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LA VUELTA DE LOS SOFISTAS

Tenía razón el autor de Eclesiastés cuando dijo: “No hay nada nuevo bajo el sol”?

¿El relativismo imperante, la convicción de que no existe ninguna verdad absoluta, el uso de la palabra no para descubrir la verdad en el contexto de un debate sincero e intelectualmente honesto y luego transmitirla y compartirla, sino para engañar y persuadir a votantes y consumidores son fenómenos nuevos?  ¿Son fenómenos típicos de, y restringidos a, nuestra época? 

La realidad es que un grupo de maestros y oradores itinerantes, los sofistas, difundieron ideas muy similares en la Atenas del siglo V antes de Cristo. Los sofistas enseñaron a los jóvenes ricos de Atenas el arte de la retórica. Los sofistas presumieron de su habilidad de defender cualquier argumento con elocuencia y ganar mucho dinero transmitiendo esta destreza a sus alumnos. No les importó la veracidad de sus argumentos sino sus resultados prácticos. 

Los pensamientos no nacen en un vacío. Las circunstancias históricas de aquella época favorecieron la aparición de los sofistas y formaron un terreno fértil en el cual florecieron sus ideas. 

La democracia ateniense ofreció a oradores elocuentes la posibilidad de lograr poder e influencia. El éxito político dependió de la habilidad del orador de persuadir a la gente, reunida en la Asamblea, de las bondades de sus ideas. El famoso sofista, Gorgias, claramente vio la palabra como un instrumento de manipulación y dominio y no una forma de comunicar la verdad: “La palabra tiene un enorme poder… es capaz, en efecto, de apaciguar el miedo y de eliminar el dolor, de producir la alegría y de excitar la compasión”. La forma de democracia que se estableció en Atenas y la importancia política del arte de la retórica no fue el único factor histórico relevante en cuanto al éxito del pensamiento sofístico. 

Los sofistas aparecieron en un mundo cuyos fundamentos morales, intelectuales y religiosos se estaban tambaleando. El mundo griego de aquel entonces estaba experimentando una mini-globalización, un proceso de exploración y colonización de zonas de Asia Menor en las que las estructuras políticas, las costumbres, y las normas morales eran muy diferentes a las de Grecia. Esas diferencias generaron dudas, sobre la existencia de valores morales válidos en todos lugares y en todos los tiempos, y animaron a los sofistas a adoptar una postura radicalmente relativista en cuanto a la verdad. Según ellos, no existió una verdad absoluta, sino múltiples verdades que variaron de una sociedad a otra, de una época histórica a otra y de una persona a otra. En las palabras de Protágoras, uno de los primeros y más importantes de los sofistas, “el hombre es la medida de todas las cosas”. En su diálogo el Teatetus, Platón resumió la postura relativista en los siguientes términos: “Las cosas son para mí tal como me aparecen a mí y son para ti tal como te aparecen a ti”.

Las teorías de los filósofos presocráticos, los físicos de su era, demostraron que la realidad fundamental del universo no correspondía con las apariencias familiares. Estos nuevos conceptos sobre la naturaleza del cosmos resultaron inquietantes para la gente de a pie. El hecho de que a veces sus teorías fueron mutuamente contradictorias generó más confusión e incertidumbre aún. La inestabilidad se extendió también al campo religioso. La creencia en la religión estatal y en el panteón de los dioses olímpicos estaba siendo seriamente cuestionada, sobre todo por la élite intelectual de la Atenas de aquel tiempo.

Las circunstancias históricas de nuestra época no son muy diferentes a las de la era de los sofistas. De hecho, estamos experimentando una globalización mucho más extensa y profunda que la de los griegos clásicos. Los políticos y los que trabajan en la mercadotecnia hoy en día tienen a su disposición técnicas de persuasión de las cuales los sofistas ni podían soñar. 

Teorías actuales

Las varias teorías actuales, sobre la naturaleza del universo, en los campos de la física y la cosmología, están provocando, a la vista de todos, la misma confusión e inquietud que generaron las ideas de los filósofos presocráticos y la desestabilización del modelo casi monolítico de la creencia religiosa en el mundo occidental. Dicho de otro modo, el terreno cultural actual está perfectamente abonado para un florecimiento del pensamiento sofístico en nuestros días. Desde el siglo XIX, varios pensadores importantes han hablado de una posible vuelta de los sofistas en nuestra época. Según Hegel, “los sofistas no son tan remotos como nos podríamos quizás pensar”.  Su compatriota, Nietzche, declaró a “la era de los sofistas nuestra era”. 

El optimismo casi temerario de la era de la Ilustración y su convicción ingenua de que el avance de los conocimientos racionales y científicos iba a traer inevitablemente el paraíso a la tierra murió en las trincheras de la segunda guerra mundial y en los campos de concentración nazis. 

