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ESPAÑOLES EN BUSCA DEL ESPLENDOR FARAÓNICO

No son Indiana Jones, pero su trabajo tiene mucho de aventura, científica, humana y también de paciencia y sabiduría. Su pasión se teje con el hilo de las fantasías infantiles y la cabezonería de alcanzar un sueño: descubrir cosas maravillosas y aportar luz sobre la historia de uno de los Imperios que más nos fascina, el egipcio. A pesar de su juventud, la egiptología española goza de un gran prestigio internacional. En la actualidad, 12 misiones de nuestro país excavan en la Tierra de los Faraones. Sus hallazgos han contribuido a desenterrar de la arena del desierto, el pasado de esa civilización tan importante para la nuestra.

Pocas veces tiene un periodista el privilegio de vivir la apertura de un ataúd cerrado hace cuatro mil años.  Acompañada de un equipo de mi programa, Informe Semanal, asistí a un momento así en la necrópolis tebana de Dra Abu el Naga, muy cerca del Valle de los Reyes, en febrero de 2008. Lo había hallado un equipo de arqueólogos españoles durante la excavación de la tumba que da nombre a su misión en Egipto, Djehuty.

Era una operación muy delicada. La madera milenaria podía resquebrajarse. “A la de tres”, ordenó el director, José Manuel Galán. Todos contuvimos el aliento. “Uno, dos, tres”, contó. La tapa del ataúd se levantó sin un crujido y el arquero llamado Iqer, que significa el excelente, regresó del olvido. Reposaba de costado, con sus ojos coincidiendo con los pintados en el exterior del ataúd para permitirle ver fuera y protegerle de peligros. En su viaje a la eternidad lo acompañaban sus armas de guerrero: dos arcos, cinco flechas y cuatro bastones. Era un oficial de la Dinastía XI, la que unificó Egipto, una época de guerras poco conocida. Su descubrimiento traerá luz sobre la cultura, las costumbres, los secretos ocultos de ese periodo. Cuando se desvelan los misterios enterrados bajo la arena lo que se desvela es la Historia. 

Los comienzos de la egiptología española

El camino de la egiptología española, que ha cumplido ya 135 años, no ha sido fácil. Los miembros de la que iba a ser nuestra primera misión en ese país, la de Juan de Dios de la Rada, en el siglo XIX, ni siquiera pudieron pisar su suelo. “Heme aquí, al fin, delante de Egipto, comenzando a realizar uno de los más queridos sueños de mis aficiones arqueológicas”, escribió el presidente de la primera comisión científica española a Oriente Próximo cuando divisó Alejandría desde la fragata en que viajaban. Llevaban dos meses de navegación por los puertos de la antigüedad clásica, Siracusa, El Pireo, Constantinopla, Esmirna, Rodas y Beirut, entre otros, con la misión de adquirir piezas para el Museo Arqueológico Nacional que acababa de inaugurarse. Pero Rada y los otros dos miembros de la comisión que le acompañaban, se quedó a las puertas de la tierra prometida. El dinero se había acabado, solo habían conseguido 2.500 pesetas del Ministerio de Fomento para comprar obras y para sus propios gastos, y el comandante de la Arapiles dio la orden de zarpar y de regresar al puerto de Cartagena sin hacer ninguna de las escalas todavía pendientes.

Aunque en los 22 cajones que trajo la Comisión había, según cuentan los periódicos de la época, “muchas preciosidades artísticas y arqueológicas”, Egipto se quedó en un simple sueño. Juan de Dios de la Rada fue nombrado primer director del Museo Arqueológico pero nuestro primer egiptólogo sería un diplomático con mucho sentido del humor y de la aventura: Eduardo Toda.

