CINE

CINE Y CONFLICTOS

VOLVIERON CINCO

En diciembre de 1941 Japón atacó el puerto de Pearl Harbor en Hawai, provocando así la entrada de Estados Unidos en la II Guerra Mundial. Desde ese momento, una de las cuestiones principales que los dirigentes americanos tuvieron que resolver fue el cómo convencer a una opinión pública de que la participación del país en la guerra era conveniente e incluso inevitable. Una opinión pública que en aquel momento estaba en contra de tener que involucrase de nuevo en los asuntos bélicos de la vieja y violenta Europa.

Así, un aparato de propaganda se puso en marcha, una propaganda en la que los rivales alemanes ya eran expertos debido a que tanto Hitler como Goebbles estaban convencidos del poder de sugestión y motivación de los procedimientos de manipulación de masas. En los años 40, el cine ya demostró ser un artefacto narrativo y visual sin precedentes, una forma de expresión madura y, susceptible de usarse también para fines propagandísticos. En 1935, el poder nazi puso el listón muy alto al encargar a la gran Leni Riefensthal el rodaje de un documental sobre la celebración del congreso del partido en la ciudad de Nuremberg. El resultado fue asombroso. Dejando de lado la nauseabunda ideología de los protagonistas y asistentes de aquel congreso, no cabe duda de que el poder hipnótico de las imágenes que Riefensthal captó ha perdurado por años como un ejemplo perfecto de lo que el cine puede hacer por la propaganda. Los americanos tomaron nota de aquello, siendo conscientes de que para tener resultados similares debían llamar a los mejores. Así, el gobierno americano contrató nada menos que a John Ford, George Stevens, William Wyler, Frank Capra y John Huston para que rodaran documentales con fines propagandísticos. Se produjeron 17 documentales entre el año 1942 y el 1947, con diferente temática y situados en diversos escenarios. Más allá de la calidad artística, de producción y de la eficacia propagandística que proporcionaran esas películas, hay un hecho que quizás no se percibió a primera vista pero que tuvo gran trascendencia en las carreras de aquellos cineastas: ninguno de ellos volvió a ser el mismo tras la experiencia.

George Stevens fue de los primeros en rodar imágenes dentro de un campo de exterminio, William Wyler sufrió de sordera debida a un bombardeo que casi no consigue contar, John Ford estuvo en el desembarco de Normandía y lo que allí vio acrecentó sus problemas de alcoholismo. Las películas posteriores a la guerra de estos maestros del cine fueron distintas a las anteriores, más amargas, más alejadas de esa imagen que el Hollywood clásico solía proyectar. Sobre estos acontecimientos existe un buen documental en Netflix que se encuentra disponible (Five came back, 2017), las películas rodadas se pueden encontrar en Youtube y otras plataformas.

Propaganda, patriotismo, guerra, trauma. Cine.

Esta introducción me sirve para poner en contexto lo que el presente artículo pretende exponer de forma concisa (porque el tema es inevitablemente extenso) pero espero que clara y rotunda: el cine como herramienta de proyección de hechos violentos, como forma de denuncia y como testigo de conflictos humanos. No se nos olvide que el cine, siempre, es ficción, incluido el documental.

El lugar donde alguien decide situar una cámara o la forma de montar dos planos contiguos ya están creando un estado de subjetividad, un punto de vista, una opinión. No existe el cine objetivo del mismo modo que no existe una persona objetiva. El cine es el ojo del que mira y el que mira tiene prejuicios, sesgos, opiniones y sentimientos. Esta premisa puede ser discutida, por supuesto, pero como espectador cada vez la tengo más clara y así, me siento un espectador más libre: el cineasta no es neutral, el espectador tampoco lo es, y justo en ese lugar se encuentran el debate, el diálogo, la discusión y la chispa entre cineasta y espectador. El resto es un trágala que no interesa, comida basura visual que entontece con apariencia de entretenimiento. En los últimos tiempos estamos asistiendo al estallido virulento de conflictos regionales ya conocidos, algunos de ellos enquistados por décadas. La guerra de Ucrania y la guerra entre Israel y Hamás vuelven a hacer tambalear esa apariencia de mundo apacible que pareció surgir en los años 90, tras la caída del muro de Berlín (algunos lo llamaron “el fin de la historia”, nada menos). El eurocentrismo y el ombliguismo occidental no quiso ver lo que sucedía en otros lugares no tan lejanos, en un mundo cada vez más conectado y por lo tanto, cada vez más pequeño.

