ARTE

EL PRESENTE DEL PASADO. LA REINVENCIÓN DEL MUSEO REAL DEL ÁFRICA OCCIDENTAL DE TERVUREN

Inspirado en el Petit Palais de París, entre 1905 y 1908 se erigió el Palacio de Tervuren en Bruselas, diseñado por Charles Girault y bajo los auspicios del rey Leopoldo II. Sus paredes acogerían el museo del Congo belga, allí donde en 1897 se emplazó la sección colonial de la Exposición Universal de Bruselas y en la que para gozo de la antropología al servicio del imperio se construyeron tres poblados africanos, cuyos accidentales 296 habitantes habían sido trasladados desde el Congo, por aquel entonces una suerte de latifundio de la gran empresa colonial del monarca. El objetivo de la exposición y de aquel zoo humano, tan habitual en aquellos tiempos en el mundo civilizado, era “atraer inversores y ganarse el apoyo de la opinión pública para su empresa colonizadora”1.

A aquel templo consagrado al coleccionismo y al etnocentrismo occidental de un mundo determinado por el imperialismo entre las potencias civilizadas se accedía a través de un tranvía creado para la ocasión y con la finalidad de trasladar al visitante a un imaginario colonial que despertase su curiosidad y proyectase un relato complaciente y legitimador de la misión civilizadora, portadora de la pesada carga del hombre blanco a la que se había referido años antes de modo poético Rydiard kipling (The White man’s burden, 1899).

El trayecto hasta Tervuren y la visita al Palacio conectan las experiencias vividas por los autores de este texto, distanciados por la escala generacional pero conectados por un itinerario con un mismo destino, cuyo recorrido nos emplaza a un salto temporal de más de cuatro décadas, finales de la década de 1980 y 2022. Nuestras miradas y nuestros mundos convergían un mismo lugar transformado por la voracidad de nuestros respectivos presentes. Sujeto el museo a una profunda reinvención tras su cierre en 2013 y su reapertura en 2018 rememorar nuestras respectivas vivencias y nuestra memoria a través de nuestras visitas se nos antojaba un ejercicio analítico muy sugerente para reflexionar sobre la descolonización de los museos antropológicos.

Mi visita (José Luis Neila) al Museo Real de África Central con la clausura de la década de 1980, tal como fue rebautizado en 1960, sintonizó, pese al viraje antropológico y etnológico de la entidad, con todo el imaginario que desde mi infancia y mi proceso formativo como historiador en aquellos primeros años de oficio se había configurado en torno a las periferias, el mundo colonial y el imperialismo. Mi curiosidad al recorrer las salas del museo no sólo se detuvieron en la rica iconografía de la cuenca del río Níger sino especialmente en las salas dedicadas a la explotación de la industria del cacao: la colonia al servicio de la metrópoli y en su trasfondo las crueles prácticas del trabajo forzoso. Un paternalismo como conducta expresiva de la colonialidad del poder que en mi imaginario me remitía a la lectura de la segunda entrega de Hergé de las Aventuras de Tintín, Tintín en el Congo (1930-1931).

Mi experiencia (Lidia Moreno) fue un tanto diferente. Si bien el impresionante palacio y los preciosos jardines seguían siendo una atracción por derecho propio, las salas y el contenido de estas se percibía diferente. Se advertía la intención de eliminar el pasado colonial, dejando un museo actualizado como resultado. Se apreciaba, de esta forma, un enfoque más didáctico y científico.

El museo actual está dividido en cinco apartados. Hay dos partes del recorrido, sin embargo, que llamaron especialmente mi atención. La primera dedicada a Paisajes y Biodiversidad, desde la que se muestra la riqueza de la fauna y la flora africanas. Y la segunda, Lenguaje y música, que nos embarca en un viaje por el variado paisaje lingüístico y musical del continente, con un final performativo invitando a bailar al son del mambo, la rumba o la salsa, cuyos ecos remiten a sus raíces africanas.

Las paredes de mármol, la impresionante cúpula y las imponentes estatuas hacen de la rotonda un punto cardinal ineludible de la visita. Las cuatro esculturas de bronce dorado situadas en las columnas son obra del escultor belga Arsène Matton (1911). Los belgas son representados como los promotores de la civilización y más grandes en comparación con las estatuas de los congoleños. Estos últimos aparecen realizando actividades como la caza o afilando objetos, y las mujeres están sexualizadas. Frente a toda esta propaganda colonial con la reforma, el museo encargó al escultor congoleño Aimé Mpane aportar una nueva mirada. Así se crearon las dos estatuas de cabezas enfrentadas: una es una calavera, la otra una cabeza humana, pasado y presente.

