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#SinCienciaNohayFuturo

El día 17 de junio, una manifestación virtual recorría las redes sociales bajo el hastag #SinCienciaNohayFuturo. Su finalidad era pedir más apoyo a los proyectos científicos y hacerlos más visibles. Este reclamo no era la primera vez que aparecía en los medios, se había repetido en multitud de ocasiones para reivindicar más apoyo a la Ciencia por los manifestantes que recorrían las calles de España –y de muchos países del mundo– que pedían mayor financiación de los gobiernos y mejores condiciones laborales para la comunidad científica, especialmente para  los jóvenes científicos muy castigados por ellas.

El interés por la ciencia y sus logros en el plano sanitario se ha acrecentado mucho en estos tiempos en los que se requieren resultados rápidos y fiables para combatir la pandemia del coronavirus. Los productos de las investigaciones sobre vacunas saltan con rapidez a los titulares de los medios y son leídos ávidamente por la población que las espera. Pero las investigaciones son lentas, requieren de diversas etapas para que sean fiables. Se necesita un contexto de investigación básica que en muchas ocasiones se ha desmantelado.

Cuando el 7 de noviembre del pasado año fallecía Margarita Salas y Berta Marco, en Crítica, hacía un retrato de ella, comentaba cómo uno de sus maestros, Severo Ochoa, le recordaba la necesidad de hacer investigación básica de calidad, porque de ella saldrían resultados que redundarían en beneficio de toda la sociedad porque “a veces tenemos la idea de que los logros científicos surgen de la nada, suceden a golpe de suerte… Y nada más lejos de la realidad. Lo normal es que debajo de cada descubrimiento haya muchas horas de trabajo oculto y sistemático en los que se van acumulando evidencias en medio de una cierta oscuridad” .  

El futuro de la ciencia se inicia en la formación básica y media. Sus resultados dependen de la inversión que se haga para crear el contexto en el que la Ciencia se crea: centros de investigación, formación de la comunidad científica, apoyo de instituciones públicas y privadas, adecuadas condiciones laborales.

El motivo de esta manifestación virtual lo encontramos repetido en numerosas y variadas actuaciones de sociedades y plataformas científicas que han reclamado un Pacto de Estado por la Ciencia. Entre ellas la de la Sociedad Española de Bioquímica y Biología celular que, en el 2004, solicitaban ese pacto de Estado. Es interesante constatar las situaciones en las que aluden a un cambio de paradigma importante en el mundo de la Ciencia en las disciplinas de ingeniería genética, física, telecomunicaciones, biomedicina, biotecnología, etc. Y expresan cómo España en ese momento apenas había contribuido a esos conceptos y tecnología con los que se estaba construyendo el futuro y les resulta paradójico que,  en esos últimos 25 años, España, sin invertir en la generación del conocimiento, ocupara un lugar destacado en la economía en  escenarios internacionales a través del turismo y el ocio. Pero destacan cómo en ese 2004 ese modelo económico empieza a dar síntomas de agotamiento y dicen más:  “Dadas las tendencias que se dibujan en la escena mundial, tan sólo la generación de conocimiento puede asegurar este objetivo. Los hechos demuestran que los países que ejercen hoy un liderazgo económico, político y social son aquellos que, en su día, decidieron apostar claramente por la innovación surgida de la investigación científica en las más diversas ramas. La innovación se ha traducido en conceptos y, con el tiempo, en tecnologías e industrias capaces de marcar la pauta. Los países líderes supieron ver, y todavía lo entienden del mismo modo, que invertir en ciencia es invertir en futuro” .

Los científicos firmantes animaban a abandonar el furgón de cola europeo y para ello reclamaban el incremento de la inversión global en ciencia y tecnología y la apuesta presupuestaria gestionada adecuadamente en el medio y largo plazo, y concluyen que el talento y la capacidad existen, pero se requieren voluntad y valentía política para hacerlo posible.

Porque, para ellos, Ciencia es sinónimo de progreso y constatan que los países que han invertido en generación de conocimiento han logrado mejoras económicas y aumentado el bienestar de sus ciudadanos,  y aquellos que no lo han hecho, han debido adquirir las mejoras a elevados costes y seguir el dictado de los que ejercen el liderazgo.

Para ellos, Ciencia es también sinónimo de cultura y señalan que los países cultos se miden no solo por sus artistas, literatos, músicos o pintores, sino por el nivel de sus científicos, de personajes capaces de entrar por la puerta de la Historia, y entre ellos destacan solo dos Santiago Ramón y Cajal y Severo Ochoa, “bagaje pobre para un país como el nuestro”. Entre los firmantes, destacan los nombres de  Jesús Ávila, Mariano Barbacid  y Margarita Salas.

En repetidas ocasiones a lo largo de este tiempo se hicieron las mismas peticiones, se construyeron variadas plataformas y se solicitó que el cambio a una economía basada en el conocimiento no se midiera en legislaturas, ni estuviera sujeta a ciclos económicos y políticos y sí basada en un acuerdo de Estado considerado como  prioridad.

Resulta curioso constatar cómo los síntomas de agotamiento que daban los motores de la economía española en 2004, turismo y ocio, se han agravado por los efectos de la pandemia, por un lado y, por otro, cómo ahora se pide a la Ciencia la investigación urgente para combatir la enfermedad en un contexto donde no se ha priorizado la generación de conocimiento.

¿No será ya la hora de invertir en Ciencia para invertir en futuro? Es la cuestión urgente y necesaria.

 1. Marco, Berta Margarita Salas. La ciencia en primer lugar, en Crítica, noviembre 2019, nº 1048.

 2. Pacto de Estado por la Ciencia. 2004. Sociedad Española de Bioquímica y biología molecular.

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