Sin embargo, el arte siempre ha estado ahí, detrás, vigilando lo que sucedía en cada rincón. En 2018 se estrenaba Donbass, película del director ucraniano Sergei Loznitsa. En forma de episodios esta película muestra el polvorín que ya era entonces la región, cuatro años antes de su erupción definitiva. Loznitsa tiene en su haber otras obras que suponen un testimonio de lo que tenía que suceder y ha sucedido, como el documental Maidan (2014) que indaga en los disturbios que se desencadenaron tras la caída del gobierno y el aprovechamiento de dicha circunstancia por parte de Vladimir Putin para comenzar los movimientos militares rusos en la región. Winter on fire (E. Afineevsky) también retrata aquellos acontecimientos. El cineasta georgiano Zaza Urushade rodó en 2019 Anton, su amigo y la revolución rusa, en la que se mostraba la crueldad rusa contra el pueblo ucraniano allá por 1919, cuando el país fue anexionado contra su voluntad en la URSS. Unos años después, sobrevino el llamado Holodomor, ordenado por Stalin como parte de su plan de colectivización, se calcula que asesinó de hambre a más de 1 millón de personas. Películas de producción internacional, como Mr. Jones (2019, Agniezska Holland) y Holodomor (2017, G. Mendeluk) y otra ucraniana como Holodomor 33 (1991, O. Yanchuk) intentan explicar lo inexplicable. Como curiosidad, recomiendo una película de 1962 protagonizada por Yul Brynner y Tony Curtis, Taras Bulba (J. Lee Thompson) en la que los cosacos ucranianos luchaban contra las invasiones polacas, película mediocre que tiene su interés por tratar, aunque sea de forma superficial, el origen del conflicto.

Entre las favoritas al Oscar de este año se sitúa el documental de M. Chernov, 20 días en Mariupol, sobre los primeros momentos de la invasión de 2022. Conviene detenerse un momento en esta obra. Con estilo periodístico de noticiario (quizás el que más impacto nos produce hoy día a la población, en general) el periodista de Associated Press narra en forma de diario los espeluznantes sucesos provocados por el asedio ruso a la ciudad. Un día a día en un hospital que resulta casi imposible de soportar para el espectador. Nada tiene más fuerza que cada caso individual, la pequeña historia de cada persona afectada por un conflicto que apenas consigue entender. El cineasta, como testigo, también se tambalea dentro de su aislamiento por las dificultades de mostrar sus documentos al exterior. En Mariupol está sucediendo algo que el mundo debe saber, él tiene las imágenes, pero no puede transmitirlas.

Aun así, continúa con su trabajo. Sobre la experiencia de ser reportero de guerra existe mucho material, recomiendo el documental sobre la vida de Robert Fisk, Esto no es una película (Yung Chang, 2020), donde se reflexiona sobre la vocación y la impotencia que genera el choque con la realidad. En ficción, una película algo olvidada que en su día tuvo bastante repercusión fue Los gritos del silencio (Roland Joffe, 1984), sobre la amistad entre un reportero occidental y un periodista local durante la pesadilla genocida provocada por los Jemeres Rojos de Camboya.

