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¿IMPORTA LA VERDAD REALMENTE?

Aunque la justicia la imparten los jueces, los medios de comunicación se han convertido en otro juzgado, sometido al criterio de la opinión pública que, además, no suele aplicar el principio de preseunción de inocencia. Los sospechosos, a veces, tienen que defenderse frente a ellos de una condena más pesada que la impuesta por el juez. Es aquí donde surge el término ‘pena de telediario’. Pero agravada por la falta de control de las redes sociales en las que se acepta como un hecho es únicamente un punto de vista que circula a una velocidad e intensidad inimaginables antes de Internet. Cada vez es más difícil distinguir los hechos verdaderos de los falsos.

En septiembre de 2001 un jurado popular declaró culpable a Dolores Vázquez del asesinato de la joven Rocío Wanninkhof.  Antes del veredicto, Dolores ya había sido condenada por la sociedad y por los medios de comunicación que convirtieron este crimen en el primer gran caso mediático del siglo XXI. Televisiones, radios, periódicos, se lanzaron a la yugular de una historia que prometía mucha audiencia: una lesbiana  asesina a la hija de su ex pareja, movida por el rencor y la venganza por haberlas separado.  Fue un linchamiento en toda regla.

Dos días antes de ser detenida había aparecido una foto suya: Dolores  salía de un establecimiento con un carrito de la compra. No es frecuente que la imagen de un sospechoso de asesinato se divulgue con tanta naturalidad en un momento tan delicado de una investigación, cuando el fiscal, el juez y los agentes están sopesando la decisión de privar de libertad a una persona. ¿Se estaba preparando el terreno? En el momento de su arresto decenas de cámaras esperaban frente a su domicilio. Hasta el juicio apenas hubo otras imágenes de la sospechosa: detenida, esposada, presunta culpable. Incluso el programa Informe Semanal de TVE, cuyo prestigio reside en el rigor y la imparcialidad, divulgó en un amplio reportaje esas imágenes y dio por hecho su culpabilidad. “Vamos a ver si confiesa” se le escapó en ese reportaje a un portavoz de la Guardia Civil. Hasta el juicio el entorno de la víctima visitó plató tras plató de televisión, desempolvando viejos recuerdos, insistiendo en el carácter frío, antipático, exigente y violento de la sospechosa. A pesar de que solo había indicios, conjeturas, comentarios, el jurado ratificó la condena social. Las reclusas de la cárcel de Alhaurín de la Torre la recibieron con gritos de “¡asesina!, ¡asesina!”. Dos años después un ex convicto británico, Alexander King, detenido por el asesinato de otra joven, confesó haber matado a Rocío. Las pruebas de ADN corroboraron su declaración. En la actualidad Dolores Vázquez, declarada inocente, vive refugiada en una pequeña localidad al este de Londres. En el último estudio psiquiátrico al que ha sido sometida, el especialista valoraba con números el daño que ha sufrido: le asignó un valor 35, cuando 100 es el de una persona normal. Por su dolor y el error judicial que la llevó a prisión  el estado le ha pagado 62.280 €. ¿Hubiera ido a la cárcel Dolores Vázquez sin ese juicio mediático paralelo?

Aunque la justicia la imparten los jueces, los platós de televisión se han convertido en otro juzgado sometido al criterio de la opinión pública que, además, no suele aplicar el principio de presunción de inocencia. Con el mismo formato con el que se debaten los amores de los famosos, ahora se discute acaloradamente sobre el paseíllo de Iñaki Urdangarin camino del juzgado o la entrada de Bárcenas en la Audiencia Nacional. Algunas agencias informativas ofrecen un seguimiento completo, cámara en mano, de los movimientos de los imputados. Los reporteros se instalan frente a sus mansiones y despachos con dispositivos de vigilancia permanente que antes solo se desplegaban para la prensa rosa. Los medios de comunicación amplifican, sobredimensionan, reiteran los hechos y el procedimiento. Y eso, naturalmente, acaba influyendo en el entramado social, también en el proceso judicial y, singularmente, en las partes afectadas por el mismo. “Los imputados –señala el periodista Sergio Martín en su libro Noticias las justas -sufren la condena y la reprobación pública por la cantidad de horas de telediario que han ocupado y por la cantidad de gente que ha visto su cara y su nombre y su prestigio profesional mancillados. Todos suponemos que serán condenados, pero ¿y si luego no lo son?”. Es aquí donde surge el término pena de telediario. Los sospechosos a veces  tienen que defenderse frente a los medios de comunicación de una condena más pesada que la impuesta por el juez.

