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LA HUMANIDAD, A PRUEBA EN LA PANDEMIA: TIEMPO DE LEER

En estos meses largos se han multiplicado los diagnósticos que intentan dar alguna cuenta de lo que supone que un virus afecte a millones de personas. Y en los días de obligada calma han captado nuestra atención, con los datos alarmantes, los análisis que llevan el marchamo de la ciencia o del pensar más serio. Pero también, en medio de la extrañeza y la incertidumbre, nos ha sorprendido gratamente el hacer espontáneo y gratuito de gentes solo notadas por sus vecinos. Con su iniciativa, ingeniosa y siempre amable, han aliviado a otros, y a muchos más nos han ayudado a confiar en nuestra humanidad. Porque gestos así muestran que en nosotros hay algunos resortes que se activan en circunstancias especiales. Como más veces ha sucedido, en situaciones de excepción asoma lo oscuro o lo mediocre, pero también lo mejor de lo humano. En días como los pasados se han dado reacciones apocadas, no libres de egoísmo, pero también hemos asistido a otras dignas de reseña. 

Y a reconocer unas y otras ahora mismo nos ayuda la lectura de páginas que han documentado a su manera otros momentos en que una sociedad se ha visto amenazada, porque la historia, y la literatura en especial, han registrado el comportamiento de las gentes en situaciones críticas. Y hay capítulos que cobran actualidad aunque medie una distancia innegable entre nuestro tiempo y aquel en el que fueron escritos. 

La literatura habla de lo que vivimos

Suele decirse que la historia habla de los hechos, y que la literatura documenta a su manera cómo los han vivido quienes los provocaron o padecieron. Imre Kértesz, el nobel  húngaro fallecido hace poco, soñaba con “indagar el ser con los medios de la novela” y curar así la tristeza de ser un apátrida.  Con ello se suma a quienes afirman que la mejor literatura dice mucho de lo que somos y de lo que podríamos llegar a ser ya que, como avisaba el clásico, “nada de lo humano nos es ajeno”.

Por eso también,  desempolvar algunos títulos  puede ser una forma de redescubrir zonas de nuestro vivir que escapan a  las agendas, reaprender lo que comporta afrontar  lo no previsto  en la  era de las cifras y los algoritmos. Cuando la información se acumula hasta aturdirnos y la hiperconexión puede llevar a la indiferencia, vale la pena atender a las voces –del pasado o del presente– que nos avisan de que nuestro bien incluye el bien de los otros. 

Mirada comprensiva de escritor

Emmanuel Mounier, el pensador francés que atravesó los días duros de la última gran guerra, decía: “Lo contrario del pesimismo no es el optimismo”. Lo contrario es “una mezcla indescriptible de simplicidad, de piedad, de obstinación y de gracia”. Y esa rara mezcla se puede encontrar releyendo alguno de los libros obligados”, esos que, pasado el tiempo de los estudios, quedan injustamente relegados al olvido.

De entre ellos, en este tiempo de pandemia, he recuperado la enorme novela que es I promessi sposi (Los novios). Una novela, novela histórica diríamos hoy, de Alessandro Manzoni (Lecco, 1785-Milán 1873) que narra sucesos datados en el siglo anterior y ceñidos a una geografía concreta: las tierras que rodean el lago de Como. El libro recoge vida y andanzas de unas gentes que luchaban a diario por salir de la penuria. Sin defensas ante los abusos del poder y sin apenas recursos para esquivar las calamidades que les sobrevenían. Y para nuestro caso, baste recordar que Manzoni fue un poeta y narrador considerado a la vez romántico y clásico, que nació en Lombardía, y tras los estudios y la estancia en París, en ambiente ilustrado, de regreso a su región, se acercó de nuevo al catolicismo que había descuidado tras la infancia. Con un lenguaje inconfundible, el de un clásico,  escribió páginas que siguen siendo una referencia básica en la literatura italiana.

Sabemos que en la escritura de I promessi sposi Manzoni, quiso usar el habla limpia de la ciudad de Florencia, pues, según expresión propia, fue “a aclarar la ropa al Arno”. Terminada en 1827, aunque publicada más tarde, la novela refleja el ambiente y los  sucesos que en el siglo anterior tuvieron lugar en Lombardía y que el autor recrea con una excepcional capacidad de plasmar personajes y un dominio del lenguaje que no deja de asombrar a los analistas. Ya en la Introducción  confiesa su intento de escribir un relato sencillo y genuino  en el que aparecieran “lutos, horrores y enorme maldad, con algunas obras virtuosas y de bondad angelical”. Efectivamente, Los novios deja patentes el largo sufrir, la paciencia y las pequeñas esperanzas de las gentes sencillas. Las que padecían entonces, bajo el dominio español,  la opresión de los poderosos. Sin dejar fuera algunos personajes con nombres sonoros, pero pagados de altivez y vanagloria,  el relato atiende sobre todo a la historia menuda, a vidas sin relieve, con sus debilidades y temores, pero a las que no falta ni honradez ni humildad. Y en la novela hay retratos de personajes inolvidables como sucede con el cardenal Belarmino: “una presencia de las que anuncian una superioridad y la hacen amable”. O cuando habla de la “gravedad y ternura” de fra Cristóforo y define al que asistía a los apestados como “un hombre que entendía un privilegio servir”. 

