OPINIÓN

DEMOCRACIA MORAL

“Lo más terrible que puede hacer un

presidente del Gobierno no es sólo no decir que está dispuesto a

gobernar para todos, a entregarse a todos, tanto los que lo han

votado como los que no, sino evidenciar por su discurso que está decidido a lo contrario”.

No se puede entender ninguna democracia como un aplastamiento del contrario. Nos parece evidente: la democracia es una convivencia articulada en nuestras diferencias, pero buscando siempre el bien común. Es decir: una vez producido el desenlace de las elecciones, con todo ese desgaste acentuado, precisamente, en cuanto nos separa, se trata de encontrarnos en lo que nos concierne, para ir regenerando los tejidos comunes. No hemos entregado nuestra soberanía, sino que hemos cedido su representación para poder mirarnos a los ojos sin rencores futuros. Eso fue la Transición: una refundación de nuestra historia, con todos sus temblores íntimos y miserias, para hacernos saber que era posible una nueva manera de entendernos, que nunca consistiera en un sometimiento de los otros. Y además de la buena voluntad, son necesarios varios requisitos: respetar el Estado de derecho y el principio de legalidad no es importante, sino indispensable. La igualdad real ante la ley, y saber que debemos respetarla. Y sin igualdad real ante la ley, sin principio de legalidad y sin Estado de derecho, nunca existirá la libertad. Porque la libertad no es, ni puede ser, un mar sin ataduras: se mueve entre los diques razonables del derecho del otro. Es decir: mi libertad termina justo donde comienza tu derecho. Y si el conflicto se pone muy difícil entre ambos bienes jurídicos, para eso tenemos el Tribunal Constitucional, suponiendo que no esté intervenido -o sea, cautivo- y sea independiente.

La libertad real no es la anarquía, sino un acatamiento del principio de legalidad, que es lo que nos ofrece verdadera seguridad jurídica. Seguridad jurídica, por si alguien tiene duda, es que puedes estar tranquilamente en tu casa precisamente porque sabes que es tu casa, y nadie tiene derecho a que deje de serlo. Cierras la puerta con la tranquilidad de que, si alguien intenta vulnerar tu propiedad, el Estado y la legalidad estarán de tu parte. Por eso lo contrario de la libertad, con el Estado de derecho, es la arbitrariedad: que, en las mismas circunstancias, alguien con poder pudiera decidir cuando tienes derecho a seguir en tu casa y cuando no, en virtud de su propia conveniencia. Por eso la libertad total -o sea, la anarquía- no tiene sentido más allá de la fabulación: es una trampa para que alguien decida por ti lo que te viene bien y lo que no, a qué tienes derecho y a qué no. Y siempre que alguien trate de usurpar o deslegitimar el principio de legalidad que te protege de cualquier abuso de poder, aunque intente convencerte de que lo hace por ti, nunca lo dudes: lo único que busca es ocupar todo tu derecho, y quedarse con él.

Lo más terrible que puede hacer un presidente del Gobierno no es sólo no decir que está dispuesto a gobernar para todos, a entregarse a todos, tanto los que lo han votado como los que no, sino evidenciar por su discurso que está decidido a lo contrario. Uno es muy libre de presentarse a unas elecciones pensando únicamente en sus posibles electores, pero debe dejarnos siempre claro que el gobierno lo ejerce para todos. Lo contrario es abrir una falla dentro de la sociedad, con un temblor que puede acabar mal. Porque cuando cedemos la representación de nuestra soberanía lo hemos hecho todos, no solamente aquellos que piensan como tú, no solamente aquellos que te han dado su voto o que lo han entregado a una formación sabiendo que después se uniría a ti. Tu discurso electoral puede ser frentista, pero el de investidura no puede serlo nunca; porque moralmente, como presidente del Gobierno, tú te debes a todos. Por eso tu obligación es asegurarnos que, por encima de las diferencias, te comprometes a gobernar no sólo a todos, sino para todos.

Porque, si se hace evidente que un Gobierno va a dedicarse solo a sus adeptos, la fractura social está garantizada, y eso nos sitúa en una imposición mucho más cerca de una dictadura encubierta, aunque tenga el refrendo de los votos. Con el principio de legalidad en la mano, queda mucho que reconstruir.

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