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CUERPOS QUE ARDEN

Llega el dolor y las palabras no dicen nada: arden. 

De pie

En una calle de Manila, bajo un sol que arroja una luz que parece rota, una chica de unos 15 años sostiene en brazos a un bebé. Lleva desabotonada la camisa y, por el lado izquierdo, le asoma el pecho al que el niño ase su boca. Está de pie, apoyada en un muro. Mientras su hijo come, ella fuma. Durante apenas un minuto –el tiempo en que el taxi que me lleva al aeropuerto permanece detenido frente a ella– mis ojos encuentran los suyos, que se clavan en los míos como un pájaro que ha perdido el rumbo y descubre algo extraño en el cielo. Me mira con la dureza de un diamante. Yo radiografío su cuerpo: sus pies descalzos y agrietados, su falda oscura de la que cuelgan multitud de hilos, la mano con la que sujeta la cabeza del niño, su pecho escuálido y una mancha –un borrón de sangre seca– junto a él, los dedos con los que da vueltas al cigarro, su boca medio abierta y los ojos rasgados, el pelo muy largo y sucio. 

Hay en ella, en su inmovilidad ajena al mundo, un parecido con la estatua de un museo. Su carne es como un mármol que congelase todo: las ruedas del taxi, la sangre que entra y sale de mi corazón, los motores del avión que me espera. También el tiempo –ese dios que nos come– se duerme mientras ella amamanta con su extrema delgadez al niño que unos meses antes, brotando en su vientre, la dejó transformada en cofre. Ahora parece una hucha rota. 

Cuando el taxi arranca y nuestros ojos se separan, pienso en el futuro de la piel desnuda de su hijo, en cuánta leche más podrá salir de los pechos de esa niña que ya es madre, me pregunto si habrá conocido la ternura, el descanso de pronunciar un nombre con amor. Igual que pude no haberla visto nunca es casi seguro que nunca más la veré, aunque su rostro se introduce en mi memoria como un virus. Lo veo cuando, lejos ya de ella, el taxi me deja en la terminal de salidas, lo veo a miles de metros de altura, rumbo a Londres, lo veo cinco años después, ahora mismo, mientras trato con mis dedos de delinear en el teclado la forma de su tristeza, un glacial derretido, un fuego helado. 

Sentada

Petra vive con su hijo Luis y con Anjali, la chica india que cuida de ella. Aunque pasa casi todo el día sentada, en realidad vuela. Desde que el alzhéimer es tan fuerte que ya no reconoce a nadie, Petra ha hecho de cada rostro una pista de despegue desde la que su vida se lanza al aire: en los ojos de su hijo entrevé los ojos de su madre y habla con él como si fuera ella y le coge la mano y está con quien se formó en su vientre como si estuviera con la mujer que hace 80 años la dio a luz. 

Su hijo piensa que Petra, cuando mira la pared, ve en su blancura diferentes paisajes, e intenta descubrir si es la casa del pueblo en la que vivió de niña o tal vez las calles de París, a donde marchó en el viaje de bodas y que tanto le gustaba recordar –muchas veces decía que en París había tanta alegría que las mariposas más que volar se dedicaban al baile–; también es posible que, observando la pared, Petra se entristezca porque en ella ha vuelto a ver la zanja de tierra en la que depositaron el cuerpo de su hijo mayor, que sin nadie entender por qué, se quitó la vida. Tenía sólo 20 años y una tristeza oculta le hizo preferir una caída en vertical a recorrer el horizonte.  

Anjali, la chica que cuida de ella, dice que Petra, cuando la está bañando, le dice en ocasiones que ella ya no tiene cuerpo, que lo ha perdido y no se acuerda dónde. Dice también que ha tenido varios cuerpos, uno que se movía mucho y con el que montaba en bici y saltaba tapias y nadaba en el mar, y otro cuerpo –duro como una piedra– que le costaba mover de un lugar a otro y que le hizo sufrir mucho. Y que ahora, ya sin cuerpo, está mejor. Y se lo dice mientras la muchacha lava con suavidad su cuerpo en la bañera.

Petra sonríe y, sin mudar la sonrisa, llora. La miro y pienso que en su rostro se refleja la realidad del mundo: la coexistencia del espanto y la ternura, la lluvia que anega un hemisferio mientras la sequía devora al otro. El rostro de Petra es una piedra erosionada. Parece intocable, como la eternidad, e inexistente, como una décima de segundo. Al cabo de un rato reparo en que justo en frente suyo, en la tabla central del mueble del salón, hay una fotografía insertada en un marco en donde se ve, de cuerpo entero, a una mujer hermosa y joven. 

La imagen es en blanco y negro y tal vez por ello conserva intacta la pureza del instante en que fue tomada. Petra mira a Petra: la mujer sin cuerpo –el cuerpo sin memoria– mira pausadamente a esa mujer de papel que sonríe entre distraída y burlona, que parece que atisba en el laberinto del tiempo la presencia de esa anciana sentada que, en una de las casi infinitas posibilidades de lo que su vida podía ser, ha olvidado ya quién era.