Hay quien califica esta pena del telediario de catarsis colectiva. Las encuestas de opinión indican que la sociedad piensa que las élites económicas y políticas sortean la acción de la justicia entorpeciendo los procesos, prolongándolos y evitando el cumplimiento de las condenas por lo que justifican ese juicio paralelo en el que la sociedad impone su pena y se compara con la pena de vergüenza pública de la Edad Media, en la que se exponía al condenado a las afrentas de los ciudadanos.  Pero, ¿cuál es el límite?

“Su corazón no aguantó la presión social”, se dijo tras la muerte de Rita Barberá, el pasado mes de noviembre, en la habitación de su hotel, en Madrid, horas después de haber declarado ante el juez. La ex alcaldesa de Valencia llevaba semanas siendo titular de portada de periódicos y telediarios con motivo del proceso judicial que el Supremo había abierto contra ella por su implicación en la trama Taula, que investiga blanqueo de dinero procedente de supuestas comisiones a través de pequeños donativos en depósitos del PP. Su fallecimiento, debido a un fallo hepático, archivó automáticamente la investigación en torno a su persona con lo que ningún tribunal determinará nunca que fuese culpable pero los medios ya le habían impuesto su pena y su partido la había condenado al ostracismo .

“Una persona con esposas ya externaliza una culpabilidad”, asegura Jaime Cuevas,  profesor de Derecho Penal de la Universidad Francisco de Vitoria. A Rodrigo Rato no le pusieron esposas pero la imagen del funcionario empujando su nuca  para meterle en el coche policial, en el momento de su detención, ya supuso su condena social, dos años antes de la impuesta por el juez. El catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad de Málaga y autor del libro ‘El honor de los inocentes’, Ángel Rodríguez, considera que este tipo de actuaciones, con tanta trascendencia mediática, son planificadas por los poderes públicos para moldear la opinión de los ciudadanos. En su opinión,  lo que los medios de comunicación generan no son juicios paralelos sino “secantes” ya que “el tratamiento informativo de un proceso judicial llega a afectar la decisión del tribunal”, sobre todo en los juicios con jurado.

Para evitar esta condena mediática, en diciembre de 2015 entró en vigor una nueva Ley de Enjuiciamiento Criminal  que, entre otras novedades,  sustituye el término imputado por investigado en la fase de instrucción, y regula la protección de la imagen, el honor y la intimidad de los detenidos en el momento en que se practique su arresto y en los traslados posteriores, con la intención de “asegurar el respeto a sus derechos constitucionales” y evitar, dice la Ley, la “pena de Telediario”. Sin embargo, para garantizar el derecho a la información, aclara que no prohíbe, en ningún caso, la grabación y difusión de imágenes de los detenidos. Cómo armonizar ambos derechos es un auténtico desafío. El derecho a la libertad de información, recogido en el artículo 20.1  de la Constitución Española, ha sido reconocido por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos como piedra angular de toda sociedad democrática y, por eso, merece una adecuada protección. Pero los investigados tienen el derecho, también constitucional, a la presunción de inocencia y a un juicio justo, así como a la intimidad y  al honor.

El Tribunal Superior de Andalucía ordenó repetir el juicio contra Dolores Vázquez por no estar motivada la sentencia. Un mes antes de la nueva vista Tony Alexander King confesó el asesinato de Rocío Wanninkhof. Pero la pesadilla de Dolores no  terminó con esa confesión: se divulgó que King había trabajado con ella en el hotel El Sultán, que ambos se conocieron en el pasado. Los investigadores del caso aseguraban que nunca habían insinuado algo parecido; que sabían que King nunca trabajó en El Sultán. Pero el rumor filtrado era imparable. La prensa británica había desembarcado en el caso bien provista de libras para comprar cualquier exclusiva. A Dolores Vázquez se la exculpó pero los rumores, las fake news, las noticias falsas, todavía intentan mantener viva la sospecha y han encontrado en las redes sociales que imponen su propia pena,  su caldo de cultivo. ¿Dónde está el límite de esas redes, la nueva sala de Justicia de la sociedad?

En el verano de 2015 el Reino Unido se despertó con una noticia realmente sensacionalista, publicada en el Daily Mail: el entonces primer ministro, David Cameron, “había cometido actos obscenos con una cabeza de cerdo” durante una ceremonia de iniciación  en la sociedad Piers Gaveston de la Universidad de Oxford. La historia, sacada de una biografía sobre Cameron, provocó furor en las redes. En minutos se propagó por Facebook y Twitter y se publicó en decenas de periódicos hasta el punto de que Downing Street que se había negado a dignificarla negándola, al final tuvo que emitir un comunicado. La propia autora de la biografía reconoció que no sabía a ciencia cierta si su primicia era verdad .Pero  dijo que “no le tocaba a ella sino a la gente darle credibilidad o no”.