“Las ruinas cubren materialmente el suelo, alzándose entre ellas los agrietados y negros lienzos de muralla como informes y mudos fantasmas que presiden aquel espectáculo de desolación y muerte. Vasos y ánforas, estatuas y estelas, yacen esparcidos en fragmentos por los suelos, confundidos con los jirones de amarillas telas que fueron sudarios de las momias. Y aún más choca y repugna ver los restos humanos esparcidos por la arena, los destrozados cráneos cuya órbita conserva el apagado ojo del difunto, las mandíbulas que todavía guardan en su cavidad la lengua: asquerosos residuos de la vida, sirviendo ahora de pasto a las hienas y de festín a los chacales del desierto”. Así describe Eduardo Toda Deir El Medina, la ciudad de los artesanos, muy cerca del Valle de los Reyes, tal y como la vio por primera vez, en 1886. Acababa de ser descubierta una tumba intacta, la del artesano Sennedjem, “sirviente en el lugar de la verdad” y el director del Servicio de Antigüedades de Egipto del que era muy amigo, le había encargado que se ocupara de su catalogación y excavación a pesar de que Toda era un diplomático, Cónsul en El Cairo y no egiptólogo.

Para acceder a la tumba, Toda y su equipo tuvieron que bajar por un pozo de cuatro metros de profundidad. En el fondo aparecía una estrecha galería que daba acceso a una cámara tallada en la roca. Allí se abría otro pozo entrada de la verdadera cámara funeraria de Sennedjem, todavía sellada. En esa cámara, decorada con pinturas de gran calidad, los egiptólogos descubrieron nueve sarcófagos y once cadáveres sobre la arena. Junto a ellos apareció el ajuar funerario. Nuestro cónsul inventarió todo el material, lo sacó al exterior y lo trasladó por el Nilo hasta El Cairo. Y Toda, que hizo un excelente trabajo, ha pasado a la historia como el primer egiptólogo español.

A principios del siglo XX, en 1907, el Conde de Galarza, único español nombrado profesor de la Universidad Egipcia de El Cairo, consiguió permiso para excavar una loma arenosa en Guiza, al oeste del templo de la Esfinge. Allí descubrió una tumba que ahora lleva su nombre, en la que se encontró la estatua gigantesca, 2’30 metros de altura, de una mujer sentada, la reina Khamerernebty. Tras Galarza, la egiptología española cayó en el olvido y no recuperó la memoria hasta la campaña de Nubia, en 1960.

Asuan, la escuela de la egiptologia española

“Hoy me he asomado al Nilo desde uno de los miradores más hermosos, en compañía de Martín Almagro. A mi izquierda quedaba el surtidor que nace en el lecho del río y por la corniche circulaban los coches a esa velocidad de ¡ay! que por aquí se usa. Nos encontramos en el Nilo Hilton. Almagro habla con pasión mantenida de su obra de arqueólogo en Egipto. De cuanto representa para el porvenir, de la presencia de España en las excavaciones. No me seas infiel, memoria, y ensarta todo lo escuchado. Creo que lo más importante y lo primero debe referirse a la creación de una escuela española de egiptología ya que Almagro tiene el propósito de traer todos los años a sus alumnos”. Así narraba en su crónica del 25 de abril de 1962 el corresponsal de Pyresa en El Cairo, José Fernando Aguirre, su encuentro con el responsable de la misión española en Nubia, el profesor Martín Almagro.

Por razones de política exterior nuestro país había decidido acudir al llamamiento que la UNESCO había hecho a todas las naciones para que ayudasen a salvar de las aguas de la gigantesca presa de Asuán los extraordinarios monumentos del Valle de Nubia, junto a la primera catarata del Nilo, entre ellos Abu Simbel.  España no sabía nada de egiptología, pero tal y como soñaba Almagro, aquella aventura se convirtió en la mejor escuela. Más de un centenar de estudiantes participaron en las siete campañas que se organizaron y además de memorias, tesis doctorales, sabiduría y más de tres mil piezas que hoy se pueden ver en el Museo Arqueológico Nacional, se trajeron como agradecimiento dos regalos, uno de ellos el Templo de Debod, uno de los escasos monumentos egipcios que pueden verse fuera de aquel país y que en 1968 se trasladó piedra a piedra a Madrid. El otro regalo fue la excavación de un yacimiento único, en el que nuestros arqueólogos podrían seguir aprendiendo egiptología: una ciudad entera, Ehnasya el Medina, la Heracleópolis Magna de los griegos.

