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JMJ 2016: ¿POR QUÉ FUI A CRACOVIA?

Al comenzar estas líneas la primera pregunta que me viene a la cabeza es ¿Por qué fui a la JMJ? Son días en los que tienes que convivir con muchas personas, hacer filas para conseguir algo, sentir el agobio de estar rodeado por millones de personas, te expones al frío o al calor…

Pero la respuesta que me viene a la cabeza es muy sencilla y muy potente a la vez: porque Dios me hace feliz. A pesar de las incomodidades que pueden surgir, los regalos que recibes a lo largo de estos días son tantos que me parece imposible dudar de que valió la pena. Vale la pena porque aprendes a quedarte con lo esencial, con lo que realmente te sirve para crecer. Humanamente, también es enriquecedor porque conoces a personas que te enseñan a explorar en la aventura de la vida, a quedarte con algo más allá de lo superficial.

Bajo el lema Bienaventurados los misericordiosos pudimos reconocer en el testimonio de Rand que el don de la misericordia está presente en medio de situaciones tan dolorosas como las que provoca una guerra. Es primordial que los jóvenes que vivimos acomodados aprendamos de aquellos que sufren, que la fe está mucho más allá de decir con la boca que eres cristiano. Es poder afirmar que Dios te hace feliz a través del sufrimiento y que en cierto modo, el dolor es salvador. Estoy muy agradecida de haber podido vivir la experiencia de la JMJ; es impresionante mirar a mi alrededor y saber que cada persona comparte la misma alegría, que formamos la comunidad de la Iglesia.

Los días previos (días en las Diócesis) hemos experimentado que podemos sentirnos como en casa aun estando fuera de la misma. Desde el principio las familias de las parroquias a las que acudíamos nos abrieron las puertas de sus vidas, convirtiendo en un hogar, un lugar que se encuentra a muchos kilómetros de tu ciudad de origen.

Esta es la definición de Iglesia Universal. Es muy emocionante comprobar que no hay fronteras si realmente estamos dispuestos a transmitir nuestra alegría, a compartir con los demás que lo que da sentido a nuestra vida. Es tener la certeza de que Dios nunca abandona.

La JMJ fue un subidón de esperanza, las palabras del Papa en cada uno de los actos fueron directas y concretas.  Me quedo sobre todo con aquello de que Jesús es el Señor del riesgo, el Señor del siempre más allá. Para seguir a Jesús hay que cambiar el sofá por un par de zapatos que te ayuden a caminar por caminos nunca soñados. Realmente los jóvenes pudimos reflexionar sobre las decisiones que queremos tomar. En el camino de la vida se nos pueden presentar situaciones muy diversas y podemos cruzarnos con muchísimas personas en nuestro camino. Por eso es necesario adoptar una actitud abierta y saber qué es lo que queremos para nosotros mismos, tener clara nuestra meta y saber con quién queremos contar para alcanzarla. Soñar es impresionante y genial pero tenemos que aprender a ser libres para llegar a la felicidad plena.

El Papa dijo en la vigilia: “Nosotros estamos aquí porque el Señor nos ha convocado y nuestra respuesta a este mundo en guerra tiene un nombre y se llama fraternidad, se llama hermandad, se llama comunión, se llama familia”. ¡Qué difícil es a veces caer en la cuenta de que la persona que tenemos al lado es importante! En el día a día nos cuesta parar y pensar, nos cuesta saber que hay personas a nuestro alrededor que sufren.

En este sentido, la JMJ se puede comparar con la vida en sí misma. Al final es un camino en el que te encuentras circunstancias de todo tipo y personas que piensan y actúan de forma diferente a ti. Lo que me ha encantado es aprender y tener la experiencia de que si tienes la mente abierta, llegas a la conclusión de que el que está al lado tiene tu misma inquietud: quiere encontrar la forma de ser feliz. ¡Cómo mola tener la oportunidad de compartir algo tan grande!

Fue un enriquecimiento enorme poder visitar y conocer la historia de tantos lugares de Europa. Era muy bonito cruzarte con tantas personas por el camino y saber que iba a culminar con los días de la JMJ. Los españoles tuvimos un encuentro previo en Czestokowa el día que celebrábamos Santiago Ápostol, fue genial poder compartir al lado de la Virgen esta gran fiesta.

Me consta que con este viaje, muchos jóvenes hemos podido comprobar que el ser humano puede llegar a realizar actos terribles y también actos grandiosamente buenos para la sociedad. Con lo primero me refiero a nuestra visita al campo de concentración de Auschwitz, un lugar que recorres con el corazón encogido y los pelos de punta al saber que cada edificio se construyó con una intención concreta: acabar con la vida de muchos seres humanos. En uno de los pabellones se podía leer: “Aquel que no conoce la historia está condenado a repetirla”. Es impresionante pero necesario pensar en esto y saber tenemos la responsabilidad de aquello que sembramos a nuestro alrededor.

A lo largo de la historia hay miles de ejemplos de personas como tú y yo que con su actitud cambiaron el mundo. Es muy sencillo, si queremos recoger amor, no podemos poner semillas de odio, esto puede sonar cursi pero es importante saber que los actos realizados en nuestro ambiente, llegan más lejos de lo que podemos imaginar, decía la Madre Teresa: “A veces sentimos que lo que hacemos es tan solo una gota en el mar, pero el mar sería menos si le faltara esa gota”.

Por CRISTINA DÍAZ-RINCÓN MUELAS

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