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MÁS ALLÁ DE LA VIOLENCIA DE GÉNERO

En la década de los setenta surgió un movimiento social feminista que popularizó el estudio de la violencia contra la mujer. Se trataba de una segunda oleada feminista. Si la primera oleada feminista se había guiado por valores humanistas de igualdad y fraternidad, esta segunda oleada, estaba más bien influenciada por la idea sobre la guerra de los sexos de los sesenta. Partían de la creencia de que la cultura occidental está conceptualizada principalmente desde las experiencias y preferencias de los varones. Veían en nuestra cultura una falta de objetividad que siempre hacia prevalecer la experiencia subjetiva masculina frente a la femenina.

El trabajo de estas activistas feministas hizo que los medios de comunicación comenzaron a hablar de las repercusiones negativas de la violencia, contra la mujer, en las relaciones de pareja. Desde entonces no hemos dejado de hablar sobre violencia de género; una violencia de los hombres hacia las mujeres, por el mero hecho de ser mujer, encaminada a mantener los privilegios de los varones dentro de una cultura patriarcal. El movimiento feminista dio lugar a importantes avances sociales para proteger a las mujeres víctimas de relaciones violentas. El aumento del interés por la violencia llevó a científicos, políticos y legisladores a movilizarse. Uno de los mayores éxitos del movimiento fue la creación de refugios para acoger a mujeres maltratadas y a sus hijos. Sin duda aquellas iniciativas han salvado muchas vidas.

Ahora bien, os contaré un secreto. En aquella década de los setenta se inició una división entre las personas que estudiaban la violencia en las relaciones de pareja. Parece que tan sólo ahora, más de cuatro décadas más tarde, comienzan a difuminarse las diferencias que se crearon entre los sociólogos feministas y los psicólogos sociales.

Los sociólogos feministas formularon teorías centrándose en aspectos del patriarcado y de las sociedades capitalistas para explicar la violencia contra la mujer. Veían la violencia contra la mujer como una prescripción cultural de la sociedad patriarcal, en la que los hombres se sienten autorizados a controlar a la mujer, si hace falta, a través del uso de la fuerza física. Los psicólogos sociales comenzaron a desarrollar cuestionarios para medir las conductas de violencia y evaluar su relación con otras variables.

Todo iba bien hasta que los psicólogos sociales comenzaron a publicar los resultados de sus investigaciones. Según los datos de sus encuestas las mujeres referían ser tan violentas contra sus parejas como los hombres. Sus resultados ponían en tela de juicio las premisas sobre las que se basaban los argumentos feministas. Si se ponía el énfasis en las lesiones producidas por violencia física, había una mayor proporción de víctimas femeninas. Nadie ponía esa realidad en cuestión. Pero si se evaluaba la conducta violenta de hombres y mujeres, se encontraban menos diferencias de las esperadas. A parte, comenzaron a aparecer datos sobre la violencia en parejas homosexuales. Las teorías de la violencia en términos de género no podían explicar por qué las mujeres agreden a las mujeres, o por qué los hombres agreden a los hombres.

No sólo comenzaron a aparecer investigaciones en que las mujeres referían usar niveles similares de violencia a los hombres, sino que algunos estudios encontraban que las mujeres usaban incluso más violencia física y psicológica que los hombres. Un estudio de 2007 realizado con jóvenes universitarios españoles llegaba a esta misma conclusión. En nuestro país, aparentemente, las mujeres jóvenes españolas son ligeramente más violentas contra sus parejas que los hombres (Muñoz-Rivas, et al., 2007).

Los investigadores de la violencia en la pareja se separaron hasta formar dos grupos: el paradigma “feminista” (o de género) y el paradigma de estudio del “conflicto familiar”. Ambos paradigmas coinciden en que las mujeres están expuestas a un mayor riesgo que los hombres de sufrir consecuencias negativas como resultado de la violencia en la pareja. Sin embargo difieren en sus explicaciones sobre las causas de la violencia.

Cuando comenzaron a abrirse refugios para mujeres maltratadas, apareció la opción de estudiar esos casos extremos de violencia. Aquellas mujeres relataban haber sido víctimas de hombres controladores que terminaban actuando violentamente si ellas no se amoldaban a sus expectativas y exigencias. Entre aquellas mujeres algunas habían dejado de defenderse por miedo y otras intentaban defenderse con violencia verbal o física frente al control de sus maridos. Las situaciones vividas por estas mujeres encajaban con los postulados feministas sobre la violencia contra la mujer. El problema estaba en que fuera de esos refugios para mujeres, entre la población general, las estadísticas pintaban un panorama diferente. Parecían realidades diferentes. Una forma de resolver las discrepancia ha sido el distinguir dos patrones diferentes de violencia en la pareja: la violencia común que se puede dar de manera esporádica en cualquier familia y los casos de violencia sistemática encaminada a controlar y someter al otro.

El paradigma feminista ha sido el predominante durante décadas a nivel mediático y político. Su alcance ha sido tal que ha cambiado la percepción que la gente tiene sobre la violencia. Hoy en día la gente evalúa como más negativa la misma conducta de maltrato si es ejercida por un hombre que por una mujer (Cantera y Blanch, 2010). Incluso los psicólogos juzgan como más patológica, más dañina, más abusiva y más severa, la misma conducta cuando es ejercida por un hombre que cuando es ejercida por una mujer (Follingstad, DeHart, y Green, 2004). Nuestra sociedad ha quedado anclada en una forma de percibir el maltrato desde los estereotipos de la violencia de género. Hay un doble rasero. Sabemos que no somos objetivos.