Heracleópolis: una ciudad para desenterrar los secretos del pasado

Hace 40 años que Mari Carmen Pérez Die, que empezó como alumna de Martín Almagro en el yacimiento de Heracleópolis, dirige su excavación. La ciudad, situada en el Egipto Medio, fue muy importante dentro de la historia de los faraones. Situada en la orilla occidental del Nilo controlaba el acceso de las rutas caravaneras hacia Libia y el estratégico oasis de El Fayun.

Durante las Dinastías IX y X fue capital de Egipto y sede de la corte, pero hubo una batalla final en la que ganaron sus rivales, los tebanos y por eso Luxor es hoy la capital de la egiptología. No sabe Mari Carmen Pérez Die que hubiera ocurrido si en ese enfrentamiento hubieran vencido los heracleopolitanos. No fue así, pero toda la historia de Egipto, está representada en esta ciudad y se han realizado hallazgos extraordinarios que ayudan a reconstruir su historia, incidiendo en aspectos como su urbanismo, sus recursos económicos, la arqueología del paisaje, el arte, la religión, la economía, la sociedad, las creencias funerarias, la arquitectura, la presencia de pueblos extranjeros en la región, etc.

Entre los trabajos más espectaculares figura la excavación y reconstrucción del templo de Heryshef, la divinidad principal de Heracleópolis. Este dios fue denominado Rey de las dos Tierras y Rey del Cielo, Dios Grande, Pilar de las Estrellas, siendo una de las divinidades más veneradas del panteón egipcio. Su nombre podría traducirse como El que está sobre su lago. “Los arqueólogos, confiesa la egiptóloga, hemos caminado por los yacimientos de Egipto encontrándonos con un mundo que nos es contemporáneo. En mis vueltas al pasado he tenido la sensación real de estar en una necrópolis egipcia, hace 4.000 años. En la penumbra y en la soledad he oído las plegarias y las lecturas de los libros sagrados recitados por los sacerdotes, el fluir del agua de las libaciones, incluso el olor a incienso”. Con Heracleópolis la egiptología española alcanza la madurez y entra en el panorama científico internacional. A su sombra, además, ha surgido una generación de egiptólogos que han conseguido hacer oír su voz en todo el mundo.

Djehuty, escriba de los dioses

“La cámara estaba llena de tierra y piedras hasta el techo. Cuando por fin conseguimos penetrar hasta el fondo, el capataz, el rais Ali y yo descubrimos un pozo. Bajamos con luces. Llegamos a otra cámara. Pasamos. El rais delante, con una antorcha, iluminó hacia el suelo. Vio que no había nada. Él esperaba encontrar algo parecido al tesoro de Tutankamon. Empezó a soltar palabrotas en árabe. “¡Pero Ali, mira! ¡¡Las paredes están pintadas!”, dije yo. Iluminé con mi linterna una pared y otra, llenas de textos. Vi una golondrina, un cocodrilo. Y en el techo una diosa, Nut. “!Allah akbar!, Alá es grande”, exclamó Alí. Y se puso a llorar. Yo también”. Así cuenta José Manuel Galán el descubrimiento, en febrero de 2009, de la cámara funeraria de Djehuty, el poderoso noble, guardián del tesoro de la primera mujer faraón, Hatshepsut, que da nombre a su proyecto. Hace ya 22 años que el equipo del profesor Galán excava en esta tumba de la colina de Dra Abu el Naga, en la necrópolis de Tebas, no muy lejos del Valle de los Reyes, para rescatarle del olvido. Para vengarse de su madrastra, Hatshepsut, por su carisma y poder, Tutmosis obligó a borrar su nombre de cuantas esculturas y relieves lo contenían. La maldición alcanzó a quienes la habían servido, entre ellos Djehuty. La peor condena. “Que mi recuerdo perdure sobre la tierra y mi alma pueda vivir delante del señor de la eternidad. Que mi buen nombre esté delante de quienes vengan después de los años”. Este fue el deseo que Djehuty dejó escrito en su estela autobiográfica. El deseo sobre el que se cimentó la civilización egipcia.