Ya estamos firmemente instalados en un mundo postmoderno en el que cualquier intento de hablar de la verdad se interpreta como un mero intento de imponer nuestras ideas sobre las ideas igualmente válidas de otras personas o de otras culturas. Hoy en día, el debate político ha sido reducido en gran parte a unos eslóganes fáciles y vacíos y el debate serio y profundo sobre temas importantes brilla por su ausencia. Los anuncios que nos bombardean diariamente intentan persuadirnos que el secreto de la felicidad consiste en comprar y consumir un sinfín de productos. Las bondades reales de los productos parecen importar muy poco a los publicistas, cuyo solo interés es persuadir y vender. ¿Cuantos anuncios de coches vemos en la televisión que no dicen nada sobre los aspectos técnicos del vehículo sino concentran sus esfuerzos en persuadirnos que la posesión del coche en cuestión nos garantizaría un estatus social y la admiración y la envidia de nuestros vecinos y compañeros? 

A la luz de todo esto, parece que los sofistas y sus ideas están muy activos hoy en día. ¿Representan estas ideas algún tipo de  peligro para nuestra sociedad? ¿Cómo podemos argumentar contra ellas? Quizás podamos aprender algo útil de las consecuencias del pensamiento sofístico en la sociedad ateniense del siglo V antes de Cristo y de la respuesta de Platón a los sofistas.

El desdén por la verdad expresado por los sofistas horrorizó a Platón. En esto, hubiera estado de acuerdo con Jesús cuando dijo que la verdad os hará libres. Según Platón, si no existiera una verdad objetiva estaríamos a la merced de la elocuencia de gente que sabe usar la palabra para manipularnos, engañarnos y, últimamente, controlarnos. De hecho, el famoso filósofo griego dedicó mucho tiempo y esfuerzo a la refutación de unas ideas que él consideró que representaron un enorme peligro para la democracia y la vida moral en Atenas. 

Platón estaba convencido que el cosmos está impregnado de racionalidad y, por tanto, podemos interrogarlo e investigarlo, empleando nuestra razón para este propósito. Los seres humanos no inventamos la verdad, sino que la descubrimos. Reconoció que a veces descubrir la verdad no es nada fácil y requiere un gran esfuerzo intelectual y un debate serio y sincero. Aceptó también que, dada nuestras finitas capacidades,  nadie puede estar en posesión exclusiva de toda la verdad. Tenía claro que deberíamos cuestionar nuestras creencias y costumbres y mantener una mente abierta a posibles correcciones en nuestra búsqueda de la verdad. Sin embargo, reconocer con humildad nuestra falibilidad y limitaciones en cuanto a la posibilidad de descubrir la verdad dista mucho de la postura sofista de negar la existencia de verdades objetivas. 

Platón demostró la contradicción inherente a la postura relativista. Cuando el relativista declara que la verdad como tal no existe, pretende convencernos de que esta declaración es verdadera pero no tiene ningún derecho lógico a presentar su argumento como verdadero, puesto que él mismo niega la existencia de la verdad objetiva. Si el relativista fuera coherente tendría que admitir que su declaración sobre la inexistencia de una verdad objetiva no es más que una opinión personal suya.

También Platón alertó a sus conciudadanos sobre las peligrosas consecuencias prácticas de una postura relativista que negó la existencia de verdades objetivas, verdades que no podemos manipular, cambiar o distorsionar a nuestro antojo. Si aceptamos los testimonios consistentes de contemporáneos como Aristófanes, Eurípides y Tucídides, tendremos que expresar que las ideas de los sofistas contribuyeron a la disolución de los valores morales en el mundo griego de su tiempo. Aunque Protágoras pareció respetar los valores éticos de su sociedad, sus seguidores concluyeron que no se basaron en nada más sólido que la costumbre y la tradición. En el fondo, si algunos sofistas se portaron de una manera ética, lo hicieron a pesar de sus ideas y no gracias a ellas. 

Actualmente, el relativismo está de moda, tal como estaba en la época de los sofistas. En su libro El Cierre de la Mente Americana, el pensador Allan Bloom dijo “hay una sola cosa de la cual un profesor puede estar absolutamente seguro: casi todos los estudiantes que entran en la universidad creen, o dicen creer, que la verdad es relativa”. El papa Benedicto XVI estaba convencido de que lo que él describió como la “dictadura del relativismo” es uno de los peligros más graves que está amenazando nuestra sociedad”. Una advertencia muy temprana sobre el peligro del relativismo se encuentra en el libro de Génesis. 

En este libro, Dios declara que, si el hombre come del fruto del árbol del conocimiento del bien y el mal” morirá. Es importante subrayar que Dios no prohibió el conocimiento como tal, sino el conocimiento del bien y el mal. En el fondo el mensaje es que, si el hombre decide por sí mismo lo que está bien y lo que está mal vamos a convertir el jardín de Edén, el mundo hermoso que Dios nos regaló como hogar, en un infierno. Horrores de la historia humana como Auschwitz y el Gulag confirman el peligro de aceptar la noción sofista de que la verdad, incluyendo la verdad ética, se inventa y no se descubre.

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