un hombre de sesenta y tres años para no ser capaz ni siquiera de rescatar sus últimos papeles y guardarlos dentro del bolsillo, qué importancia les dio y qué importancia también damos nosotros a esos viejos borradores, quizá pensó que aún podría escribir más o quizá no lo pensó siquiera, porque el mundo se estaba abriendo bajo sus pies, en esa carretera cubierta de lodo y colapsada por sus cuerpos vencidos, y todas esas almas sin descanso posible. Pero salió y echó a andar, siguió el camino y remontó el repecho bajo el viento y el frío.

Gracias a Corpus Barga y su permiso de residencia como corresponsal en Francia pudo cruzar la aduana, y entonces unos coches los recogieron y llevaron hasta la estación ferroviaria de Cerbère. Allí, de nuevo gracias a la influencia de otros -Xirau en este caso- pudieron dormir en un vagón que descansaba en una vía muerta. Es la imagen del fin, es una metáfora perfecta: porque esa vía muerta comenzó desde antes de salir de Barcelona, desde antes de llegar a Rocafort, desde antes de salir de Madrid. Esa vía muerta estaba escrita ya para Antonio Machado, para la media España derrotada y para la otra media, desde el primer disparo. Después vendría Collioure: su silencio final, en el canto de todos.

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