Dos generaciones y dos visiones que han de llevarnos ineludiblemente a reflexionar sobre la naturaleza de los museos y su propia historicidad. “Desde cierto punto de vista, todos los museos son antropológicos”, acierta a afirmar Luis Grau Lobo, presidente de ICOM España. “Los museos nos definen cómo somos, y lo hacen contra algo o alguien, o a favor, pero siempre frente a frente, como el observador y la vitrina”2. En su genealogía y a caballo entre el coleccionismo y el colonialismo los museos antropológicos fueron creando “tradiciones de representación, se construyeron imaginarios y arquetipos, y se definió una civilización triunfante, un Occidente frente a todo lo demás”. Pero asimismo y acompañando al proceso de descolonización “en aquellos antiguos espacios coloniales, tales objetos vendrían a materializar los diferentes relatos de nación, remontados ahora a un glorioso y diferencial origen indígena”3. Ambos polos flanquean un espacio discursivo que invitan a reflexionar sobre la colonialidad del poder a través de las dinámicas evolutivas de los museos y la antropología desde el siglo XIX hasta nuestros días.

La edad dorada de los museos de antropología emergió a mediados del siglo XIX y se dilataría a lo largo de las primeras décadas del siglo XX a la sombra del imperialismo, del colonialismo y del evolucionismo cultural. El museo, sentencia Beatriz Preciado, fue “inventado como una tecnología colonial capaz de unificar la narración histórica, como una prótesis colectiva de memoria que buscaba escribir el pasado y prefigurar el futuro para legitimar la hegemonía”4. Escaparate textual y corpóreo de la confrontación en el espejo entre el nosotros Occidental y los otros no occidentales, civilizados frente a bárbaros, impulsados por el colonialismo decimonónico y la antropología sociocultural del momento, los museos de los otros sirvieron para fundamentar una identidad occidental, la de las potencias coloniales5.

El evolucionismo cultural que determinaría teóricamente la antropología de tiempos del imperialismo se erigiría en una de las disciplinas científicas centrales de la colonialidad del poder y de la legitimación de la misión civilizadora del hombre blanco. Estados-nación e imperios, como categorías esenciales de las relaciones internacionales hasta el ciclo de guerras mundiales, encontrarían en la antropología uno de sus nichos privilegiados para la promoción de una epistemología de la dominación occidental, orientada en este caso particular, desde sus parámetros darwinistas, organicistas, eugenésicos y racistas.

Un ejemplo paradigmático sería precisamente el Museo del Congo belga inaugurado en 1908. El museo cuenta con más de 120.000 objetos de cultura material, entre los que se encuentran minerales, fósiles, animales disecados, instrumentos, mapas, libros, alfombras, máscaras y estatuas. El museo alberga una de las colecciones etnográficas africanas más completas de Europa. A pesar de lo majestuoso de la exhibición, las críticas no escasearon. Y de forma justificada, pues una gran parte de estos objetos fueron obtenidos a la fuerza durante la ocupación belga en el Congo, momento en que la explotación del territorio fue brutal. Conscientes de esta discutible forma de adquisición de objetos, los responsables del museo han reconocido estos hechos y ofrecido una disculpa, de forma que, en el museo actual, estos objetos van acompañados de un cartel informando de estas circunstancias.

Tras la Segunda Guerra Mundial y la efervescencia de la ola de descolonización de las décadas posteriores, especialmente en los sesenta en lo que concierne al África subsahariana, los museos de antropología comenzaron a ser considerados políticamente incorrectos. Eran testimonios materiales de un pasado incómodo al que le darían la espalda tanto los gobiernos como el público. La complicidad que habían entablado desde el siglo XIX la historiografía y las ciencias sociales, junto al orientalismo y la antropología, con el colonialismo y el imperialismo se diluirían en el nuevo mapa del conocimiento social al amparo de la americanización de la arquitectura epistemológica de Occidente o se convertirían en objetivo explícito de las miradas críticas desde la teoría social, como los enfoques poscoloniales desde la década de 1970.

En Bélgica, el Museo del Congo belga afrontaría la adopción de un diferente ropaje para alejarse de su genealogía colonial para deslizarse hacia unos contenidos y unos formatos más centrados en la etnografía y la antropología. Desde 1960 el museo se rebautizaría como el Museo de África Central.

