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LA CRISIS Y EL SENTIDO DE LA VIDA HOY

Las crisis forman parte de toda vida humana. Se pueden dar con mayor o menor frecuencia, con mayor o menor intensidad, con mayor o menor duración pero, antes o después, aparecerán. 

A lo largo de nuestra existencia atravesamos crisis que nos ponen a prueba y nos confrontan con nuestras limitaciones, alteran nuestra seguridad, trastocan nuestros proyectos, contrarían nuestros deseos, destruyen nuestras expectativas o que pueden llegar incluso a alterar la idea de quienes somos y de nuestro papel en el mundo. Incluso, a veces las crisis llegan a hacer que nos replanteemos el sentido que creíamos que tenía nuestra vida previamente. Es decir, nos hacen replantearnos qué es lo más importante y significativo que nos motiva a vivir la vida que llevamos.

Las crisis son situaciones que percibimos como dolorosas y nos desconciertan; pueden llegar a generar una gran desorganización. En ellas podemos llegar a sentirnos incapaces y limitados para afrontarlas adecuadamente, ya que, muchas veces, es posible que tengamos la impresión de que no podrá resolverse lo que las genera, por mucho que lo deseemos. En las crisis se mezcla el impacto doloroso de las mismas con la sensación de impotencia o limitación, a lo que se une la sensación de apremio, por el deseo de salir lo antes posible de ellas. 

El malestar que una crisis provoca es parte de lo que nos empuja a resolverla. La palabra crisis deriva de la palabra griega krinein, que significa decidir. Las crisis nos empujan a decidir, a discernir para saber hacia donde ir y/o cómo posicionarnos ante ellas. Las crisis nos pueden provocar a mirar mas allá de los planteamientos conocidos, amplificando nuestro horizonte de sentido, es decir, a ampliar nuestra visión de la vida, mirando más allá de lo conocido y descubriendo, la posibilidad de desarrollar nuevos recursos y posibilidades. Lo que puede darse, paradójicamente, a la vez que la crisis nos bloquea y no nos deja sacar lo mejor de nosotros mismos. De ahí que la mayoría de las crisis de nuestra vida supongan grandes retos y dificultades, a través de los que derrumbarnos o a través de las que crecer. Las situaciones críticas pueden suponer la paradoja de la limitación, simultáneamente al surgimiento de nuevas posibilidades y capacidades. 

Algunas de las crisis que se presentan en la vida son previsibles, lo que nos da más posibilidades de prepararnos para ellas. Tal es el caso de cualquier transición que nos toque vivir, como la de terminar una carrera, la de un cambio de trabajo, de domicilio o de estatus, que provocan crisis por la necesidad de adaptarse a nuevas situaciones. Estos ejemplos forman parte de situaciones que todos hemos de afrontar a lo largo de la vida. Y ese tipo de crisis han de estar integradas en el sentido global de nuestra vida, dado que no se pueden separar del hecho de estar vivos.

Otras crisis son imprevisibles, por su aparición súbita o porque no formaban parte de las situaciones esperables, y por ello, suponen un mayor sufrimiento al pillarnos desprevenidos. Son crisis mucho más difíciles de afrontar. Por ejemplo, ese es el caso de una enfermedad grave que es diagnosticada inesperadamente o la muerte súbita de un ser querido. También se puede dar una crisis imprevisible y grave cuando se desencadena internamente una gran inestabilidad psíquica, como consecuencia de un trastorno mental que no se ha sufrido previamente. 

Además de estas crisis, que podemos considerar personales, se dan las crisis colectivas, que pueden alterar o desestructurar a muchas personas simultáneamente. Así ocurre en las guerras, en los desastres naturales (huracanes, tsunamis, terremotos, etc.), o en situaciones como la de la reciente propagación del nuevo virus COVID-19 (también llamado Coronavirus). Situaciones de este tipo pueden desencadenar crisis colectivas en las que los nuevos riesgos nos enfrentan a situaciones imprevistas en las que, inicialmente, no sabemos muy bien como reaccionar. El miedo, la incertidumbre y el caos derivados de estos hechos nos ponen delante situaciones a veces muy críticas, que pueden desbordar los recursos personales y colectivos de los que disponemos.

Cualquier tipo crisis nos enfrenta a nuestras vulnerabilidades y limitaciones. Aunque resulta llamativo que ese enfrentarnos a nuestras vulnerabilidades y limitaciones resulte tan inesperado para tantas personas. Pues es una evidencia que todos somos seres vulnerables y limitados, además de finitos. La posibilidad de sufrir adversidades, de enfermar o de morir forma parte de nuestra existencia como algo inevitable. Así que, ¿cómo es posible que cuando sobrevienen estas circunstancias puedan llevarnos a tanta desesperación y desconcierto? Son varios los factores que pueden estar influyendo en ello.

