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CÓMO SER NACIONALISTA A LA ALTURA DE NUESTRO TIEMPO

Muchas cuestiones que tienen que ver con la vida, y sobre todo con el vivir juntos, son difíciles y complejas. No podemos intentar resolverlas mirando para otro lado o no reconociéndoles su dificultad y complejidad. Esto es lo que sucede con la cuestión del nacionalismo.

El término nacionalismo resulta de definición casi imposible, o al menos poder dar una definición que pudiera ser consensuada y lograr lo que en principio aspira toda definición: cierta universalidad. Se trata de un término lleno de valoraciones y orientaciones. Ofrecer una definición, como hacen todos sus estudiosos, implica ya adoptar una posición sobre él y, también, una forma de entender la política y todo lo que ello conlleva. Otra opción a la hora de hablar de nacionalismo intentando ofrecer cierta claridad, salvando la dificultad de la definición, es ofrecer tipologías. Dificultad en la tipología y en la definición que lleva a que los trabajos sobre el nacionalismo sean o bien panfletarios o necesariamente ambiguos, rozando en ambos casos la esterilidad del análisis y quedando las más de las veces en meras opiniones. Ahora quisiera incidir en algo menos pretencioso –elaborar una teoría– pero más importante –propiciar un cambio de actitud–.

Una cuestión de perspectiva y actitud. Sin entrar en la tarea de la definición y análisis, que ya hemos hecho en otro lugar,(1)  me gustaría señalar que en estas arduas cuestiones en las que nos jugamos tanto, la solución, o al menos la mejor manera de afrontarlas, es un asunto de perspectiva y lo que ella lleva aparejada: actitud. Creo que estas cuestiones, tanto a nivel teórico como a nivel vital, sufren, sobre todo, de un error de perspectiva y de actitud.

¿Con qué perspectiva y actitud suele plantearse la cuestión nacionalista? Normalmente o bien se suele ver la idea de nación, y las naciones concretas, bajo una identidad absoluta, algo que está dado de raíz, de una manera natural y que la historia nos muestra tal y como es: la nación –España por ejemplo–, se dice que tiene una identidad sustancial y, consiguientemente, hay una forma de ser español y responder a esta identidad nacional –y lo mismo podríamos decir de Cataluña, País Vasco, etc.–. O bien, la nación, la identidad nacional, se ve como si fuera algo que se puede decidir de un día para otro; cambiamos de nación como cambiamos de camisa, la identidad nacional es un puro asunto de decisión y, por tanto, arbitrario. Estas dos perspectivas, muy frecuentes a la hora de plantear la cuestión nacional, conllevan dos actitudes perniciosas: por un lado, la intolerancia y, por otro, la insignificancia –en el fondo, indiferencia–. Cambiemos la perspectiva, cambiemos la actitud.

Las naciones son comunidades imaginadas; tener una identidad es fruto de la imaginación. Esto no quiere decir que no haya elementos reales o que no tenga implicaciones en la realidad. En absoluto. Atribuir un carácter imaginario no es poder decir o hacer cualquier cosa, es reconducir todo este debate a su foco originario: el ser humano en su actividad cultural. Decir imaginación es lo mismo que afirmar la capacidad constructiva del ser humano, e incluimos también emociones, sentimientos, actitudes, etc. También podríamos definir el imaginario social como esa mezcla de ideas y creencias –como decía J. Ortega y Gasset– que nos constituye; las creencias las somos, las ideas las tenemos, y desde ambas –con ambas– construimos nuestra convivencia.

Toda nación es una comunidad imaginada, fruto de ideas y creencias; el problema o la cuestión abierta es cómo y hacia qué, hacia dónde, se proyecta dicha comunidad. ¿Qué queremos hacer con España? ¿Cómo imaginamos, y proyectamos, España?