“Los antiguos egipcios, nos explica el profesor Galán, creían que la vida eterna consistía en que el recuerdo perdurase en la memoria. En tanto en cuanto alguien te recordase, mencionase tu nombre, hablase de ti, tu vivías de alguna manera. Por eso se esfuerzan tanto en escribir sus monumentos y lo que más deseaban es que la gente acudiera y leyera las inscripciones. Nosotros lo que hacemos realmente en este proyecto es devolverle la vida a Djehuty leyendo su nombre”.

En la última campaña, la de 2023, se abrió al público la tumba de Djehuty y la de otro gran noble enterrado junto a él, Henry. Era uno de los grandes retos del proyecto:  la restauración de esas tumbas invadidas de piedras y tierra; ordenar el rompecabezas de las inscripciones de las paredes desperdigadas en escombros; despejar el pasillo de entrada cubierto de restos; asegurar el techo para evitar los derrumbes; iluminar sin dañar; limpiar el patio de entrada; cribar la arena para no perderse ni un detalle del pasado…

Han sido necesarias más de 20 campañas para que el recuerdo de Djehuty perdure. 22 años llenos de descubrimientos prodigiosos como el ataúd de la Dama Blanca, el del arquero Iqer, la tabla del aprendiz, el sarcófago de Ned, un jardín funerario único…  Muchos de los hallazgos ya están en el Museo de Luxor.

En la campaña de este año el quipo Djehuty va a excavar la cima de la colina, encima de Djehuty. Es una ilusión personal de José Manuel Galán: todo indica que podría estar ahí la tumba de un importante príncipe. “No quiere decir que nosotros la vayamos a descubrir, reconoce el egiptólogo: la arqueología siempre juega contigo. Pero en el camino siempre descubres otras cosas interesantes. Veremos que nos aguarda”.

El templo de millones de años

No muy lejos de la tumba de Djehuty, arqueólogos, epigrafistas, egiptólogos, restauradores, especialistas en momias, criban desde hace 15 años la arena del desierto para desenterrar el templo funerario del que fue el faraón más grande de Egipto, Tutmosis III, el Napoleón de Egipto.

Cuando la directora de la excavación, la Dra. Myriam Seco, se empeñó en sacar adelante este proyecto, el templo era un rompecabezas  de piedras esparcidas y enterradas en trece mil metros cuadrados de arena, junto a la carretera que conduce al Valle de los Reyes, que lo divide en dos. ”Hay que imaginarse todo esto imponente, con los muros encalados, los estandartes flameando, el templo construido en tres terrazas a diferentes niveles, la rampa principal en el centro para acceder a un pórtico formado por 10 pilares con estatuas del faraón”.

Los ojos de Myriam Seco brillan cuando contemplan el yacimiento del que es la mudira, la jefa, como la llaman los trabajadores egipcios. Se ha ganado su respeto entre otras cosas, hablando el árabe con la misma soltura que ellos. Para aprenderlo no dudó en irse a vivir a El Cairo. “Aquí trabajaron los mejores artesanos de la época. No se escatimaron gastos. Hemos descubierto que incluso se plantaron árboles para dar sombra. ¡En pleno desierto! ¡Nosotros hemos vuelto a plantarlos!”. Esos árboles, perseas, asociadas al culto solar, ya empiezan a crecer. Visitar la excavación en plena temporada de trabajo es meterse en rompecabezas de fragmentos arquitectónicos, trozos de caliza y arenisca, columnas o estatuas, bajorrelieves e inscripciones, dioses mutilados, ojos pintados, jeroglíficos…

Es imposible calcular cuántos años tardará en finalizarse este proyecto cuyo objetivo es transformarlo en un museo. “Egipto siempre te da sorpresas. Tumbas con ajuar intacto. Quizá un escondite con estatuas. Inscripciones que aclaren aspectos del reinado de Tutmosis, su relación con su poderosa tía Hatshepsut, sus campañas, asuntos internos. Nunca imaginé que el templo iba a darnos tantas alegrías. Nos esperan muchos años de trabajo. ¡Piensa en todo lo que puede aparecer!”, me confesó el día que estuve con ella en su templo y lo vi con sus ojos.

