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COP 26: DE LA ESPERANZA A UNA NUEVA FUSTRACIÓN

Entre los días 31 de octubre y 12 de noviembre, se ha celebrado en Glasgow (Escocia) la COP26. El acrónimo COP hace referencia a la Conferencia de las Partes en la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC). Las COP, Cumbres del Clima, son reuniones internacionales que reúnen anualmente a los líderes mundiales con el objetivo de tomar las decisiones necesarias para cumplir con los compromisos de reducción de emisiones necesarios para frenar la emergencia climática. La primera se produjo en Río de Janeiro en el año 1992 y tuvieron que pasar 21 cumbres hasta que en 2015 el Acuerdo de París se convertía en un tratado global ratificado por casi 200 países. Desde la Cumbre de Rio hasta la Cumbre de Glasgow se han celebrado 26 reuniones:  Berlín, 1995; Ginebra, 1996; Kioto, 1996; Buenos Aires, 1998; Bonn, 1999; La Haya, 2000; Marrakech, 2001; Nueva Delhi, 2002; Milán, 2003; Buenos Aires, 2004; Montreal, 2005; Nairobi, 2006; Bali, 2007; Poznan, 2008; Copenhague, 2009; Cancún, 2010; Durban, 2011; Doha, 2012; Varsovia, 2013; Lima, 2014; París, 2015; Marrakech, 2016; Bonn, 2017; Katowice, 2018; Madrid, 2019; Glasgow, 2021. Veamos lo que han supuesto las diferentes COP y así valorar el resultado de la Cumbre de Glasgow. 

En la COP3, de 1996, vio luz el Protocolo de Kioto, y se establecieron objetivos vinculantes para las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI), pero Estados Unidos y China no ratificaron el documento. Se acordó que el Protocolo de Kioto entraría en vigor doce años después, en 2008, y su fecha de vencimiento se establecía para 2012, determinando que los países desarrollados debían reducir en esos cinco años, entre 2008 y 2012, sus emisiones de GEI en un 5% respecto al nivel de 1990. El Protocolo de Kioto, que planteaba caminos reales para la reducción de GEI, languideció con el tiempo y no alcanzó sus metas. 

En la COP13 de Bali, en 2008, se dieron los pasos para la sustitución del Protocolo de Kioto y se ponía la vista en la Cumbre15 de Copenhague, una esperanza. Sin embargo, la COP15 de Copenhague pasó de ser una esperanza a una decepción. Se consolidaba la idea de que las distintas COP eran un mecanismo de huida hacia adelante sin soluciones reales. 

El objetivo central de la COP15 fue alcanzar un acuerdo jurídicamente vinculante sobre el clima, a nivel mundial, que se aplicaría a partir de 2012, implicando la reducción de emisiones de CO2 a menos de 50% para 2050 respecto a 1990, nivel de referencia de Kioto. Los grandes emisores de GEI no suscribieron ningún acuerdo, un nuevo fracaso. 

En la COP16 de 2010, se estableció el Fondo Verde para el Clima, con cien mil millones de dólares cada año a partir de 2020, para ayudar a los países menos desarrollados en su adaptación al Cambio Climático con 30.000 millones de dólares para el período 2010-2012. 

En la COP18 de Doha, en 2012, se prorroga el Protocolo de Kioto, la esperanza frustrada, hasta el año 2020, de nuevo una huida hacia adelante sin medidas reales. A nivel mundial, las emisiones de CO2  en 2012 ya doblaban las de 1990. 

En la COP19 de Varsovia, en 2013, la Organización de Naciones Unidas presentó un documento donde se aseguraba que el ser humano es el principal causante del calentamiento global. En Varsovia se concretó el camino hacia un pacto global y vinculante en 2015. De nuevo aparece el futuro como la solución. Y llegamos a la COP21, la Cumbre de París, donde se firmó el Acuerdo de París. Fue adoptado por 197 países y su aplicación se iniciaría en 2020, cinco años después. Nos recuerda tristemente, la situación planteada en París, el famoso artículo Vuelva usted mañana, que publicó Mariano José de Larra en 1833 donde hacía un análisis de la pereza y la escasa diligencia para superar problemas. En el Acuerdo de París se contempló la imprescindible limitación del aumento de la temperatura mundial a 2ºC, o mejor a 1,5ºC, mediante la disminución de emisiones de GEI, provocadas por la quema de combustibles fósiles como el petróleo, gas y carbón. El Acuerdo de París comprometía a todos los países a que, cada cinco años, comuniquen y mantengan sus objetivos de reducción de emisiones, así como la puesta en marcha de políticas y medidas nacionales para alcanzar el objetivo planteado. El Acuerdo de París anima, que no insta, a los países desarrollados a movilizar recursos financieros para ayudar a los países en desarrollo. En la COP18, de Katowice, de 2018, se cuestionan los informes del Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC), documentos básicos de análisis que ponen de manifiesto la gravedad del problema y la causa humana del mismo. 