La de Manzoni, un hombre generoso y justo según las biografías, es la mirada de un sabio y compasiva con la debilidad. Algunas frases incrustadas en el relato demuestran agudeza, madurez y comprensión. Porque reconoce que en el corazón humano hay entresijos que escapan a una razón geométrica y es consciente de que la carestía, el miedo, la ignorancia y hasta la superstición de la masa, contribuyen a que la desgracia se agrave y se extienda. No esconde que la debilidad, la cobardía, en unos casos o la vacuidad y prepotencia en otros forman parte de la historia, la que recrea dibujando personajes de carne y hueso, interesado por dar verosimilitud a su relato.

La humanidad al desnudo en la peste

Al hilo de la aventura de los protagonistas Manzoni narra sucesos que mencionan las crónicas del tiempo que pudo consultar. Y en el último tramo de las andanzas de Renzo, el veinteañero que llega a las puestas de Milán en busca de su prometida, se detiene a describir la peste que se extendió en Lombardía y llenó de infectados el lazzaretto de la ciudad entre 1629 y 1630. Se trata de unos pocos capítulos que reflejan inmejorablemente cómo la sociedad entera se ve puesta a prueba cuando se desencadena lo impensado, cuando le alcanza una amenaza mortal. El azote, temido y padecido repetidas veces en la historia, había alcanzado ese año a la región lombarda y llenó de cadáveres la misma ciudad de Milán. Con el aval de datos fidedignos, que Manzoni rescató de los archivos, escribió páginas que reflejan, como sólo una escritura magistral sabe hacerlo, la situación de confusión y aun de terror que se creó al propagarse la epidemia. 

Al meditar sobre la epidemia, que es el mal mayor entre los varios que afectan a las gentes, advierte sin cansarse que los prejuicios, la ligereza o los intereses llevan a unos a negar la realidad y a otros a falsear el lenguaje. En definitiva, a no querer aceptar la verdad de la situación, que es por donde empieza la serie de decisiones y de errores fatales que otra lucidez y otra competencia hubieran evitado. Una advertencia que no ha perdido validez.

En los capítulos en que se narra el aparecer y extenderse de la enfermedad, se puede encontrar todo un registro de actitudes y comportamientos. Son páginas que revelan una capacidad de observación que asombra, igual que dejan traslucir comprensión y equilibrio en los juicios. 

Leídas ahora mismo, estas páginas aparecen, desde luego, como una descripción difícil de superar de una epidemia padecida tiempo atrás, que encontró en Manzoni el mejor analista. Pero percibimos que hablan también de nosotros, y de nuestros días. Su verdad –la que preocupaba al escritor en 1827– salta el tiempo y opera como una advertencia al mostrar que lo humano y lo menos humano se hacen patentes cuando la sociedad se ve ante una grave amenaza.

Ciertamente, la conducta y las reacciones ante la peste son las de gentes que vivieron en otro siglo y otra sociedad, pero no distan demasiado de las que la pandemia en curso ha suscitado entre nosotros. Y se puede constatar que entonces, como ahora, la humanidad que habita bajo nuestra piel –en un nivel más hondo que las diferencias sociales y culturales– es puesta a prueba cuando el mal sobreviene. Y que el temor del contagio ensombrece la costumbre de vivir y se ve interrogada la esperanza en el futuro y la misma confianza en Dios.

Vale la pena continuar leyendo para encontrar que el autor de Los novios acepta sin aspavientos los límites de nuestra condición: esta precariedad que también ahora experimentamos con temblor, el relato no esconde las desgracias, ni la debilidad de unos ni la prepotencia de otros. El mal y los malvados ensombrecen sin remedio la tranquilidad de la ribera del lago.

Pero no retira su confianza en una última humanidad y en una bondad humilde que dura en medio de las desgracias. De la confianza en que “Dios sólo obra maravillas y suple la debilidad y la lentitud” habla el cardenal al Innominado, un personaje que parece no merecer siquiera el nombre. Y en boca de Lucía el autor coloca la afirmación de que Dios “perdona todo por una sola obra de misericordia”. Al término de la obra, unas líneas se refieren a una confianza no fácil pero sincera que dura a pesar de todo. Es la lección que un novelista ilustrado reconoce haber aprendido de los protagonistas:  “Tras un largo debatir y buscar juntos, concluyeron que los problemas vienen a menudo… porque se ha dado motivo para ello, pero que la conducta más cauta e inocente no basta para tenerlos lejos y que, cuando vienen con culpa o sin ella, la fe en Dios los dulcifica y los hace útiles para una vida mejor. Esta conclusión, aunque encontrada por gente sencilla, nos ha parecido tan justa que hemos querido ponerla ahí como destilado de todas las historias”.

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