Qubbet el Hawa: los guardianes de la colina del viento

Qubbet el Hawa, la Colina del Viento, es una de las necrópolis más importantes de Egipto. Durante cientos de años los Príncipes que regían el destino de la frontera sur de ese país buscaron su Eternidad en esta elevación con forma de mastaba, situada frente a Asuán. Un equipo español dirigido por el profesor de Historia Antigua de la Universidad de Jaén, Alejandro Jiménez, excava desde 2008 en ese yacimiento en el que se calcula que hay más de cuatrocientas tumbas, la mayoría ocultas por la arena del desierto.

Talata talatin. 33 en árabe. Es el número de la tumba de Qubbet el Hawa en la que el profesor Jiménez penetró por primera vez en diciembre de 2006. Su puerta, de apenas cuarenta centímetros, se hundía en la arena. Se apoyó en las piedras que la cerraban parcialmente y miró hacia el interior. La claridad de fuera era tan intensa que sus ojos solo vieron arena fundida con una negrura inmensa. Todavía no se creía que le hubieran dado un permiso para entrar en la necrópolis en la que soñaba excavar y buscar un objetivo para un proyecto. Tenía claro que debía ser algo muy concreto. “Alejandro, le había dicho el inspector general del Servicio de Antigüedades en Asuan, tú eres joven, de una universidad pequeña. Elige una tumba y trabaja en ella. Si tus trabajos son modélicos yo siempre te apoyaré”. Y eso buscaba: una tumba de las ya descubiertas, pero no excavada.

En su libro La Colina del Viento, el profesor Jiménez cuenta que se introdujo, como pudo por el agujero. “Mis pies se hundieron. Conforme avanzaba me iba irguiendo. Por fin dejé atrás la duna de arena. Mis ojos se habían acostumbrado ya a la oscuridad. Ante mí aparecían fragmentos de sarcófagos de piedra gigantescos. Estaban rotos y, al igual que las paredes, parecían haber sufrido un incendio. Mi boca estaba abierta por el asombro. La tumba era grandísima. Al fondo había un nicho espectacular. Vendas, madera quemada, cerámica, huesos, cubrían el suelo. ¡Tanto material arqueológico al alcance de la mano!”. Cuando salió de la tumba exclamó, “¡Ya tenemos tumba!”. Todavía no se había aprobado el proyecto ni tenía financiación, pero ya imaginaba donde instalaría su lugar de trabajo, donde el laboratorio, cuantos trabajadores necesitarían. El 30 de junio de 2008, se comenzó a quitar arena de delante de la tumba. 15 años después los hallazgos realizados, en palabras del profesor Jiménez, son “fabulosos”. Gracias a la investigación interdisciplinar de arqueólogos, topógrafos, astrónomos se ha descubierto que es la tumba orientada al solsticio de invierno más antigua del antiguo Egipto. A la 33 han seguido las excavaciones y descubrimiento de la 31, la 34 a y b, la 35, la 122… El estudio de su arquitectura, sus ajuares funerarios, y un largo etcétera de elementos arqueológicos, ha dado numerosos frutos en el campo de la investigación. Por ejemplo, el cáncer de mama datado más antiguo.

Egipto esconde grandes secretos de su civilización, del origen de la Humanidad misma. En la actualidad hay 12 proyectos españoles: Saqara, Sharuna, Oxirrinco; Sicait, Sen-En-Mut, conocidos internacionalmente, desenterrando en la arena del desierto egipcio su pasado para entender nuestro presente. Ni siquiera existe en España una especialidad universitaria de Egiptología pero donde hay un sueño y una pasión hay un camino.

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