ENTREVISTAS

“LIBERARSE DE LO MATERIAL ES UNA OBLIGACIÓN”. Entrevista a Ramón Andrés, poeta, músico y ensayista.

Ramón Andrés, Pamplona, 1955, vive con poco. Vive en el todo. El poeta, el músico, ensayista, autor de libros para siglos sin prisa como es el Diccionario de instrumentos musicales, es un torrente de voces ganadas con esfuerzo y en silencio. “Escribir supone un ejercicio de orden. La página en blanco es una oportunidad para asomarse al mundo. Para mí escribir es ordenar el caos que nos rodea”. Se alzó con el Nacional de Ensayo en 2021 con Filosofía y consuelo de la música. Dejó la gran ciudad para volver a su raíz, el Baztán.

Lourdes Durán: Músico, poeta, ensayista. ¿En qué lugar halló su primer refugio?

Ramón Andrés: Fue en la poesía y en la música. Para mí fue un refugio. Mi padre era violinista aficionado. La música fue una manera de marcharme y la poesía también. Me hacía libros de poesía, me los grapaba, hice un librito con 11 añitos. Rimas se titulaba. (Risas) ¡Era un niño! Siete años de diferencia de edad con mi hermana. Salía muy poco de casa de mis padres. Siempre tenía gran tendencia a la soledad. Creo que me viene de ahí.

L.D.: Su proceso de escritura es el de una profunda investigación, reflexión, silencios, dudas. Le veo como un copista. Quizá el ejemplo más revelador es su Diccionario de instrumentos musicales, Desde la antigüedad a Bach.

R.A.: Son muchos años. Un libro que te puede llevar 3 años de escritura lo preceden 8. Yo estoy trabajando en recopilación, en asimilación de materiales de otros libros.

Este diccionario que mencionas la de años que me llevó… Me reconozco obsesivo. He trabajado con fichas, miles de fichas. Esa ha sido mi vida, de renuncia a muchas cosas y en este sentido de felicidad, ya que mi vida no ha sido feliz. Mi trabajo sí me ha dado felicidad, ordenar, trabajar el lenguaje, pensar. Lo que me fascina es poder pensar las cosas. Me ha hecho bien personal. Muchas personas si me ven desde fuera pueden pensar ¡qué señor más aburrido, siempre hace lo mismo! Además, soy muy espartano, pero yo desconozco lo que es el aburrimiento. Ni de niño. Como me aislé me inicié en la música y en la escritura de manera muy natural.

L.D.: No sé si estoy ante un pesimista racional o/y un epicureo curativo. Me resulta sanador escucharle, y a la vez su verbo va al fondo de la herida existencial.

R.A.: Yo no soy pesimista, en absoluto. El hecho de crear hace que me aleje del pesimismo. Lo que sí soy es un escéptico en el sentido exacto del término. Escéptico significa el que mira, el que contempla el mundo, este extraño fenómeno de la vida. Soy un observador. No soy pesimista porque no he vivido en función de la muerte. La filosofía es una manera de aprender a morir, es para entender que nos vamos, la muerte, “la última línea de las cosas” que decía Horacio. Es así, es así. Cuando más superas este temor, más libre eres. Y una cosa extraña que me sucede, porque la edad te da muchas sorpresas, a medida que pasa el tiempo tengo menos miedo a morir. Es muy extraño esto. A sufrir, sí. El dolor. A veces olvidamos otro dolor, el dolor moral, psíquico, el dolor ante ciertas cosas, el psíquico, que es un dolor a veces insoportable.

L.D.: Escribió Semper dolens. Historia del suicidio en Occidente. Un tema tabú, hoy una de las causas de muerte entre los más jóvenes. ¿Qué les diría?

R.A.: Semper dolens es un libro sobre la vida. Escrito a raíz de la muerte de un amigo mío. Los dos teníamos 27 años cuando sucedió y a mí me dolió su muerte y a partir de ahí me puse a estudiar. Escribí una historia de la idea del suicidio desde el punto de vista moral, psíquico en Occidente. Yo les diría a los adolescentes de 15-16 años que se apliquen en estar cada día 10 minutos en soledad, en silencio. Creo que el que lo haga estará salvado. Porque esto va creando un poso. No hablo de meditación sino de saber estar desconectado, a solas, en silencio y sin proyectar nada. Dejar la mente tranquila. Esto es una semilla extraordinaria.

L.D.: Vivimos solos, en una sociedad en permanente agitación.

R.A.: Sí. A mí me gustaría vivir en una soledad condicional. La soledad para poder trabajar, pensar, pasear incluso, pero claro una soledad no deseada es muy dura; yo la vivo, en este pequeño pueblo, cenar, comer con los tuyos, esto es comer. Una soledad condicional. La agitación es una forma de desconectar de muchas personas, que no comparten, no la pueden seguir, no pueden estar en el mundo y esto es un generador de solitarios profundos. No es un mundo muy apetecible, la opción de la soledad es cada vez mayor. Es un mundo que produce cansancio y la soledad es un descanso, un paréntesis que uno construye de esta frase larga y atropellada.

L.D.: ¿Cómo es su mirada hacia Barcelona desde un lugar idílico como el Baztán donde ahora vive?

R.A.: Cuando estaba en Barcelona sentía una nostalgia del campo, del silencio, de la gente que no vive en la vorágine. El otro día le comentaba a un amigo que donde yo vivo la frecuencia de la bondad en la gente es extraordinaria. Cuando pienso en Barcelona, no echo de menos nada, salvo las escaleras del puerto de Santa María del Mar, unos amigos y librerías. Barcelona la he sufrido mucho.

