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PACO BRINES, LA ÚLTIMA COSTA

En la muy ancha, variopinta y siempre singular y bulliciosa nómina de escritores que en nuestro país dan lo mejor de su mirada y obra, la concesión del Premio Cervantes 2020 a Paco Brines fue recibida con un aplauso unánime. Poetas recién llegados, poetas a punto de llegar, poetas que por marcharse permanecen, y poetas que por méritos propios vivaquean en el canon, acusaron recibo sumándose al decir de crítica y prensa, que resumieron con un “justicia poética” el reconocimiento a quien, desde aquel pistoletazo de salida en 1959 con Las brasas, ha cuajado a lo largo de más de 60 años una obra de referencia, sólida y coherente. 

Toma Paco Brines con este premio  el relevo del catalán Joan Margarit, ganador en 2019, y de Ida Vitale en 2018. Poeta de la luz y la claridad, el acta del jurado señala su compromiso “entre lo carnal, lo puramente humano y lo espiritual y lo metafísico”. A sus 88 años, frágil de salud y con el ánimo entero, recibió la noticia refugiado en su  Oliva natal: “Este es un premio que da certeza a que hay lectores de poesía”,  afirmó, confesando luego que fue su madre  la primera persona en  que pensó al recibir la noticia.  

Con su triple licenciatura en Derecho, Filosofía y Letras e Historia, doctor honoris causa por la Universidad Politécnica de Valencia, Brines acompasó siempre su vocación poética con la docencia, como lector de Literatura Española en Cambridge, y profesor de español en Oxford. Su admiración por Luis Cernuda  quedó patente en su discurso de toma de posesión en mayo de 2006 del sillón X de la RAE: “Unidad y cercanía personal en la poesía de Luis Cernuda”, afirmando que “la poesía es escuela de tolerancia. Al sentir al otro de este modo aprendemos también a comprender y tolerar al que nosotros somos, y sólo si nos conocemos desde la piedad habremos aprendido a ejercitarla con los demás. No deja de ser una lección práctica de ética”.

Ama la tierra el hombre / con gran fuerza, / por una ciega ley del corazón, palabra de Paco Brines en el poema La vieja ley, de su muy definitivo libro Palabras a la oscuridad, ese espacio de todos que el poeta bien asocia con el tiempo, cuando dice “el tiempo, en sombra, es insondable”. Desentrañar esos mensajes que el tiempo, sabia arpía, va dejando en nuestra piel y en nuestra historia, centra siempre los afanes del poeta en su búsqueda de un poema que merezca perdurar, y a ello ha dedicado Paco Brines con notables resultados su hacer y sus destrezas. ¿Qué nos aguarda después de la infancia, cuando callan el mar y el campo? ¿Qué signos podemos desvelar, tan urgente lo banal, y tan atropellado el transcurrir del día, cuando el tiempo, y solo el tiempo, señala al corazón del joven los signos de la  muerte y de la soledad? ¿En dónde están los sueños?  Joven perpetuo, en soledad de uno rodeado siempre de cómplices afines, nuestro poeta ofrece en su ancha obra cuanto pudo atisbar a lo largo de ese accidente vertical y transitorio que llamamos vida. 

Ganador del Premio Adonais por Las brasas (1959), su obra ha recibido numerosos galardones: el Premio de la Crítica por Palabras en la oscuridad (1967), Nacional de Poesía por El otoño de las rosas (1987), quizá su libro más conocido, integrado por los sesenta poemas que escribió a lo largo de 10 años; también, el Nacional de las Letras Españolas (1999) por toda su obra, y el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (2010). 

