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1984 GEORGE ORWELL ¿PREDICCIÓN O PROFECÍA?

Se considera que una predicción ha sido un éxito si lo que predijo realmente sucede. En cambio, los profetas del Antiguo Testamento exhortaron al pueblo judío a cambiar su comportamiento precisamente para evitar un futuro evento potencialmente catastrófico. Si, a pesar de su predicación, el pueblo siguió comportándose de una manera ofensiva a Dios y el futuro evento negativo sucedió se puede considerar que su profecía ha fracasado.

¿Hasta qué punto el mundo futuro distópico descrito por George Orwell en su famoso libro 1984 es ahora una realidad? En otras palabras, ¿representa este libro una predicción ya cumplida? O, al contrario, ¿estamos a tiempo de evitar la terrorífica realidad pintada tan brillantemente en esta obra? Si podemos evitar que nuestra sociedad se convierta en una pesadilla orweliana, la obra del escritor inglés habrá resultado una profecía exitosa, una advertencia que nos ha permitido prevenir el desastre. 

El editor de Orwell le sugirió que un buen título podría ser la fecha en la que terminó de escribir la obra (1948) con las cifras cambiadas (1984). En el año futuro de 1984, Orwell imaginó el mundo como repartido entre tres superpotencias. En términos políticos, cada superpotencia es una dictadura. Para mantener su población dócil, Oceanía, una de las superpotencias se mantiene en un estado permanente de guerra con una de las otras superpotencias y se alía con otra. La identidad del estado enemigo y el estado aliado varía constantemente. Cada día, la gente recibe información sobre el progreso de la guerra, pero nunca con suficientes detalles como para saber los lugares concretos de las supuestas batallas ni sus resultados reales. De hecho, los medios de comunicación no tienen la más mínima intención de contar la verdad, sino transmitir la propaganda que más conviene al gobierno y mantener la población en un estado constante de miedo y alerta.

Para inflamar más aún el patriotismo enfebrecido de los súbditos, la superpotencia Oceanía organiza sesiones regulares de odio en las que la gente se pone delante de pantallas enormes y grita insultos a la imagen de un supuesto enemigo del estado que estaba organizando una secreta red de gente dedicada a tumbar el régimen, un tal Emmanuel Goldstein, aunque no queda claro en el libro si dicho enemigo es una persona real o una mera ficción.

La gente en Oceanía vive bajo una vigilancia constante y son muy conscientes de que en cada momento “el gran hermano te está observando”. En esta obra las élites reescriben la historia en la firme convicción de que, “quien controla el presente controla el futuro y quien controla el pasado controla el presente”.

Dan mucha importancia a la manipulación del lenguaje e inventan un nuevo lenguaje (newspeak) en el que los significados tradicionales de palabras y frases están tergiversados, llegando a extremos como, por ejemplo, nombrando el Ministerio de Propaganda, el Ministerio de la Verdad, el Ministerio de la Guerra y el Ministerio de la Paz.

¿Hasta qué punto la situación futurista descrita por Orwell ha llegado a ser una realidad?

Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, el mundo occidental, que corresponde más o menos al estado de Oceanía del libro, efectivamente mantiene un estado prácticamente constante de guerra. Solo la identidad de los enemigos cambia. La lista de enemigos es muy larga e incluye Iraq, Libia, Afganistán y, más recientemente, Rusia. En la era de los fake news los medios de comunicación nos bombardean con información sobre estas guerras, pero no resulta fácil determinar con certeza si vamos ganándolas o perdiéndolas.

Como dijo un político escocés recientemente, si sabemos perfectamente que nos mintieron sobre las guerras en Iraq y en Libia, ¿por qué deberíamos creer que nos están contando la verdad sobre la guerra en Ucrania?

No sería una exageración descabellada decir que hoy en día la prensa y la televisión nos ofrecen el equivalente de las sesiones de odio descritas en el libro. Nos invitan a descargar nuestra hostilidad contra una serie de personajes que, igual que los países enemigos, cambian constantemente.

Durante los últimos decenios la lista de villanos que representaron una amenaza existencial ha incluido Ayatola Jomeini, Bin Laden, Gadafi, el líder norcoreano Kim Jong-Un y, últimamente, Vladimir Putin. La existencia de estos ogros terroríficos asegura nuestra docilidad y lealtad hacia nuestro régimen político y nos impide cuestionar las actitudes y acciones de nuestros líderes. Esta visión tan maniquea de ver la realidad es incompatible con el análisis profundo que necesitamos realizar urgentemente para evitar la posibilidad de una guerra mundial nuclear, un panorama que nuestros políticos ya ven como una posibilidad real en vez de un absurdo sencillamente impensable.

