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Brasil ¿Qué esperar de las Olimpiadas?

La inminencia de la abertura de los Juegos Olímpicos en Río de Janeiro invita a reflexionar sobre lo que puede esperar Brasil de este acontecimiento que lo expone a los ojos de todo el mundo y que por primera vez se realiza en América del Sur. Claro está que la reflexión va más allá de la dimensión deportiva, aunque aquí sean animadoras las expectativas. En el viaje que empezó en Atenas y terminará en la actual sede del certamen, Río de Janeiro, la antorcha olímpica está recorriendo pequeñas y grandes ciudades brasileñas, con aplauso popular y atención de toda la prensa. Se espera que no pocas medallas, mejor si de oro, serán el premio de buenos competidores con los que cuenta el país en casi todas las modalidades. De la natación al judo, de la gimnasia al salto con pértiga no faltan promesas en el panorama brasileño. Esto por no hablar del deporte más popular, el fútbol, donde el buen desempeño olímpico compensaría los resultados decepcionantes de los últimos campeonatos, particularmente el mundial. Tampoco se puede olvidar el interés que despiertan en la prensa y entre el público las competiciones paraolímpicas, meta de muchos atletas, hombres y mujeres de todo Brasil, que dan desde ahora magníficas lecciones de superación de adversidades.

Si del atletismo se pueden esperar medallas y testimonios de un pueblo que, como dicen muchos brasileños, não desiste nunca, es necesario reflexionar, como se ha recordado, más allá de la dimensión deportiva, pues es notorio que el país atraviesa graves tiempos de crisis. Parece asistirse al abalo de las instituciones políticas y económicas y hasta de los fundamentos éticos que deberían sostenerlas.

No cabe aquí entrar en el análisis de esta crisis que ha sido ampliamente noticiada y evaluada. Es previsible que sus efectos se hagan sentir, directa o indirectamente, en estas Olimpiadas, como se observará con algunos pocos ejemplos. Se sabe que está en curso un proceso que podrá afectar la Presidencia de la República. El proceso, aunque previsto en la Constitución de Brasil, ha suscitado la oposición de partidos y organizaciones que lo consideran inaceptable y que se niegan a reconocer la legitimidad del actual Presidente en funciones (el Vicepresidente). Como las Olimpiadas se realizarán antes del término de este proceso turbulento, aún no está claro qué autoridades se harán presentes en la abertura oficial del certamen. De cualquier forma, habrá, probablemente, reacciones hostiles del público, síntoma de tiempos de división política.

Otro ejemplo de los posibles efectos de la crisis brasileña sobre la realización de las Olimpiadas es una medida que en el mes de junio, en que se escriben estas letras, han tomado los responsables  del gobierno  de Río de Janeiro: la declaración de calamidad económica, con riesgo para el buen éxito de los Juegos. Dígase de paso que no sería sorprendente que se hablara de calamidad, no sólo en Río sino en el país, cuando el gobierno central interino proclama el enorme déficit del presupuesto nacional, promete cortes de gastos y convoca a toda la población a sacrificios financieros. Lo extraño es que, en este panorama nacional, las autoridades del Estado de Río hayan obtenido de inmediato significativa cantidad de recursos nacionales, además de los anteriormente recibidos. Ciertamente no todos lo ven con buenos ojos: cabe esperar que este sacrificio general contribuya al éxito de las Olimpiadas. Ya en el período de elección del país-sede, cuando Brasil aún se mostraba próspero, no faltaron voces que notaron la incoherencia de pensar en un gran evento deportivo si ya se reclamaban recursos para atender a las graves carencias de la población en servicios esenciales: de los hospitales a las escuelas, de los transportes a la vivienda y a la seguridad pública. Esas carencias, de  las grandes ciudades y de las áreas rurales, emergen ahora  agravadas por circunstancias imprevistas que exigen cuidados inmediatos. Entre ellas, la epidemia causada por el virus zika y la preocupación debida a los recientes ataques terroristas en todo el mundo.

Los efectos de la crisis parecerían aún más amenazadores si se insistiera en la dimensión de la ya mencionada crisis. Es cierto que se suceden las denuncias de gravísimos casos de corrupción en el ámbito público y privado. Sin embargo, aquí justamente parecen vislumbrarse señales animadoras. Se puede esperar que la sociedad brasileña no sólo realice con éxito los Juegos Olímpicos sino que supere con vigor el duro momento presente. Si la corrupción se diseminó en los ambientes políticos y empresariales, no es menos cierto que profundas convicciones éticas resisten en la población, en general. Precisamente para protestar contra la crisis de valores, multitudes salieron a las calles de todas las ciudades brasileñas.

Se nota asimismo en todo el país un esfuerzo, en parte ya exitoso, de volver a cauces de legalidad y de trasparencia.  Por otra parte, los hombres y mujeres de Brasil, en el trato cotidiano, continúan recibiendo a todos con la sencillez, la generosidad, la abertura fácil a la amistad, que son reconocidamente rasgos encantadores del pueblo brasileño. Hay que añadir el sentido del humor, que da ánimo para enfrentar los peores momentos. A estos hombres y mujeres anónimos, trabajadores, honestos y, a pesar de todo, alegres, Brasil deberá lo que de mejor se puede esperar en estas Olimpíadas.

Vuelve entonces la indagación inicial: desde la perspectiva de Brasil, ¿qué esperar? Algunas expectativas ya han sido apuntadas. Mas se acaba de hablar de la solidaridad del pueblo brasileño, en general. Estos Juegos Olímpicos permitirán, en este momento de crisis, intensificar ocasiones de acogida, de aceptación de las diferencias de origen, de lengua y de convicciones, experiencia tan valorada por  el pueblo de Brasil, pueblo que en la crisis de hoy se muestra, en cuestiones cruciales, dividido y más bien desilusionado.

Así, las Olimpiadas, al propiciar el encuentro con las diferencias que vienen de lejos, podrán reforzar en el país el ánimo para llevar a cabo tareas aún más urgentes. En este momento será necesario reaprender a não desistir nunca. Será necesario abrirse a las diferencias, reflejadas en los distintos colores olímpicos, que inspiraron a los artistas brasileños a crear los significativos emblemas de estos Juegos. En suma, será necesario aceptar también en casa las diferentes visiones, a convivir serenamente con ellas, más aún, a valorarlas como riqueza de una sociedad que se esfuerza por seguir en paz los caminos de la justicia social y de la libertad democrática.

Por PEDRO GARCEZ GHIRARDI

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