ARTE EXPOSICIONES

UN ROSALES ¿O DIVERSOS ROSALES? EXPOSICIÓN DE ROSALES EN EL PRADO

Me he reído al encabezar este texto con un subtítulo que parece propiciar, involuntariamente, cierta confusión desde luego extraña a la reseña de una exposición de pintura. Pero nada más natural que combinar rosales y prados… Joyas y escenarios al fin de la obra de un gran artista.

La obra de Eduardo Rosales tiene, desde hace tiempo, una sala en el Prado contigua a las de otros pintores españoles y extranjeros del XIX. En el recorrido por el museo hemos pasado en bastantes ocasiones y, si la visita era intencionalmente temática, como por ejemplo momentos históricos nos hemos quedado con esa escena característica del género que es Doña Isabel la Católica dictando su testamento. Precisamente el cuadro con el que el pintor acudió a la Exposición Universal de París de 1867 en la que obtuvo la primera medalla de oro para extranjeros y le concedieron la Legión de Honor. La muestra se amplía en la sala oval en la que se exponen obras procedentes de los fondos del Prado, de otros museos y de particulares.

Un Rosales o diversos Rosales

En las redes pueden encontrar un divertido post titulado Cómo identificar varios pintores famosos. Si los personajes se parecen a Putin el autor es Van Eyck decían en una de las imágenes. En otra: Si los modelos parecen vagabundos, iluminados sólo por una tenue farola, es Rembrandt…

Ni como broma podría intentarse algo así con Rosales. Muchas influencias e inspiraciones atribuidas a tal o cual autor o escuela pueden rastrearse en su obra, desde Cimabue a Ingrés, pasando por Goya y los impresionistas. Pero estimo que lo más característico de Eduardo Rosales es su condición de aprendiz muy aventajado que explora tendencias, corrientes y estilos en búsqueda de la belleza. Búsqueda que expresa de muchos modos: sea en el equilibrio de la composición y el color, sea en la maestría del trazo o en la precisión del dibujo y el detalle… Y también lo que trasmiten sus retratos. Creo que en la mirada del artista hay admiración, estima y afecto hacia los protagonistas.

Era muy joven, 15 años, cuando ingresó en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y recibió las enseñanzas de Federico Madrazo, que también fue autor del espléndido retrato de su alumno, incluido en la exposición. A los 21 marchó a Roma por sus propios medios y se unió al grupo de pintores españoles (Casado de Alisal, Dióscoro Puebla, Fortuny…) con ellos comenzó a asociarse a los círculos de puristas nazarenos, artistas que pretendías liberarse del academicismo imperante y recuperar una supuesta pureza antigua: la del Giotto, Cimabue, Fra Angélico, el primer Rafael… Aunque dejó pronto aquellos círculos, algunas de sus obras pueden calificarse como puristas.

Aquel Rosales nazareno aparece, sin duda, en La estigmatización de Santa Catalina de Siena. Esta obra es copia de la pintura del mismo título de El Sodoma. Comparando el original y la copia, vemos una correspondencia exacta en detalles mínimos: rasgos físicos, pliegues de la ropa, fondos… La diferencia está en el uso del pincel y, seguramente, en la personalidad de los autores. Nada de lo que he leído sobre Rosales me lleva a suponer en él algún misticismo pero encuentro en esta obra nitidez, luminosidad y algo indefinible. ¿Más devoción y paz que en el original?

Asimismo la obra primeriza de su periodo romano, Tobías y el ángel puede suponerse bajo el influjo nazareno. El cuadro de notable belleza formal, presenta un singular eclecticismo entre los lenguajes contradictorios y casi antagónicos de la estética purista con la libertad absoluta y espontánea de la pura pintura; resulta extraordinariamente interesante para comprender las raíces del estilo juvenil de su autor. Hay, sobre todo en bocetos, alguna otra obra que se aproxima también al prerrafaelismo posterior en la historia del arte.

Algo más tarde (Rosales vivió poco tiempo, aquejado de una tuberculosis que acabó con su vida a los 37) encontramos toques de pincel, seguros y magistrales, que acercan al pintor al impresionismo de Degas o Renoir, conservando el contacto con la pintura de Velázquez en Mujer saliendo del baño. El autor destaca las líneas de los contornos con la misma tonalidad que el fondo mientras que aplica el color con rapidez y fluidez, con toques seguros y magistrales.

