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‘MYSTERIUM FASCINOSUM’ Una experiencia monástica sorprendente

1. Precisiones terminológicas. A modo de breve introducción es oportuno dar una explicación sobre los vocablos escritos en latín. Los términos del título, a los que hay que añadir el de tremendu, han sido tomados del ensayo Das Heilige (traducido como Lo santo), del gran investigador de las religiones Rudolf Otto (1869-1937), quien emplea estos vocablos para caracterizar el fenómeno de lo divino. Y cualificó dicho fenómeno con el neologismo de su invención “numinoso”, y con los referidos términos latinos: “Mysterium tremendum et fascinosum”.

Por nuestra parte no vamos a entrar en la trama fenomenológica de Otto. Nuestra intención no es otra que describir, sin más ánimo que el de la sincera y sencilla comunicación, la vivencia experimentada en unos días de retiro, vivencia a cuyo objeto nuclear estimamos que pueden aplicarse los vocablos del autor alemán. Mas todavía, debemos añadir una observación. Conviene precisar que el término tremendum no implica significado de terribilidad o miedo. Lo tremendo, según Otto, significa lo enorme, lo más grande, “lo inabarcable”, que excede absolutamente de la capacidad aprehensora del entendimiento humano. Y el término fascinosum tampoco debe tomarse en un sentido, digamos, mágico, sino como realidad que, por su misteriosidad, sobrecoge el ánimo, y, en sentido más profundo, la interioridad del ser humano. Por último, usaremos otro vocablo: aura. ¿Qué es esto? Julio Casares, en su diccionario ideológico, lo define como “viento suave y apacible”. En su momento precisaremos algo sobre este significado, aplicado a la experiencia que se expone.

2. El lugar: Monasterio de Santa María del Parral. Vamos a referirnos a lo vivenciado en unos días de descanso veraniego, transcurridos en uno de los monasterios españoles más significativos, por su historia y circunstancias actuales, que aludiremos brevemente: el monasterio jerónimo de Santa María del Parral, situado en el entorno de la ciudad de Segovia. Aparte de sus cualidades, digamos físicas, de lugar y dependencias, este recinto monástico tiene la singularidad de ser el único cenobio que posee en todo el mundo la Orden de San Jerónimo, famosa por su vinculación primero a la corona de Castilla y León, e inmediatamente, a la de España.

Este monasterio fue uno de los primeros fundados por dicha Orden, que sufrió, como los demás, las nefastas consecuencias de la triste expulsión de los monjes y desamortización (un robo legal en realidad) del siglo XIX. La condición de Orden de implantación exclusivamente española impidió la restauración de sus cenobios, al ceder la violenta represión de los años 1835-44. No quedaban monjes que volvieran a abrir alguno de sus lugares. Los de otras órdenes (benedictinos, cistercienses) fueron obra de monjes franceses e italianos. Hasta el año 1969 no se restauró esta Orden, en el monasterio del Parral. En la actualidad este cenobio cuenta con una Comunidad sólo de siete monjes, la casi totalidad, muy ancianos.

Las características topográficas del recinto y su entorno son admirables, por su extensión y diversidad. La alusión a las dependencias del monasterio aparecerá al hilo de la exposición de lo experimentado. Pero el ingrediente fundamental de su vida es el silencio. Todo el discurrir de la jornada está fuertemente impregnado de esa condición, que se exige a los huéspedes. No se puede hablar en el interior del recinto; sólo en el parque cabe la posibilidad de conversar, siempre en voz baja.

El monasterio tiene su origen en el interés de Enrique IV de Castilla (1425-1474), siendo todavía príncipe, al conocer un amplio espacio en el exterior de Segovia donde se encontraba una ermita, cubierta por una hermosa parra, en la que se veneraba la imagen de la Virgen Madre, conocida como Nuestra Señora del Parral. El príncipe castellano quiso erigir un monasterio para ser enterrado, mas como aún no tenía poderes, dada su menor edad, acudió a su privado, el famoso Marqués de Villena, Juan de Pacheco, que apareció como valedor para adquirir el lugar a su propietario, el Cabildo catedral segoviano. Allí se levantó el monasterio, confiado a la Orden Jerónima. Sin embargo, el de Villena se las arregló para sustraérselo al rey y dejarlo para su sepultura, como así ha sido. El monarca castellano se encuentra hoy sepultado en el monasterio, también jerónimo, de Santa María de Guadalupe, en la provincia de Cáceres.

