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¿QUÉ NOS DEPARA EL FUTURO?

Hemos querido unir tres conceptos como son colapso, resiliencia y pandemia porque pueden constituir la esencia de las preocupaciones del mundo actual, y plantean en conjunto un escenario de incertidumbre para el siglo XXI. 

Por colapso, el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua entiende la destrucción de una institución, sistema o estructura. La misma fuente nos indica que resiliencia es la capacidad de un sistema para recuperar su estado inicial cuando ha cesado la perturbación a la que ha estado sometido. Una pandemia es la propagación mundial de una nueva enfermedad a través de varios países o continentes que afecta a un gran número de personas. Por ello, un brote viral podría ser considerado como pandemia si es marcadamente diferente de las cepas que han circulado recientemente y si los seres humanos tienen poca o ninguna inmunidad con respecto al mismo y se extiende por muchos países. 

La situación mundial generada por el coronavirus SARS-CoV-2 y la enfermedad que genera, denominada Covid-19, ha forzado un escenario mundial con grandes problemas sanitarios, sociales y económicos. Para algunos observadores, la Covid-19 no es una pandemia, sino una sindemia, ya que hay que analizar y enfrentar al virus desde un enfoque múltiple, biológico, económico y social. Las sindemias se desarrollan bajo inequidad sanitaria, causada por la pobreza, el estrés o la violencia estructural. ¿Es posible que la pandemia de la Covid-19 pueda inducir un colapso de un orden que considerábamos robusto? ¿Es el sistema mundial actual suficientemente resiliente? ¿Tendríamos que cambiar nuestra percepción de la realidad del planeta y del mundo en lo que resta del siglo XXI? ¿Existían pistas para prever lo que ha sucedido? ¿Podemos adelantarnos ante futuras pandemias? 

Jared Diamond, en su libro Colapso (2006), se plantea por qué las sociedades acaban destruyéndose a sí mismas al tomar decisiones catastróficas. Las sociedades complejas son sistemas que se caracterizan por disponer de un elevado flujo de energía, materia e información, y son capaces de tomar decisiones de forma centralizada coordinando los diferentes subsistemas que las integran, con conectividad y acumulación de recursos. Esto les podría permitir afrontar condiciones ambientales adversas que pueden conducir a un colapso. Existen errores en la toma de decisiones de forma colectiva debido a conflictos de interés o a la propia dinámica del sistema. ¿Por qué erramos en las decisiones colectivas? Quizás no prestamos la suficiente atención a señales relativas al cambio climático o los avisos de posibles pandemias. Jared Diamond plantea cuatro posibilidades. 

La primera, una sociedad puede no prever un problema antes de que se plantee. La segunda, se plantea un problema pero el colectivo no lo percibe. En tercer lugar, puede que una vez percibido no se trate de resolverlo. Finalmente, puede tratar una sociedad de resolver un problema y no conseguirlo. 

Una pregunta importante es por qué no se prevé un problema que puede conducir a una catástrofe. De acuerdo con Diamond, hay varias razones: no disponer de información y experiencia anterior; no percibir una situación como problemática cuando ya se ha producido; no tratar claramente de resolverlo con los medios adecuados una vez que se admite su existencia; aunque una sociedad haya previsto un problema, percibido y tratado de resolverlo, puede que no lo consiga porque sus esfuerzos son débiles, el coste económico elevado o se llega con retraso. 

Un mundo actual globalizado, como el que vivimos en el siglo XXI, constituye una sociedad muy compleja. Los macrosistemas interactivos, es decir, los sistema complejos formados por muchos elementos e innumerables interacciones, como nuestro planeta con la humanidad que contiene, de acuerdo con la teoría holística de la criticalidad organizada, debida a Per Bak, evolucionan hacia un estado crítico en el que un acontecimiento, que incluso puede ser banal, provoca una catástrofe a través de una reacción en cadena de eventos. En un sistema con criticalidad autoorganizada, pequeñas incertidumbres iniciales crecen exponencialmente en el tiempo. Esta realidad, unida a las consideraciones realizadas sobre el colapso de las sociedades, debe hacernos pensar en cómo queremos vivir el siglo XXI. La expansión de la Covid-19 es un buen ejemplo de criticalidad autoorganizada en el seno de un sistema complejo.

