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EL VARIADO OTRO DE UN PINTOR

Muchos seres humanos buscamos constantemente la comprensión del mundo y de sus cambios sociales. En esos andares vamos leyendo a diferentes autores, observando pinturas y esculturas, viendo películas que nos puedan dar luces y más. Buscamos, buscamos y buscamos, y muchas veces, buscamos sin encontrar. Pero a veces, en ese escudriñar por aquí y por acá, en esas ansias por comprender la sociedad que habitamos llegamos, como no, hasta Byung-Chul Han, el célebre filósofo coreano-alemán que, hoy por hoy, está tan en boga.

Son varios los libros y conferencias que  permiten  acercarnos a la mirada, la reflexión y el afilado análisis de Han. El filósofo  plantea en su libro La sociedad del cansancio, la dificultad de mirar lo diferente. En la actualidad, debido a las construcciones de los sistemas en redes sociales, lo que se potencia es la mirada a lo igual. Es decir, Han plantea que hay un exceso de positividad a todo lo igual,  los gustos son igualados por la red, por el mercado y se exacerban así, las comunidades de lo idéntico. Las experiencias nuevas prácticamente no existen, pues se potencian los grupos que piensan, trabajan, se divierten y viven en lo mismo. Es decir, el ser humano se rodea, se mueve e interactúa entre aquellos que son como yo. El problema que radica en esta actitud y en esta forma de conducirse es que justamente lo diferente, lo distinto es lo que produce transformación y riqueza, no lo igual. Lo igual no produce dudas, por lo tanto, el ser humano no se  plantea nada nuevo, no avanza hacia nada que le enriquezca. En lo igual seguimos estancados en lo que ya conocemos, allí estamos cómodos, nada nos perturba, nada nos altera.

En lo igual se disuelven todas las diferencias, todas las particularidades, somos un todo global, una comunidad sin luces nuevas pero compacta, sin dudas pero estrecha, acomodada pero llena de miedo de perder su cohesión. El gran peligro está, como siempre, en algo que está al acecho en las sociedades humanas,  es que el miedo a lo diferente se transforme en odio, ahí ya la hemos liado. Ese miedo a sentir nos hace circular por la periferia del dolor, leer los titulares sin querer saber más, saludar al vecino sin preguntar como está, lo hago y me aburrirá “Don Pedro con sus historias y achaques”.

Byung-Chul Han plantea en su libro La sociedad del cansancio que vivimos acomodados en zonas de bienestar donde se ha eliminado la negatividad de lo extraño. La clave está en el me gusta de la red social, las personas dan me gusta a lo que es igual a ellos, a lo que les representa, a lo que no les mueve. En estos tiempos de hiper comunicación reprimimos los espacios de silencio, de soledad, de quietud, de sosiego, y esos son los espacios donde se reflexiona y por tanto, donde se puede crecer.

El filósofo coreano-alemán nos dice que vivimos en la sociedad de la eficacia y esta sociedad no tolera invertir tiempo en los conflictos.El conflicto trae al ser humano la posibilidad de madurar, de reconstruirse y por supuesto de mirar la realidad de los demás participantes de esa diferencia. Porque si eliminamos el conflicto por indeseado, eliminamos también la oportunidad de acercarnos a otra mirada, a otra realidad a otra experiencia humana. En definitiva, Byung-Chul Han nos plantea la necesidad de volver a considerar la vida partiendo del otro. El verdadero antidepresivo dice “es el ansia por el otro.”

Para Han en el futuro posiblemente exista una profesión de oyente. Escuchar no es un acto pasivo pues primero debo dar la bienvenida al otro. “La escucha antecede al habla, es su causa no su consecuencia” nos dice el filósofo. Escuchar es por tanto vecindad, en nuestra sociedad española sabemos que escuchar es pueblo, es plaza, es mercado, es bar, es cafetería, es centro de estética, es el encuentro con el camarero, con la peluquera y el tendero, todos son oficios oyentes. Es decir, una contraposición a La sociedad del cansancio que define Han como una sociedad sorda. Dice Han: “En el infierno de lo igual, el sujeto se imbuye de su propia realidad aislada. Preso de su narcisismo cegador, el espejo le devuelve una proyección individualista que elimina al otro por completo.”

En este punto, cuando nos giramos hacia el arte, encontramos espléndidos ejemplos de miradas hacia el otro, y aquello cambia todo. Lo hace, como no, Antonio Machado, Miguel Hernández, Gabriela Mistral y tantos otros excelsos poetas capaces de mirar lo diferente. En pintura ocurre igual, hay muchos ejemplos más Joaquín Sorolla, el maestro de la luz y de la sombra nos da un golpe de otredad y alteridad. Desde esa mirada y reflexión cruda y sin paños adormecedores que plantea Han, volvernos hacia la pintura del genio valenciano Joaquín Sorolla,  nos paraliza agitándonos el corazón y el pensamiento. Sorolla fue capaz de observar y empatizar con el otro hasta el punto de plasmar materialmente sus ideas sobre la prostitución, el desarraigo familiar de las jóvenes, su comercio y su trato como si fueran mercancías, sensibilizarse con los trabajadores de la mar, los niños enfermos, y mucho más.