Por ejemplo, parece que muchos seres humanos de nuestro mundo de hoy, han aprendido a vivir en la ficción de que pueden controlar todos los factores que configuran su existencia. El disponer de tantas comodidades les ha hecho instalarse en burbujas de una seguridad irreal que les ha vuelto aún más vulnerables, al no haberse preparado para cualquier adversidad posible. El sentido de la vida de muchas personas se ha instalado en un hedonismo infantil que les ha convertido en seres frágiles. Son personas que no son conscientes de que su comodidad no puede durar eternamente. La comodidad y la inmediatez de tantas cosas nos ha hecho llegar a percibir que, como tantos deseos se pueden obtener a golpe de un click, todo puede estar en nuestras manos cuando queramos. Una situación que retroalimenta un narcisismo, que parece ser una pandemia similar a la del Coronavirus, en la que cada ser humano es su propia fuente de identidad y de sentido, pretendiendo ser lo que siente que es, o lo que quiere ser. Ficción que, aunque parezca aumentar las libertades individuales, finalmente destruye a los sujetos y limita sus capacidades para responder de manera racional y responsable ante las crisis, pues no están en la realidad, sino en una especie de mundo-escaparate virtual, que responde a los propios deseos con rapidez y que refuerza un autoimagen irreal que debilita y que impide que las personas vean con objetividad quienes son y quienes son los otros, además de no captar adecuadamente el mundo que les rodea.

Ante esta situación, las crisis de la vida, especialmente las que nos enfrentan con el dolor, la enfermedad y la muerte, pueden suponer un derrumbamiento de ese sentido ficticio, lo que supone enfrentarse a una vulnerabilidad máxima, que se puede llegar a vivir como el fin del mundo. Y, efectivamente, puede ser el fin de un mundo ficticio que es mejor destruir. Pero, este fin del mundo, al poner de manifiesto la propia vulnerabilidad, puede hacer que las personas entren en estados psíquicos sumamente dolorosos que desencadenen diversos trastornos mentales o que lleven incluso al suicidio, al no poderse soportar lo que sucede. Estamos en un momento histórico en el que la ansiedad y la depresión van en aumento, así como el número de suicidios que suceden diariamente. En España se suicidan una media de 10 personas al día, y esta situación parece no tener una solución fácil. Es urgente ponernos a pensar en cómo replantearnos una vida que planteada de forma irreal acaba llevando de la evasión a la desesperación.

No obstante, nos alienta a la esperanza el pensar que las crisis de la vida también pueden abrir una puerta a la esperanza, al ser la oportunidad de mirar la realidad con más objetividad, dejando atrás esos mundos ficticios cuando se derrumban, para así llegar a encontrarnos con quienes somos realmente. Vistas de este modo, las crisis podrían ser un paso hacia el descubrimiento de nuestro potencial y nuestro ser real, para que, conociéndonos de manera más objetiva, podamos llegar a una toma de contacto con nosotros mismos, que nos permita reorganizar nuestras prioridades y ver qué es lo que realmente importa. Situación que es la que nos puede permitir conectar con un sentido de la vida más consistente, asentado en una identidad más fuerte, en la que la persona es consciente de la posibilidad de desarrollar sus potenciales internos y de tener más recursos para afrontar las dificultades. A su vez, desde esa posibilidad de vernos realmente, como seres vulnerables, pero también con fortalezas internas y capacidades creativas, para enfrentarnos a las dificultades de la vida, es desde donde podemos llegar a un sentido de la vida más pleno y consistente. Es decir, que si nos paramos a mirarnos con humildad, realismo y consciencia, es como podemos descubrir no solo nuestra limitación, sino nuestra fortaleza y posibilidad de crecer y de madurar, incluso en mitad de una crisis y, en parte, gracias a ella. De este modo algunas crisis pueden llegar a ser, una oportunidad de crecimiento, de aprendizaje y de asunción de una consciencia de la vida más realista, llevando al ser humano a su madurez interior y a su responsabilidad por co-construir, con todos, un mundo mejor. 

Para llegar a esta posibilidad de que las crisis nos despierten la conciencia y la consciencia, necesitamos aprender a mirar la realidad exterior e interior con humildad, siendo conscientes de que no lo sabemos todo. Esa posición, puede darnos la opción de probar nuestras capacidades y creatividad ante los nuevos retos que el mundo de hoy nos presenta. También necesitamos ayuda de quienes han resuelto crisis antes de nosotros. Esta tarea supone la necesaria  cooperación entre nosotros, tomando consciencia de la responsabilidad de todos por un mundo mejor y el compromiso personal de cada ser humano para con su propio ser y sentido. El trabajo interior y exterior inspirado por los valores (verdad, bondad, belleza), por la compasión (que ha de incluirle a uno mismo) y por el amor (a uno mismo como al prójimo), puede posibilitar un cambio de consciencia que nos aporte más posibilidades como humanidad y más sentido en el mundo de hoy.

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