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LIDERAZGO POLÍTICO: CREAR SOCIEDAD

Ciertamente estamos en un momento confuso, de desorientación sobre qué tipo de sociedad pretendemos hacer, de crisis. ¿Estamos solo en crisis, o se está produciendo un giro en el modelo de sociedad y, por ende, de lo que de una manera un tanto arriesgada se puede denominar proceso civilizatorio? Arriesgada pero no irreal, pues no es solo una crisis económica sino financiera, política, cultural, de valores, ecológica, de límites del crecimiento, o sea, una crisis sistémica. Lo que cuestiona la deriva de nuestras sociedades en un sistema mundo como en el que ya vivimos, que está sufriendo cambios profundos en los propios cimientos de la civilización.

Y en este proceso, es necesaria una conciencia reflexiva que llegue a la profundidad del momento histórico en que vivimos por la pérdida de referentes para la toma de decisiones en la organización de la vida social y en la dirección de nuestro sistema de vida a nivel global. Decisiones que  afectan a estructuras fundamentales de la sociedad pues estamos llevando al límite el cambio en las bases del modelo social que la revolución neoliberal impulsó en los elementos estructuradores de la sociedad. Así nos gobierna la primacía de lo económico que legitima la supuesta incapacidad del Estado de garantizar los bienes colectivos y las necesidades sociales; y se toma como un axioma la crisis financiera del Estado del Bienestar.

En el empleo se adopta la precariedad como un supuesto naturalizado, pues se dice que querer un contrato estable es volver atrás. En la gestión pública, la privatización de servicios públicos se abre paso con fuerza y predomina la idea de que lo público es ineficaz y debe ser evitado sin queremos progresar, lo que deja de lado la responsabilidad colectiva como algo atado al pasado. En el imaginario social la conciencia ha ido girando de lo social-colectivo al predominio definidor del individuo.

Es decir, estamos cambiando las bases para reconfigurar la distribución, que pasa a ser funcional al capital ahondando la creciente desigualdad. Y se deja de lado lo que se había logrado de accesibilidad universal, ganando peso el concepto de apropiación privada del bienestar. Se dejan de lado los derechos como base definitoria de las decisiones ante la presión cada vez mayor de que deben prevaler las condiciones del individuo. Por lo que la cultura social se configura cada vez más en torno a los méritos y la creencia en que el progreso de cada quien depende de sus propios talentos, cuestionando capacidades y potencialidades universales e igualitarias para todos.

Todo ello produce un cambio de la base de los sistemas de bienestar, y estamos pasando del ciudadano, que los hacía universales, al asegurado, que acaba haciéndolos excluyentes; del usuario de las prestaciones universales al cliente solvente. Por lo que se está pasando de una concepción basada en el convenio social a parámetros mercantilizados. Con ello se ha puesto las bases para un cambio histórico que está cuestionando, al socaire de las medidas presentadas como inapelables para afrontar la crisis, la propia estructura del bienestar entendido como el compromiso de afrontar y resolver colectivamente los riesgos individuales, los déficits sociales, y el mantenimiento de los sistemas generales. Desaparece de la cultura social, del imaginario colectivo, de la toma de decisiones, algo tan fundamental como es el nosotros.

Y si consideramos nuestro sistema mundo y la dirección en que se le está impulsando, nos encontramos con el casi clandestino TTIP, que pretende poner estas bases como norma reguladora de la vida internacional, dando el peso primigenio al beneficio privado, al que deben sujetarse no solo los ciudadanos sino principalmente los Estados como garantes de que los ciudadanos lo acepten. O sea, justo lo contrario de lo que pretendía el Estado Social, a quien se pretende relegar al trastero de la historia.

No debe extrañarnos que desde estas bases, estemos asistiendo a un cambio social-cultural-moral. Es constatable que hoy no existe un concepto compartido de lo que es el bien común. ¿Qué es lo que se ha producido para un cambio de este tenor? Fundamentalmente se ha producido algo que de forma simbólica podemos denominar la secesión moral de los ricos, bajo el supuesto de que no deben nada a la sociedad, que cada uno tiene lo que cada uno se ha ganado; y esto está polarizando la sociedad a límites cada vez más extremos. Secesión moral que no se debe reducir al uno por ciento de la sociedad, sino a una amplia extensión de población que ha optado por esta posición como aspiración.