La perspectiva adecuada a la hora de plantear estas cuestiones es la de imaginario social. Con esta expresión simplemente queremos decir que las relaciones sociales y culturales se encuentran configuradas simbólica y comunicativamente. El imaginario social está hecho por la historia, por los medios de comunicación, por todos los elementos que de una manera o de otra pueblan el espacio público. El imaginario social es ese espacio imaginario, sí, pero real, actual, donde se vertebran, nuestras expectativas orientadas hacia el futuro, nuestras tradiciones heredadas del pasado y nuestras iniciativas en el presente.

¿Qué ganamos con esta perspectiva? Superamos las perspectivas anteriores que nos condenan a un diálogo de sordos y, además, somos así fieles a una realidad compleja. Las naciones existen, tienen una realidad, pero no absoluta e inmutable, tienen una realidad imaginada, proyectada, construida. Pero la idea de nación, por otra parte, no es algo arbitrario y caprichoso; no es fruto de una decisión momentánea y espontánea. La primera forma de plantear mínimamente la cuestión nacional es saber de qué hablamos, de qué tipo de realidad estamos hablando. En el panorama español vemos que aquellos que defienden la nación española o la nación vasca o la nación catalana hablan de realidades que no se sabe muy bien dónde están, y vemos también cómo muchos críticos, tanto de unos como de otros, se empeñan en decir que la idea de nación es fruto simplemente de un referéndum, que es algo que se puede decidir. Pero la nación no es ni una realidad sustantiva, ni un mero ejercicio de voluntad. Ni un referéndum salva, o crea, una nación; ni rompe la unidad de España (2).

El nacionalismo, ideológico y utópico. El concepto de imaginario social es complejo y hay que asumirlo en su complejidad. Los teóricos del imaginario social, tanto sociólogos (K. Mannheim) como filósofos (P. Ricoeur), no han dejado de señalar que el imaginario social es, de entrada, doble; presenta dos rostros: la ideología y la utopía. Ideología y utopía son las dos expresiones del imaginario social. El nacionalismo, como fruto del imaginario social, se va a mover por tanto entre la ideología y la utopía, es decir, se explica y comprende como ideológico y/o como utópico. Esto hay que tenerlo en cuenta para poder situarnos críticamente ante la gran cantidad de discursos que se hacen sobre él.

De entrada, cada uno de estos dos términos (ideología y utopía) tiene un sentido positivo (función constructiva) y otro negativo (función destructiva). Solemos entender la ideología como sinónimo de engaño y distorsión, como algo que interfiere en la imagen real de nosotros mismos o de lo que estemos considerando (en este caso la nación); la ideología es ilusión, mentira, manipulación. Y entendemos por utopía algo parecido a una ficción, a un sueño que nos evade de la realidad; una especie de construcción ideal que nos aleja de los pasos a seguir en la consecución realista de ciertos objetivos. Piénsese ya, sin más análisis, cómo el nacionalismo puede ser fácil y rápidamente catalogado como “ideología” (hay un uso ideológico del nacionalismo) y “utopía” (el nacionalismo no tiene en cuenta la realidad social o cultural de nuestro país o del mundo contemporáneo: es una utopía).

Utilizando libremente el análisis del imaginario social del filósofo P. Ricoeur podemos distinguir varias funciones de la ideología y la utopía, las dos expresiones del imaginario social. Comprobamos cómo ambos fenómenos tienen aspectos positivos y negativos, y como un fenómeno y otro se corresponden inversamente (ver cuadro pág. anterior).

Si estas son las funciones del imaginario social, ¿cómo podemos pensar la idea de nación y nacionalismo desde este esquema? Invito al lector a hacer tal recorrido dando contenido concreto al esquema aquí presentado.

El nacionalismo –del tipo que sea–, y la idea de nación que defienda –sea cual sea– puede adquirir las diferentes funciones que aquí presentan la ideología y la utopía. Muchos nacionalismos se presentan desde una idea de nación entendida como identidad cultural y sustancial; el nacionalismo puede ser concebido y presentando respondiendo a una necesidad de identidad (función de integración), y precisamente por responder a esta necesidad encuentra una función legitimadora de cara a defender, por ejemplo, un ideal de soberanía; el nacionalismo enhebra habitualmente esta función de integración con la función de legitimación, pero, sabiéndose tan poderoso, puede estar ocultando determinados problemas y realidades con la cuestión nacional (por ejemplo, en el caso español, los problemas socioeconómicos de Cataluña). La triple función ideológica (de integración –más positiva–, de legitimación –más neutra–, de disimulo –más negativa–) nos la podemos encontrar en múltiples discursos que nuestros políticos hacen sobre la cuestión nacional.

