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REMBRANDT: EL PINTOR DE LOS RABINOS

El año 2019 es un año importante para los admiradores de la obra genial del pintor holandés Rembrandt van Rijn, que murió hace 350 años en 1669. Entre las muchas exposiciones organizadas por galerías de todo el mundo para celebrar esta efeméride, encontramos una en el Museo Judío Histórico de Amsterdam ¿Por qué? Existen unos vínculos estrechos entre Rembrandt y la comunidad judía de su época, vínculos que han suscitado el interés de historiadores del arte y de la religión y que pueden explicar el misterio de una de sus obras más emblemáticas, el famoso cuadro El hijo pródigo. 

Este cuadro es, sin duda, una de las interpretaciones artísticas más conmovedoras de la parábola del hijo pródigo, una parábola en la que Jesús transmitió la idea de un Dios infinitamente misericordioso a través de la reacción incondicionalmente generosa de un padre bondadoso a la vuelta de su hijo menor, un hijo que había derrochado su herencia en una vida disipada y viciosa.

Un examen cuidadoso de este cuadro revela unas diferencias llamativas y sorprendentes entre las dos manos de la figura del padre. Teniendo en cuenta la maestría técnica del pintor y su exhaustivo conocimiento de la anatomía humana, sería inverosímil que se tratara de un error o de una casualidad. La mano izquierda parece claramente una mano masculina. Es ancha y cuadrada, con prominentes venas y tendones, y sus dedos son muy gruesos. En cambio,  la mano derecha es pequeña, con una piel más suave y con dedos más finos y gráciles. Esta mano parece una mano femenina. 

¿Por qué Rembrandt pintó esta figura, una figura que, a nivel simbólico, representa a Dios padre, con una mano masculina y otra femenina? ¿Puede tener algo que ver con la cábala, la mística judía?

Rembrandt vivía y trabajaba en el barrio judío de Amsterdam. Su casa, ahora convertida en museo, estaba ubicada en el Jodenbreestraat,  (La Calle Ancha Judía), muy cerca de la sinagoga española/portugesa, la Esnoga. Los historiadores del arte estiman que un tercio de las pinturas de Rembrandt o fueron representaciones de personajes judíos o trataron temas bíblicos, empleando como modelos judíos del barrio en que él vivía. De hecho, Rembrandt pintaba tantos temas y personajes judíos que sus rivales del gremio de los pintores le llamaron despectivamente el pintor de los rabinos. Tal llamativa fue su relación con la comunidad judía que en el siglo XIX surgió la teoría que el pintor había convertido al judaísmo -una teoría, por cierto, sin fundamento histórico. 

El barrio judío en que vivía Rembrandt estaba densamente poblado. A lo largo del siglo XVI, un gran número de judíos sefardíes que huyó de la Península Ibérica para escapar de las garras de la Inquisición encontró cobijo en Amsterdam. Durante el siglo siguiente,  numerosos judíos Askenazi del este de Europa también se refugiaron en esta ciudad holandesa, escapando de persecuciones y matanzas atroces. Curiosamente, a pesar del Calvinismo reinante en esta región, Amsterdam resultó ser relativamente tolerante, según los estándares de la época, al menos en lo que se refiere a la  actitud de sus habitantes protestantes hacia los judíos. Una gran comunidad judía pudo desarrollar una vida relativamente tranquila y practicar su religión en paz allí. 

El hecho de que el protestantismo diera mucha importancia al Antiguo Testamento hizo que los calvinistas holandeses mostraran muchísimo interés en conocer a los descendientes de las figuras de la biblia hebrea que vivían en medio de ellos.  Hubo mucho contacto entre las comunidades cristianas y judías en esta época en Amsterdam y algunos calvinistas aprendieron hebreo bajo la tutela de varios expertos judíos con el fin de poder entender mejor y en más profundidad el libro que constituía el centro de su religión. Algunos incluso se pusieron a estudiar el Talmud.  Tal fue la fascinación que los habitantes experimentaron para todo lo judío que visitaron la sinagoga para observar los ritos de sus vecinos judíos e hicieron excursiones en barco al cementerio judío que se encontraba fuera de los límites de la ciudad.