Los cineastas soviéticos, de cualquiera de las repúblicas que formaron la URSS, siempre han tenido prestigio internacional por su poder de innovación, sobre todo en lo que al montaje cinematográfico se refiere. Fuera del terreno del tema que nos ocupa, recomiendo indagar en una cinematografía poco conocida y reconocida. Un cine que difícilmente escapa de la componente política y social, aunque lo intente, debido a los intensos acontecimientos que han vivido los países que en su día conformaron la URSS desde el nacimiento del cine como medio de expresión. El arte es una válvula de escape, un método para sobrevivir y para tratar de entendernos.

Cuando todavía estábamos muy lejos de vislumbrar cualquier salida a la guerra de Ucrania, nos sorprendió un suceso inesperado de un fin de semana cualquiera de octubre del pasado año: la organización terrorista Hamas ataca Israel con el resultado que todos conocemos. Fue de esas noticias sobre las que asumes su alcance conforme avanzan las horas, en un primer momento parece un suceso más y conforme se va ampliando información, te das cuenta de que no lo es, de que es mucho más que eso. La respuesta de Israel aún no ha finalizado y los números del desastre ya superan cualquier contabilidad histórica de otras situaciones provocadas por un conflicto que perdura por décadas y que parece más lejos que nunca de llegar a una solución. Una vez más, el cine en cualquiera de sus formas y estilos ha estado ahí, estuvo y estará. Si bien es pronto para disponer de obras que narren lo sucedido durante estos últimos meses, sí que tenemos un buen catálogo de películas de interés que han tratado el conflicto desde diversos puntos de vista.

El cine israelí de los últimos años ha producido un buen puñado de películas de gran interés y espíritu autocrítico. Los cineastas de aquel país pertenecen a una generación a la que cada vez le cuesta más aceptar que la situación con la que conviven no tiene solución, que ese estado de las cosas será perenne. Los antepasados de las nuevas generaciones sufrieron lo indecible por amplios periodos de la historia, hoy día el agotamiento se palpa en el arte israelí. Se trata de una reacción más que comprensible.

¿Cuándo terminan las guerras de nuestros antepasados? ¿Por qué hipotecan nuestro presente? Estas preguntas se filtran en Foxtrot, de Samuel Maoz (2018). En el baile que da título a la película se comienza en la misma posición con la que se termina, se trata de una muy buena metáfora para representar un conflicto en bucle con una inercia imparable. El absurdo de la guerra, la opresión que provoca en las sociedades y el conflicto familiar que se genera, son temas que se tratan en una obra que en su estreno fue incluso criticada por la ministra de Cultura israelí por dar una imagen nociva del país. Samuel Maoz ya utilizó también un punto de vista particular para dar su visión sobre su experiencia personal en una de las ramificaciones del conflicto: la guerra del Líbano. En Líbano (2009), la cámara no sale del interior de un tanque, como metáfora de la ceguera y la claustrofobia de una guerra, de cualquier guerra. La guerra del Líbano también se muestra en la impresionante Vals con Bashir, película de animación dirigida en 2008 por Ari Folman.

Este director vivió en sus carnes la experiencia como soldado en aquella guerra, recreando de forma poética y dura la matanza de Sabra y Chatila. Folman propone un macabro y bello juego sobre la memoria, sobre la necesidad de olvidar y la inevitabilidad de recordar. La película contiene diferentes recursos estilísticos muy apropiados y originales para sumergir al espectador en una experiencia complicada de percibir en un mundo ya anestesiado por la sobre-exposición a la imagen. Vals con Bashir consigue ser recordada, dejando un sabor de boca que perdura y se retiene.