Viajando Joaquín Sorolla en un tren desde Valencia hacia Madrid en el año 1892, el pintor fue testigo del traslado de una mujer esposada. ¿La causa? Había quitado la vida a su bebé. La mujer va custodiada por dos guardias en un vagón. Este hecho conmocionó al pintor hasta tal punto que posteriormente llevó el impacto de lo vivenciado hasta la tela llamándola La otra Margarita. El nombre de la obra hace alusión a la obra de Goethe La Margarita de Fausto, quien ahoga a su hijo y es encarcelada. Por ese motivo, Sorolla  llama a su obra  La otra Margarita. En un espacio encerrado y lúgubre asoma una escena triste y dramática. Vemos a tres personajes prácticamente encarcelados que están en un limbo, mas La otra Margarita parece  enterrada. En un formato rectangular horizontal, se relata una escena que ya narró Goethe y ahora narra Sorolla es decir, una historia que se repite y se repetirá.

Un formato que nos lleva a la idea de prisión e inamovilidad. Los tres personajes generan un ritmo de tres, la perfección de la agonía, de la desgracia. Una mujer con la cabeza inclinada, la mirada absorta y firmes esposas en sus muñecas en el centro de un vagón dan cuenta del duro momento. Al fondo y tras ella,  la pareja de la Guardia Civil la vigila con una mirada de desinterés casi adormilada, casi abúlica, están lejos de advertir la angustia de la prisionera. Por las ventanas de la zona superior izquierda entran con ímpetu los rayos de luz que generan reflejos cálidos, más no tocan a la mujer y ella no logra percibirlos. La otra Margarita y su hatillo con sus pocas y míseras pertenencias aquietan y rigidizan la obra.El colorido de la obra aborda una paleta de terciarios, negros, todo asoma tedioso, asfixiante, agobiante, denso, solo los toques de luz dan vida y quizás esperanza. Ésta no toca a los personajes les pasa por encima, y aunque frente a la mujer hay toques de luz, ella no es capaz de verlos. La otra Margarita solo ve su tristeza y su próximo encarcelamiento. Sorolla ha salido de su zona de luz, de las playas de Valencia y ha sido capaz de mirar el angustioso momento de otro, en este caso de una mujer pobre y deshecha que no tiene más futuro que la condena.

Dentro de sus obras de realismo y denuncia social, Joaquín Sorolla, el maestro del mar nos inquieta con una fantástica obra que no enseña playas luminosas, ni mujeres paseando elegantes con sus retoños, sino que muestra a esos otros que trabajan duramente en la pesca de alta mar. La obra llamada ¡¡Y aún dicen que el pescado es caro!!, del año 1894, lienzo que se encuentra en el Museo Nacional del Prado en Madrid, es un gran ejemplo de la mirada a otro, muy distante de la realidad cotidiana del pintor. El título de la obra y la obra misma son comprensibles a cualquier espectador. Una pintura que relata una escena íntima dentro de una barca, escena de esfuerzo, de peligro, de precariedad en las labores y faenas de la pesca. Un grupo de hombres adultos auxilian a un joven compañero malherido. Lo auxilian desde la misma precariedad que tienen en su trabajo, no hay recursos, no hay medios, no hay condiciones de dignidad. Sorolla a sus 31 años, deja los convencionalismos académicos y aborda su entorno, la realidad desde su valenciana mirada, valenciana mirada debido a su estrecha relación con el tema del mar, la playa, y las labores de mar.

La barca se presenta como un micro mundo, como un útero, una cueva para estos pescadores, hijos del mar. Como dice el historiador del arte español José Luis Diez “esta obra es como una Pietà laica”, es casi la misma imagen de la virgen con su hijo en el regazo, mas aquí la virgen son esos dos ancianos pescadores que luchan por mantener la vida del muchacho. La obra es de colores sobrios, terciarios, marrones, negros. Hay una luz que entra desde una zona alta que no vemos pero sÍ captamos su luminiscencia. Sorolla, a través de una observación muy fina, nos transmite que aquella barca está en alta mar, está en movimiento. La farola no pende recta y hay repiqueteos en el agua del perol, todo se advierte en movimiento, lo que da veracidad a la escena, y somos capaces entonces de empatizar con lo que les sucede a esos otros.