Cuéntame una historia o un relato

El recorrido por la exposición es un continuo salto de estilos, géneros y tamaños.  Sorprende con cuadros de mediano y pequeño formato y muchos bocetos que cuentan historias. Junto al famosísimo del testamento de Isabel la Católica, tropezamos con un algún número de temas de historia de España y alguno medio mítico, como la muerte de Lucrecia con la que la Roma antigua pasa de Monarquía a República. Cuadros, como digo, menos monumentales, pero que cuentan historias con cierto dramatismo.

El muy conocido del testamento es, sin duda, una obra maestra, extraordinariamente bella y expresiva, que tiende al realismo atmosférico del mundo velazqueño, de paleta reducida y certera. Muestra una especial sensibilidad para captar en los rostros de los distintos personajes sus sentimientos y la reacción de cada uno de ellos ante las palabras de la reina, en las que España entera queda como un solo Reino. Me llama la atención el tratamiento exquisito de las vestiduras y tejidos.

Se exponen también La entrega de Blanca de Navarra, La Batalla de Tetuán, Carlos I reconociendo a su Hijo Juan de Austria. La muerte de Ofelia, que representa un fragmento conocido del Hamlet de Shakespeare…

Si en representaciones estáticas el pintor se demora en el detalle, resulta muy interesante la factura de La batalla de Tetuán en la que utiliza un estilo quebrado consiguiendo con el abocetamiento una sensación de inmediatez como si estuviera presente en el escenario y realizara un apunte rápido.

Casi cada obra era preparada por Rosales minuciosamente con estudios de fondos paisajísticos, espacios interiores, elementos compositivos, disposición de los personajes, etc. que plasmaba en numerosísimos bocetos a lápiz o con diversos pigmentos y en pinturas pequeñas.

Lo que más me ha gustado. Una razón sentimental, un asombro y Maximina Jeromín

Una de las primeras novelas que leí en la infancia fue Jeromín del Padre Coloma. La historia del hijo oculto del emperador Carlos I. No sé si hoy experimentaría alguna admiración por el estilo literario del Padre Coloma, desde luego sí por el protagonista, el héroe de Lepanto. Me pareció, entonces, emocionante el encuentro del adolescente con su padre en Yuste que relata Coloma.

No conocía el cuadrito, porque es muy pequeño, de Rosales, pero sin ver el título supe que aquello era el Jeromín de mi infancia, una perfecta ilustración para aquel texto. El emperador en el extremo izquierdo aparece sentado, prácticamente inválido.

Al otro lado del lienzo, Jeromín (casi un niño, reluciente como recién lavado y vestido para la ocasión con un hermoso color celeste), da la mano a su tutor Luis de Quijada hacia quien vuelve la cara como pidiendo consejo. El tratamiento de la luz recuerda a Velázquez. En los personajes destaca el realismo de los rostros y de las indumentarias. En resumen: me gustó mucho por la maestría en la ejecución pero sobre todo por hacer material lo que había imaginado leyendo Jeromín…

Un boceto

El asombro me lo produjo un boceto para una pintura que no llegó a realizar Rosales: la matanza de los inocentes. Para esta posible pintura hizo muchos –con distintos enfoques– que forman parte de la exposición. A mi me asombró uno, por su modernidad: podría ser un cómic de los mejores maestros o superior. La precisión y limpieza de líneas, la economía y expresividad de los gestos, el movimiento y el dramatismo de un dibujo a pluma sobre papel en 30 x 20 cm, fue todo un hallazgo.

Maximina

El retrato de su prima Maximina es un diálogo mudo, no entre el visitante y el personaje, sino entre ella el pintor. Maximina mira con intensidad y calidez al que tenía enfrente. Y esa mirada trasluce una relación de cariño y familiaridad entre ellos como el cuidado y delicadeza de Rosales en el tratamiento de los detalles. Maximina parece enamorada y al tiempo tímida.

Se casó con Eduardo poco después de realizado el retrato. De lo que conocemos de su historia parece que fue un matrimonio todo lo feliz que pudo ser por la delicada salud de Rosales y, ensombrecido por la muerte de su primera hija. Me gusta este retrato: tiene una mirada que habla.

La exposición conmemorativa de 150 aniversario de Rosales, llevada a cabo en el Prado saca a la luz la obra de un excelente pintor no demasiado conocido y valorado. Merece la pena, incluso sin llegar a tiempo a la muestra, recuperar la admiración por su pintura, encontrándose con él en su espacio habitual.

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