Los científicos llevaban mucho tiempo avisando de que el ritmo de aparición de nuevas enfermedades infecciosas se está acelerando, sobre todo en países en vías de desarrollo con altas densidades de población y con animales que se desplazan, se entremezclan y se consumen, con una alta frecuencia de hábitats alterados. Cada vez hay más viajes nacionales e internacionales, con una movilidad global que abarca al mundo entero de forma casi instantánea comunicando ciudades densamente pobladas, con marcadas diferencias sociales y económicas. Además, hay que considerar el efecto del cambio climático. Todo ello favorece la aparición de pandemias en el marco de un mundo globalizado donde hay cada vez más destrucción del medio natural. 

Soniah Shan publicaba en Le Monde Diplomatique (2020), un artículo denominado Contra las pandemias, la ecología, donde se preguntaba por qué ha surgido el coronavirus SARS-CoV-2 generador de la enfermedad Covid-19, planteando que contra las pandemias habría que tener una visión ecológica. Para la autora citada es importante tener en cuenta que nuestra vulnerabilidad ante las pandemias tiene que ver con la destrucción de los hábitats naturales de forma acelerada en relación a nuestras necesidades desmedidas y descontroladas en un mundo pensado para el consumo generalizado y descontextualizado temporalmente. Manifiesta Soniah Shan que desde 1940 han aparecido o reaparecido centenares de microbios patógenos en regiones donde nunca habían aparecido, como el VIH y el ébola en África o el zika en América. Para Soniah Shan, la cuestión radica en la antropización acelerada e intensa del planeta, con procesos deforestadores, industrializadores, contaminadores o urbanizadores desenfrenados con los que se ha dotado a los microbios de medios para llegar al ser humano y adaptarse. 

Hemos creado lo que denomino una dispersa interfase nosógena activa de hábitats alterados por la acción humana. De esta forma, organismos que no causaban daños a sus huéspedes originales pasan a una especie, la especie humana, donde por diversas razones encuentran un hábitat ideal de reproducción y expansión, y finalmente causando una letalidad que puede ser grave especialmente a los sectores más sensibles de las poblaciones del mundo concentradas en ciudades densas, con barrios hacinados, moviéndose en transportes donde ninguna distancia es posible. Ante la emergencia futura de posibles pandemias es necesario un cambio de paradigma. No solo hay que investigar más, sino también realizar un estudio e inventario de las zonas alteradas por el ser humano que pueden ser fuente de patógenos, determinando las condiciones ambientales que favorecen el paso de organismos patógenos a humanos mediante vectores (zoonosis), y todo ello sin olvidar el escenario de cambio climático, un problema que parece carecer de la intensidad necesaria en la agenda política mundial.

Es cierto y no hay duda de que hay que emplear muchos medios en reforzar la sanidad en relación con las enfermedades emergentes, pero el riesgo está en olvidar otras cosas esenciales. Un sistema verde urbano bien diseñado y mantenido, facilitador de salud y reforzamiento del sistema inmunológico, podría ser clave ante futuras pandemias. Las diferencias sociales en el mundo generan inequidad ante las pandemias. Vivimos, de acuerdo con Zygmunt Bauman, tiempos líquidos, alejados de referencias sólidas, con grandes incertidumbres, donde el miedo, un miedo líquido, impreciso, ha hecho presa de la humanidad, poniendo en riesgo libertades y derechos para garantizar la salud. Ante la situación que vivimos, las vacunas traerán seguridad a una gran parte de la población. Pero necesitamos un reparto equitativo de las mismas. Es necesaria una solidaridad internacional deseable, unida al buen hacer de nuestros políticos ayudados por expertos reales formados en las diferentes materias que abarcan las pandemias, especialmente las de carácter sindémico; expertos y políticos que piensen en el bien común con una visión transdisciplinar. Pero no podemos olvidar las causas, es decir, nuestra nefasta acción sobre el medio natural con la generación continua de interfases nosógenas con alteración antrópica del medio natural. 

No olvidemos tampoco el cambio climático, que agravará la expansión de patógenos, y también la necesidad imperiosa de miles de personas de emigrar de sus países de origen. El Papa Francisco, en su última Carta Encíclica Fratelli Tutti, hace un claro llamamiento a lo que debe ser la realidad del siglo XXI si no queremos caer en un colapso civilizatorio carente de resiliencia para una gran parte de la humanidad. 

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