Todo resulta elocuente, como espectadores,  tras estar dentro de esa barca, ese útero junto a ese pescador malherido, junto a los viejos que intentan contener su vida, en medio de ese movimiento incesante del mar, en medio de esa precariedad. Entendemos que tras todo eso que alguien encuentre caro el pescado, desate la ira y congoja de Sorolla, y nos tire de las orejas desde el título de esta obra ¡¡Y aún dicen que el pescado es caro!!.

La obra Triste herencia del año 1899 lleva este nombre debido a la sugerencia que dio al pintor su amigo el escritor Blasco Ibáñez. Sorolla contemplaba dar otro nombre, Los hijos del placer. Ambos amigos andaban en la misma senda, ambos proponían nombres haciendo alusión a las teorías degeneracionistas  de finales del siglo XIX, teorías que hacían referencia a los problemas que heredaban los hijos cuando sus padres eran viciosos. “Sufrí terriblemente cuando lo pinté. Tuve que esforzarme todo el tiempo. Nunca volveré a pintar un tema como ése” decía Joaquín Sorolla en 1909 sobre esta obra.

Claramente enfoca la mirada hacia unos otros que le rompieron, que le desarmaron y le hicieron caminar por el sufrimiento. Joaquín Sorolla narra cómo se gestó esta obra, y esa narración es explícita, fue capaz de mirar, de empatizar, de conmoverse con unos lejanos otros y, desde esa sensible mirada, plasmarlos en su tela. “Un día estaba yo trabajando de lleno en uno de mis estudios de la pesca valenciana, cuando descubrí de lejos unos cuantos muchachos desnudos dentro, y a la orilla del mar y vigilándolos la vigorosa figura de un fraile. Parece ser que eran los acogidos del hospital de San Juan de Dios, el más triste desecho de la sociedad: ciegos, locos, tullidos y leprosos. No puedo explicarle a usted cuanto me impresionaron, tanto que no perdí tiempo para obtener un permiso para trabajar sobre el terreno, y allí mismo, al lado de la orilla del agua, hice mi pintura”. Estas son las valientes y acongojadas palabras del mismo maestro de la luz.Una obra que no deja indiferente a nadie, como dice el propio pintor “la vigorosa figura del fraile” asoma imponente, erguida, como un tótem, una referencia única para todos los pequeños. El mar de Valencia se entristeció aquel día por la condición de sus visitantes, más igualmente junto al sol se alían para regalar a esos niños un soplo de tibieza, de salud y escurridiza alegría. La desnudez de los pequeños les otorga un manto de pureza, de inocencia, en contraste con el oscuro y adusto hábito del fraile.

La mano de Sorolla es la que obedientemente plasma lo que él ha visto, lo que él ha sentido como lo que él ha sufrido al observar esa realidad. Sorolla ha sido un ejemplo de alteridad, esa capacidad de algunos seres humanos de ser otro, uno distinto, y que el filósofo Byung-Chul Han plantea como una condición que debemos recuperar urgentemente. Esa necesidad de ver al otro como un ser diferente que nos engrandece como sociedad porque aporta una mirada, una vivencia diferente, es lo que de manera natural y sensible hizo Joaquín Sorolla desde su pintura social.

Han plantea “el infierno de lo igual” y con ello la destrucción del otro, de todo lo que no sea lo idéntico. Una mirada y existencia plana, que nivela rápidamente sin permitir la diferencia. Una necesaria idea del marketing para poder gestionar mejor los grupos y sectores de consumo, mas todo ello con una consecuencia de empobrecimiento para la cultura. Prácticamente en todas las sociedades actuales se observa al diferente, al migrante, al extranjero no solo como una necesaria invisibilización sino peor aún, como un mal amenazante pues derribará la dulce y dócil vida en lo igual. Han nos plantea justamente esa necesaria huida del dolor, de una sociedad que tiene fobia al sufrimiento. Nuestra cultura se anestesia en lo igual, en un positivismo y un optimismo infantilizado todo por su incapacidad de vivir el dolor.

Este año 2023 se celebró el centenario de la muerte de Joaquín Sorolla, y junto con aplaudir su genio, su maestría de la luz, su profundidad y excelencia para plasmar la sombra, su alta capacidad de trabajo, su extraordinario trazo y dominio del color y más y mucho más, es necesario aplaudir también su fortaleza y talante para mirar el sufrimiento del otro. Sorolla mostró gran valentía en su pintura de realismo social pues con ello huyó del me gusta fácil, de la aceptación aplaudida y de mejor venta que suponían sus lienzos de playas, atardeceres mediterráneos y mujeres de bellas prendas blancas y luminosas.

La pintura de realismo social de Sorolla en donde denuncia las desigualdades sociales más dolientes y crudas es una pintura que hoy asoma como un grito victorioso de alteridad.

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