En cuanto al tema de la vigilancia, el número de cámaras que nos observan en el curso de nuestra vida cotidiana en las calles nos hace pensar si, realmente, la era del gran hermano no ha llegado. Los avances en el reconocimiento facial conseguidos recientemente, sobre todo en China, donde la tecnología nos puede identificar por nuestros gestos y manera de andar refuerzan esta sospecha. También nos observan nuestros ordenadores y teléfonos móviles y, de hecho, a través de los medios sociales, mucha gente colabora activamente en este  proceso, alegremente compartiendo sus datos y comportamientos personales con todo el mundo. Aunque en estos momentos esta enorme cantidad de información, lo que se llama big data, se usa, supuestamente, para fines inocuos es fácil imaginar un uso mucho más siniestro por parte de un posible futuro gobierno menos benigno.

El Foro Económico Mundial no oculta su intención de someternos al control más completo de la historia humana. En sus reuniones anuales en el pueblo suizo de Davos, esta organización de los más poderosos de la Tierra habla abiertamente de las ventajas de instalar un dinero digital emitido por los bancos centrales. Este dinero, que ellos quieren que sea el único dinero disponible, les va a permitir controlar la cantidad de carbón que estamos utilizando, tanto en lo que se refiere al volumen de carne que consumimos como en los viajes en avión que emprendemos.

Su intención declarada es bloquear nuestro acceso al dinero en caso de exceder los límites establecidos (¿por quién o por quienes?). Si esto parece un sueño de un escritor de ciencia ficción más que una posible realidad, conviene recordar que, durante la reciente pandemia, los gobiernos, en el ejercicio de un poder totalitario del que ni soñamos tener ningún dictador histórico, encerraron toda la población dentro de sus casas durante tres meses.

La importancia dada por Oceanía al tema del control del lenguaje no es nada sorprendente. La frase de Ludwig Wittgenstein “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo” debería ponernos en alerta sobre el tremendo peligro inherente en la dictadura de lo políticamente correcto en lo que se refiere a lo que nos está permitido decir. Limitar lo que podemos decir podría fácilmente trasladarse en limitar lo que podemos pensar.

La cultura de la cancelación tan en boga hoy en día pone en peligro una de las libertades más fundamentales de la sociedad humana, o sea, la libertad de pensar y dialogar sin miedo ni coacciones.

El mismo lenguaje está siendo modificado y manipulado actualmente de una manera reminiscente del nuevo lenguaje o newspeak de 1984, hasta tal punto, por ejemplo, de describir a las madres en documentos oficiales en Estados Unidos como personas gestantes, despreciando así la palabra más hermosa en cualquier idioma: la palabra madre. Otros hablan de progenitor uno y progenitor dos en vez de padres y madres.

Las élites actuales han aprendido la utilidad de reescribir y falsificar la historia si quieren alterar y manipular la conciencia de sus súbditos. Una re-evaluación de lo que hemos aceptado como historia basado en investigaciones serias y datos reales, lejos de ser problemático, es un ejercicio sano y necesario, teniendo en cuenta lo que dijo Winston Churchill al respecto: “La historia está escrita por los ganadores”. Otra cosa bien distinta es introducir datos falsos para que la historia encaje con nuestras opiniones o prejuicios actuales. En el Proyecto 1619, que profundiza en la historia de la esclavitud en Estados Unidos, por ejemplo, los autores declaran que uno de los motivos más importantes de la Guerra de Independencia Americana fue mantener la esclavitud, una teoría que la mayoría seria de historiadores considera totalmente falso, pero quizá encaja bien con las actitudes muy polarizados sobre el tema racial en Norteamérica hoy en día.

En resumen, ¿la obra de Orwell ha resultado ser una predicción cumplida o una profecía? El escritor y pensador italiano Umberto Eco fue bastante pesimista con respecto a esta pregunta y estaba convencido de que “al menos tres cuartas partes de lo que narra Orwell no es una utopía negativa, sino historia”.

La intención del mismo Orwell fue que su obra funcionara como advertencia que nos permitiría evitar el desastre: “La lección que hay que extraer de esta peligrosa situación de pesadilla es muy sencilla. No dejes que suceda; depende de ti”. Si estamos a tiempo de evitar que 1984 acabe siendo una profecía, es crucial despertar y reconocer el peligro real que nos acecha. Hay que evitar el posible futuro que temía Orwell de “una bota aplastando la cara humana para siempre”.

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