OPINIÓN

LA MAGIA DE LOS NÚMEROS

Cuando esperábamos un regalo de Navidad, el 20D nos sorprendió con un paquete envuelto, no en papel de plata, sino en una nube de colores fruto de la magia de los números. Fácil de solucionar razonablemente, decían unos, endiabladamente difícil, lo vieron otros. Y así resultó cuando a la razón se le colaron por la ventana de atrás querencias, aspiraciones, intereses, odios y otros frutos de ánimos agitados. La imaginación ha estado muy ocupada en este último tiempo y el ingenio ha emergido particularmente de la mano de nuestros mejores humoristas.

Terminamos el mes de febrero habiendo visto muchas puestas en escena de hipótesis fallidas o de intentos que no soportan la prueba de una aritmética clásica. Decía Unamuno que el paisaje es un estado del alma y hoy vemos cómo la política de este último tiempo remite a un estado de ánimo confuso y habitado por la perplejidad. ¿Cómo convivir con él, cómo transformarlo? Un paisaje tan poco ilusionante no genera energía y la necesitamos, porque hay mucha gente que todavía vive en los márgenes socavados por la crisis.

En algún sitio he leído que José Antonio Marina considera el sentido del humor como una de las grandes creaciones de la inteligencia, capaz de resolver envenenados problemas de la convivencia. ¡El sentido del humor! ¿Será éste un buen analgésico para tanto dolor de cabeza? ¿Estaremos necesitados de ese humor catártico que posibilita evacuar la violencia nacida de la frustración y con ello facilitar la convivencia? Los humoristas de la prensa diaria siguen siendo cronistas de lujo de lo que sucede, aportando lecturas que rompen nuestros discursos lineales y nuestros argumentos a menudo falaces. El humor sí, lo necesitamos; pero no lo considero suficiente.

La ciudadanía sigue confundida por los efectos de la magia de los números, aunque la realidad es que los números cuando van acompañados de unidades, que aquí se llaman escaños, precisan de intencionalidad para no ser ciegos. En este caso, sucede lo opuesto, sobra intencionalidad y se pretende forzar la tozudez de los números. Y eso pone de manifiesto la ceguera de quien busca imponer sus finalidades confiando en que al final, la magia de los números logrará el resultado apetecido.

Hay un plural, un nosotros, más abarcante que los pequeños plurales de los diversos partidos, por numerosos que éstos puedan ser. Hay un plural al que todas las intencionalidades deben responder, el de la totalidad de los ciudadanos; que en democracia se conjuga articulando mayorías. Pero a ese plural se responde abandonando el narcisismo y abriéndose a la escucha leal de los demás, a la negociación honesta, a los pactos que posibiliten los cambios y las reformas que la mayoría de ese nosotros  está esperando.

Un proceso de este carácter tiene, a mi parecer, una función educativa hacia ese nosotros, hacia los ciudadanos de cualquier edad, y en particular hacia las generaciones más jóvenes, que en esta ocasión nuestros líderes están lejos de ejercer. Son los actores de una representación en la que el diálogo, la escucha, la práctica de la resiliencia, la ejemplaridad moral, la veracidad, y otras virtudes cívicas que pudieran nombrarse, deberían mostrarse actuantes en sus negociaciones para hacerlas deseables a una ciudadanía que no anda sobrada de ellas, a juzgar por los casos ininterrumpidos de corrupción que conocemos cada día y, a juzgar también, por muchas decisiones tomadas en este tiempo, en el seno de instituciones representativas en nuestro país.

Sentido del humor, sentido común, sentido de responsabilidad hacia la educación moral de los ciudadanos, son algunas de las plantas a cultivar en este tiempo de inclemencia que amenaza con atrofiar la pituitaria colectiva para olores que se resisten a banalizar el mal.

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