¿Qué sabemos sobre la violencia en la pareja en el siglo XXI? Sabemos que la violencia suele empezar en el plano psicológico. Si ninguna de las partes se retira a tiempo, la violencia tiende a escalar en gravedad e intensidad. Un buen paso por tanto, para evitar la violencia física, es intentar reducir los niveles de violencia psicológica. Se estima que hay violencia en una cuarta parte de las relaciones de pareja. Parece que los hombres y las mujeres inician situaciones de violencia en un nivel similar.

Como respuesta a esas conductas violentas iniciales, hombres y mujeres refieren devolver la agresión también en niveles similares. En la mitad de los casos de violencia en pareja, la violencia suele ser bilateral. Ambas partes participan. En los casos de violencia unilateral, encontramos que cerca de la mitad son casos de violencia de hombre a mujer y la otra mitad son casos de violencia unilateral de mujer a hombre. Sí. Las mujeres también pueden ser violentas.

La violencia física puede tener distintos niveles de gravedad. No siempre que hay violencia física se producen lesiones físicas. Las lesiones están especialmente asociadas a formas de violencia física severa. El riesgo de sufrir lesiones se duplica cuando la violencia es bilateral o recíproca. En los casos en que se da el paso a la violencia física, las mujeres tienes más probabilidades de ser lesionadas que los hombres. De media, cerca del 62% de las lesiones producidas por violencia en la pareja corresponden a mujeres. El 38% restante son lesiones en hombres (Archer, 2000).

Un dato que toda mujer debería conocer, es que cuándo una mujer es frecuentemente abusiva contra su pareja, se multiplica por tres el riesgo de que ella misma sufra lesiones físicas. En concreto, el escenario de violencia más peligroso para cualquier mujer son los episodios de violencia mutua iniciados por la propia mujer (Capaldi, 2007). Hay muchas conductas de violencia física leve o de violencia psicológica que no dejarán huellas físicas. Sin embargo eso no quita que no dejen importantes huellas psicológicas en forma de miedo, ansiedad, depresión, estrés postraumático, pérdida de la autoestima, indefensión, alteraciones de la personalidad, etc. El daño psicológico generado en las víctimas hace que pierdan sus esperanzas y sus energías. Esto dificulta enormemente que las víctimas abandonen sus relaciones abusivas. La dificultad para salir de esas relaciones se incrementan cuando la víctima queda aislada de otros apoyos sociales que podrían darle libertad. La dificultad aumenta según crece la desigualdad de recursos económicos entre víctima y agresor. Cuando las víctimas quedan en situación de dependencia económica se hace muy difícil escapar. De ahí que hayan sido tan beneficiosos los refugios de acogida para víctimas de violencia.

Sabemos que la violencia en la pareja se ve influenciada por factores sociales y culturales. Cuando se comparan distintas culturas se observa que a medida que aumenta la igualdad de género y el individualismo en una nación, tiende a disminuir la violencia contra las mujeres. Curiosamente, según disminuye en un país la violencia contra la mujer, también tiende a aumentar la victimización de los hombres por parte de sus parejas. Este dato debería hacernos pensar.

En clave psicológica, cada vez es más frecuente asociar la violencia de la pareja a dos perfiles de personalidad. Uno sería el perfil “borderline o disfórico”. Son gente dañada a nivel psicológico que tiende a perder el control de sus impulsos. El otro es el perfil “antisocial” o psicopático, compuesto por individuos que constantemente se saltan las normas sociales en busca de su beneficio personal. Mientras que la situación de los primeros, los dañados emocionalmente, puede mejorar con el tratamiento psicológico, en el caso de los segundos, los psicopatizados, las esperanzas de cambio son menores. Parece que estos perfiles son frecuentes tanto en hombres como en mujeres que agreden a sus parejas. El futuro de las intervenciones dependerá de poder distinguir distintos perfiles, de modo que se puedan desarrollar recomendaciones específicas para cada tipo de situación.

Por MARTA GISPERT ALTHEIDE

REFERENCIAS BÁSICAS

Archer, J. (2006). Cross-cultural differences in physical aggression between partners: A social-structural analysis. Personality and Social Psychology Review, 10(2), 133-153.

Archer, J. (2000). Sex differences in aggression between heterosexual partners: A meta-analytic review. Psychological Bulletin, 126(5), 651–680.

Cantera, L. M. y Blanch, J. M. (2010). Percepción social de la violencia en la pareja desde los estereotipos de género. Intervención Psicosocial, 9(2), 121-127.

Capaldi, D. M. Kim, H. K. y Shortt, J. W., (2007). Observed initiation and reciprocity of physical aggression in young, at-risk couples. Journal of Family Violence, 22(2), 101-111.

Follingstad, R. D., DeHart, D. D., y Green, E. P. (2004). Psychologist’s judgments of psychologically aggressive actions when perpetrated by a husband versus a wife. Violence and Victims, 19(4), 435-452.

Muñoz-Rivas, M. J., et al (2007). Physical and psychological aggression in dating relationships in Spanish university students. Psicothema, 19(1), 102-107.

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