Palestina, por su lado, y a pesar de disponer de muchos menos medios de producción, también ha dejado huella en cuanto a su visión del conflicto y de su penosa realidad. En Paradise now (Hany Abu-Assad, 2005), vemos el conflicto desde el punto de vista de dos jóvenes reclutados para cometer atentados suicidas. La lógica del kamikaze que mata para salvar su alma y redimir a su pueblo, la guerra llevada a sus límites más extremos. Actualmente se está proyectando en la Filmoteca Española una retrospectiva del director palestino Elia Suleiman, un autor que utiliza la inexpresividad, el absurdo y la pausa para representar la realidad de un pueblo que ni puede ser sedentario ni nómada. En De repente, el paraíso (2019), el protagonista viaja a otros países, a otras ciudades en busca de un hogar, pero Palestina le persigue. La trilogía formada por Crónica de una desaparición (1996), Intervención divina (2002) y El tiempo que permanece (2009), dibuja un completo panorama familiar y comunitario en forma de episodios más o menos entrelazados y usando retazos de diarios personales y familiares.

Como remate a este breve repaso a la cinematografía sobre el conflicto, quisiera también reseñar un documental que se encuentra en Youtube y que se basa en entrevistas a altos cargos y agentes del Shin Bet, la agencia antiterrorista israelí, Los guardianes (Dror Moreh, 2012). El documental sorprende por la crudeza de lo que allí se cuenta, por su pesimismo, por una especie de rendición ante una imposible solución al problema. En uno de los testimonios, el entrevistado cuenta cómo en una de las enésimas cumbres para encontrar algún resquicio de paz, uno de los delegados del bando oponente se le acerca en un momento de descanso y le dice: “Nuestra victoria será vuestro sufrimiento”. Poco más que decir.

Mientras escribo estas líneas observo de reojo las últimas noticias sobre el conflicto que resultan igual de deprimentes que al comienzo: la comida usada como arma de guerra, trabajadores de la ONU denunciados por haber participado en los atentados terroristas, ataque indiscriminado a un grupo de personas que hacían cola para recoger agua, etc. Todo esto envuelto en una sensación de irrealidad y de desconfianza por unos datos y unas imágenes sobre los que ya dudamos acerca de su veracidad, por defecto, vengan de donde vengan. Por estas razones que ya se nos escapan, la ficción se hace imprescindible para entender esta cara de la condición humana: cuando la realidad es inabarcable o inaccesible, una historia grande o pequeña puede arrojar algo de luz, de reflexión y de entendimiento. Una novela, una fotografía, un cuadro o una película, del estilo y el género que sean, pueden resultar más esclarecedores, inquietantes o reconfortantes que cualquier noticiario. Una cosa es el arte panfletario, moralista y tendencioso y otra el arte libre, el que no tiene miedo de denunciar, pero también de reconocer errores propios. No es fácil de encontrar, quizás no sea el más habitual, pero existe.

Vietnam, Primera Guerra Mundial, Camboya, Irak, revoluciones, golpes de estado, África, Yugoslavia, dictaduras, terrorismo, la lista es interminable. Solo el siglo XX ha proporcionado mucho material para el cine, parece que el XXI continúa por esa terrible senda. Si bien hay un cine de entretenimiento que ha surgido del dolor humano, quizás para hacerlo más soportable, también hay un cine del sufrimiento, un cine que lleva hasta las últimas consecuencias la imagen proyectada en la pantalla, un cine que te hace pensar en el camino de vuelta a casa.

Los mejores años de nuestra vida (William Wyler, 1946) es una película sobre la vuelta a casa, sobre el rechazo a ser querido después de haber sufrido, sobre la vuelta a la normalidad de hombres entrenados para matar, sobre las heridas físicas y psicológicas que perduran. Wyler arrasó en los Oscar con esa película, sin embargo, el triunfo resultó amargo: “Frank (Capra), George (Stevens) y yo hemos participado en la guerra. Y ha ejercido sobre cada uno de nosotros una influencia profunda. Sin esta experiencia no hubiera podido hacer mi película como la he hecho. Hemos aprendido a entender mejor el mundo… Sé que George no es el mismo desde que ha visto los cadáveres de Dachau. Nos vemos forzados a constatar que Hollywood no refleja apenas el tiempo y el mundo en el que vivimos”.

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