L.D.: El disfraz de la ciudad, vestida para el turista, alejándose de sus nativos.

R.A.: Te entiendo, porque es imagen superpuesta. He vivido siete años en Barcelona. Vamos a convertirlo todo en un mercado. Ya no es una ciudad. Ha sido asaltada por el turismo, es una ciudad muy erosionada, maltratada por unos y por otros. Es una ciudad que se está rompiendo. Donde hay mucha pobreza, una pobreza ocultada en la medida de lo posible. Es una ciudad que expulsa a los jóvenes. ¿Quién paga 600 euros por una habitación? Se van fuera. Es una ciudad de gente mayor, extranjera, de gente sin futuro. Vienen como clientes de una ciudad que les tiene que servir y se lo sirven.

L.D.: Pasa en toda Europa. ¿Ha fracasado la idea de Europa?

R.A.: No, yo creo que Europa ha cumplido su papel civilizatorio, tecnológico, de conocimiento y ahora Europa no sabe cómo ofrecer cosas nuevas porque lo ofrecido está siendo absorbido y superado por otras culturas, China, EEUU, sobre todo. Ahora no se sabe muy bien qué hacer. La política de Europa no tiene una dirección clara. Primero tiene que entender qué es Europa. Hablamos siempre en términos de mercado y Europa no es solo un mercado. Y somos mercancías. Hemos perdido la categoría de ciudadanía para ser clientes. Ya no hablan de obreros. La izquierda tampoco. Lo de la clase obrera se ha perdido. Después les llamaron operarios, ahora ya no sé qué son.

L.D.: Se ha alcanzado un gobierno de pacto con partidos independentistas.¿Cómo vive usted la revisión de las Españas?

R.A. Es una relación compleja, entre otras cosas porque estamos en un país de mucho rencor, es un país profundamente rencoroso, cuesta mucho hablar, siempre ha fracasado cuando se ha intentado crear algo para poner a todos de acuerdo, un centro. Es una política muy peligrosa, el independentismo, los nacionalismos, es que el problema está sobre todo en que no hay ningún político capaz de llevar a término nada, desconocen el arte de la política, son sumamente mediocres, unos y otros. Es imposible por ineptitud. En España los políticos que tengan talento, con visión de estado, son escasísimos. Se hace política pobre, de partidos, de peleas, muy anticuada. Echa a perder el país. Por otra parte, cuando he puesto el oído en propuestas independentistas no he oído ninguna idea nueva sobre como pensar un estado en el siglo XXI, no he oído a ningún político que pueda hablar de una idea moderna de Estado.

L.D.: Por eso la desafección?

R.A.: Claro, qué quieren, no somos tan tontos. Es una política arcaica, torpe, de imposiciones, de falta de arte política. Ya que se propone la independencia, sería la oportunidad de reformular, de regenerar el Estado.

L.D.: Y más allá de España ¿ve alguna luz?

R.A.: Yo que nunca he sido de derechas, añoro a cierta derecha de los años 70 que era con la que se podía hablar, me refiero a una derecha europea, Giscard, una derecha culta, dialogante, y la izquierda estaba en su lugar, pensemos en la izquierda italiana, la de los años 70, la que alentaban los Pasolini, los Calvino, los Eco… y ahora ¡cómo está Italia! Antes había una derecha con la que se podía hablar y una izquierda responsable, con una catadura moral importante, que ahora no la encuentras.

L.D.: Usted propugna vivir con poco, despacio, no tener ¿Qué amarra a Ramón Andrés?

R.A.: Liberarse de lo material es una obligación. Hay que lanzarse al mar. Creo que me amarran mis libros. Mi biblioteca no es estática, los uso. No puedo trabajar sin ellos. Cuando estoy fuera de mi casa solo puedo escribir poesía.

L.D.: ¿Por qué la clase política teme la cultura?

R.A.: La izquierda recela de la cultura porque cree que es burguesa, y la derecha porque cree que es contestataria y peligrosa. Que sea peligrosa es una idea antigua y romántica. La cultura construye bien. Lo esencial lo construye.

L.D.: La mitificación del campo ha vuelto en las sociedades tecnológicas. ¿Tabla de salvación, pose?

R.A.: La sentimentalización del campo, eso tan roussoniano, ha derivado por ser burgués. Es verdad que en la antigua Roma se pusieron de moda las villas para salir de la ciudad, para pensar, descansar. Séneca, Cicerón, lo hicieron, pero lo vemos de manera muy burguesa, idealizada. La gente de ciudad se va al campo, se compra una casa en el Ampurdán y van a festivales, a restaurantes, hacen lo mismo que en la ciudad. Muy poca gente soporta el campo de verdad. No es lo mismo tener una casa en el Ampurdán que vivir en un pueblo que se trabaja de verdad, donde hay ganado, hay campo, y hay que luchar el campo, el bosque. Es otra cosa.

L.D.: Para quien asegura que la música le ha salvado, ¿qué música define mejor el siglo XXI?

R.A.: Los compositores contemporáneos como Ligeti, Lachenmann, Stockhaussen, Luigi Nono, esta gente ha definido muy bien este siglo de desarraigo, de solitarios, poco armónico. Es una música que ha abierto un espacio en la mente, de gran soledad, una devastación.

L.D.: ¿La cultura no puede ser otro exceso?

R.A.: Es un exceso. Necesitamos convertirlo todo en industrias, y hablamos de industrias culturales, ¡madre mía!, porque cultura de verdad hay poca, hay mucha ocurrencia, mucha redundancia, cultura que aporte, muy poca. De los 50.000 libros que se publican al año en España me gustaría saber qué aportan.

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