“¿Importa la verdad realmente?”, se preguntaba la directora de The Guardian, Katherine Viner en un artículo sobre periodismo digital y redes sociales publicado el 12 de julio de 2016. En su opinión, cada vez es más difícil distinguir entre los hechos que son verdaderos y los falsos.  Para ella lo que se acepta ahora como un hecho es únicamente un punto de vista que circula a una velocidad e intensidad inimaginables en la era Gutenberg. La verdad se deteriora y relativiza. En la era digital es muy fácil publicar una información falsa que se comparte y es tomada como verdad rápidamente.  Cuando se desencadena la cascada de información, la gente,  como ha escrito la experta en ciber acoso, Danielle Citron, reenvía lo que los otros piensan aunque sea falso. Lo único que importa son los clicks.

Tengamos en cuenta solo dos datos: YouTube tiene más de mil millones de usuarios que pueden conectarse con sus móviles y que pasan una media de 40 minutos diarios en esta web. Facebook, por su parte, reconoce que mensualmente utilizan esta página 1.860 millones de personas, con una media de uso diario de 50 minutos. Y las cifras crecen mientras que la demanda de periódicos e incluso de televisión disminuye.

Los medios tradicionales intentan aprovecharse del poder de estas redes pero la realidad es que el control de las publicaciones depende del programa de algoritmos que intenta adivinar qué es lo que gustará al usuario para así poder personalizar la publicidad y que la vea. Una vez que una información cae en las fauces de Facebook se convierte en simple forraje de su maquinaria. Somos una plataforma, no un editor, alega en su defensa Facebook.

Un ejemplo de esa voracidad incontrolada: en septiembre de 2015 un joven sirio, Anas Modamani, se tomó un selfie con Ángela Merkel  durante una visita de la canciller al campo de refugiados en el que se encontraba. La imagen se convirtió en el símbolo de la política de puertas abiertas de la líder alemana a los solicitantes de asilo político y se hizo viral. Pero la fotografía de Modamani también fue replicada en Facebook y apareció en repetidas ocasiones en noticias falsas que lo vinculaban con el terrorismo.  Al joven sirio, dado su parecido físico, le confundieron con uno de los terroristas que se inmoló en el atentado contra el aeropuerto de Bruselas, en marzo del año pasado. Un tuitero escribió “Merkel se hizo un selfie con un terrorista del Estado Islámico”. A partir de ahí, Internet lo criminalizó. Aunque Modamani eliminó la fotografía, ésta sigue publicándose en las redes sociales de otras personas. Incluso se ha usado en noticias sobre el atentado a un mercado navideño en Berlín. El joven decidió demandar a Facebook para que los usuarios no pudieran republicar el selfie o cualquier versión modificada del mismo. En el juicio se planteó quién es responsable del contenido publicado por fuentes anónimas y si puede considerarse que cometen difamación quienes vuelven a publicar textos que no escribieron o una imagen que alguien más alteró. El pasado mes de marzo el tribunal sentenció que “Facebook no es un perpetrador ni partícipe” en lo que considera una “indiscutible difamación” por parte de los usuarios de la red social. ¿Y cómo actuar contra esa contaminación?

Cada vez es más difícil diferenciar entre los hechos que son verdad y los que no lo son. La campaña británica para salir de la UE es un claro ejemplo de ello. Una hora después de saberse que había ganado el Brexit, su líder, Nigel Farage, reconoció que una de sus grandes promesas, pancarta en los autobuses, era irrealizable:   tras la salida de la UE no habría 350 millones de libras disponibles semanalmente para invertir en el sistema de salud. “Siempre hemos sabido que los hechos no ganan”, justificó uno de sus más acérrimos defensores y patrocinadores, Arron Banks. “Los hechos, dijo, no funcionan y lo que hace falta es conectar con las emociones de la gente”. Es lo que ahora se llama posverdad, la palabra internacional de 2016 según el Diccionario Oxford. La mentira emotiva que hizo ganar a Donald Trump  la presidencia de los EE UU. Algo que aparenta ser verdad es más importante que la verdad. Son los hechos alternativos, como los ha definido su jefa de campaña. Y si a Trump no le gustan las cifras de asistencia a su investidura facilitadas por los periódicos, da las suyas propias y acusa a los medios, en un Tweet,  de mentirosos y de ser los enemigos del pueblo.

La llegada de Trump a la Casa Blanca ha convertido a  1984, el libro que George Orwell escribió hace casi 60 años, en un superventas. Su protagonista trabaja en el Ministerio de la Verdad, encargado de revisar el pasado minuto a minuto y  de establecer lo que es falso y lo que es verdadero, según el Estado. “Libertad es poder decir que dos más dos son cuatro”, piensa ese personaje cuando empieza a dudar de cuanto le rodea. “Si eso es verdad todo lo demás fluye”. Pero al final de la novela termina convencido de que dos más dos son cinco y de que él estaba equivocado.

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