3. La experiencia: vivir inmerso en el misterio. La experiencia de estar inmerso en el misterio es algo sobrecogedor. Aunque el huésped ha estado varias veces en este cenobio, no había experimentado esta vivencia singular de modo tan patente. No vamos a entrar en consideraciones de esoterismo o fenomenología mística. Nos limitamos a describir hechos, vivencias de carácter espiritual, para llegar a unas conclusiones que no deseamos equiparar a las obtenidas en un laboratorio científico experimental. Nuestra experiencia pertenece, más bien, al ámbito psicológico normal. Sólo pretendemos mostrar cómo la vivencia en un ámbito de características, en gran parte, diferentes a las del andar por la calle, como es el que se condensa en un monasterio contemplativo de rigurosa clausura, suscita una impresión de plenitud existencial que impregna y penetra todo el complejo vital de la personalidad. Por ello, hemos de emplear un término, aura, que puede relacionarse con los de tremendum y fascinosum, utilizados por Rudolf Otto en sus referidos estudios sobre lo santo.

4. Espacios y áuras que los impregnan. Partimos del momento de la llegada. Hemos llamado al timbre de la puerta exterior y nos identificamos como el huésped anunciado. Tras una breve espera, se abre el portón y accedemos a un amplio vestíbulo de traza rectangular, en el que se abren tres grandes arcos renacentistas que dan vista a un jardín con cipreses y, al fondo, se vislumbra la silueta del Alcázar segoviano. El conjunto ya es seductor y nos embriaga con su belleza. Pero hay algo más: la puerta se ha cerrado y con ello la comunicación con el ámbito mundano. En aquel espléndido vestíbulo, y más aún en el pequeño claustro que lo continúa, se experimenta una sensación de haber entrado en una realidad de orden diferente, superior a la dejada atrás. Y la sensación consiguiente es de enorme paz, de sosiego, pero no simplemente muerto por la ausencia de ruido de la vida urbana, sino de inexpresable vibración de algo vivo que impregna el ambiente de todo el inmaterial espacio.

El monje que nos recibió con sencilla cordialidad nos ha llevado hasta la celda que ocuparemos. Aparte del escueto mobiliario, nos llaman la atención las dos ventanas que se abren en la pared frontal a la puerta. Y al asomarnos a una de ellas quedamos absolutamente fascinados por lo que se ofrece a nuestra vista. Como elemento dominante, la imagen maravillosa de la catedral de Segovia, a su izquierda la esbelta torre románica de San Esteban y poco más a la derecha, sobre el caserío antiguo y junto a unos chopos, la torre de San Andrés. Y todo ello, sobre la feraz arboleda que cubre por completo la ladera del monte donde se alza la ciudad. Fascinación total, que absorbe nuestro ánimo. Es lo que esperábamos hallar y que tenemos delante en su perfección de naturaleza y arquitectura. Pero mientras contemplaba absorto tamaña belleza se produjo, por sorpresa, un hecho inusual, algo que no había vivenciado en estancias anteriores (aunque sí tenía muy vivo el recuerdo). Ahora, aquel algo antes sentido invadió mi espíritu con una cualidad diferente a la deliciosa experiencia estética.

Desde aquel conjunto de arboleda de variados verdores y edificios de formidable arquitectura, se elevaba, como surgiendo de una profundidad insondable, lo que no puedo expresar sino con un término especial, aura, cuyo significado precisamos antes. Mas lo que experimentaba no tenía el carácter de viento, ni siquiera brisa.

La suavidad y apacibilidad que se daba en lo vivenciado habría que calificarla, en cierto modo, como espíritu del aura. Era como un flujo inmaterial, invisible e inaudible, pero sensible, que parecía emanar de aquel conjunto que contemplaba. Esa especie de flujo me inundó hasta el fondo del ánimo, y con esa sensación salí de la celda para asistir al Oficio de Vísperas, próximo a celebrarse.

Prefiero seguir expresándome en un plural poético. Bajamos hasta el claustro, y al abrirnos al gran espacio de las dos naves que se mostraban a nuestra mirada, se afianzó la sensación que nos había inundado en la celda. Espacio claustral, de profundidad admirable, con los arcos abiertos al jardín por un lado y las puertas de acceso a diversas dependencias por otro. Todo bajo la serena luz del atardecer.

Así avanzamos hasta la puerta de la capilla, por la que penetramos en ese recinto sacral. Allí destacaba el gran altar, cubierto por paño de damasco rojo y oro, igual que el que cubría el ambón para las lecturas, al pie de la imagen de Santa Paula y el ventanal tras ella: eran Vísperas de una mártir, la gran filósofa y carmelita descalza Edith Stein, muerta por gas letal en el campo de exterminio nazi de Auschwitz. El color litúrgico daba a la capilla una especial esplendidez. Tras el altar, lucían la hornacina con la imagen de un Crucificado de serena paz en su rostro fallecido, flanqueada por la pequeña figura románica de la Virgen del Parral y la hermosa talla barroca de San Jerónimo.