El poeta recibió de su padre, exportador de naranjas, un consejo de gran calado para transitar por cuanto el día trae y ofrece: “Respeta a los demás en lo que ellos quieran ser”. Brines quería ser poeta, y eligió como maestros a don Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez, a los que muy pronto se unió el torrencial sevillano Luis Cernuda, Vicente Aleixandre y Juan Gil Albert,  para encontrar así una  voz que pronto cantaría y contaría la emoción de vivir y ser vivido, siempre cerca el deslumbramiento y la belleza: El visitante me abrazó, de nuevo / era la juventud que regresaba, / y se sentó conmigo. Un cansancio / venía de su boca, sus cabellos / traían polvo del camino, débil / luz en los ojos…  

¿Se canta lo que se pierde, como nos dejó dicho don Antonio? ¿Es acaso más difícil escribir con viento a favor, el corazón por bandera para ir de copa en copa disfrutando lo grande y lo menudo? El poeta, cualquier poeta ejerce siempre de notario, con su voz y su mirada. ¿Qué es la creación poética sino una respiración acompasada, en la que todo –vida, experiencia, temblor, dudas perennes– puede ser invocado? ¿Qué otra cosa es el poema sino una exhalación sin usura para recobrar una mirada más limpia, más sabia incluso, haciéndonos mejores? “Cuando uno es dichoso, normalmente no escribe. ¡Vive! Y expresa de manera intuitiva esa felicidad, dejando la escritura un poco apartada”, nos dice Paco Brines, y ahí la razón esencial de su poesía: vivir con gozo, intensa y felizmente, para después hacer de lo vivido y lo perdido su elegía. 

35 años transcurrieron desde la publicación de Las brasas a La última costa en 1995. Y en el transcurrir de un año con otro, cada cual con sus incertidumbres y certezas, el poeta ha sido fiel a sus obsesiones, dicho sea en su más noble acepción (obsesión, “idea fija o recurrente que condiciona una determinada actitud”): el paso del tiempo, la infancia lejana y siempre cerca, la belleza como origen y destino de ese estado efímero que llamamos felicidad, los regalos con luz que naturaleza en su sencillez ofrece, el amor, ay, el amor, tan esquivo, tan irrepetible cuando en su arrebato desplaza de su sitio hasta los muebles. Mucho se ha escrito sobre Las brasas, su deslumbrante debut como poeta, similar al desembarco de su compañero de generación Claudio Rodríguez con El don de la ebriedad apenas seis años antes, reconocido también con el Premio Adonais, que tanto ha hecho por el descubrimiento de poetas esenciales. Tenía entonces Brines 28 años, y muy asentado su decir poético, y el personal mundo que nos iría compartiendo en los libros que vendrían luego hasta un total de siete (seis en el caso de Claudio). Y mucho se ha escrito también sobre su muy definitivo La última costa, donde la emoción y el paso del tiempo, ahora tiznado de sombras siguen siendo asuntos centrales, puerto último desde el que parece despedirle su propia vida, brasas de aquella juventud a las que ahora se suman esas brasas que consumen limpias su vejez. “Fue aquella tarde un tizón, / y después fue violeta / todo el aire. Blancas luces / en el cielo destellaron. / Y yo oscuro / Larga noche. / Y al llegar la madrugada / del cuerpo nació la sombra”, en el poema “Pérdida del Dios que fui”.

Este valenciano en ejercicio considera que el momento más bello del día es el crepúsculo, “quizá porque soy hombre nocturno, y por tanto no vivo el amanecer. Esa luz auroral es una luz rota, y la mirada se hace distinta”. Y con mirada crepuscular y joven, músculo poético, verdad y talento nos dice en El velo del amor: Alguien baja el amor sobre los hombres, / los cubre de su gracias, y al hacerlo / cantan las aves, vuelan, las espumas  / dejan el mar en las orillas, crecen / con un temblor las ramas, se desplazan / los astros en el cielo…

Amén.

(En febrero de 2019 se creó en Oliva la Fundación Francisco Brines, cuyo patronato encabeza la sobrina del escritor Mariona Brines, con la finalidad de organizar diversas actividades culturales y catalogar la extensa biblioteca del autor y su colección de arte. La entidad impulsará dos premios de poesía, uno en castellano, que recibirá el nombre de Francisco Brines, y otro en valenciano.)

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