Hasta cierto punto, los calvinistas de los Países Bajos se vieron a sí mismos como el nuevo pueblo elegido y hablaron de Amsterdam como la “nueva Jerusalén”.  Identificaron su lucha contra España con la lucha de los hebreos para salir de Egipto y vieron su victoria contra el poderoso imperio español como una repetición de la victoria de David sobre Goliat. 

También había cierto ambiente apocalíptico o milenario en el aire y la convicción- bastante extendida-de estar viviendo los últimos tiempos de esa era. Los calvinistas de esa época pensaron que el retorno anhelado de Jesucristo estaría precedido por la conversión de los judíos y, a diferencia de los inquisidores de la península Ibérica, creyeron que dicha conversión tenía que ser llevada a cabo a través de la argumentación y la persuasión y no a través de la fuerza.  Por lo tanto, cuanto más profundo fueran el conocimiento de las tradiciones, creencias y textos hebreos por parte de los calvinistas más posibilidades habría de que ellos pudieran convertir a los judíos. Si en el arte medieval y renacentista, los judíos fueron representados como seres extremadamente feos y repugnantes, en el arte de los Países Bajos de los siglos XVI y XVII los judíos aparecen representados como seres humanos físicamente normales. La popularidad de temas bíblicos como el sacrificio de Isaac, la lucha de Jacob con el ángel de Dios y la imagen de Moisés con los Diez Mandamientos en el arte de la época dan testimonio de un interés casi obsesivo por las historias y personajes del Antiguo Testamento. De todos los artistas que pintaron temas y personajes judíos, Rembrandt destacó, tanto por la cantidad de dichos temas pintados por él, como por la fidelidad con la que los trató. El director del Centro de Estudios Judíos de la universidad de Wisconsin en Estados Unidos, Steven Nadler, describe estas obras no como “meras ilustraciones de escenas del Antiguo Testamento, sino como representaciones muy sentidas que demuestran una familiaridad profunda con la escritura hebrea”.

Además de vivir en el barrio judío y utilizar a muchos vecinos suyos como modelos en su obra, parece que el pintor sintió una simpatía especial hacia los judíos con los que él convivió. Según el historiador judío Moisés Gans, “nunca ha habido otro artista no judío-escultor, pintor o escritor- que representara a este pueblo rechazado, con tanta veracidad como Rembrandt quien, en su opinión, a pesar de todo, siguió siendo el pueblo de Dios en el exilio”.  

En su famoso cuadro Moisés con los Diez Mandamientos, Rembrandt corrigió un error que Miguel Ángel cometió en su escultura de la figura de Moisés para la tumba del papa Julio II, un error basado en un error de traducción del libro del Éxodo. En este texto, la palabra hebreo karan  expresa cómo, después de recibir los diez mandamientos, la cara de Moisés brilló con una luz sobrenatural. Desafortunadamente, los traductores cristianos tempranos pensaron erróneamente que la palabra era keren, que significa “cornudo.” Basándose en esta mala traducción, el escultor florentino, como tantos otros artistas, representó a  Moisés con dos cuernos. Rembrandt, sin embargo, no pintó a Moisés con cuernos, sino con una cara que brillaba con una luz deslumbrante. El historiador del arte Simon Schama habla de cómo la oscuridad que rodea a la figura de Moisés en este cuadro “hace que la luz brille con más intensidad.” Parece probable que el pintor accediera a una información que le permitió pintar un cuadro que reflejaba correctamente el sentido del texto del Éxodo. 

Otro hecho que llama la atención en Rembrandt es la representación que él hace del orden de los mandamientos en las tablas de la ley -cinco mandamientos en cada tabla-, orden exacto al que mostraban los judíos. En cambio, en el arte cristiano se solían incluir los primeros cuatro mandamientos- aquellos que tratan de la relación entre el hombre y Dios -en una tabla y los otros seis- los que tratan de las relaciones éticas entre los seres humanos- en la otra tabla.