Si examinamos ahora la otra cara del imaginario social, la utopía, vemos que es posible el mismo recorrido por los múltiples nacionalismos. Los discursos nacionalistas pueden tener una función positiva de cuestionamiento de una determinada forma de vida asumida o de una determinada identidad (“lo que siempre se ha creído que era España”, por ejemplo); el nacionalismo presentado utópicamente puede tener una función positiva de corrección y de crítica de determinados sistemas de convicciones y creencias, y así también una función deslegitimadora de determinados discursos que explican tradicionalmente un orden dado; pero si bien cabe esta función positiva de crítica y de reflexión, también es posible que se nos presenten los nacionalismos con una función de mera huida y de desconocimiento de la realidad social; y la defensa de la nación sea mera ingenuidad.

Otro nacionalismo es posible. Creo que estas funciones-tipos del imaginario social en su doble cara ideológica y utópica circunscriben los modos de presentarse, ejercerse y constituirse el nacionalismo. Bien es cierto que en el discurso real, y en las políticas concretas, se encuentran entremezclados. Este esquema general del imaginario social puede ayudarnos a captar la complejidad de aquello que se nos muestra difícil y con mil rostros.

Frente a estos nacionalismos mistificadores e idolátricos la tarea es articular un nacionalismo desde los símbolos –culturales y cívicos–, que están en la tradición (nuestro pasado común), y los proyectos (en nuestra voluntad de vivir juntos).

Defender la bandera de España, un himno, etc., es decir, un conjunto de símbolos, no implica tener que defender una idea de nación sustantiva y absoluta. Hay muchas formas de pensar la identidad, sin tener por ello que acabar en el voluntarismo, el decisionismo o la arbitrariedad.

Entre un nacionalismo que mira más a la ideología, con sus patologías, y otro que se inclina más a la utopía, también con sus patologías, debemos encontrar la integración de ambos, o un tercer tipo de nacionalismo, que evite las derivas patológicas. Entre un nacionalismo étnico-cultural –defensor de una identidad fuerte– y un nacionalismo cívico (moderno, ilustrado, liberal), entre uno constituido por referencias culturales y otro auto-constituido, entre uno que suele mirar hacia atrás y otro que suele hacerlo hacia adelante–, nos situamos a la búsqueda de un equilibro entre ambos, sin querer renunciar a lo que uno y otro tienen de positivo. Buscamos un tercer tipo de nacionalismo que mantenga la tensión, afrontando el presente, abierto al pasado y al futuro, nutriéndose de memoria y de esperanza.

La gran cuestión que plantea el nacionalismo es cómo vivimos nuestro tiempo presente, nuestros compromisos y nuestra vida social y política. Frente a discursos políticos de un sentido y de otro, que en definitiva coinciden en el fondo, y son ideológicos y utópicos (en su peor función), necesitamos un nuevo nacionalismo orientado por una perspectiva diferente y por una actitud movida por la honestidad. Perspectiva y actitud que resumiría en una palabra: imaginación. Necesitamos una política con más imaginación, lo cual, a la altura de nuestro tiempo significa también compromiso y responsabilidad.

Por TOMÁS DOMINGO MORATALLA

BIBLIOGRAFÍA

1. Lo aquí expresado tiene su desarrollo teórico en “El nacionalismo en el universo del imaginario social. El cuento de la nación”, Diálogo Filosófico, 95, 2016, pp. 150-175.

2. Una de los grandes errores argumentativos en la cuestión del nacionalismo es dar por supuesto, falazmente, que la única forma de reconocimiento nacional es a través de la constitución de un estado independiente.

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