En 2019, en la COP25 celebrada en Madrid gracias al Gobierno de España, se evidenciaron ausencias de líderes de países grandes emisores de GEI, lo cual generó una cumbre sin nada destacable. Teresa Ribera, Ministra para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico del Gobierno de España, manifestó que “Nos hubiera gustado escuchar compromisos mucho más contundentes, mucho más serios por parte de las grandes economías”. Un nuevo fracaso para el planeta y sus habitantes, y la esperanza era la COP26 o Cumbre de Glasgow, ya que en Madrid se instó a todas las naciones a presentar metas más ambiciosas de reducción de esas emisiones en ella. Decía Martin Heidegger que  “El futuro es el origen de la historia”. Si queremos realmente visualizar el futuro con el incremento de 1,5ºC sobre los niveles preindustriales, tenemos que actuar hoy. 

¿Qué ha representado la COP26 de Glasgow? La Comisión Europea ha apoyado el consenso alcanzado por más de 190 países tras dos semanas de intensas negociaciones. La presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, ha dicho: “Hemos avanzado en los tres objetivos que nos fijamos al inicio de la COP26: en primer lugar, conseguir compromisos de reducción de emisiones para mantener al alcance el límite de calentamiento global de 1,5 grados. Segundo, alcanzar el objetivo de 100.000 millones de dólares anuales de financiación climática para los países en desarrollo y vulnerables. Y tercero, conseguir un acuerdo sobre el reglamento de París. Esto nos hace confiar en que podemos ofrecer un espacio seguro y próspero para la humanidad en este planeta. Pero no habrá tiempo para relajarse, aún queda un duro trabajo por delante”. Si analizamos lo que ha dicho la presidenta, vemos que seguimos en el mundo de la ilusión y los buenos deseos, una lección de vacuidad. Es increíble que se diga que en esta cumbre se ha puesto de manifiesto por primera vez el papel de los combustibles fósiles en relación con el Cambio Climático. Se ha concluido la conveniencia de reducir las emisiones de CO2 para 2030 en un 45% con respecto a 2010, teniendo en cuenta lo que hemos aumentado en emisiones los últimos años y que lo necesario sería la reducción de emisiones de CO2 al menos del 50% para 2050 respecto a 1990, no parece un resultado muy ambicioso para el planeta. 

La Delegación de la Santa Sede ha reconocido que en los campos de mitigación, adaptación y financiación aparecían vacíos y reclamaba recursos fortalecidos. La enmienda final respecto al carbón de reducir en vez de eliminar no da una buena expectativa. Aparece la posibilidad del secuestro geológico del CO2, permitiendo emisiones si se captura, con los problemas que representa, ante la imposibilidad de bajar emisiones, especialmente en relación con el carbón, abriendo la puerta a nuevos negocios globales sin reducción de emisiones. Las centrales nucleares se muestran en la Cumbre de Glasgow como una solución al calentamiento global. El veto de los subsidios solo afectaría a los denominados subsidios ineficientes, lo que permite a cada país incentivar los combustibles fósiles. Globalmente, un nuevo fracaso lleno de buenas intenciones proyectadas hacia el futuro, no concretadas suficientemente para garantizar un mundo sin sufrimiento. La nueva esperanza es la COP27 de Egipto el año próximo, o quizás la COP28 de Emiratos Árabes, una nueva huida hacia adelante. El Efecto Reina Roja nos preside de nuevo en un mundo que teme el Efecto Cisne Negro de los eventos extremos generalizados.

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