En este recorrido, urge la pregunta por los líderes políticos. ¿Se ocupan de ello, de explicarlo, de desvelarlo, de comunicarlo, de tratarlo con sus ciudadanos, de proponer/aceptar la incertidumbre de lo que todo esto significa y buscar juntos que hay que volver a poner en pie sociedad, común, nosotros, compromiso moral? Nuestros líderes ansían el poder, pero no ejercen la política. Poder, o sea, la capacidad de hacer cosas, y política, o sea, la capacidad de decidir qué cosas deberían hacerse,  se han distanciado, incluso se han disociado o divorciado de las capacidades de decisión del conjunto de la sociedad, y circulan por recovecos y laberintos inextricables.

Los líderes políticos están acabando presos de esa disociación, de su capacidad de agencia, de su capacidad de acción necesaria para aplicar la terapia adecuada para seguir el camino que la propia sociedad trace. Por ello, lo primero debería ser volver a unir poder y política, o sea, poder y ciudadanos, poder y sociedad. No se puede ser líder sin sociedad. Lo fundamental de un líder si no quiere quedar reducido a un puro aspirante al poder es que haga política, o sea, que sea expresión y manifestación de otro modelo de sociedad. El líder no es el iluminado que camina sobre los problemas, sino un caminante con los hombres y mujeres de esta sociedad entre los problemas que también le afectan. Cuando se nos presentan como quien tiene la solución, no es un líder, es como un mago del que esperamos el truco salvador. Eso no crea sociedad sino seguidores, fans, a los que el marketing pretende fidelizar. Y luego, la decepción, pues su magia no alcanza ni los recovecos ni los entresijos de la situación. Líder si hace con nosotros el camino. ¿Qué camino? El camino de una nueva agenda para una nueva organización de la sociedad.

No es cierto que no se pueda hacer nada más. Existen otras formas de organizar nuestro proyecto social, pues el desarrollo social y de las personas no es el crecimiento económico. La sociedad no puede crecer sin las personas. El verdadero desarrollo se construye dando prioridad a la vida digna de todos configurando un devenir social que no genere exclusión social. En esta nueva forma de organización social, la sociedad civil debe tener mayor peso (en el diseño, organización y en la gestión). Debemos replantear la relación entre lo público, lo privado (el mercado) y lo social, donde no participen únicamente los actores tradicionales (gobierno, empresarios y sindicatos) sino abierta a los nuevos movimientos sociales, expresión de enriquecedoras formas de ciudadanía, y a las organizaciones del Tercer Sector, especialistas en crear puentes y mantener la cohesión social. Esto no es posible sin el fortalecimiento de los valores cívicos de la sociedad civil, capaz de construir y reivindicar unas instituciones verdaderamente éticas y democráticas, que se hagan cargo de los más vulnerables como prioridad para construir un verdadero desarrollo desde el bien común, en que la solidaridad se traduzca en una organización social en que se haga frente a la pobreza y la exclusión social como fenómeno estructural. Es decir, se trata de construir una sociedad basada en derechos universales y no en privilegios individuales.

Ahora bien, esta solidaridad solo es real si tiene dimensión universal. Hay que asumir la mundialización como un nuevo contexto del desarrollo social. Los problemas esenciales de nuestra sociedad son cada vez más universales, globales, que adoptan rostros concretos en nuestros propios contextos. Así, la inmigración manifiesta la injusta distribución de los beneficios y de los costes en un mundo con amplios riesgos de exclusión y de rechazo. La postura adoptada ante los refugiados es el mejor crisol de qué desarrollo estamos promoviendo. O cambiamos estas bases o tendremos que sufrir su violencia que se manifiesta de múltiples, y terribles, formas. Hay que señalar de forma cada vez más importante la interconexión entre la pobreza en el tercer mundo y sus presencias en el primer mundo. Por ello, los problemas particulares sólo pueden ser planteados y pensados dentro del contexto planetario.

Pero eso nos lleva a considerar si hay posibilidad estructural de encontrar un orden político mundial que se corresponda con la actual economía capitalista. Ahí reside un problema estructural de nuestro mundo global que necesita un nuevo orden sociopolítico que se adecue a él. Y es que la economía global de mercado no puede organizarse directamente como una democracia global con elecciones a escala mundial. Esta tensión define nuestra situación actual: la libre circulación mundial de mercancías se acompaña cada vez más de compartimentaciones en el ámbito social. Mientras que las mercancías circulan cada vez con más libertad, a las personas se las mantiene separadas por nuevos muros. No se puede crear un orden mundial sin crear sociedad con dimensión, con valor y con sentido global. Hay que asumir que esto se está convirtiendo en uno de los problemas y cuestionamientos más importantes del desarrollo social.

Por VICTOR RENES AYALA

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