No sería hasta las décadas de 1980 y 1990, cuando ya habían cristalizado sólidamente los efectos del giro culturalista o antropológico en el conocimiento social y fueron arraigando enfoques críticos, en clave poscolonial y decolonial, en ciertos sectores del mundo académico tanto, en centros como en periferias, el momento en el que comenzarían a cristalizar estrategias de reinvención de los museos para acomodarlos a las necesidades y exigencias de su presente. Esta inercia que conduciría a la descentralización del patrimonio sería alentada desde la UNESCO, cuyo discurso apoyaría la creación de museos propios por parte de las diferentes comunidades indígenas. El museo dejaba así de ser un monopolio de Occidente, de cada Estado-nación y del ámbito de la ciencia6. El “retorno de los saberes sometidos”, en expresión de Foucault, se entreteje con las iniciativas y estrategias de reinvención y descolonización de los museos. Una tarea que conlleva implícitamente pensar la ficción de la modernidad europea y del museo de la modernidad7.

Diversas son las estrategias de reinvención de los museos y en no pocos casos éstas cohabitan y se complementan según los itinerarios de renovación de estos centros. En algunos casos se optaría por la estrategia estética, en virtud de la cual el museo de antropología devendría en un museo de arte. Al centrarse en la dimensión artística de los objetos, se eliminaría cualquier referencia al origen y formación de las colecciones, es decir, al colonialismo. Este sería el planteamiento del Musée Quai Branly en París inaugurado en 2006 a partir de los fondos del Musée de l’Homme creado en 1937. En otros casos, como el Musée d’Etnographie de Neuchâtel, se asumiría una estrategía crítica. Se trataría de hacer de los objetos, muchos de ellos recogidos durante el pasado colonial, elementos de reflexión crítica acerca de la dominación, la alteridad, el racismo, las identidades poscoloniales o el multiculturalismo. Otros centros, como el Tropenmuseum en Amsterdam que originalmente fue el Museo Colonial creado en 1834, afrontarían una estrategia multicultural en virtud de la cual aprovecharían sus colecciones para reflexionar sobre la diversidad cultural y promover igualmente la interculturalidad. Se trataría en suma, de convertir los museos en zonas de contacto. Y por último, la estrategia autóctona uno de cuyos fines primordiales sería reparar las injusticias cometidas contra las comunidades, los pueblos indígenas o autóctonos o las primeras naciones. Una vía adoptada en países como Nueva Zelanda, Australia, Estados Unidos o Canadá, donde perviven comunidades autóctonas importantes8.

El museo Tervuren, aparato propagandístico en defensa de la colonización y los horrores perpetrados por el rey Leopoldo II, se reinventó en 2018, tras un cierre de cinco años. Los responsables del museo optaron por una solución a mitad de camino entre aquellos que exigían su completo desmantelamiento y los que sostenían que debía mantenerse tal como estaba: seguir la misma estrategia crítica que el museo de Neuchâtel. Se buscaba descolonizar el museo, aunque no tanto mediante la eliminación de toda referencia al colonialismo, sino alentando la reflexión y el diálogo entre ambas posturas. El objetivo era alejarse de la visión eurocéntrica original del museo y construir una narrativa revisionista respecto a África Central.

BIBLIOGRAFÍA

1.Beatriz Navarro El Museo de África expía sus pecados, en La Vanguardia, 5 de diciembre de 2021 (https://www.lavanguardia.com/internacional/20211205/7910303/museo-africa-expia-pecados.html#:~:text=Todas%20las%20grandes%20urbes%20tuvieron,el%20fr%C3%ADo%20y%20el%20 agotamiento, consultado el 18 de abril de 2023).

2.Luis Grau Lobo Presentación, en ICOM. España.CE. Revista del Comité Español de ICOM, n. 16, 2019, p. 5.

3.Manuel Burón Díaz, El patrimonio recobrado. Museos indígenas en México y Nueva Zelanda, Madrid, Fundación Jorge Juan-Marcial Pons Historia, 2019, p. 15.

4.Beatriz Preciado Descolonizar el museo. Comisariado por Beatriz Preciado (https://www.macba.cat/es/exposiciones-actividades/actividades/descolonizar-museo, consultado el  18 de abril de 2023).

5.Xavier Rogié-Fabien Van Geert-Iñaki Arrieta Urtizberea Estrategias de reinvención de los museos de antropología, en ICOM. España.CE. Revista del Comité Español de ICOM, n. 16, 2019, p. 8.

6.Manuel Burón Díaz, El patrimonio recobrado…, pp. 29-30.

7.Beatriz Preciado Descolonizar el museo

8.Xavier Rogié-Fabien Van Geert-Iñaki Arrieta Urtizberea Estrategias de reinvención…, pp. 10-14.

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