A los anteriores hechos, podemos añadir otros tales como los que señalan que otros pintores de la misma época, en los Países Bajos, a menudo, incluyeron representaciones muy inexactas de letras hebreas en sus cuadros, sobre todo en cuadros que trataron temas bíblicos. Está claro que el conocimiento del alfabeto hebreo que poseyeron estos artistas fue rudimentario o nulo y parece que incluyeron estos elementos como meros adornos o para dar un toque exótico a sus cuadros. El caso de Rembrandt fue totalmente distinto. En varios cuadros, él incorporó escritos hebreos absolutamente fidedignos. Un ejemplo especialmente llamativo es su cuadro El Festín de Belshazzar. Según la historia bíblica, Belshazzar, el rey de Babilonia, montó una gran fiesta para sus nobles durante la cual ordenó a sus siervos que le trajeran las copas de oro y plata que su padre había robado del templo de Jerusalén para que él y sus invitados pudieran beber de ellos. En medio del banquete, una mano misteriosa apareció y escribió un mensaje en arameo sobre la pared. El mensaje predijo la caída del rey quien, de hecho, murió esa misma noche, pero ni el rey, ni los sabios babilonios que el rey llamó fueron capaces de descifrar la escritura. En cambio, Daniel, el hebreo que había sido llevado a Babilonia junto con los otros judíos exiliados, leyó el mensaje correctamente sin ninguna dificultad. En el Talmud, se encuentran varios intentos de explicar por qué nadie salvo Daniel fue capaz de leer el mensaje correctamente. Una de las soluciones propuestas fue la lectura vertical del alfabeto hebreo y no la horizontal que  es la forma habitual de leer arameo o hebreo.  Uno de los judíos más famosos e ilustres del Amsterdam  de la época de Rembrandt, Manasés ben Israel, fue partidario de esta solución. En el cuadro de Rembrandt, las letras hebreas son perfectas, pero solo tienen sentido si se leen verticalmente en vez de horizontalmente.  

Sabemos que hubo mucho contacto entre Rembrandt y Manasés. De hecho, el pintor colaboró estrechamente como ilustrador con Manasés en la producción de su libro, La Piedra Gloriosa, aunque sus grabados no aparecieron en la versión final del libro. Como parte de su inmensa erudición, Manasés era un estudioso de la tradición mística del judaísmo, la cábala. ¿Es posible que Manasés introdujera a Rembrandt en algunos conceptos clave de la cábala?  Varios historiadores del arte han sugerido que el famoso grabado de Rembrandt El Erudito en su Estudio tiene un simbolismo cabalístico. Si realmente Rembrandt, igual que tantos compatriotas y contemporáneos suyos, tuvo algunos conocimientos de la cábala, esta convicción puede ayudarnos a resolver el misterio del cuadro El hijo pródigo.  Aunque es cierto que algunos místicos cristianos en el curso de la historia han hablado de un aspecto femenino de Dios, empleando el término femenino, por supuesto, en un sentido estrictamente metafórico, es cierto que la tradición cristiana ha puesto muchísimo énfasis en la masculinidad metafórica de Dios, tal como se expresa en el término Dios Padre. En cambio, la existencia de aspectos femeninos y masculinos, dos aspectos complementarios, dentro de la divinidad, es una de las ideas fundamentales y más importantes de la cábala.  ¿Es posible que esta noción fundamental de la cábala inspirara a Rembrandt la representación del padre bueno en la parábola del hijo pródigo, símbolo del mismo Dios, con aspectos masculinos y femeninos? 

Teniendo en cuenta los estrechos vínculos entre el pintor holandés, la comunidad judía y el experto en la cábala -Manasés ben Israel- quizá, esa posibilidad no sea tan descabellada como pueda parecer a primera vista.

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