Aquel conjunto produjo un nuevo impacto emocional, en la misma línea vital que venía llenando nuestra persona, mas ahora con mayor intensidad, al contemplar este despliegue centrado en el tabernáculo de hermosa orfebrería, a los pies del Crucifijo. “¡Aquí está Dios, está Cristo sacramentado!”, me decía todo el ambiente del recinto, mientras me encaminaba a mi sitio en la sillería de sobria factura. Mi asombro era abrumador. ¿Qué había allí, a diferencia de los templos de las ciudades donde solía asistir, que provocaba tan extraño como profundo sentimiento de Presencia Sacral hasta sobrecoger el espíritu y la persona toda?

¿Qué es el ‘sobrecogimiento’? Alfonso López Quintás, gran maestro en el conocimiento del lenguaje, utiliza este vocablo para describir la emoción que inunda el ánimo del oyente al escuchar el esplendoroso coral con el que termina la novena sinfonía de Beethoven. Y Julio Casares da al término el significado de ‘asombrarse’ y hasta ‘asustarse’. Esta acepción no seria aplicable en nuestro caso, pero sí la del asombro, y de tal magnitud que el ánimo, el espíritu, eran absorbidos y penetrados por el sentimiento de lo que Otto denomina “tremendum et fascinosum” para cualificar la experiencia de los numinoso, es decir, de lo divino. Esto era lo que estaba produciendo hasta inundar los entresijos del alma todo el complejo emocional que vivíamos.

5.Nuevas dimensiones del mysterium

Tras de las Vísperas, con la impactante impresión de su canto, y la cena posterior, celebramos el oficio final del día, las Completas. Invitaba a entrar en nuestra interioridad para reconocer nuestros fallos y pedir perdón, antes de entonar las alabanzas últimas. Y la conclusión era una elevación a los ámbitos celestiales para invocar a la Madre de Dios, ante su pequeña imagen, con la capilla a oscuras y sólo la luz de la hornacina. A la salida, el claustro se hallaba en sombras y era como un manto aterciopelado que acariciaba el espíritu.

Pero había más. Porque al entrar en la celda nos esperaba una nueva realidad: Desde la ventana se nos colaba en el dormitorio la imagen impresionante de la catedral iluminada sobre el oscuro fondo de la arboleda y el cielo nocturno. Otro sobrecogedor pasmo podemos decir que asaltaba con un mensaje de plenitud, de paz y belleza, que nos iba a acompañar en nuestro descanso.

El día había concluido con esta sublime vivencia. Mas aún quedaban otros días, y en ellos, una vez más, la experiencia de estar en un ámbito mistérico que nos hacía sentir como un cierto preludiar de lo que pudiera ser el gozo de la eternidad bienaventurada. Tras el oficio de Tercia y desayuno, salimos al parque y jardín, para dirigirnos y aposentar en la amplia terraza cubierta por toldo ante un gran estanque que llenaba de agua cristalina y fresquísima el surtidor representado por la talla granítica de un león, símbolo jeronimiano. Y ante nuestros asombrados ojos se ofrecía, sobre la tupida arboleda, la prodigiosa imagen de la torre de San Esteban, seguida de la catedral segoviana, de la torre de San Andrés y el regio Alcázar. Todo cuanto se podía ver desde la ventana de la celda, mas aquí con una amplitud incomparable. Tan pasmoso era el efecto de aquel espectáculo que la idea de leer de un libro quedó relegada para estarse tan sólo contemplando aquel conjunto de indescriptible belleza, animado por el rumor del agua que caía sobre el estanque. La sensación de estar en el atrio del Cielo nos poseía.

6. Consideración concluyente

Tal vez algún lector haya visto con desconfianza lo expuesto en este artículo. Sobre todo, por la utilización de los términos que emplea Rudolf Otto para caracterizar el mysterium, en especial el de fascinosum, pues no en balde el vocablo fascinante se relaciona con el embaucamiento y embrujamiento, aunque también el diccionario de la RAE le da la acepción de atraer irresistiblemente, lo cual no cabe atribuir a malignidad o poder negativo.

Lo que podemos concluir es el influjo del contexto situacional en un infrecuente modo de experimentar el misterio de Dios. No en balde, Guardini, al contraponer misterio a problema indica que el misterio (y lo relaciona directamente con Dios) es un algo que está ahí, no como problema a resolver, sino “para que el espíritu se sumerja en él”. Esto es lo que se ha vivenciado en el ámbito monástico, y estimamos que son las cualidades de tal entorno: el silencio, el culto bien hecho, el sosiego, las que facilitan dicha sensación de presencia y cercanía del misterio que constituye la Realidad divina. Y no cabe duda de que esa Realidad posee, como una de sus notas, el atraer irresistiblemente, aunque sin forzar la libertad. Sólo la superficialidad, la inconsciencia e intrascendencia, que pueden cualificar a lo mundano, obturan el espíritu e impiden esa percepción misteriosa. 

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