De rodillas

Antes de respirar, antes de derramar sus primeras lágrimas, antes de encontrarse con la piel de quien ha hecho de su vientre la casa en la que ahora habita: su vida, antes de nacer, está amenazada. Es lo que muestra la ecografía, y lo que al verla dictamina el médico, y lo que de su boca escuchan sus padres asustados: espina bífida, un tipo de defecto congénito en la médula espinal que ocurre porque la columna vertebral del feto no se ha cerrado completamente durante el primer mes de embarazo. Al cabo de unos días, otras pruebas confirman lo fatalmente esperado: el tipo de dolencia es el peor de los posibles y las consecuencias –problemas para caminar, malformación en los intestinos, en la vejiga, alta probabilidad de hidrocefalia– pronostican un decorado terrible para el desarrollo de una vida. Tiene apenas 20 semanas y un diagnóstico que pesa como un saco de piedras sobre su columna vertebral. 

En la imagen, él –la ecografía, aparte de la enfermedad, le concedió el sexo masculino– aparece en una posición extraña, motivada quizás por la malformación: está de rodillas. Una noche, cuando están en la cama sin poder dormir, la madre del niño todavía sin nombre le dice a su marido: está rezando. Él no la entiende, no adivina de qué habla, pero no rompe el silencio con preguntas. Ella, al cabo, aclara: está rezando, por eso está de rodillas. Aunque no hablan nunca más de ello, ninguno de los dos lo olvidará. A partir de entonces, su hijo es para ellos el suplicante, el devoto, el sacerdote de un templo. El arrodillado que reza, el herido que se convierte en altar. 

Tumbado 

Las tres últimas veces que te vi estabas tumbado. La primera, en el baño de tu habitación, sobre un charco de sangre, con un hilo apenas de consciencia. Recordé que te gustaba dormir siempre con la ventana abierta y, mientras los demás trataban de forzar la cerradura, me encaramé por la pared y, tras levantar un palmo de persiana, entré en tu habitación. La cama estaba con el embozo intacto, por lo que creo que no llegaste a meterte en ella. Acabaste de cenar, subiste a tu cuarto, escuchaste un rato la radio, te pusiste el pijama y te entraron ganas de ir al baño. Y allí, a las diez o diez y media, te dio el infarto intestinal. Cuando a las nueve, como todas las mañanas, no apareciste en el comedor, supimos que te había sucedido algo. Y así fue: una embolia en una arteria te destrozó por dentro y te tumbó. 

La segunda vez, a las pocas horas, te encontré en un pequeño cubículo en las urgencias del hospital. Lleno de cables y de tubos. Costaba de verdad reconocerte pero eras tú, se veía en tus manos arrugadas, en tu mentón afilado, en el rosario que siempre llevabas en el hábito y que alguien, algún fraile, había colocado en la mesilla. Contemplé durante unos instantes el recorrido de las gotas del suero desde la bolsa hasta tus venas y recordé a cuántas criaturas te había visto alimentar: los periquitos que tenías en la portería, las palomas que venían a verte en cuanto abrías la iglesia, la gata que apareció desvalida y que tú curaste, las plantas del jardín de fuera, los niños –cuánto te gustaban los niños y cómo se alegraban al verte– para los que tenías siempre guardados caramelos, chocolates, gominolas. 

La última vez que te vi estabas muerto. Llegué tarde al velatorio, porque tenía una conferencia en Valladolid, y cuando entré en el salón de la portería ya casi no había nadie. Estuvimos solos Antonio y yo. Al poco, él se levantó, se besó la mano y tocó tu frente. Yo me quedé un rato frente a ti, mirándome en ti, porque la muerte es un espejo limpio, un charco helado que desvela todo. Pensé en la palabra tránsito y pensé en san Francisco y en lo que una biografía antigua nos dice de él: mortem cantando suscepit. Nadie lo sabe, porque allí no había nadie, pero en ese momento me puse a cantar. Canté para ti el Cántico de las Criaturas y sentí que lo cantaba contigo, que cada una de las palabras que yo pronunciaba ––sol, luna, estrellas, viento, agua, fuego, tierra–– eran completadas por ti, que yo hacía la voz aguda y tú, Santiago, lo sostenías todo con tu voz grave, que yo desde esta orilla veía fragmentado lo que tú, en el centro del río, veías ya del todo claro.

La piedra, el barro cocido, las láminas de plomo y de bronce, las hojas y cortezas de los árboles, las tablillas de madera encerada, el papiro, el lienzo, las pieles ––sobre todo el pergamino––, la vitela, el papel, las pantallas de los ordenadores, de los móviles y de las tablets: sobre superficies inertes y sobre seres que estuvieron vivos, con signos que atraviesan el aire, damos forma al misterio que somos. Hemos escrito la historia de una guerra y la de un hombre que se perdió en el mar, la sonrisa de una joven a la que visitó un ángel, el lúcido desvarío de un caballero andante, el amor del maestro y Margarita, la soledad que dura cien años. Hemos convertido en palabras el mundo. Somos escritores y escritura, somos biblias tatuadas, incunables, códices con páginas rotas, indescifrables alfabetos de gloria y de dolor. 

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